A dos anuncios de conquistarte Capítulo 11
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Capítulo 11

Una vez en el hotel y después de darme una ducha, bajé al restaurante a comer.

Al final, no pude hacerlo con mi hermano, puesto que tenía una reunión importante y no podía escaparse ni aplazarla.

No me importaba comer sola, pero me había hecho ilusiones de hacerlo acompañada. Qué le íbamos a hacer.

El restaurante estaba a rebosar, pero, como por arte de magia, encontré una mesa que acababa de quedarse libre. No dudé en correr hacia ella, aunque alguien se me adelantó.

Era un hombre de unos cuarenta años, guapísimo y, por su aspecto, de lo más educado.

No sé si fue porque me quedé mirándolo o porque me vio cara de hambrienta, pero el caso es que, unos minutos después, me hizo un ofrecimiento.

—Si no te importa, podemos compartirla.

—No me gustaría importunarlo.

—No me importunas. Y tutéame, por favor, que, si no lo haces, me siento demasiado mayor.

—Entonces, por mí, encantada. Soy Ainoa.

—Un placer, Ainoa. Me llamo Moisés, pero todo el mundo me dice Moi.

—Pues nada, aunque yo no soy todo el mundo, te llamaré Moi.

El hombre soltó una carcajada que terminó contagiándome y me senté con él.

Me contó que se dedicaba a la importación y exportación de productos españoles y que por eso se encontraba en la ciudad, pues tenía varias reuniones con clientes potenciales.

Yo también le expliqué a qué me dedicaba y se sorprendió bastante, porque decía que tenía aspecto de ejecutiva importante.

Lo cierto es que aquel hombre me caía bien y conseguía que me sintiera muy cómoda. No sabía cuánto tiempo iba a permanecer él en Milán y ni siquiera yo tenía claro cuánto me quedaría, pero no dudé en preguntarle si le apetecía salir a cenar y conocer un poco la ciudad aquella noche.

—Chica, qué rápida eres. Eso iba a preguntarte yo ahora mismo.

—Entonces, ¿qué me dices?

—Por supuesto que sí. Nos vemos en el vestíbulo a las ocho y media. ¿Te viene bien?

—Me viene perfecto. Gracias por este ratito tan agradable.

—Gracias a ti, Ainoa.

Subí a mi habitación para descansar un rato. Encendí la televisión y puse uno de esos concursos que tanto me gustaban y que emitían en el canal internacional.

No sé cuándo ni cómo, pero me quedé dormida. Me despertó la vibración del móvil sobre la mesilla de noche, donde lo había dejado al llegar.

—Hermanita, ¿cenamos juntos?

—Hola, Saúl. Como no sabía si podrías, he quedado con un amigo. ¿Te apetece venir con nosotros?

—No quiero estropearte la cita…

Mi hermano soltó una risilla que no me gustó nada, pues daba a entender que había quedado con su amigo del alma, cuando no era así, y no dudé en aclarárselo.

—No he quedado con quien estás pensando.

—¿No habéis pasado la noche juntos?

—Tú lo has dicho: la noche, nada más. Esta mañana se ha comportado como si tuviera algo contra mí.

—No me lo estás diciendo en serio.

—Sí, completamente.

—Este tío es gilipollas desde que iba en los huevos de su padre.

—Definitivamente, estoy de acuerdo contigo.

—Espera, si no es con Fabri con quien has quedado… ¿Con quién vas a cenar entonces?

—Con un hombre que he conocido esta tarde. Se llama Moisés y está aquí por negocios.

—Ten cuidado, Ainoa, que el mundo no está como para largarse con cualquier desconocido.

—Si fuera por eso, tú no te acostarías con nadie.

—Pero es diferente…

—No me digas que es porque tú eres un hombre, ya que eso sí que no pienso permitírtelo. Ya he escuchado esa excusa demasiadas veces.

—Tienes razón y te pido perdón. Tan solo quiero pedirte una cosa.

—Dime.

—En cuanto regreses al hotel, envíame un mensaje, por favor, para que me quede tranquilo.

—Es curioso que, después de tantos años sin saber de mí, ahora te salga la vena protectora.

—No me ataques por ahí, Ainoa. Te aseguro que siempre he estado preocupado por ti. Otra cosa es que tú no lo supieras.

—Ahora me toca a mí pedirte perdón.

—Venga, olvidémoslo y corramos un tupido velo.

—Te quiero, hermano.

—Yo también, enana. No lo dudes nunca.

Con aquella simple palabra recordé nuestros primeros años de vida, cuando él me llamaba con ese apelativo cariñoso, y me invadió una nostalgia horrorosa.

Eso había sido antes de que nuestros padres empezaran a ponernos el uno contra el otro, antes de que iniciaran su campaña para separarnos y poder hacer con nosotros lo que quisieran.

Por suerte, no lo habían conseguido, al menos no del todo, aunque nadie podría devolvernos los años que habíamos pasado separados.

Terminé la llamada con mi hermano y me metí en la ducha para empezar a arreglarme, pues se me había echado el tiempo encima y, si seguía así, llegaría tarde.

Al salir, me apliqué un producto para definir mis rizos sin necesidad de secarlos, porque hacerlo me habría llevado un tiempo precioso.

Una vez arreglado el pelo, empecé con el maquillaje, que apliqué de manera sutil: tan solo máscara de pestañas y los labios pintados de rojo.

Sí, sé que es un tópico, pero, cuando me ponía aquel color, me sentía otra mujer, más segura y fuerte, y siempre que podía recurría a él.

Elegí un vestido azul marino, de escote en uve y estilo camisero, que me gustaba mucho y con el que me sentía sexy y cómoda a la vez.

Unas sandalias rojas de tacón medio, a juego con mis labios, completaron el conjunto. El bolso era multicolor, tipo bandolera y con una cadena dorada que aportaba un toque informal a todo lo elegido.

Cuando llegué al vestíbulo, Moi ya estaba esperándome. Llevaba unos pantalones de lino verde botella y una camisa blanca remangada hasta los codos.

Decir que estaba guapísimo era quedarse muy corta. Las mujeres que se encontraban a cien metros a la redonda no podían evitar fijarse en él.

—Vaya, si esta mañana estabas guapa, ahora estás… sencillamente increíble.

—Gracias. Tú también estás muy guapo.

—¿Dónde te apetece ir?

—Siendo sincera, no conozco nada aparte de la plaza en la que hemos estado trabajando esta mañana, así que dejaré que me sorprendas.

—Eso me gusta, porque conozco el sitio ideal para cenar y tomar una copa.

—Entonces, vámonos antes de que nos quedemos sin mesa.

Moi me ofreció el brazo y yo me agarré a él con todo el gusto del mundo. Al día siguiente ambos trabajábamos temprano, por lo que no podíamos quedarnos hasta demasiado tarde o no daríamos pie con bola en nuestras obligaciones.

Había pedido un taxi, pues el hotel estaba bastante lejos del restaurante al que pensaba llevarme. Además, aunque los zapatos eran muy cómodos, no lo suficiente como para caminar hasta allí sin que acabaran doliéndome los pies.

—Te noto tensa, Ainoa, y quiero que sepas que no tengo ninguna mala intención contigo.

—Lo sé, se nota. Y no es tensión, sino una mezcla de nervios y expectación, la verdad.

—¿Se puede saber qué esperas de esta noche?

—Siendo sincera, solo pretendo sentirme a gusto, estar cómoda y olvidarme de todo lo que llevo encima.

—Lo vas a conseguir, te lo prometo.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al restaurante, que tenía unas vistas preciosas de aquella parte de la ciudad, pues la mesa que nos asignaron estaba en la terraza.

Parecía que nos encontrábamos en el escenario de una película romántica, porque el ambiente no podía ser más bonito.

Moi empezó a contarme que acababa de separarse y que tenía una hija de diecisiete años que había decidido quedarse a vivir con él.

—¿Llevabais mucho tiempo casados?

—Toda la vida. No es que estuviéramos casados desde que nacimos, pero empezamos juntos siendo dos niños.

—Quizá ese fuera el problema, que llevabais tantos años juntos que la relación terminó desgastándose.

—No, no tiene nada que ver con que empezáramos a salir con quince años y nos casáramos con veinte.

—¿Entonces? ¿Qué os llevó al divorcio? Si no es indiscreción.

—Para nada. Pretendemos seguir siendo amigos, así que no tiene nada de malo que lo preguntes.

—Ya, pero acabamos de conocernos y quizá no te apetezca hablar de eso.

—De verdad, no hay ningún problema. Tan solo puede resultar chocante. Lo fue para mí, así que imagino que para los demás también lo será.

—¿Tan malo fue? ¿Se acabó el amor?

—Para nada. Quiero a mi exmujer como el primer día, pero no se puede luchar contra una decisión como la que ella tomó.

Moi me contó que su mujer, Casandra, había padecido un cáncer de mama y que tanto él como su hija habían permanecido a su lado durante toda la enfermedad.

—Fueron dos años muy largos hasta que, por fin, pudo tocar la campana que anunciaba el final del tratamiento.

—¿Entonces? ¿Qué sucedió?

—Después de pasar por aquello, nos dijo que se había dado cuenta de que la vida era demasiado corta y de que había renunciado a muchas experiencias por permanecer a nuestro lado…

—Y quería recuperar el tiempo perdido.

Debería haberme guardado aquella frase, pero, como me ocurría tantísimas veces, mi boca habló antes que mi mente y la dije en voz alta.

—Eso mismo fue lo que dijo. Que necesitaba saber qué se sentía al estar con otros hombres, salir de fiesta, viajar y actuar sin tener que pensar que nosotros la estaríamos esperando en casa, como antes.

—Déjame decirte algo, aunque pueda sentarte mal, pero hay cosas que no soy capaz de callarme.

—No me sentará mal. Mi hija es la primera que lo piensa y lo dice, te lo aseguro.

—Tu mujer ha sido muy egoísta. No ha pensado en el dolor que podía causaros.

—Pues sí, pero, si eso es lo que quiere, no seré yo quien le diga que no debe hacerlo.

—Claro. Igual que entiendo que tú no tengas por qué aguantar que se acueste con unos y con otros mientras esperas a que se decida.

—Por supuesto que no voy a consentirlo. Jamás, durante todo el tiempo que estuvimos juntos, le fui infiel, por muchas oportunidades que tuve, tanto en mis viajes como en las cenas de negocios.

—Y eso dice muchísimo de ti como hombre. No te arrepientas de haberla amado de esa manera.

—Sé que me costará encontrar otra pareja. No porque esté cerrado al amor o haya dejado de creer en él, sino porque, mientras siga sintiendo lo que siento por ella, no engañaré a nadie.

No pude evitarlo y me levanté para abrazarlo. Los dos lo necesitábamos. Lo comprendía a la perfección, pero la verdadera sorpresa llegó cuando me separé y levanté la vista.

Allí, observándome con dolor y rabia, estaba Fabrizzio, acompañado de mi hermano, que, a diferencia de él, contemplaba la escena con diversión y una sonrisa en los labios.

—Veo que no te aburres y que has encontrado pronto un sustituto.

—Y eso lo dice quien le ha comido la boca a una tía a la que no soporta.

—A quién bese o deje de besar no es asunto tuyo.

—¿Y con quién esté yo sí es asunto tuyo?

—Venga, Fabri, vamos a cenar y deja a mi hermana en paz.