Capítulo 12
Fabrizzio
Llegué a casa agotado, tanto física como mentalmente, así que llené la bañera, eché unas sales y me metí dentro con una copa de vino.
Cuando la campaña se desarrollaba en Milán, no necesitaba que me reservaran una habitación de hotel. Prefería dormir en mi cama, donde me sentía mucho más cómodo.
Estaba casi dormido debido a la relajación que sentía cuando escuché sonar el teléfono y alargué la mano para contestar.
—Hola, cabronazo.
—Saúl, estoy agotado y no tengo ganas de sermones ni de tonterías.
Pensé que me llamaba para echarme la bronca por lo que había ocurrido con su hermana, pero me equivoqué de todas todas.
—¿Y de salir a cenar con tu mejor amigo? ¿De eso tienes ganas?
—Siempre y cuando no mencione a su perfecta hermana, puedo hacer un esfuerzo.
—Hecho. Nos vemos en el restaurante de siempre a las nueve. El que llegue primero que pida una cerveza para el otro.
—Claro, y, cuando llegue, estará como caldo de puchero, como dices tú.
—Tienes razón. Mejor las pedimos cuando estemos allí los dos.
Salí de la bañera, pues eran casi las ocho de la tarde y todavía tenía que arreglarme, sobre todo el pelo, que era lo que más tiempo me llevaba.
Fui hasta el vestidor para elegir la ropa que iba a ponerme. No me resultaba difícil ir siempre como un pincel, porque era bastante presumido, pero, aun así, también sentía la presión de los medios.
No podían verme con un aspecto desaliñado o la prensa se lanzaría sobre mí como si fueran buitres y yo su cadáver favorito.
Al final, me decanté por unos pantalones chinos de color chocolate, que se llevaban mucho aquel año, y una camiseta blanca a juego con las deportivas.
El restaurante al que íbamos no tenía un código de vestimenta establecido, aunque era lógico que nadie apareciera allí en bañador y chanclas.
Me monté en el coche y me dirigí hasta el lugar en el que habíamos quedado. Por suerte, el restaurante disponía de un aparcamiento estupendo, porque en aquella zona era imposible encontrar un hueco, os lo aseguro.
La imagen de Ainoa dormida sobre mi pecho seguía instalada en mi mente y un nudo volvió a formarse en mi estómago.
¿Estaba dispuesto a mantener aquella actitud y perderla para siempre? ¿O, por el contrario, sería capaz de empezar una relación con ella?
Estaba hecho un lío. Necesitaba hablar con Ainoa, averiguar qué pensaba de todo aquello y encontrar un punto medio en el que ambos nos sintiéramos cómodos.
Como había quedado con su hermano, quien mejor debía de conocerla, pensaba preguntarle cuál sería la mejor manera de acercarme a ella.
—¿Vienes a cenar o estás preparando un viaje a la Luna?
—Muy gracioso. Estaba pensando. Tengo que hablar contigo.
—Vaya, al final vas a ser tú quien mencione a mi hermana.
—Me conoces tan bien que sabes de qué quiero hablarte antes incluso de que abra la boca.
—Son muchos años, amigo.
—Está bien, entremos. Esta conversación será un poco más llevadera con un buen plato de pasta y una copa de vino delante.
Mi amigo soltó una carcajada que terminó contagiándome mientras entrábamos en el restaurante y solicitábamos una mesa en la terraza, que era donde solíamos sentarnos.
El jefe de sala nos conocía muy bien y normalmente nos reservaba la misma, pero en aquella ocasión nos dijo que estaba ocupada.
—Mientras sea en esa zona, nos da igual la mesa, Sandro —le dije al hombre con una sonrisa.
—Eso mismo, salvo que pretendas sentarnos sobre dos cojines y ponernos una caja de cervezas como mesa —añadió Saúl.
—No, por favor, y mucho menos tratándose de unos clientes como vosotros.
Pasamos a la terraza riéndonos por las ocurrencias de Saúl y, justo cuando nos acercábamos a nuestra mesa, los vi.
No podía creerlo. Allí estaba Ainoa con otro hombre, fundidos en un abrazo que dejaba patente la complicidad y la cercanía que existía entre ellos.
Os prometo que fue como si me atravesaran el corazón con un puñal. En aquel instante comprendí que, por mucho que intentara negarlo, esa mujer se había apoderado de él.
El simple hecho de imaginarla con aquel tipo de la misma manera en que había estado conmigo consiguió erizarme el vello.
Me acerqué a ella y le solté lo peor que podía haberle dicho. Me di cuenta nada más hacerlo.
—Veo que no te aburres y que has encontrado pronto un sustituto.
—Y eso lo dice quien le ha comido la boca a una tía a la que no soporta.
Fue un intercambio breve, pero suficiente para que la brecha que ya existía entre nosotros se convirtiera en un abismo.
Saúl observaba la escena con una diversión que yo no comprendía, pero decidió que ya había tenido bastante y me animó a sentarme a cenar.
No podía apartar la vista de ellos, sobre todo de él, que había quedado sentado frente a mí, y notaba cómo la sangre me hervía cada vez más.
—Deja de apretar la mandíbula o mañana tendrás que hacer las fotos con la boca cerrada.
—¿Te has dado cuenta?
—¿De que estás enamorado de mi hermana? Sí, desde antes de entrar en el restaurante.
—No seas cabrón, hazme el favor.
—¿Cabrón yo? Venga ya, hombre, como si no tuvieras pensado hablarme precisamente de eso.
—Sí, pero creo que se me han quitado las ganas.
—No te cierres. Tan solo es un amigo.
—Ese tipo quiere ser algo más que su amigo. Te lo digo yo, que soy hombre.
—Oh, no me había dado cuenta de que yo era un ornitorrinco. Perdona.
—Sabes a qué me refiero.
—Yo también soy hombre y en él solo veo a alguien que necesita atención, nada sexual, te lo aseguro. Parece que quiere contarle su historia a una persona que no lo juzgue.
—Esos son los peores, te lo prometo.
—¿Sabes qué creo que te ocurre, Fabri?
—Si no me lo cuentas, me parece que no voy a averiguarlo nunca.
—Amigo, tienes un ataque de celos de padre y señor mío.
—Nunca he sido celoso. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
—Hasta que ha llegado ella y ha puesto tu vida patas arriba.
—No puede ser eso. Solo nos hemos acostado una vez.
—Y una sola noche ha bastado para que mi hermana te robe el corazón.
—Tengo que encontrar la manera de acercarme a ella, pero, cada vez que lo intento, termino saboteándome a mí mismo.
—Eso tiene fácil solución, amigo.
—¿Y cuál es? Vamos, señor sabihondo, ilumíname.
—Dile lo que sientes sin tapujos. Ábrele tu corazón.
—Claro, ahora mismo voy hasta su mesa para decírselo.
—Si no estás dispuesto a hacerlo, será mejor que te olvides de ella y la dejes marchar para que pueda volver a enamorarse y pasar página.
—Es que no quiero eso.
—Mira, tienes dos opciones: o te armas de valor y le dices cómo te sientes o la dejas ir. Ahora eres tú quien tiene que decidir qué hacer.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con la arquitecta?
—De momento, en cuanto vuelva a España el mes que viene, pienso invitarla a cenar.
Estuvimos cenando mientras seguíamos hablando de todo y de nada, pues decidimos dejar aparcado durante un rato el tema de su hermana.
Ainoa y aquel tipo continuaban cenando tranquilamente, pero, cada vez que él conseguía hacerla reír, sentía que el puño que me oprimía el corazón se cerraba un poco más.
No era capaz de apartar la vista y, siendo sincero, ni siquiera escuchaba lo que Saúl me estaba diciendo.
—He visto un apartamento en Marte que me vendría muy bien para vivir allí.
—Genial.
—Y te llevaré conmigo. He hablado con un marciano que está interesado en que te cases con su hija. Eso me hará millonario.
—Me parece perfecto.
—Tío, ¿eres gilipollas de nacimiento o te has vuelto así con el tiempo?
—¿Perdona?
—Que no has escuchado nada de lo que te he dicho.
—Tienes razón y lo siento, pero…
—Ya, estabas más pendiente de mi hermana que de mí.
—No he podido apartar la vista. Es culpa mía.
—Por supuesto que es culpa tuya. Tú eres quien se ha comportado como un cretino con ella y no tienes más que lo que te has buscado.
—Gracias por tu sinceridad. Era justo lo que necesitaba en estos momentos.
Los vi levantarse para marcharse y, ante la posibilidad de que terminaran la noche juntos, me puse en pie sin pensarlo, ignorando lo que Saúl intentaba decirme.
Conseguí alcanzarlos antes de que llegaran a la puerta y salieran del restaurante para perderse de mi vista.
—Ainoa, ¿podemos hablar un momento?
—Fabrizzio, te estás volviendo un poco cansino. Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar.
—Te he dicho que quiero que me llames Fabri. Y sí, tenemos mucho de lo que hablar.
—Mira, estoy agotada tanto física como mentalmente. No entiendo qué quieres de mí y, aunque no te lo creas, esa incertidumbre me desgasta muchísimo.
—Ainoa, preciosa, creo que deberías hablar con él. Os debéis esa conversación, aunque solo sea para cerrar este capítulo de tu vida —le dijo aquel hombre.
Os prometo que me entraron ganas de cogerlo por las solapas de la camisa y apartarlo de ella de un empujón.
¿Quién coño se creía aquel tío para decirle que cerrara ese capítulo de su vida?
¿Acaso pretendía que empezara un nuevo libro con él? Porque podía seguir soñando, ya que yo no pensaba permitirlo.
—Perdona, no nos conocemos, pero esta es una conversación privada —le dije con el tono más educado que fui capaz de utilizar.
—Dejó de serlo en el momento en que decidiste abordarla delante de mí.
—Ainoa, afloja un poco, que tampoco te ha dicho nada —intervino Saúl, que se había acercado al ver lo que ocurría.
—¿Ahora estás de su parte?
—No estoy de parte de nadie, hermanita, pero es cierto que os debéis una conversación. No tiene por qué ser hoy ni en este momento, pero que necesitáis hablar es indudable.
—Ainoa, por favor, déjame hablar contigo.
—Está bien, pero ahora no. Mañana, cuando terminemos de trabajar.
—¿No puede ser antes, por favor?
—No, porque, después de las fotos, tengo que ir a recoger a mi mejor amiga al aeropuerto.
—Ahora, por favor. Tan solo serán unos minutos.
Me miró hastiada y comprendí que estaba agotando la poca paciencia que le quedaba. Si volvía a negarse, dejaría de insistir. No me gustaba obligar a nadie a hacer algo que no quisiera.
—Me duele la cabeza, Fabri, y sé que, cuando empecemos a hablar, no serán solo unos minutos.
—Está bien. Disfruta de la noche. Cuando te apetezca, ya sabes dónde encontrarme.
Me di la vuelta y me dirigí hacia mi coche. Ni siquiera me despedí de Saúl, que se quedó allí mirando a su hermana como si no terminara de comprender lo que acababa de ocurrir, aunque no sabía si dudaba de ella o de mí.
No me apetecía volver a casa, así que me detuve en el primer local de copas que encontré, entré y pedí una copa antes de sentarme en la barra.
Mi deseo de que nadie me reconociera estuvo a punto de cumplirse, hasta que una mujer se sentó a mi lado y se quedó mirándome.