A dos anuncios de conquistarte Capítulo 17
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Capítulo 17

Bajamos al vestíbulo, donde nos reuniríamos con el resto del equipo alojado en el hotel para que nos recogiera el microbús.

Había recibido dos mensajes de Moi, pero no los había leído ni contestado. No lo haría hasta descubrir qué estaba ocurriendo realmente.

Sí, lo reconozco, me había vuelto una paranoica de cuidado, pero es que, en aquellos momentos, todo el mundo me resultaba sospechoso.

—¡Toma ya, vaya dos bellezones que tenemos aquí! —exclamó Carlo cuando nos vio.

—Ni que lo digas, cariño. Podríais pasar por dos modelos de alta costura.

—Sí, claro, sobre todo por nuestra altura y nuestros cuerpazos —le respondió Valeria con ironía.

—No todas las modelos son altas ni excesivamente delgadas.

—Eso es, podemos ser dos modelos curvy —añadí.

Los cuatro empezamos a reír.

Nos montamos en el microbús y pusimos rumbo al hotel en el que se celebraría el evento.

Cuando llegamos, la prensa estaba apostada en la entrada, intentando abordar a cualquiera que se acercara. Sin embargo, ya nos habían advertido de que no debíamos hacer ninguna declaración sobre la fiesta.

Nosotros tampoco habríamos podido contar gran cosa aunque hubiéramos querido, puesto que no teníamos ni idea del motivo por el que se celebraba.

—Te noto nerviosa —me dijo Arturo.

—Mucho, y no precisamente por el evento.

—Relájate, por favor. No queremos que nadie sospeche que estamos pendientes de todo.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo.

—Anda, tómate una copita de champán, a ver si se te pasa la tensión que tienes en el cuerpo, que estás más agobiada que Spiderman en un descampado —me dijo Valeria, ofreciéndome una copa.

—Sí, será lo mejor.

Cogí la copa y me la bebí de un trago, como si fuera agua. Aquello tampoco era una buena idea porque no estaba acostumbrada a beber y podía subírseme demasiado rápido.

Decidí que no tomaría más alcohol. A partir de aquel momento, todo lo que bebiera sería sin una sola gota.

Estábamos hablando de todo en general y de nada en particular cuando lo vi entrar.

Fue como si algo en mi interior me obligara a girar la cabeza. Allí estaba, vestido de esmoquin, más guapo que nunca y acompañado por mi hermano.

—No me lo puedo creer —dijo Valeria.

—¿Qué es lo que no te puedes creer? —le preguntó Carlo.

No le dio tiempo a responder porque ambos llegaron hasta nosotros y la cara de sorpresa de mi hermano fue idéntica a la de mi amiga.

—Pero bueno, si está aquí mi arquitecta favorita —dijo Saúl.

—Ahora la que no se lo puede creer soy yo —comenté riendo.

—No le encuentro la puta gracia, de verdad. ¿Lo conoces? —me preguntó Valeria.

—Mejor que nadie, rubia. Es mi hermana —le aclaró Saúl con una sonrisa de lo más pícara.

—Estáis de coña, ¿verdad?

—Para nada. Este es mi hermano, del que te he hablado todo este tiempo.

—Pues que sepas que tienes un hermano gilipollas. Está buenísimo, porque una cosa no quita la otra, pero todo lo que tiene de guapo lo tiene de imbécil.

—Vaya, mujer, gracias por la parte que me toca.

—Al menos puedes darte con un canto en los dientes porque te ha dicho que estás bueno —le dijo Arturo riendo, pues ninguno nos habíamos imaginado aquello.

—Eso salta a la vista, amigo. No es nada que no supiera ya —respondió mi hermano, activando su modo irónico.

—¿Lo ves? Me desespera con esa clase de comentarios.

Todos reíamos menos Fabrizzio, que miraba hacia un lado y otro como si estuviera buscando a alguien.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—No todo lo que me gustaría, pero tampoco tan mal como querrían algunos.

—Uy, eso que has dicho parece una frase sacada de una publicación de redes sociales.

—No tengo ganas de reír, Ainoa. Déjame en paz, por favor.

—Mira, Fabrizzio, en esto ya estamos metidos todos y, si pretendes alejarme de ti, me temo que no vas a conseguirlo.

—¿Qué parte de que no quiero que estés conmigo no has entendido?

—Que no quieras estar conmigo me parece perfecto, pero seguiré aquí para ayudarte, te guste o no.

—De verdad, ¿por qué me lo pones tan difícil?

—Porque tu boca dice una cosa y tus ojos otra.

—Mis ojos no dicen nada y mi boca preferiría mantenerse cerrada, pero, por cosas del destino, parece que no me dejan.

—Eres muy fuerte, Fabri. No puedes rendirte ni permitir que te obliguen a hacerlo.

Levanté la mirada y allí estaba aquella mujer otra vez. Noté que Fabri también la había visto porque se tensó al instante.

No me lo pensé. Le giré la cara hacia mí, lo miré a los ojos y lo besé.

No fue un beso hambriento ni desesperado, sino un contacto sutil, un breve roce de labios, lo suficiente para dejarle claro que estaría ahí, pasara lo que pasara.

—Oh, qué bonito todo —dijo aquella mujer.

—Déjame en paz. Ya te he dicho que no pienso acostarme contigo —le respondió Fabri, sujetándome por la cintura como si no quisiera que me apartara.

—Eso está por ver, aunque, con sinceridad, me da exactamente igual que lo hagas o no.

—¿Qué quieres de mí, Francesca? —le preguntó Fabri, alterado.

—Amor, relájate. No querrás montar un espectáculo delante de todo el mundo —le dije.

Aquella palabra, aquella forma de dirigirme a él, me salió de manera espontánea, sin pensar, y provocó que Fabri sonriera.

—Eso, «amor», no montes un espectáculo —se burló ella.

Acto seguido, se dio media vuelta, se dirigió hacia una de las mesas altas y se apoyó en ella mientras cogía otra copa.

—Esa mujer no me gusta. Es como si escondiera algo —le dije a Fabri.

—A mí tampoco. Maldita la hora en la que entré en aquel local.

—¿Sabes? Creo que habría dado igual que entraras en ese o en cualquier otro. Te estaban siguiendo y lo tenían todo preparado.

—Eso mismo pienso yo, pero no sé quién puede estar detrás de todo esto.

—Pues yo tengo una ligera idea.

—¿A qué te refieres?

—Mira hacia allí.

Cuando Fabri giró la cabeza, se encontró con lo mismo que yo había visto unos segundos antes: Moisés, si es que de verdad se llamaba así, estaba hablando acaloradamente con Francesca como si se conocieran desde siempre.

—Me cago en la leche. Dime, por lo que más quieras, que no le has contado nada de mí a ese hombre.

—Prácticamente nada.

—¿Cómo que prácticamente? Explícate, por favor, porque va a terminar dándome un infarto.

—Verás…

Le expliqué que lo único que había contado a Moisés era que entre nosotros había ocurrido algo, que nos habíamos acostado y que, cuando desperté, él ya no estaba.

—No le dije nada de lo que me contaste cuando nos conocimos, te lo prometo.

—No hace falta que me lo prometas. Te creo, sé que no eres así.

—¿Tienes algún enemigo? ¿Alguien que quiera hacerte daño?

—Supongo que, como cualquier persona con cierta fama, pero nada más.

—Tenemos que estar atentos, Fabri. Y no bebas ni comas nada que no venga directamente de la cocina, por favor.

—Ese hombre… Lo cierto es que su cara me resulta familiar, pero no consigo recordar dónde lo he visto.

—Quizá tu mente te esté jugando una mala pasada, Fabri. Él es español.

—Puede ser, pero ese hombre vive aquí o pasa largas temporadas en la ciudad. Estoy seguro de que lo he visto antes.

—Claro que pasa largas temporadas. Según me contó, se dedica a la importación y exportación de vinos…

—¡Ya sé quién es! No vuelvas a acercarte a él, por favor. Acuéstate con quien te dé la gana. He sido un cretino y no merezco otra cosa, pero con él no.

—¿Quién es?

—Tengo que largarme de aquí cuanto antes.

—No, Fabri. Huyendo no vas a solucionar nada.

—No lo entiendes. Mi vida, mi futuro…

En aquel preciso momento, el propietario de la firma para la que estábamos realizando la campaña subió a un pequeño estrado con atril instalado en la terraza.

Mi hermano y los demás se acercaron a nosotros. Al parecer, Valeria y él habían limado asperezas, pues Saúl la sujetaba por la cintura, pero ya me encargaría de averiguar qué había ocurrido entre ellos.

—Buenas noches. Nos hemos reunido para comunicaros una noticia que nos afecta a todos.

»Ayer firmamos un nuevo acuerdo con la agencia encargada de nuestra publicidad y hemos decidido que, a partir de ahora, serán ellos quienes se ocupen de todo en exclusiva.

»Para esta nueva etapa contamos con los mejores profesionales. Entre ellos, Fabrizzio Di Luca y una nueva promesa del modelaje, Francesca Valenti, a quien vamos a presentar esta noche.

Cuando escuchamos el nombre de aquella mujer, se nos erizó el vello.

—No puede ser. Esa mujer no tiene ni puta idea de modelaje —dijo Carlo.

—Vienen a por mí y necesito averiguar el motivo cuanto antes —respondió Fabri.

—¿Se puede saber de qué coño estás hablando? No entiendo nada.

Arturo, Fabri y yo intercambiamos una mirada. Este último asintió, dando permiso a mi amigo para que se lo contara todo a su chico.

Arturo cogió a Carlo de la mano y se lo llevó hasta un lugar apartado desde el que podía vigilar a todos, pero donde tenían suficiente intimidad para hablar sin que nadie los oyera.

Vimos cómo el rostro de Carlo iba pasando de la incredulidad al asombro y, de ahí, a la furia más absoluta.

Yo, sin embargo, seguía pendiente de Moi, que observaba a Francesca como si estuviera enamorado de ella. Pero aquello no podía ser: él me había dicho que seguía queriendo a su exmujer.

De pronto, una duda me asaltó. No podía encontrar la respuesta en aquel momento, pero seguiría pendiente de todo hasta descubrir la verdad.

Os estaréis preguntando cuál era aquella duda, y os la voy a contar ahora mismo.

¿Sería cierto todo lo que Moi me había contado? ¿Me habría mentido? ¿Qué relación mantenía con Francesca?

Mientras yo intentaba ordenar mis pensamientos, la gente se acercaba a Fabrizzio para felicitarlo y él aguantaba el tipo como podía.

En cuanto tuvo la oportunidad, regresó a nuestro lado con la clara intención de que lo ayudáramos a salir de allí.

Su rostro lo decía todo. Estaba a punto de derrumbarse; la situación lo sobrepasaba y necesitaba escapar de aquel lugar tanto como respirar.

—No digas nada, nos vamos —dijo Carlo.

—¿Has comido o bebido algo que no viniera directamente de la cocina o que no te haya dado alguno de nosotros? —le pregunté.

Fabri negó con la cabeza.

—Entonces, ¿qué te ocurre?

—Es la ansiedad. La sufro desde pequeño. Cuando tengo una crisis, la sensación es parecida a la de estar drogado.

—Vamos, salgamos de aquí —dijo Arturo.

Entre todos lo ayudamos a llegar al ascensor. Justo antes de que se cerraran las puertas, sentí que alguien no apartaba la vista de mí.

Al girarme, comprobé que era Moi. Nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos, hasta que otro hombre se acercó a él y apartó la suya para atenderlo.

No me gustaba nada la sensación que tenía y mi hermano, que se dio cuenta, no dudó en intervenir.

—Tú y tú os venís a mi casa. No os quiero en ese hotel —dijo Saúl, señalándonos a Valeria y a mí.

—Y tú te vienes a la mía. Lejos de Martín —le indicó Carlo a Arturo.

De repente, algo acudió a mi cabeza y lo dije en voz alta, pues había una pieza que no encajaba en toda aquella historia.

—¿No os parece muy extraño que, siendo el acuerdo con nuestra agencia, Martín no haya aparecido por aquí?