Capítulo 4
Fabrizzio
Había quedado con mi amigo Saúl, que acababa de llegar de España, donde había hecho una inversión inmobiliaria y se estaba construyendo una casita en su ciudad natal.
Nos habíamos conocido por casualidad siete años atrás, cuando llegó a Milán por motivos laborales procedente de la fría Suiza.
Yo, que había nacido allí, conocía toda la ciudad como la palma de mi mano y, por eso, no dudé en indicarle la ubicación de la calle por la que me había preguntado.
Resultó que iba a ser mi vecino y quedamos esa misma noche para tomar algo. Por aquel entonces, todavía podía hacerlo sin preocuparme demasiado.
No es que ahora no pudiera, pero tenía que ser más cuidadoso porque mi carrera había despegado de forma meteórica.
Era modelo internacional, las firmas se me rifaban para convertirme en la imagen de sus campañas y, por eso, en cuanto ponía un pie en una discoteca, las mujeres me rodeaban.
No voy a decir que no me gustara, porque sí que lo hacía y, en alguna que otra ocasión, había terminado en la cama de un hotel con una de ellas, pero aquello empezaba a cansarme.
—¿En qué piensas, Fabri?
—Hombre, el españolito se ha dignado a aparecer. ¿Qué tal la arquitecta?
—Me vuelve loco en el sentido más amplio de la palabra, te lo juro.
—Tengo ganas de conocerla.
—Y una mierda. Si te conoce, enseguida pasaré yo a un segundo plano, y eso no me conviene.
—Vamos, hombre, ni que fuera a lanzarme sobre ella. Ya sabes que respeto a las mujeres de mis amigos, aunque alguna se me haya insinuado.
—Por eso mismo. Porque en ti confío, pero en ella no tanto. Todavía no ha pasado por mi cama y entre nosotros no hay nada.
—Quizá, si no fueras tan cabrón y no le hicieras tantos cambios en el diseño, aceptaría ir a cenar contigo.
—No puedo evitarlo. Cada vez que veo su cara de desesperación cuando me dice que lo que pido no puede hacerse por la ley de costas, me pongo tontito.
Solté una carcajada porque él era la única persona con la que podía ser yo mismo, puesto que con todos los demás tenía que mantener una barrera.
Sé que muchos medios dicen que soy un egocéntrico e incluso que mis manías son insufribles, pero nada de eso es cierto.
Esa es la máscara que muestro ante los demás, aunque hay alguien más que me conoce bastante bien: Arturo, uno de los fotógrafos con los que suelo coincidir en las campañas.
—Espero que venga él en esta ocasión y así podamos pegarnos una buena juerga.
—Yo también, pero me da la impresión de que quien vendrá será la otra fotógrafa.
—¿Has trabajado con ella alguna vez?
—No, nunca hemos coincidido. Mis compañeros dicen que es una siesa de cuidado, como decís vosotros.
—Lo suponía, porque nunca me has hablado de ella.
—Es que no la conozco, ni siquiera la he visto nunca. Solo sé lo que cuentan.
—Tú, mejor que nadie, deberías saber que no todo lo que se dice es cierto.
—Tienes razón. Iré con la mente abierta y sin prejuicios.
—Yo no podré estar en la primera sesión, pero, en las demás, cuenta conmigo. Al menos en las que se hagan aquí, en Milán.
—Después podrías cogerte unos días libres y venirte con nosotros.
—Lo intentaré, pero no prometo nada.
—Con eso me basta, te lo aseguro.
A pesar de la relación tan cercana que manteníamos, Saúl no me había hablado de su familia, igual que yo tampoco le había contado nada de la mía. Una familia que me dejó las cosas muy claras cuando decidí dedicarme al mundo de la moda.
Mi padre, el gran Giovanni Benetti, era el CEO de una importante empresa vinícola, y mi madre, la señora Sabrina, una alta ejecutiva de una farmacéutica.
Cuando les conté que quería ser modelo y que me habían ofrecido participar en mi primer desfile, mi padre se sentó conmigo para decirme que no querían que se los relacionara conmigo.
—Fabrizzio, lo sentimos, pero no queremos que se nos relacione contigo si vas a dedicarte a una profesión tan frívola —me dijo mi madre.
—No os preocupéis. A partir de ahora, vosotros no tenéis hijo y yo no tengo familia. Y, por el apellido, no hay ningún problema, ya encontraré alguno que ponerme…
—Eso de que no tienes familia no lo voy a permitir. Tu abuela siempre estará a tu lado y te apoyará hagas lo que hagas —intervino la nona.
—Nona, te lo agradezco de corazón, pero eso significaría que mis padres también dejarían de hablarte.
—¿Crees que eso me importa?
—Mamá, si apoyas a nuestro hijo en esta locura, sobras igual que él.
—Fabri, recojo mis cosas y nos vamos.
—Abuela, no tengo ningún lugar al que acudir. Tendremos que ir a un hotel hasta que pueda encontrar algo que esté a mi alcance, porque no quiero ni un céntimo de ellos.
—Es que no pensamos darte ni un céntimo, Fabrizzio. Has sido tú quien ha elegido esta profesión —dijo mi padre, como si con eso pudiera conseguir que me retractara de mi decisión.
—Ni falta que le hace, yerno. Vamos, hijo, que yo sí tengo. Además, no me pueden negar mi parte de la empresa, porque esa la levantó mi padre con sus propias manos —le dijo la nona.
Salimos de allí con dos maletas cada uno, en las que llevábamos lo imprescindible, nos montamos en mi coche, que mi abuela me había regalado cuando cumplí la mayoría de edad, y lo dejamos todo atrás.
—Hijo, vamos a mi casa.
—¿De qué casa hablas, nona?
—De la que tengo a las afueras de la ciudad y que he conservado porque sabía que, tarde o temprano, esto iba a pasar.
—Dijiste que te habías deshecho de todas tus propiedades… ¿De dónde ha salido esta?
—Claro que me deshice de todas, pero esta la puse a tu nombre. Técnicamente, es tu casa, no la mía, aunque espero que me hagas un huequito en ella o tendré que marcharme a una residencia de ancianos.
—Por encima de mi cadáver, abuela. Esa casa es tuya y el invitado soy yo.
Mi abuela me dio la dirección exacta. La casa se encontraba en una urbanización privada, una de las más prestigiosas de la ciudad.
Cuando llegamos a la garita, el guardia de seguridad nos detuvo para preguntarnos a qué vecino íbamos a visitar, hasta que reconoció a mi abuela.
—Señora Di Luca, cuánto tiempo sin verla.
—Buenos días, Mateo. Este es mi nieto y, a partir de ahora, vas a vernos muy a menudo, porque nos mudamos aquí.
—Entonces será un placer verlos cada día.
En el momento en que Mateo levantó la barrera de seguridad para dejarnos pasar, lo tuve claro: ese era el apellido que quería para mí. Y así se lo hice saber.
—Nona, ya sé cómo me llamaré artísticamente.
—¿Cómo? No te entiendo, hijo.
—Mi padre me ha dicho que nadie puede saber que soy su hijo y que no utilice su apellido públicamente. Ya sé cómo me llamaré.
—¿Qué apellido vas a utilizar, Fabri?
—A partir de ahora seré Fabrizzio Di Luca. Suena a persona importante.
—Es que, triunfes o no, siempre serás importante, Fabri. No lo olvides nunca.
Paré el coche el tiempo suficiente para darle a mi nona un abrazo que me reconfortó más a mí que a ella, os lo aseguro.
La casa era una maravilla. Tenía una valla alta que proporcionaba muchísima privacidad y, por dentro, estaba decorada con un gusto exquisito.
Mi abuela me contó que había contratado a una decoradora de interiores y que una mujer se encargaba de la limpieza y de mantenerlo todo en orden, aunque no vivía allí.
Se llamaba Aura y, desde aquel día, pasó a formar parte de nuestras vidas. Todavía trabaja conmigo y, en la actualidad, tiene cuarenta años. La quiero muchísimo porque, para mí, es como una hermana mayor, y sé que ella siente lo mismo por mí.
Viví con mi nona en aquella casa unos años. Fueron, sin duda, algunos de los mejores de mi vida.
Cinco años atrás, se marchó de este mundo y, para sorpresa de mi madre, su única hija, me legó todos sus bienes.
La casa ya estaba a mi nombre cuando nos mudamos allí, pero también heredé una importante suma de dinero y el veinte por ciento de las acciones de la empresa de la que mi padre era el CEO. El ochenta por ciento restante pertenecía a una sociedad administrada por mis padres.
Aquel porcentaje me proporciona cada año unos beneficios más que suficientes para vivir sin necesidad de trabajar, pero yo no soy de los que se quedan de brazos cruzados viendo pasar la vida.