A dos anuncios de conquistarte Capítulo 10
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Capítulo 10

No podía aguantar ni un minuto más allí y así se lo hice saber a mi compañero. Aprovecharía para llamar a Valeria, con quien no había hablado en dos días y que estaría desesperada por saber de mí.

Además, quería contarle que había encontrado a mi hermano y que había cambiado mucho respecto al que yo recordaba. Pensé que, cuando terminara la campaña, me quedaría allí una temporada, si a Saúl no le importaba, claro.

—Arturo, no puedo estar aquí ni un minuto más. Necesito alejarme un poco. Voy a hacer una llamada.

—Ainoa, no vayas a cometer una tontería, por favor.

—No pienso hacer ninguna, pero necesito ver la situación desde otra perspectiva.

—Está claro que esta mujer está muy bien relacionada, por decirlo de una manera suave.

—Ni que lo digas, pero no te preocupes, que me la tendré que tragar con patatas si no quiero que Martín me ponga de patitas en la calle por perder una campaña como esta.

—No lo hará, aunque tenga que encargarme yo.

—Que ni se te pase por la cabeza, amigo. Ese capítulo debes tenerlo más que cerrado.

—Bueno, digamos que la puerta está entornada.

—De eso nada. Tienes que darle una patada y cerrarla de una vez por todas.

—Voy por buen camino. Carlo me está ayudando mucho.

—Y así debe seguir, no lo dudes. Ahora me marcho, no tardaré.

Dejé a Arturo allí, borrando casi todas las fotografías de la última tanda porque no nos servía ninguna, mientras yo salía de la zona acotada.

Me fui hasta una esquina, saqué el teléfono y marqué el número de Valeria.

—Menos mal. Pensé que te habían abducido los extraterrestres.

—Casi, pero sin salir de la ciudad.

—¿Te han secuestrado?

—¿Te importaría dejar de preguntar tonterías y escucharme?

—Vale, vale, no abro la boquita, pero empieza a largar ya mismo.

Empecé a contarle cómo habían transcurrido aquellos dos días y cómo me había impactado Fabrizzio por su cercanía y su manera de hablar.

—Lo sabía. Tenía claro que, en cuanto lo tuvieras delante, ibas a caer a sus pies.

—Chica, pues más bien ha sido todo lo contrario, pero luego…

—¿Luego qué?

—Que sigue siendo el mismo gilipollas que yo pensaba. Además, eso no es todo lo que ha ocurrido.

Le conté cómo habíamos pasado la noche juntos y cómo me había tratado al llegar al set de rodaje.

Los gritos de júbilo que mi amiga había soltado al principio fueron convirtiéndose en palabras malsonantes dirigidas a Fabrizzio, que consiguieron hacerme reír.

—Y ahora vamos a la parte más interesante.

—¿Todavía hay más?

—Pues sí, y no te lo vas a creer.

Le conté lo de mi hermano, un tema que apenas habíamos tocado porque ni siquiera llegó a conocerlo.

—¿Sabes una cosa?

—Dime, ¿qué estás pensando?

—Pues que ya he terminado el proyecto de la casa de la playa y el pesado no vuelve a España hasta dentro de un mes. Así que voy a adelantar mi vuelo y mañana estaré allí con vosotros.

—¿Me lo dices en serio?

Justo cuando hablaba de aquello con Valeria, escuché unos pasos detrás de mí y supe que era él.

No tardé en confirmarlo, pues me cogió del brazo para hacerme girar y se dirigió a mí.

—Corta esa llamada ahora mismo.

Lo dijo como si fuera mi dueño, como si tuviera algún derecho sobre mí o sobre lo que podía hacer o dejar de hacer.

—Espera un momento, no me cuelgues —le pedí a Valeria.

—No pienso hacerlo ni por todo el oro del mundo —me contestó riendo.

Ya me la imaginaba con el altavoz del móvil puesto y comiendo palomitas como si estuviera viendo una película.

—¿Me puedes decir quién coño te crees para decirme lo que tengo que hacer?

—Te he dicho que cuelgues.

—Y yo te he dicho que no me sale del… alma, por no ser grosera.

—Ya está todo arreglado con Marcela. No tienes que pedir que la sustituyan.

—¿Perdona? ¿Acaso crees que toda mi vida gira alrededor del trabajo?

—¿No estabas hablando con la agencia?

—Pues no. Y no tendría por qué darte explicaciones, ni a ti ni a nadie, pero aun así voy a hacerlo. Estoy hablando con una amiga y ahora, si me disculpas…

—Perdona, lo siento mucho. Yo… te espero dentro.

—Sí, porque estoy viendo a más de una a punto de sufrir un desmayo…

Fabrizzio me miró sin saber si reír o llorar, pero optó por no hacer ninguna de las dos cosas y darse la vuelta antes de volver a meter la pata.

Respiré hondo y retomé la conversación con Valeria, que seguía muerta de risa, hasta el punto de que apenas era capaz de hablar.

—¿Me puedes explicar a qué ha venido eso?

—¿Lo ves? Es medio gilipollas, por no decir que lo es entero.

—Ese tío me encanta. Se cree el gallo del corral y no llega ni a pollito.

—En eso no llevas razón… Cómo se nota que no has estado con él en la cama.

—Ni quiero, la verdad. Eso sí, si el antipático de la casita de la playa mantuviera la boquita cerrada, te juro que no le haría ascos.

—Espero conocerlo algún día y ya te daré mi opinión.

—Será la misma que la mía.

—Bueno, amiga, te veo mañana. No reserves habitación en ningún hotel, que podemos dormir las dos en la mía.

—Claro que sí, y ponemos al modelo en medio.

—Eso no va a volver a ocurrir, te lo puedo jurar.

—Nunca digas «de esta agua no beberé», que el camino es muy largo y puede darte sed.

—Uy, uy, qué refranera. Esa versión tuya no la conocía yo, fíjate.

—Te dejo, que tengo que cambiar los billetes, a ver si encuentro uno tempranito.

—Y yo tengo que volver a la campaña, que tengo a Di Luca en bóxer paseándose por todo el set.

—A ver si al final le va a dar un jamacuco a alguna señora mayor y vais a tener que lamentarlo.

Soltamos una carcajada y colgamos. Aquella conversación con Valeria me había venido de maravilla, pues me había cambiado el humor por completo y había disipado todo el malestar que llevaba dentro.

—Venga, chicos, volvamos al trabajo.

—Marcela, tal y como te he dicho antes, por favor —le pidió Arturo.

La tal Marcela me miró con mala cara, pero me daba igual. Al día siguiente tendría allí a mi otra mitad, la que me alegraba los días, y no pensaba permitir que aquella mujer me amargara el momento.

Parecía que las advertencias de Arturo y Fabrizzio habían surtido efecto, puesto que no tuvimos que repetir ninguna toma.

Mi trabajo había terminado por aquel día y ahora le tocaba el turno al equipo encargado de grabar el anuncio, por lo que empecé a recoger mis cosas para regresar al hotel.

Llamaría a mi hermano para ver si todavía estábamos a tiempo de comer juntos, aunque, por la hora que era, no las tenía todas conmigo. Estaba casi segura de que ya habría almorzado.

Pero me daba igual. Si era así, quedaríamos para tomar un café o una copa, pues lo único que quería era estar con él y recuperar los años que nuestros padres nos habían arrebatado.

Estaba a punto de marcharme cuando vi que Arturo se acercaba a mí sonriendo.

—¿Con quién has hablado para volver con esa cara de felicidad?

—Con quien tú estás pensando.

—¿Qué tal está mi segunda loquita preferida?

—Estupendamente. Además, tenía preparada una sorpresa.

—¿Se ha casado?

—Me parece que me equivoqué de profesión. Tendría que haber estudiado psiquiatría.

—No, cariño, porque con nosotros dos no habrías dado abasto. Pero venga, dime cuál es esa sorpresa, porque tiene que ser buena, a juzgar por tu carita.

—Buena, no, buenísima. Llega mañana. Estoy esperando a que me confirme la hora.

Arturo empezó a gritar y a saltar a mi alrededor como un niño pequeño al que acababan de decirle que al día siguiente iría al parque de atracciones.

—Ahora me marcho, que quiero ver si puedo comer con mi hermano o, al menos, tomarme un café con él.

—Tu hermano está para mojar pan, chica. Qué calladito te lo tenías.

—Arturo, hacía más de cinco años que no lo veía. No sabía si había engordado o se había quedado calvo. Ni siquiera sabía que vivía aquí; yo creía que seguía en Suiza.

—Me alegro de que os hayáis reencontrado, de verdad.

—Nos vemos luego, si es que no pasas la noche con Carlo.

—Yo me quedo. Voy a esperar a que termine y así nos marchamos juntos.

Le dejé un beso en la mejilla y, mientras me alejaba, no pude evitar volver la cabeza para mirar a Fabrizzio, que seguía concentrado en su trabajo.