Capítulo 5
—Venga, chica, que perdemos el avión —me dijo Arturo en la entrada del aeropuerto.
—Ya va, ya va, que nos estamos despidiendo —le espetó Valeria, que no me soltaba.
—Por Dios, Valeria, que no me marcho a la Luna.
—Ni a la guerra. Mira que eres exagerada, Valeria —dijo Arturo, negando con la cabeza.
—Claro, como tú no te quedas aquí sola y muerta de asco durante todo un mes…
—Pero si vas a volver a vernos dentro de unos días, hija mía. Anda, dame un beso, que nos tenemos que ir ya o perderemos el avión, y no me gustaría escuchar al cabronazo de Martín echándonos la bronca.
Nos despedimos de Valeria de una vez por todas y, con nuestras maletas a cuestas, nos dirigimos a la terminal desde la que salía nuestro vuelo, cuyo embarque ya había comenzado.
Habíamos conseguido que nos cambiaran los asientos para poder sentarnos juntos, pues, aunque el viaje no era muy largo, no nos apetecía ir separados o junto a desconocidos estando los dos en el mismo avión.
—Estás nervioso.
No fue una pregunta, sino una afirmación, porque no paraba de mover la pierna.
—Lo estoy, y lo peor es que no sé el motivo, la verdad.
—Pues yo sí lo sé.
—Ah, ¿sí?
—Por supuesto.
—Pues ilumíname, lista.
—Eres consciente de que tienes en tus manos la oportunidad de que tu vida dé un giro radical y de terminar, de una vez por todas, con esa relación, si es que se le puede llamar así. Y eso te da un vértigo horroroso.
—¿Has pensado en estudiar psicología?
—Sí, hombre, lo que me faltaba a mí. Con la edad que tengo, ponerme ahora a estudiar. Quita, quita, que estoy divinamente.
—Lo que se ha perdido el mundo de la psique contigo, chavala.
Nos reímos bajito porque no queríamos molestar al resto de los pasajeros, pero no podíamos evitarlo. Cuando estábamos juntos, las risas siempre eran las protagonistas.
—Tengo miedo, Ainoa.
—¿Miedo de qué, cariño?
—De enamorarme de una persona que vuelva a hacerme daño.
—A eso estamos expuestos todos, Arturo. No puedes negarte la posibilidad de ser feliz por miedo.
—¿Y eso me lo dices tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—Hija, que eres un bloque de hielo. Nunca te he conocido pareja, ni siquiera un amigo con derecho.
—A lo mejor es que todavía no ha llegado la persona capaz de derretirme.
—Pues yo conozco a uno que lo va a hacer, te lo aseguro.
—No empieces ya, Arturo. No quiero a nadie de la farándula, y mucho menos a un personaje como ese al que te refieres o a alguien tan egocéntrico que solo sea capaz de mirarse el ombligo.
—Te estás equivocando con él, pero bueno, ya te darás cuenta tú sola.
Por megafonía nos dieron las indicaciones habituales cuando estábamos a punto de aterrizar, por lo que dejamos la conversación a un lado.
En cuanto bajamos del avión, fuimos a recoger nuestro equipaje y nos dirigimos hasta el coche que la agencia había puesto a nuestra disposición para llevarnos al hotel en el que nos alojaríamos.
Nuestra primera parada era Milán y disponíamos de un par de horas antes de la reunión que habían fijado con todo el equipo, en la que nos entregarían la agenda de las diferentes paradas de la campaña.
—Necesito darme una ducha y cambiarme de ropa.
—Hija, ni que vinieras de un vuelo de quince horas.
—No, pero sabes que los aviones no me gustan mucho y me hacen sudar una barbaridad.
—Claro, hueles como si vinieras de hacer una mudanza.
—O de picar en la mina.
Volvimos a reírnos porque esa era nuestra dinámica, no había otra. Íbamos de disparate en disparate y eso nos hacía los más felices del mundo.
El coche nos llevó hasta uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, donde nos habían reservado dos habitaciones, una para cada uno, aunque, siendo sinceros, con una habríamos tenido suficiente.
—Nos vemos en el pasillo dentro de media hora o no llegaremos a la reunión.
—Está bien, intentaré darme toda la prisa posible.
—No lo intentes, hazlo, que ya sabes cómo se ponen cuando alguien llega tarde.
Se refería a los encargados de la campaña, tanto españoles como italianos, que organizaban la agenda y se ocupaban de llevar a cabo todos los trámites necesarios para disponer de las localizaciones.
Entré en mi habitación y me di una ducha rápida, lo suficiente para refrescarme y quitarme el sudor, aunque tampoco es que viniera de una obra.
Antes de entrar en el baño, había dejado sobre la cama la ropa que iba a ponerme. Hacía muchísimo calor, por lo que me decidí por un vestido blanco, largo y de estilo ibicenco, que combiné con unas sandalias de cuña.
Si no hubiera tenido que asistir a la reunión, habría elegido unos pantalones y unas deportivas para estar más cómoda mientras conocía la ciudad. Sin embargo, como primero teníamos que reunirnos con todo el equipo, preferí arreglarme un poco más.
Me recogí el pelo en una coleta, pues no tenía tiempo de dejarlo suelto y arreglarme los rizos. Era la manera más fácil y cómoda de llevarlo.
Me apliqué máscara de pestañas y me pinté los labios de rojo, un color que me encantaba porque destacaba mi boca, la parte de mi cuerpo que más me gustaba. Después, cogí el bolso y salí al pasillo a buscar a Arturo.
—No se puede estar más guapa que tú.
—Venga ya, como si no estuvieras acostumbrado a verme de todas las maneras habidas y por haber.
—Sé de uno que se va a volver loco cuando te vea.
—No empieces, Arturo, que ya te he dicho que no.
—Pues yo pienso dejarme querer por todo el que se me acerque, lo tengo claro.
—No. Tú vas a dejarte querer por uno solo, que, según tengo entendido, ya te ha demostrado lo que siente por ti.
—Sí que me lo ha dicho, por activa y por pasiva, pero no creo que fuera justo por mi parte.
—¿Por qué, Arturo? ¿Por qué no lo consideras justo?
—Porque él tiene sentimientos hacia mí y yo no siento lo mismo por él.
—¿Estás seguro de que no sientes nada? Porque a mí me parece que lo que te ocurre es que estás cegado por Martín, por el morbo de lo prohibido, nada más.
—No lo sé, quizá tengas razón, pero lo veo como a un buen amigo.
—De la amistad al amor solo hay un paso, cariño.
—Igual que del odio al amor, que no se te olvide.
—Yo no siento odio por nadie. Es un sentimiento muy feo y ni siquiera lo siento hacia mis padres, que son quienes más daño me han hecho en esta vida.
—Bueno, quizá no fuera esa la palabra. ¿Qué tal si la cambiamos por aversión?
—Pon la palabra que quieras, pero lo que yo siento hacia ese hombre es indiferencia. Joder, si es que ni siquiera lo conozco.
—Eso se va a solucionar dentro de unos minutos.
Negué con la cabeza mientras nos bajábamos del coche ante el edificio donde se celebraría la reunión, la filial italiana asociada a nuestra agencia.
Saludamos al personal de seguridad que estaba en la entrada y nos indicaron que la reunión se celebraría en una sala de la segunda planta.
Tomamos el ascensor con varias personas con las que habíamos coincidido en otras de las muchas campañas que llevábamos a nuestras espaldas y a las que saludamos con todo nuestro cariño.
Al entrar en la sala, donde ya se encontraba casi todo el equipo, lo vi y no entendí por qué mi corazón dio un vuelco.
Nuestras miradas se quedaron enganchadas, incapaces de apartarse, hasta que Arturo se acercó a saludarlo.
—Fabri, buenas tardes, campeón.
—Buenas tardes, Arturo. ¿Qué tal va todo?
—Bien, aunque diría que a ti acaba de mejorarte el día —bromeó Arturo al ver cómo me miraba—. Te has quedado sin palabras, ¿eh?
—Es que ha sido una sorpresa encontrarte aquí. Pensaba que no participarías en esta campaña.
—Y no voy a hacerla. En esta ocasión, vengo como ayudante de Ainoa, a quien no conoces.
—No, no tengo el placer. Buenas tardes, Ainoa, soy Fabrizzio.
—Buenas tardes, Fabrizzio. Encantada.
Se acercó a mí y me saludó a la española, con dos besos, mientras apoyaba una mano en mi cintura. El contacto consiguió estremecerme y él lo notó, a juzgar por la sonrisa que se dibujó en su boca.
Afortunadamente, el momento fue interrumpido por la voz del responsable de la campaña, que nos dio la bienvenida a todos.
Tomamos asiento y escuchamos atentamente sus explicaciones, que también aparecían recogidas en el dosier que teníamos delante.
De vez en cuando, no podía evitar desviar la mirada hacia Fabrizzio, que tenía un poder de atracción que no era ni medio normal.
Arturo se había sentado entre Carlo Sofredi y yo. Carlo era el otro modelo con el que mantenía aquella bonita amistad, vivía en nuestra misma ciudad y estaba claramente interesado en él.
Arturo tampoco podía evitar sonreírle de vez en cuando, y eso me gustaba mucho porque, aun sin conocerlo, Carlo me parecía la pareja ideal para mi amigo. Y así se lo haría saber.
—Bueno, pues nada más que añadir. Mañana, a las ocho y media, nos vemos en el lugar indicado para empezar a rodar.
—Gracias, allí estaremos —respondió Fabrizzio.
Una vez que el responsable se marchó, Arturo me presentó a Carlo, mientras Fabrizzio nos observaba atentamente.
—¿Qué piensas hacer ahora? Porque no creo que te hayas puesto así de guapa para encerrarte en el hotel —me dijo Carlo sonriendo.
—Pues no. Tenía pensado salir a dar una vuelta y conocer un poquito la ciudad, porque no la conozco.
—Entonces, tenéis aquí al guía turístico perfecto, que no tiene nada mejor que hacer que ejercer de anfitrión —respondió Fabrizzio, sonriendo y señalándose a sí mismo.
No me preguntéis por qué, pero me puse demasiado nerviosa. Tanto que no fui capaz de articular una sola palabra.
Salimos de allí los cuatro y, la verdad sea dicha, me moría de vergüenza. Arturo fue consciente de ello y se acercó a mí, aprovechando un momento en el que Fabrizzio y Carlo se adelantaron.
—No tienes que avergonzarte. Ese hombre causa ese efecto en todas.
—No es eso. Me ha sorprendido un poco su ofrecimiento, nada más.
—Ya te dije que no es la persona que tú crees.
—Será eso, pero vamos, que nos están esperando en el coche.
Llegamos hasta el coche, donde ellos nos esperaban con las puertas abiertas.
—Creo que la señorita debería ir en el asiento del copiloto —dijo Arturo.
—Ah, no, de verdad que no hace falta.
—Claro que hace falta. Así nos vamos conociendo mejor y dejamos que estos dos hablen de sus cosas —contestó Fabrizzio.
—Fabrizzio, de verdad que…
—Fabri, por favor. Solo mi padre me llama por mi nombre completo y hace mucho que no sé nada de él.
—Vaya, entonces estamos en la misma situación.
—¿Tampoco sabes nada de mi padre? —me preguntó, consiguiendo que soltara una carcajada.
—¡Nooo! De quienes no sé nada es de mis padres.
—¡No me digas!
Le estuve contando cómo mis padres habían intentado chantajearme y cómo me había negado a entrar en su juego, mientras él me escuchaba con atención.
—Yo tampoco sucumbí a los deseos de mis padres y eso me ha llevado a no mantener ningún tipo de contacto con ellos, pero no me arrepiento de haberlo hecho.
—Yo tampoco me arrepiento, la verdad.
—Creo que te llevarías genial con un amigo mío. ¿Os importa que lo llame para que venga a comer con nosotros?
—Para nada. Cuantos más seamos, mucho mejor —dijo Arturo.