A dos anuncios de conquistarte Capítulo 6
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Capítulo 6

Paramos en un restaurante del centro de Milán, cerquita de la Piazza del Duomo, según me contó Fabri, como prefería que lo llamáramos en confianza.

—Quiero ver esa catedral por dentro.

—Y la veremos, bella , pero antes iremos a comer algo, que no pruebo bocado desde primera hora de la mañana —me contestó Carlo.

Fabri se apartó un poco para llamar a ese amigo del que nos había hablado durante el trayecto y al que pensaba invitar a comer con nosotros.

Mientras hablaba con él en un perfecto italiano, Arturo se acercó a mí sonriendo y supe que tenía algo que contarme.

—¿Qué tienes que contarme?

—Ay, amiga, Carlo me ha dicho que está dispuesto a hacerme olvidar a Martín.

—Pues ya sabes, pon todo de tu parte para que eso ocurra.

—¿Y tú? ¿Vas a poner de tu parte?

—¿Tú crees que yo tengo alguna posibilidad con un hombre así? Venga ya, eso no se lo cree nadie.

—Yo sí me lo creo. No sé si os durará un mes, una semana o un polvo, pero que vais a terminar en la cama, te lo digo yo.

—Sabes que no soy de esa clase de mujeres que mezclan el trabajo con el placer.

—Eso tiene fácil solución: te lo tiras antes o después de trabajar.

Se encogió de hombros y empecé a reír, pues no se callaba ni debajo del agua. A veces pensaba que, cuando repartieron la discreción, mi amigo estaba en la cola de los churros, nunca mejor dicho.

Carlo se unió a nosotros y empezó a contarnos que tenía muchísimas ganas de comenzar la campaña, porque ya estaba aburrido de estar de brazos cruzados. Arturo levantó una ceja, sorprendido.

—Pues ya quisiera yo aburrirme durante una buena temporada.

—Eso tiene fácil solución: deja de aceptar una campaña detrás de otra y tómate unas vacaciones, chaval.

—No todo el mundo tiene la suerte de ganar el dineral que ganáis vosotros, corazón mío.

—También es verdad, chico.

Estábamos hablando de aquello cuando vimos que Fabri se acercaba a nosotros con una sonrisa en los labios.

—Mi amigo tiene un par de horas libres y viene para acá.

—Perfecto, nos tomamos una cervecita mientras llega —le dijo Arturo.

—Eso mismo. Podemos sentarnos ahí, en esa terracita desde donde se ve el Duomo, que me encanta —propuse.

Nos dirigimos hasta la terraza, donde me senté de cara a la catedral, embelesada ante la belleza que tenía delante.

Fabri se colocó frente a mí, mirando hacia la calle por la que se suponía que llegaría su amigo, mientras Arturo se sentaba a mi lado y Carlo junto a su compañero.

—¿Por dónde empezaremos mañana? —me preguntó Fabri sin dejar de mirarme a los ojos.

—En principio, lo primero que haremos será el reportaje fotográfico de la ropa con la que se grabará uno de los anuncios.

—¿Qué tienes pensado hacer?

—Tenemos permiso para fotografiar en el interior del Duomo y también en la Galería Vittorio Emanuele II, pero no sé si nos dará tiempo a hacerlo todo mañana.

—Estaremos aquí toda la semana, así que no tenemos por qué correr, Ainoa —me dijo Arturo.

—Lo sé, pero ya sabes cómo se ponen los de vídeo cuando les comemos un día de rodaje.

—No nos vamos a comer nada…

—Pues yo te dejo que me comas, moreno —le contestó Carlo a Arturo.

—Yo tampoco tendría inconveniente en que alguien me comiera, pero preferiría que fuera ella —respondió Fabri, mirándome.

Si mi amigo se puso rojo, no os podéis imaginar cómo me puse yo. Casi me salía humo por las orejas.

De repente, escuché una voz demasiado familiar. Hacía una eternidad que no la oía, pero no dije nada.

Quería comprobar si él me reconocía, si me había tenido tan presente como yo lo había tenido siempre en mi vida, aunque lo dudaba. De haber sido así, habría hecho cualquier cosa por localizarme, por llamarme…

—Chicos, este es mi mejor amigo, Saúl. Ellos son Arturo, Carlo y…

—¿Ainoa?

—La misma que viste y calza.

—¿Os conocéis? No me jodas, Saúl, que es una de tus conquistas. Porque la chica de la que me has estado hablando no es: no coincide ni el nombre ni la profesión.

—Nos conocemos desde que ella nació. Le llevo dos años.

Vi las lágrimas agolpándose en los ojos de mi hermano. No se atrevía a acercarse por miedo a que lo rechazara, pero no iba a hacerlo. No después de haberlo encontrado tras tanto tiempo.

—¿No piensas darme un abrazo?

—Uno y mil, porque, después de esto, te quiero en mi vida para siempre.

Nos fundimos en un abrazo entre lágrimas, desconcertando a todos los que nos acompañaban.

—¿Podéis contarnos vuestra historia, por favor? Más que nada para saber si estoy haciendo el idiota con la mujer de mi mejor amigo —dijo Fabri, como si estuviera enfadado.

Mi hermano empezó a reír a carcajadas, que contrastaban muchísimo con las lágrimas que todavía rodaban por nuestras mejillas.

Lo miré y Saúl asintió, como si me diera permiso para contarles qué relación nos unía, pero decidí mentir un poco para ver cómo reaccionaba Fabri.

—Pues mira, nos conocemos de toda la vida. No tengo un solo recuerdo importante de mi infancia en el que no esté Saúl.

—Eso es muy bonito, amiga —me dijo Arturo.

—Y todo aquello nos llevó a vivir un amor de juventud, uno de esos que se quedan grabados en el alma y que no eres capaz de olvidar nunca, pero que terminó cuando él se marchó de España.

—No me jodas, Saúl. No me habías contado nada…

Mi hermano ya no pudo contener más la risa y soltó una carcajada al ver la cara de quien después supe que era su mejor amigo.

—Es mi hermana, idiota. Ya puedes volver a respirar —le aclaró Saúl.

—Saúl, coño, que ya los tenía casi convencidos.

—Eso que has hecho no te lo voy a perdonar en la vida, que lo sepas —me dijo Fabri, con el rostro un poco más relajado.

Esta vez era yo quien reía por la cara con la que mi hermano lo observaba. Giraba la cabeza de uno a otro como si estuviera siguiendo un partido de tenis.

—Te voy a decir una cosita, Fabrizzio. Como le hagas daño a mi hermana, te corto las pelotas.

—Amigo, que tampoco he dicho que vaya a pedirle matrimonio…

No sé por qué, pero aquella respuesta me sentó como un tiro. Yo no le estaba pidiendo amor eterno, pero tampoco iba a consentir que me utilizara como una muñeca hinchable.

Mi hermano, que, a pesar del tiempo que llevábamos sin vernos, me conocía muy bien, lo miró con una sonrisa y no dudó en hablar por mí.

—Fabri, con esa frase acabas de firmar tu sentencia de muerte.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó él, pero esta vez contesté yo.

—Porque no soy el juguete sexual de nadie y no soporto a los hombres con el ego más elevado que la moral. Lo siento.

—Hombre, nos acabamos de conocer. No pretenderás que te diga que me muero de amor por ti.

—Ni lo pretendo ni lo quiero, que son dos cosas diferentes, pero igual de importantes.

—Fabri, cariño, hay muchas maneras de decir las cosas —le señaló Carlo.

—Eso mismo digo yo, que, además, llevo toda la semana diciéndole que se está equivocando contigo —intervino el bocachancla de mi compañero.

—¿Me estabas prejuzgando sin conocerme? —me preguntó Fabri, mirándome directamente a los ojos.

—Simplemente hablaba con mi amigo de lo que todo el mundo dice de ti. No he juzgado ni prejuzgado a nadie.

—Me parece que quien se ha hecho una idea equivocada de ti soy yo. Ahora, si me disculpáis, creo que vosotros tenéis muchas cosas de las que hablar y yo muchas cosas que hacer.

—¿En serio vas a ser tan inmaduro como para marcharte así? —solté sin pensarlo.

—Según tú, soy creído, egocéntrico, juego con las personas y ahora, además, soy inmaduro. ¿Algo más?

—Mira, chico, haz lo que te dé la gana. Tengo demasiados problemas como para prestar atención a cosas insignificantes.

—Gracias. Ahora también soy insignificante. Vamos, que soy una joyita.

—Fabri, deja de hacer el tonto y siéntate a comer con nosotros, por favor —le pidió mi hermano.

—No me apetece, Saúl. Entiendo que es tu hermana y que llevas muchos años sin tener contacto con ella, pero no es como yo pensaba. Será mejor que me vaya.

—Déjalo, hermano. Está visto que no es capaz de mantener una conversación civilizada con una mujer cuando sabe que no va a acostarse con ella.

Fabrizzio me miró y pude ver la decepción en sus ojos, pero me dio igual. Él tampoco había pensado en el daño que podían causarme sus palabras antes de soltarlas.

Como he dicho anteriormente, no pretendía que me profesara amor eterno, pero tampoco que hablara de mí como si fuera un simple pasatiempo.

Había muchas formas de decirlo y no había escogido las palabras más adecuadas, se pusiera como se pusiera.

Mi hermano se levantó, después de disculparse con nosotros, y fue a hablar con él, mientras yo permanecía sentada a la mesa junto a Carlo y Arturo.

—Amiga, no tendrías que haber sido tan dura con él.

—¿Dura? ¿Yo? Venga, hombre, no me hagas reír.

—Sí, porque Fabri no es un mal hombre. Es muy bruto, no te voy a decir que no, pero tiene un corazón enorme.

—Yo no he dicho que sea un mal hombre. No pongas en mi boca palabras que no he pronunciado.

Mi hermano regresó con Fabri a su lado, aunque la expresión de ambos decía mucho más que cualquier palabra.

Saúl me miró como pidiéndome algo y no tuve ningún problema en hacerlo, porque pensaba disculparme de todas maneras.

—Fabrizzio…

—Fabri, por favor.

—Perdona, Fabri. Siento si he dicho algo que te haya molestado. No era mi intención crear un ambiente incómodo entre nosotros.

—Yo también te pido disculpas por lo que he dicho antes. Podría haber utilizado otras palabras o haberlo expresado de otra manera.

—Disculpas aceptadas. Si te parece bien, podemos empezar de cero.

—No me gusta empezar de cero, pero podemos continuar desde donde estábamos antes de que ocurriera todo esto.

—De acuerdo. Por mí no hay problema.

Nos sentamos y pedimos la comida allí mismo, donde se estaba de maravilla, con unas vistas preciosas y unos platos exquisitos, aunque la conversación brillaba por su ausencia.

Nos limitamos a pronunciar monosílabos y poco más, hasta que Carlo se hartó y dio un manotazo sobre la mesa.

—Ya está bien, coño, que parece que estamos en un velatorio.

—Estamos comiendo, nada más —le respondió Fabri.

—¿Sin una mísera conversación? Mira, será mejor que echéis un polvo y acabéis con esta tensión sexual no resuelta.

—A lo mejor el que necesita echarlo eres tú, que se te va la vista detrás del trasero de Arturo —le soltó Fabri, cogiéndonos a todos por sorpresa.

—Y pienso hacerlo, mi vida. Y no uno, sino todos los que podamos, porque lo mío con él no va a ser cosa de una sola noche.

—¿Lo ves, Ainoa? No se puede ser más burro que Fabri, pero lo hace a la defensiva, cuando se siente atacado, no porque tenga mal corazón —dijo Arturo.

—Te repito que yo no he dicho nada de eso. No lo conozco lo suficiente como para afirmar algo así.

Fabrizzio se levantó, entró en el restaurante y salió unos minutos después. Se marchó sin decir siquiera adiós, y eso me jodió. Mucho, la verdad.