A dos anuncios de conquistarte Capítulo 16
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Capítulo 16

Fui a recoger a Valeria al aeropuerto porque Fabrizzio no se encontraba demasiado bien y, como tenía que asistir a la fiesta aquella misma noche, habían aplazado la sesión hasta el día siguiente.

Noté a Arturo demasiado ausente, como si su cuerpo estuviera allí con nosotros, pero su mente se encontrara en un lugar completamente distinto.

—Arturo, ¿qué te ocurre?

—Nada, no te preocupes.

—Precisamente que me digas eso es lo que más me preocupa. ¿Es por Martín?

—¿Perdona? No sé a qué te refieres.

—A Martín y a la fiesta de esta noche. Seguro que aparece con su novia.

—Eso, en estos momentos, es lo que menos me preocupa, te lo aseguro.

—Entonces, ¿qué es lo que te tiene así? Pensaba que confiabas en mí, Arturo.

—Y confío, pero no me corresponde a mí contarlo.

—Somos amigos y compañeros de trabajo desde hace mucho tiempo. Lo que me digas no saldrá de aquí, te lo prometo.

—No es eso… Está bien, te lo contaré, pero no aquí. Lo haremos cuando volvamos al hotel.

—Mira, ahí está la loquita que nos faltaba.

Vimos cómo Valeria salía corriendo hacia nosotros, dejando la maleta abandonada en mitad del camino como si le importara una mierda.

—¡Chicos! No sabéis las ganas que tenía de veros.

—Me lo puedo imaginar, porque yo tenía las mismas o más que tú.

—Amigo, ¿no me das un abrazo?

—Sí, sí, perdona, cariño. Estaba pensando y ni siquiera me he dado cuenta de que habías llegado hasta aquí.

—Tienes cara de funeral, Arturo. ¿Algo que contar?

—Sí, pero nos lo contará en la habitación del hotel. Por cierto, esta noche tenemos una fiesta privada, así que tendremos que buscar algún modelito que ponernos.

—¿Una fiesta privada? Joder, esto sí que es entrar en Milán por la puerta grande.

—Ni que lo digas. Pero, cuanto antes lleguemos al hotel, antes nos contará Arturo qué le ocurre.

Nos montamos en un taxi que paramos en la puerta del aeropuerto y fuimos directos al hotel.

Después, cuando Arturo se hubiera liberado de aquello que lo oprimía y lo tenía tan afligido, bajaríamos a la boutique del hotel para ver qué encontrábamos.

Estaba completamente segura de que ni Valeria ni yo tendríamos nada a la altura de un evento de aquel tipo, por lo que no nos quedaría más remedio que buscar algo acorde con la ocasión.

Subimos en completo silencio a mi habitación, aunque me moría de ganas de preguntarle a mi amiga cómo estaba y qué había ocurrido con aquel cliente que la traía loca en todos los sentidos.

—Chicas, lo que tengo que contaros es bastante delicado. Por eso, lo primero que os pido es que seáis discretas.

—Sabes que puedes confiar en nosotras —le respondí.

—Lo sé, pero esto no me afecta directamente a mí, sino a otra persona.

—Ay, chico, por favor, suéltalo ya, que me estás poniendo de los nervios —le pidió Valeria.

Pensaba que sería algo relacionado con Carlo o incluso con Martín. Lo que menos podía imaginar era que aquello que lo tenía tan preocupado se refería a Fabrizzio.

—Hoy han drogado a Fabri durante el rodaje…

—¿Estás seguro de que no ha sido él quien ha tomado algo por su cuenta? —le pregunté.

—Tan seguro como que me llamo Arturo.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo conozco. Puede ser el hombre más cabrón y antipático del mundo, pero jamás ha consumido nada y tiene sus motivos.

—¿Qué motivos? ¿De qué estás hablando?

—Eso sí que no pienso contároslo. A lo que íbamos: tenemos que ayudarlo y encontrar a la persona que intenta hacerle daño.

Empecé a repasar mentalmente todo lo ocurrido durante el día, como si estuviera viendo una película, y solo había una cosa que no me encajaba: la presencia de aquella mujer.

—Esta mañana estaba en el set la mujer con la que fotografiaron anoche a Fabrizzio.

—Eso no tiene nada de excepcional, Ainoa. Mucha gente se acerca para ver los rodajes.

—Sí, pero no cualquiera consigue entrar en la zona reservada a los modelos.

—A lo mejor la invitó él —sugirió Valeria.

Arturo y yo intercambiamos una mirada. Sabíamos que aquello no era posible porque, por lo que habíamos observado, aquella mujer no era precisamente de su agrado.

—Será mejor que esta noche estemos pendientes de todo, incluido Fabrizzio —dije.

—Sí, pero, para conseguirlo, tendremos que llevar un atuendo acorde que nos permita pasar desapercibidas en el evento.

—Venga, os dejo para que vayáis a buscarlo, pero, por favor, que esto quede entre nosotros. Ni siquiera Carlo lo sabe.

—No te preocupes, no saldrá de aquí.

La idea de que alguien pudiera intentar hacerle daño al hombre del que estaba enamorada puso todos mis sentidos en alerta.

De pronto, empecé a darle vueltas a cosas que hasta aquel momento no me habían resultado extrañas. No me cuadraba que Moi hubiera aparecido justo cuando más necesitaba hablar con alguien ni que, casualmente, me llevara al mismo restaurante al que solían ir mi hermano y Fabri.

—Ahora eres tú la que está rara —me dijo Valeria.

—No estoy rara, estoy intentando ordenar todo lo que tengo en la cabeza.

—Pues empieza por decidir qué nos vamos a poner esta noche, que tenemos que parecer modelos y dejar a todo el mundo con la boca abierta.

—Eso es precisamente lo que no debemos hacer. No podemos llamar la atención.

Bajamos a la boutique del hotel y empezamos a revisar los diferentes percheros hasta que lo vi. Era un vestido precioso de color azul noche, largo y sujeto al cuello, que dejaba toda la espalda al descubierto.

Lo cogí con la intención de probármelo, pero algo llamó mi atención. Allí estaba otra vez aquella mujer, sentada en el vestíbulo como si esperara a alguien.

—¿Qué ocurre?

—¿Ves a esa mujer de ahí?

—¿A cuál de ellas?

—A la de la blusa de tirantes, tipo lencero.

—Sí, ya la veo.

—Pues no la pierdas de vista, porque algo me dice que vamos a descubrir mucho más de lo que esperábamos.

—No entiendo nada de lo que me estás diciendo, pero aquí estaré, ojo avizor.

Nos quedamos observándola durante un buen rato, hasta que recibió un mensaje. Lo leyó, se levantó del sillón y salió por la puerta del hotel.

—Me cago en la madre que me parió…

—Explícame quién es esa mujer y por qué te ha molestado tanto que se marchara.

—Es la mujer con la que fotografiaron anoche a Fabrizzio y sospecho que puede estar detrás de lo que le ha ocurrido esta mañana. Parecía que estaba esperando a alguien.

—Hija, me parece que ves demasiadas películas de intriga.

—Piensa lo que quieras, pero me juego una cena a que esta noche aparece en la fiesta.

Entré en el probador con el vestido que había elegido, pero no me gustó cómo me quedaba, así que salí a buscar otro y lo encontré.

Aquel sí me sentaba como un guante. Era de color vino tinto y tenía unos sutiles destellos brillantes. El escote era en uve, con tirantes finos cruzados en la espalda, y el largo llegaba hasta los tobillos.

La tela tenía una caída que parecía flotar y una abertura en la pierna derecha dejaba entrever la piel al caminar.

También compré unas sandalias doradas de tacón y algunos complementos.

Valeria, por su parte, eligió un vestido negro de cuello halter, también con la espalda descubierta y una falda vaporosa, que combinó con unas sandalias plateadas.

—Antes de ir a la peluquería, subimos a la habitación para ducharnos y después invito yo.

—De eso nada. Tú ya has pagado los vestidos, así que la peluquería me toca a mí.

—Estaría bueno que, encima de verte obligada por mi culpa a asistir a una fiesta, también te costara el dinero.

—Claro, como si fuera un tormento. Desde luego, hija, no se puede ser más ridícula que tú.

Subimos a mi habitación, nos dimos una ducha rápida y nos pusimos ropa cómoda que pudiéramos quitarnos sin estropear después el peinado ni el maquillaje.

Cuando terminamos, bajamos a la peluquería. Yo tenía muy claro lo que quería que me hicieran. No me apetecía ir demasiado artificial, por lo que un moño informal me parecía la opción más acertada.

En cuanto al maquillaje, sí quería algo un poco más elaborado. Tenía los ojos verdes y me apetecía que resaltaran, así que se lo expliqué a la maquilladora.

—No te preocupes, tengo el maquillaje ideal para eso. Déjalo todo en mis manos.

—Gracias, estoy segura de que lo harás a la perfección.

Y así fue. Recogió mis rizos en un moño informal, dejando varios mechones sueltos, y el resultado no podía ser más bonito.

Me maquilló los ojos con un ahumado en tonos tierra que resaltaba el verde y pintó mis labios del mismo color que el vestido.

Incluso me hicieron la manicura y la pedicura en el mismo tono porque, como decía Valeria, no podíamos presentarnos allí con las uñas hechas un desastre.

Volvimos a mi habitación y nos pusimos los vestidos.

Cuando nos miramos, casi no nos reconocimos de lo sofisticadas que estábamos, y empezamos a reírnos.

—Si nos vieran los del bloque, pensarían que nos han abducido los extraterrestres.