A dos anuncios de conquistarte Capítulo 8
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Capítulo 8

Desayunamos entre bromas y confesiones, pues Arturo me contó que también había pasado la noche con Carlo, que se había marchado a primera hora para ir a casa a cambiarse de ropa.

El resto del personal de la agencia que se alojaba en el hotel ya estaba en la puerta, esperando a que saliéramos los que faltábamos.

Al final, nos recogería un microbús en lugar de ir en varios coches. Comprobé que llevaba todo el material, pues no quería llegar allí, descubrir que me había olvidado algo y tener que volver al hotel.

En cuanto llegamos, lo primero en lo que me fijé fue en que Fabrizzio parecía ausente, pero no sería yo quien le preguntara qué le ocurría.

Preparamos todo y empezamos con las fotografías. Mientras yo disparaba, Arturo iba dando indicaciones a los modelos.

En la parte central estaba Fabri junto a una modelo sueca de piernas interminables que se lo comía con la mirada.

Se suponía que tenía que hacerlo, pero me incomodaba de una manera inexplicable, aunque intenté disimular todo lo que pude.

Arturo había dado todas las indicaciones y nadie había puesto ninguna objeción, pero había algo que no me convencía y se notaba en la última fotografía.

Me habían explicado que Fabri era el modelo principal, pero que podía cambiar y recolocar a los demás, incluida la modelo que apareciera junto a él, así que eso hice.

—Marcela, cámbiate con Sofía, por favor. En las fotografías se te ve demasiado forzada y quizá sea porque estás cansada.

—No pienso moverme de aquí. Yo soy la protagonista junto a Fabri y no voy a consentir aparecer como una segundona —me respondió, mirándome como si estuviera por encima de mí.

Todo el que me conocía sabía que no había nada que soportara menos que una persona que se creyera superior a los demás, bien por su dinero o porque se considerara más guapa que el resto.

Aquel comentario fue suficiente para que saliera mi lado más inflexible y antipático, que era también el responsable de la fama que tenía entre los modelos, porque nunca permitía que nadie me pisoteara.

—Mira, chica, no sé qué te habrán dicho, pero tengo plena libertad para colocaros como considere conveniente. Te he pedido que te cambies, así que mueve el culo, que nos estás retrasando.

—Ya quisieras tú tener el culo que tengo yo, estúpida —me soltó mientras se apartaba.

—No me busques la lengua, haz el favor, y quítate de en medio, bonita, que tengo que continuar con mi trabajo. Si tú no quieres seguir haciendo el tuyo, ya sabes dónde está la puerta.

—¿Me estás llamando irresponsable o vaga?

—¡Qué pereza de mujer! ¿Te importaría dejarme trabajar e irte a llorar a la llorería?

—Ainoa, me parece que te estás pasando. Y, si estás haciendo esto por motivos personales, desde ahora mismo te digo que no va a servirte de nada —intervino Fabrizzio.

Os prometo que me entraron ganas de acercarme a él y estamparlo contra la pared, pero eso solo retrasaría aún más la campaña, y no me convenía. Cuanto menos tiempo tuviera que pasar a su lado, mucho mejor.

—Mira, chaval, lo que tú hagas con tu vida personal me importa un carajo. ¿He sido lo bastante clara?

—Ainoa, ve a tomarte algo y a fumarte un cigarro. Yo continúo —me dijo Arturo.

Le entregué la cámara y salí de la zona acordonada en la que estábamos trabajando.

El encargado de la campaña, al ver que los ánimos se habían caldeado, concedió diez minutos de descanso, por lo que mi amigo no tuvo que continuar con las fotografías.

Vi cómo aquella tipa se acercaba a Fabrizzio y cómo él, con un gesto demasiado cariñoso, le sujetaba la cara y la acariciaba para, acto seguido, besarla en los labios.

Después levantó la cabeza y me dedicó una mirada acompañada de una sonrisa que, al menos para mí, decía demasiado.

Con aquel gesto me estaba dejando claro que lo ocurrido entre nosotros la noche anterior no había significado nada más que un polvo, justo lo que había dado a entender en la mesa. Y yo, que era gilipollas, se lo había puesto en bandeja.

Arturo, que también se había dado cuenta, vino corriendo hasta donde yo estaba. Carlo, que se encontraba a su lado y había presenciado la escena, lo siguió.

—¿Eso que acabo de ver va en serio?

—Completamente. Tú podrás decir que es buena persona y todo lo que te dé la gana, pero lo que acaba de hacer no es propio de alguien con buen corazón.

—¿Alguien puede explicarme a qué ha venido eso? Si Fabri no soporta a Marcela…

—Pues debe de haber cambiado de opinión, porque le está plantando un morreo en toda regla —les dije, señalándolos.

—No me lo puedo creer. Retiro todo lo bueno que he dicho de él. Es un cabrón de manual.

—Y yo soy gilipollas, que es lo peor.

—No, chica, tú te has dejado llevar, nada más.

—Lo peor será tener que aguantarlo durante todo el mes y que, cada vez que corrija algo, me acuse de hacerlo por la noche que hemos pasado juntos.

—No te preocupes, que de eso me ocupo yo —me aseguró Carlo.

Nos dejó allí, tomando un refresco para intentar paliar un poco el calor, y fue directo a hablar con Fabrizzio.

Los vimos gesticular mucho e incluso llegué a pensar que acabarían llegando a las manos, por lo que mandé a Arturo para que calmara un poco los ánimos.

Podría haber ido yo, pero, conociéndome, era mejor que me mantuviera al margen o les daría el doble de trabajo a los de maquillaje, porque tendrían que disimularle el moratón del ojo después del puñetazo que me entraban ganas de darle.

No me lo esperaba. Estaba de espaldas, preparando el material y revisando las fotografías que había hecho para eliminar las que no me gustaban, cuando alguien me agarró del brazo y tiró de mí de una manera intimidante, por no decir violenta.

—¿Qué coño te has creído, Ainoa?

—Suéltame ahora mismo.

—¡Contéstame!

Me zafé de él con un manotazo y Fabrizzio me miró como si no entendiera que hubiera reaccionado de aquella manera.

—No tengo que contestarte nada. Primero, porque estoy haciendo mi trabajo y, segundo, pero no menos importante, porque me importa un carajo y medio lo que tengas con quien sea.

—Eso no es verdad y lo sabes.

—¡Modesto, baja, que sube Fabrizzio!

—¿Qué estás diciendo?

Por un momento había olvidado que no estaba en mi país y que, por mucho que aquel hombre hablara español, no entendía la mayoría de nuestras expresiones, pero me dio igual.

Me di la vuelta y les indiqué a todos que volvíamos al trabajo, pero, antes de que pudiera añadir nada más, se acercó el encargado de la campaña.

—Ainoa, tengo que corregir una cosa que te dije.

—Tú dirás.

—No puedes sustituir a Marcela. En su contrato figura como modelo principal junto a Fabrizzio, aunque antes te dijera que podías cambiarla.

—Mientras haga su trabajo sin que parezca que tiene un palo metido por el culo, por mí no hay ningún problema.

—Si hay algo que no te gusta, la corriges y listo.

—Siempre que me haga caso, ¿no?

—Hablaré con ella, no te preocupes.

Se marchó y, antes de volver a colocarme delante de ellos, respiré hondo y caminé hacia donde se encontraban.

Desde lejos vi a Fabrizzio demasiado cerca de Marcela. Por lo visto, también se acostaba con ella y por eso se había molestado tanto cuando intenté cambiarla por Sofía, que era mucho mejor modelo.

En aquellas tomas no tenían que aparecer ni Sofía ni Carlo, por lo que se acercaron hasta donde yo estaba.

Aprovecharon un cambio de vestuario para hablar conmigo mientras revisaba las fotografías.

—No lo entiendo, de verdad. Esa mujer parece un maniquí —dijo Sofía.

—Ya, cariño, pero en la cama debe de soltarse bastante —le contestó Carlo.

Todos entendimos perfectamente por qué lo había dicho.

Nos miramos y los cuatro soltamos una carcajada, que coincidió con el momento en que apareció en el portátil una de las fotografías de Marcela. Ella dio por hecho que nos reíamos de la imagen.

—¿De qué os reís?

—De lo que nos da la gana, chica —le contesté.

—Me parece que quieres quedarte sin trabajo, porque, como yo abra la boca…

—Consigue que despidan a cualquiera de los que estamos aquí y entonces sabrás de verdad quién es Carlo Sofredi —la amenazó nuestro amigo.

—No merece la pena, Carlo. Aquí, quien más y quien menos, ya tiene una trayectoria a sus espaldas que no va a quedar destruida por una niñata que se cree alguien —le aconsejé.

—Ya lo verás —me amenazó.

Y supe que aquella niñata iba a complicarme la campaña mucho más de lo que imaginaba.