A dos anuncios de conquistarte Capítulo 13
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Capítulo 13

—No deberías haberle dicho eso, Ainoa.

—¿Qué pasa? ¿Tengo que romper todos mis planes porque al señorito le apetezca?

—Tampoco es eso, pero no perdías nada por hablar con él.

—Claro que sí: mi dignidad. Tú no estabas allí esta mañana cuando me ha tratado como a un trapo. Tampoco estabas delante cuando se ha morreado con una de las modelos, a la que, además, no soporta, y todo para humillarme.

—No creo que lo haya hecho por eso, Ainoa.

—Entonces, ¿por qué, según tú?

—Porque no sabe gestionar sus sentimientos, hermana.

—Tu hermano tiene razón. No todo el mundo sabe gestionar lo que siente, Ainoa. Deberías darle la oportunidad de explicarse —me dijo Moi.

—Está bien. Mañana, en cuanto lo vea, hablaré con él, pero eso no significa que vaya a perdonarlo.

—No tienes que hacerlo si no quieres, tu corazón es tuyo, pero piénsalo bien antes de tomar una decisión —me respondió Moisés.

—Gracias, Moi, por ser tan comprensivo.

—Tan solo espero que nuestra amistad dure mucho tiempo.

—No lo dudes. Será una de esas amistades para toda la vida.

—¿Os llevo a alguna parte o tenéis coche? —preguntó mi hermano.

—Pues sí, puedes llevarnos al hotel, que estoy muerta de cansancio y no puedo con mi cuerpo —le contesté.

—Anda, vamos, que tengo el coche ahí.

Me senté en el asiento delantero, junto a mi hermano, mientras Moi ocupaba el trasero, desde donde entabló una conversación con Saúl.

Estuvieron hablando sobre sus trabajos, sus vidas y todo lo que tenían pensado hacer en un futuro próximo como si se conocieran desde siempre.

Era cierto que mi hermano estaba más cerca de la edad de Moisés que yo, pero, aun así, con él me sentía como en casa y podía hablar de todo sin sentirme juzgada ni intimidada.

No dejaba de darle vueltas a cómo abordar a Fabri al día siguiente, pues, por lo poco que lo conocía, tenía claro que no sería él quien se acercara a mí.

No hablaríamos hasta que yo diera el primer paso y tenía que encontrar la manera de hacerlo sin que se sintiera acorralado.

Sin darme cuenta, habíamos llegado a la puerta del hotel. Moi y mi hermano ya se habían bajado del coche y estaban hablando, mientras yo continuaba sentada, sumergida en mis pensamientos, como si la cosa no fuera conmigo.

—¿Te bajas o te vienes a mi casa? —me preguntó mi hermano.

—¿Cómo?

—Que si te…

—No hace falta que lo repitas, que ya te he escuchado a la primera.

—Pues, ¿para qué preguntas?

Aquello parecía un diálogo de besugos y Moi nos miraba alternando la vista entre uno y otro, sin entender muy bien qué estábamos haciendo, hasta que no pudo más y soltó una carcajada que terminó contagiándonos.

—Sois únicos, de verdad.

—Gracias a Dios y a la Virgen del Carmen —le contesté.

—Por un momento, parecía que estaba viendo uno de esos sketches de televisión en los que aparece un matrimonio discutiendo.

—Casi, casi, amigo —le dijo mi hermano, secándose las lágrimas provocadas por la risa.

Nos despedimos de Saúl y entramos en el vestíbulo del hotel, donde esperamos a que llegara el ascensor para subir a nuestras habitaciones.

Justo cuando estábamos a punto de entrar, aparecieron Arturo y Carlo, riendo y agarrados de la mano como si fueran una pareja consolidada.

—Aquí está mi fotógrafa favorita —me dijo Carlo, dándome un beso en la mejilla.

—Claro, como que soy la única. El siguiente ya es este y con él tienes algo más que una relación profesional.

—Hola, soy Arturo —se presentó mi amigo ante Moi.

—Encantado. Yo soy Moisés, pero todo el mundo me llama Moi.

—¿Estás casado, Moi?

—¡Arturo! Por favor, perdona su indiscreción, no tiene remedio —le dije a Moi mientras miraba a mi amigo de manera recriminatoria.

—Lo siento, pero, como te he visto tan guapo, he pensado que eras el hombre ideal para mi amiga. —Se disculpó, aunque, cada vez que hablaba, metía un poco más la pata.

—Amor, te he dicho que debes dejar de meterte en la vida amorosa de todo el mundo. Te llamas Arturo, no Celestina —dijo Carlo.

Todos empezamos a reír, Moi el primero.

—Anda, vamos a subir antes de que sigas metiendo la pata, amigo.

—Sabes que la cerveza me sube muy rápido y me he tomado tres.

—Pues, para la próxima, pide agüita, campeón —le aconsejó Moi, volviendo a reír.

El ascensor se detuvo en mi planta y Moi salió un momento al pasillo. Su habitación estaba más arriba, por lo que se quedó junto a la puerta para impedir que se cerrara y poder continuar subiendo.

—Ten dulces sueños, preciosa, y piensa bien qué quieres hacer respecto a ese chico.

—Gracias. Sí, lo pensaré.

—Nos vemos mañana. Te enviaré un mensaje cuando esté disponible y nos tomamos algo, que todavía me queda mucha ciudad por enseñarte.

Me dio un beso en la mejilla y volvió a entrar en el ascensor. Yo me quedé plantada en el pasillo hasta que las puertas se cerraron.

En cuanto Moi dejó de vernos y oírnos, Arturo se plantó delante de mí, con las manos en jarras, esperando a que le contara quién era aquel hombre.

—Anda, entrad en mi habitación y os lo cuento, que estáis deseando saberlo, cotillas.

—Te lo dije, no haría falta ni preguntarle —comentó Arturo, dirigiéndose a su chico mientras entrábamos en mi habitación.

Una vez dentro, nos acomodamos los tres en la cama y empecé a relatarles todo lo que me había sucedido desde que entré en el restaurante a comer hasta el encontronazo con Fabri.

—Amiga, sigo pensando que mi compañero está coladito por ti, pero no sabe cómo actuar —me dijo Carlo.

—Eso mismo dice mi hermano, pero yo no estoy tan segura, la verdad.

—¿No piensas hablar con él?

—Sí, pero no aguanto más tonterías, te lo prometo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues muy sencillo: no pienso quedarme a medias tintas con él. Será todo o nada, sin más vuelta de hoja.

—No puedes ser tan radical, Ainoa. Tenéis que encontrar un punto medio.

—Claro, un punto medio en el que él venga a buscarme cada vez que le pique el asunto y quiera tema y, después, cada uno por su lado.

—Hija, lo pintas como si fuera un obseso sexual —me riñó mi compañero.

—No es eso. Lo que ocurre es que ya estoy cansada de que todo el mundo me utilice a su antojo. Va siendo hora de que empiece a hacerme valer, aunque solo sea un poco.

—En eso tienes razón, Ainoa. Si quiere estar contigo, debe aceptar, al menos, que haya exclusividad y que no todo se reduzca al sexo —me dijo Carlo.

—¿Lo ves? A eso me refiero, Arturo. Quiero hacer cosas normales, como cualquier pareja.

—Eso de la normalidad depende de cada uno.

—Para mí solo significa una cosa. Quiero salir a cenar, ir al cine o tomar una copa sin tener que esconderme de nadie y, por supuesto, que no venga a mi habitación a escondidas, como hizo la otra noche.

Arturo no me entendía y yo sabía el motivo. Llevaba tanto tiempo viviendo con Martín una relación como la que acababa de describir que la había normalizado.

Al final, se marcharon bien entrada la madrugada. Sabía que al día siguiente estaría hecha una piltrafa, pero había merecido la pena.

Gracias a todo lo que habíamos hablado, tenía más claro que nunca lo que quería y lo que no, así que no me costaría hacérselo saber a Fabri si finalmente hablábamos.

Me acosté con la tranquilidad de tener las ideas claras, pero también con los nervios de saber que, al día siguiente, a aquellas horas, ya estaría con mi amiga, a la que me moría de ganas de ver.

Cerré los ojos, pero la imagen de Fabrizzio acudió a mi mente una y otra vez, impidiéndome descansar.

Recordé cómo me había tocado en aquella misma cama, la forma en que había recorrido todo mi cuerpo con los labios y cómo me había penetrado, y sentí que la sangre comenzaba a arderme.

—Me cago en tu estampa, italiano de mierda —murmuré para mis adentros, pues no había nadie más en la habitación.

Me levanté de la cama y me metí en la ducha para ver si así conseguía aliviar los calores que me habían entrado.