A dos anuncios de conquistarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Pasé el resto de la tarde con mi hermano, poniéndonos al día. Me llevó hasta su casa e insistió en que, durante el tiempo que estuviera en Milán, me quedara allí con él, pero me negué.

—No puedo, Saúl. No quiero invadir tu intimidad.

—Me importa un huevo la intimidad. No sabes cuánto te he echado de menos, Ainoa.

—Y yo a ti porque, aunque siempre estuvimos en bandos distintos, te quería…

—¿Hablas en pasado?

—No, para nada, pero estos años sin saber nada de ti me han hecho pensar mucho.

—A mí también. Y la culpa de lo que ocurrió no fue ni tuya ni mía, sino de nuestros padres, que pensaban que, enfrentándonos de aquella manera, se saldrían con la suya.

—Pues contigo no fue así y conmigo tampoco.

—¿Qué pasó contigo? ¿Sigues viviendo con ellos?

—Para nada. También intentaron manejar mi vida, pero no lo consiguieron.

Mientras nos tomábamos un buen capuchino, le conté a mi hermano cómo había sido mi vida desde que se marchó.

—Tuve que estudiar a escondidas y fui comprándome el equipo poco a poco, sin que ellos se dieran cuenta.

—Es que no lo entiendo. ¿Qué pretendían conseguir con eso?

—Contigo estaba claro: querían que los mantuvieras y los trataras como a dos reyes. Y conmigo, que fuera la solterona que se encargara de cuidarlos y de que nunca les faltara un plato en la mesa.

—No creo que fuera eso…

—Oh, sí, créeme que sí. Es más, me enteré porque esas palabras salieron de la boca de la que se hace llamar nuestra madre.

—¿Te lo dijo? ¿Así de claro?

—Con todas sus letras y sus sílabas, te lo aseguro.

—¿Siguen viviendo en la misma casa?

—No, porque la abuela me lo dejó todo a mí: tanto la casa como el dinero que tenía en la cuenta.

—¿Los echaste?

—Bueno, más bien los invité a marcharse. Ya lo tenían todo preparado para irse a vivir al pueblo de papá, a la casa de los otros abuelos, y pretendían que yo lo dejara todo para acompañarlos.

—Como es lógico, no te fuiste.

—¿Cómo iba a renunciar a todo por alguien que nunca me había valorado?

—Tienes toda la razón del mundo.

Estuvimos charlando hasta después de la hora de cenar. Luego me acompañó al hotel e insistió de nuevo en que me marchara con él.

—De verdad, Saúl, prefiero quedarme aquí. Es más cómodo para el trabajo, porque salimos todos juntos.

—Vale, pero prométeme que nos veremos mañana. Dame tu móvil.

Lo saqué del bolso y se lo entregué. Lo vi marcar un número y, unos segundos después, su teléfono empezó a sonar. Entonces cortó la llamada.

—Aquí tienes mi número y yo ya tengo el tuyo.

—Lo guardaré y te llamaré mañana cuando termine de trabajar.

—Si no te contesto, no será porque no quiera, sino porque estaré ocupado. Te prometo que te devolveré la llamada en cuanto pueda.

—Lo sé, no te preocupes. Que descanses.

—Igualmente, hermanita.

Saúl me dio un beso en la mejilla y se marchó. Esperé a que entrara en el ascensor antes de volver a mi habitación.

Sin embargo, no me dio tiempo a cerrar la puerta cuando un pie apareció entre esta y el marco, impidiendo que lo hiciera.

Me asusté, y mucho, pues estaba sola y no sabía quién podía ser. Asomé un poco la cabeza para descubrir de quién se trataba y me encontré con la mirada de Fabrizzio.

—¿Puedo pasar?

—Claro, pero…

No pude terminar la frase porque se lanzó sobre mis labios y me devoró la boca como si no hubiera un mañana.

Podría haberlo rechazado, pero os juro por lo más sagrado que no fui capaz. Me entregué a aquel beso como nunca antes lo había hecho.

—Me moría de ganas de hacer esto.

—¿Has venido para eso?

—No, he venido para hablar contigo, pero creo que a los dos nos apetece hacer otra cosa antes.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Te aseguro que, si ahora mismo metiera los dedos en tu sexo, lo encontraría tan dispuesto como estoy yo.

—No, porque…

No me dejó terminar. Me cogió por la cintura y se pegó a mí, haciéndome comprobar lo excitado que estaba, mientras volvía a besarme con la misma intensidad.

—¿Estás segura de que no es así?

—Calla y no pares.

—Eso me parecía.

Fabrizzio posó las manos en mi trasero y me levantó, haciendo que enroscara las piernas alrededor de su cintura.

Entre besos, me llevó hasta la cama y me bajó, apoyando de nuevo mis pies en el suelo.

Fue descendiendo por mi cuello con los labios mientras deslizaba los tirantes de mi vestido hasta dejarlo caer al suelo.

Cuando mis pechos quedaron al descubierto, bajó hasta ellos con las manos y la boca. Los amasó, lamió y succionó a su antojo.

Mis manos tampoco se quedaron quietas. Me deshice de su camiseta y la lancé al suelo para que le hiciera compañía a mi vestido. Después, acaricié su torso, duro como una piedra y perfectamente definido.

No hubo palabras, tan solo miradas, gestos, caricias y placer. Un fuego que nos recorría las venas y convertía nuestra sangre en lava hirviendo.

En pocos minutos, ya estábamos desnudos y no pude evitar fijarme en la pronunciada uve de sus caderas, que conducía hasta su miembro, grande, grueso y apuntando directamente hacia mí.

Nunca me había ocurrido algo así, pero me sentí atraída hacia él como si ejerciera un imán sobre mí. No me lo pensé y me arrodillé frente a él.

Lo miré como pidiendo permiso, aunque no me hizo falta. La lujuria que vi en sus ojos me dio la respuesta, así que ataqué sin miedo.

Recorrí su longitud con la lengua antes de llevármelo a la boca. Succioné y jugué con el glande hasta que me sujetó por los brazos y me hizo incorporarme, obligándome a abandonar mi misión.

—Me encanta lo que estás haciendo, pero no pienso quedarme con las ganas de estar dentro de ti. Esto tendremos que dejarlo para otro momento.

Me tumbó en la cama y recorrió una de mis piernas con besos, desde los dedos del pie hasta la ingle. Al llegar a mi sexo, lo esquivó para hacer lo mismo con la otra.

Cuando por fin noté su lengua entre mis pliegues, no pude evitar soltar un grito de placer, sin que me importara absolutamente nada.

Un placer descomunal me atravesó de improviso, pero no fue comparable con lo que sentí cuando me penetró.

No hubo nada lento ni romántico. Fue hambriento y desesperado, con movimientos rápidos y nuestras caderas saliendo al encuentro de las del otro.

Cambiamos de postura como diez veces y, en cada una de ellas, sentí más placer que en la anterior.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero sí que, después del tercer orgasmo, perdí la cuenta.

Cuando el placer nos atravesó a los dos al mismo tiempo, viví la experiencia más demoledora de mi vida. Me quedé sin fuerzas hasta para respirar.

Fabrizzio se tumbó a mi lado y me abrazó. Yo apoyé la cabeza en su pecho.

Se suponía que teníamos que hablar, pero no llegamos a hacerlo. Al menos yo, que caí rendida y me quedé dormida pocos minutos después.

Cuando abrí los ojos al sonar la alarma, estaba sola en la habitación. Toqué el otro lado de la cama y lo encontré frío, por lo que Fabrizzio se había marchado en mitad de la noche sin decir esta boca es mía.

Supuse que hablaríamos después, cuando termináramos de trabajar, pues no tenía ninguna intención de decir nada durante el rodaje de la campaña.

No me gustaba airear mi intimidad, mucho menos si acababa de acostarme con uno de los modelos de la campaña. Y no uno cualquiera, sino el protagonista, el que coparía todas las portadas.

Me levanté, me di una ducha y me vestí dispuesta a bajar a desayunar antes de salir del hotel, donde un coche nos recogería para llevarnos hasta el lugar que serviría como centro neurálgico de nuestro trabajo.

—Chica, no has dado señales de vida desde ayer.

—Estuve con mi hermano toda la tarde y, cuando regresé, recibí una visita.

—¡Te has acostado con él!

—No grites, capullo, que se va a enterar todo el mundo.

—Como si la gente supiera de quién estoy hablando.

—Nunca se sabe.

—Bueno, ¿me lo vas a contar?

—Ahora no. Te lo contaré después. Tan solo voy a decirte que jamás en mi vida había sentido tanto placer.