Capítulo 9
Fabrizzio
No sabía qué me había pasado con aquella mujer, de verdad. Jamás había permitido que ninguna se quedara a dormir después de acostarme con ella y, sin embargo, allí estaba, con Ainoa recostada sobre mi pecho.
Esa mujer me nublaba los sentidos desde el primer momento en que la vi. No era ni medio normal que, después de todo lo que había ocurrido entre nosotros y de la imagen que se había formado de mí, hubiera terminado acostándome con ella.
Me levanté procurando no despertarla porque entre nosotros había lo que había. No iba a colgarme por ella, por mucho que me atrajera.
Por eso, me largué de allí y decidí volver a levantar aquel muro, recuperar la máscara con la que me mostraba ante los demás y conseguir que se alejara de mí.
La primera oportunidad se presentó en cuanto le pidió a Marcela que se cambiara con Sofía.
Marcela no estaba haciendo su mejor trabajo, eso era evidente, pero no iba a permitir que Ainoa la apartara. Tenía que demostrarle que sus sentimientos no me importaban, aunque para ello tuviera que comportarme como un auténtico borde.
—Ainoa, me parece que te estás pasando. Y, si estás haciendo esto por motivos personales, desde ahora mismo te digo que no va a servirte de nada.
Se volvió hacia mí y os aseguro que, si las miradas matasen, habría caído fulminado al instante. Sin embargo, detrás de toda aquella rabia, pude ver que mis palabras le habían dolido.
Me respondió con la misma dureza con la que yo le había hablado. Tampoco me gustó, pero era justo lo que estaba buscando.
Intercambiamos varias frases bastante contundentes, pero no dejé la cosa ahí. Por mucho que Marcela me desagradara, tenía que actuar y demostrar que me interesaba.
No me lo pensé y, en cuanto se acercó para protestar, aproveché la ocasión.
—No entiendo qué le pasa a esa mujer conmigo, pero, si piensa que voy a quedarme quieta, está muy equivocada.
—Lo que le ocurre es que me acosté con ella anoche y pensará que lo nuestro es para toda la vida. Ya sabes, celos.
—A mí me importa un carajo. No voy a permitir que se cargue mi trabajo porque le dé la gana.
Me acerqué a Marcela, le acaricié la cara, preparando el terreno, y la besé. Lo hice con pasión y delante de las narices de Ainoa, para asegurarme de que le quedara claro.
Os prometo que fue como besar a un maniquí. No sentí absolutamente nada y eso me sorprendió muchísimo.
Al levantar la mirada hacia Ainoa, vi rabia en sus ojos, pero también dolor y desilusión, como si hubiera creído que entre nosotros podía existir algo más, cuando yo no pensaba permitir que fuera así.
—Fabrizzio, lo siento, pero yo… tengo una relación con alguien y no quiero perderla.
—No pasa nada, Marcela. Te pido disculpas. Ha sido un impulso provocado por la tensión del momento.
La vi alejarse después de que uno de los responsables de la campaña le hiciera un gesto. Por la mirada que intercambiaron, supe que aquel era el hombre con el que mantenía una relación y, con sinceridad, me dio exactamente igual.
Lo que no me daba igual era la manera en que Ainoa se estaba comportando y, por eso, no dudé en acercarme a ella.
—¿Qué coño te has creído, Ainoa?
—Suéltame ahora mismo.
—¡Contéstame!
Os prometo que la sangre me hervía en las venas. No entendía su actitud y seguí insistiendo.
Me dolió que dijera que le importaba una mierda con quién estuviera liado, porque sabía que no era cierto. Ella estaba tan interesada en mí como yo en ella.
Y fue entonces cuando comprendí que, por mucho que quisiera negarlo, ya no había marcha atrás. Me había pillado por aquella mujer, aunque acababa de elegir perderla para no sentirme atado a nada ni a nadie.
Retomamos la campaña y Arturo volvió a encargarse de dar las indicaciones, pero tampoco se quedó corto.
—Marcela, bonita, ¿te importaría quitar esa cara de estreñimiento que llevas?
—No tengo ninguna cara de esas que dices.
—¿Perdona? El que está viendo los resultados soy yo.
—Tú estás viendo lo que tu amiguita te está diciendo.
—Te aseguro que no he cruzado una sola palabra con Ainoa. Y esto, en lugar de una campaña de ropa interior, parece un anuncio de laxantes.
—Ya vale, Arturo. No me parece lícito ni lógico que la ataques de esa manera por celos o por…
—¿Qué dices de celos? Ven aquí y juzga por ti mismo.
Arturo me hizo un gesto para que me acercara. Mientras Ainoa hacía las fotografías, estas se volcaban automáticamente en el portátil.
Amplió una de ellas en la pantalla del ordenador y, aunque intenté disimular el impacto que me causó, no lo conseguí demasiado, porque Arturo esbozó una sonrisa.
—¿Ves lo que te digo?
—Tampoco es para tanto. Una mala fotografía la tiene cualquiera.
—En eso estoy de acuerdo contigo, pero es que no hay una sola. Ve pasándolas y me dices qué te parecen.
Eso hice y lo cierto era que no había ni una fotografía en la que Marcela saliera bien.
No sabía si el hombre con el que estaba le había reprochado la complicidad que parecía existir entre nosotros o si le había echado la bronca por aquel beso, pero el caso era que tenía que darle la razón a Arturo.
—Dame un momento. Hablaré con ella.
—Mira, Fabrizzio, si esa mujer no pone de su parte, llamo ahora mismo a la agencia y solicito oficialmente que la cambien, aunque tengamos que retrasar la campaña —me advirtió Ainoa.
—No creo que sea necesario —le respondí con un tono demasiado seco, la verdad.
—Por supuesto que lo es. Es mi trabajo el que está en juego y no pienso presentar una campaña que parezca hecha por un niño de doce años con un móvil.
Arturo nos miró, especialmente a mí, y asintió. No supe qué decir porque ambos tenían razón. Me di media vuelta y me marché dispuesto a ponerle las pilas a Marcela, que se encontraba hablando con aquel hombre.
—Marcela, ¿podemos hablar?
—Lo que tengas que hablar con ella puedes decirlo delante de mí —intervino él.
Lo miré y después dirigí la vista hacia Marcela, que asintió con una soberbia increíble, como si estuviera por encima del trabajo de todos los demás y lo que yo pudiera decirle le importara un huevo.
—Perfecto. He visto las fotografías y no hay por dónde cogerlas. O cambias de actitud o…
—O se cambia al equipo de fotografía —me interrumpió aquel hombre.
Tuve claro lo que pretendía. No quería que Ainoa continuara en la campaña después de lo que le había dicho a Marcela, y eso sí que no iba a permitirlo.
—Si se cambia al equipo de fotografía, yo abandono la campaña.
—Como si fueras el único modelo del mercado.
—El único, no, pero sí el mejor. Es más, creo que ahora mismo voy a llamar al propietario de la firma y seré yo quien solicite el cambio de la modelo principal femenina.
—Espera, por favor. No puedo perder este trabajo. Te prometo que todo cambiará a partir de ahora.
—Eso espero, porque a tu novio tampoco le conviene que ocurra algo así. La campaña se retrasaría, su empresa perdería mucho dinero y él no tendría manera de justificarlo.
Por lo que supe después, aquel tipo estaba casado y tenía hijos, pero se había encaprichado de Marcela.
Ella tampoco era tonta y sabía que, mientras estuviera con él, no le faltarían trabajos y podría ascender con mayor rapidez, así que no había dudado en liarse con él.
Pero todo aquello me daba exactamente lo mismo. Solo quería que la campaña saliera bien y haría todo lo posible para conseguirlo.
Minutos después de aquella conversación, me dirigí hacia donde estaba Arturo, pues Ainoa no aparecía por ninguna parte.
Tan solo esperaba que no hubiera llamado a nadie para solicitar el cambio de modelo. Tenía claro que a Marcela no iban a quitarla de allí ni con agua caliente y que el trabajo que podía verse afectado era el de Ainoa.
—Todo arreglado. Podemos continuar.
—No podemos. Ainoa ha salido un momento.
—¿Adónde?
—No lo sé. Ha dicho que necesitaba hacer una llamada.
Salí corriendo de la zona acordonada, sin que me importara ir en bóxer, hasta que la localicé hablando por teléfono en la otra esquina de la plaza.
—Corta esa llamada ahora mismo.
Mi tono no fue el más adecuado, la verdad, pero no me arrepentí de haberlo utilizado.