Capítulo 3
—Ya has soltado todo lo que tenías retenido, ¿no?
—Sí, no podía aguantar más.
—Pues ahora, solo lágrimas de felicidad, que ya es hora de que vivas.
Entramos en el restaurante en el que íbamos a comer y donde habíamos quedado con Valeria, que también se había unido a aquel plan improvisado.
—No quiero que me digáis nada, que hoy vengo que echo humo.
—¿Qué te ha pasado, blanca flor? —le preguntó Arturo.
—Un idiota que ha venido a encargarme un proyecto y se piensa que lo sabe todo.
—Pero seguro que está buenísimo, como todos tus clientes —le dije riendo.
—Eso siempre. En mi despacho saben que, si está bueno, es para mí; los demás, que se los sorteen.
Soltamos una carcajada porque, aunque pareciera surrealista, era una verdad absoluta, os lo prometo.
Nos contó que el hombre vivía en Italia, trabajaba para una gran empresa de biotecnología molecular y pasaba grandes temporadas en nuestra ciudad, por lo que necesitaba una casa. Pero no quería una cualquiera, sino diseñarla a su gusto.
—El muchacho se ha comprado un terreno cerquita del mar y quiere algo que, por ley, no podemos hacer. Parece que no lo entiende.
—¿Se lo has explicado?
—Amigo, me ha faltado coger una pizarra y hacerle un esquema de las leyes, te lo juro.
—Pues entonces tendrá que entenderlo, no le queda otra.
—Eso mismo pienso yo, pero no se da por vencido. Esta misma mañana ha vuelto para decirme que, si ponemos la piscina donde le hemos indicado, no podrá disfrutar de las vistas al mar.
—Envíale la ley de costas para que se la vaya estudiando.
—No te creas que no me han entrado ganas, la verdad. Bueno, vamos a dejarlo a un lado, que me enervo. ¿Vosotros habéis arreglado algo?
—Pues sí, nos vamos juntos a Milán —le dije.
—¿Me vais a dejar sola los dos a la vez? Sois muy cabrones, eso no se hace.
—Vente unos días —le propuso Arturo.
—Como si eso fuera tan fácil, chico. Podría aprovechar el puente, que, si lo uno a mi semana de vacaciones…
—¿Ves cómo tampoco es tan difícil? —le respondió él.
—Mira, ¿sabes qué? Que me voy a liar la manta a la cabeza y me marcho con vosotros. Tan solo espero poder dormir con uno de los dos, porque los hoteles, en esta época y en esas ciudades, deben de estar por las nubes.
—Habló la pobretona, como si tuviera problemas de dinero…
—No, chica, pero quiero ahorrar para comprarme una casa, que no pienso vivir eternamente en la tuya.
—Sabes que eso no es un problema. Hay suficiente espacio para las dos.
—Vale, entonces, cuando me eche novio y me quede embarazada, te pagamos un alquiler, ¿no?
—Para cuando eso suceda, lo mismo te ha tocado la Primitiva —afirmó Arturo.
—Lo que yo os diga, sois unos cabrones de manual.
Comimos entre risas y bromas hasta que llegó la hora de despedirnos, pues Valeria debía volver al trabajo y yo tenía que ir a casa para terminar de prepararlo todo, ya que salíamos en dos días.
Al correo electrónico de Arturo llegó el mensaje con el billete de avión y el nuevo contrato, en el que aparecían reflejadas las condiciones económicas. A nuestro amigo se le cambió la cara.
—Me encanta que haya cedido, pero eso significa que él se irá con su novia a cualquier paraíso y que, cuando vuelva, todo seguirá como antes.
—Seguirá así porque tú quieras. Mira, Arturo, cuando he llegado esta mañana al despacho, se estaba zumbando a su secretaria. ¿Necesitas más motivos para dejarlo?
—No, si motivos me sobran. Lo que me faltan son fuerzas.
—Ábrete a conocer a otra persona, amigo. A alguien que sepas que puede hacerte el hombre más feliz del mundo.
—Te prometo que lo voy a intentar.
—No lo vas a intentar, lo vas a conseguir, que es muy diferente. Y, para que eso ocurra, tienes que estar dispuesto a dejarlo todo atrás y abrir tu corazón.
Lo dejé en la puerta de su casa y quedamos en vernos el jueves a las cuatro para ir juntos al aeropuerto.
Sabía que Valeria sería quien nos llevaría, porque no había hecho un solo viaje sin que ella fuera a despedirme al aeropuerto.
Para ella, que yo me marchara era como una losa, porque estábamos acostumbradas a compartir las noches en el sofá, viendo nuestra serie favorita y comiéndonos una pizza familiar.
En aquella ocasión era todavía peor porque, por regla general, mis trabajos no solían prolongarse más de una semana o diez días, mientras que, con aquella campaña, estaríamos separadas más de un mes.
En cuanto llegué a casa, me puse a preparar todo lo que me faltaba, pues no quería llegar allí, descubrir que me faltaba algo necesario para trabajar y tener que comprarlo en Italia, donde el material solía costar bastante más y no me servía el descuento de empleado.
Lo revisé todo más de diez veces con la lista que hacía antes de cada viaje en la mano y fui poniendo una crucecita al lado de cada cosa que había guardado en su lugar correspondiente.
Estaba en ello cuando escuché las llaves en la cerradura de la puerta. Miré el reloj y no podía ser.
¿Cómo había pasado la tarde tan rápido? ¿Ya era aquella hora y no me había dado tiempo a preparar nada para cenar?
—Como si lo viera, se te ha ido el santo al cielo con el trabajo y no te has movido de aquí.
—Pues sí. He dejado a Arturo en su casa y, desde que he llegado, estoy aquí preparando el material.
—¿Cómo está él?
—Destrozado. Mi jefe es un cabronazo que se tira a todo lo que se menea, da igual que sea hombre o mujer, y, encima, intenta controlar su vida.
—Joder, y parece una mosquita muerta.
—Esos son los peores, amiga, los que parecen no haber roto un plato y llevan rotas más de diez vajillas.
—Bueno, me doy una ducha y cenamos. Ve pidiendo pizza , porque está claro que la cocina hoy está cerrada por descanso del personal.
—Si quieres, rebusco en la nevera a ver si puedo preparar algo.
—Anda ya, tonta, con lo buenas que están y lo sanas que son. Aunque, si quieres, pedimos hamburguesas, porque te vas a hartar de pizzas en los próximos días.
—Pide lo que quieras. Por mí no lo hagas, porque supongo que allí habrá más cosas para comer que pizzas .
—Hombre, claro. Eso sería como decir que en España solo se come paella.
Solté una carcajada mientras me dirigía al baño de mi habitación. Valeria se marchó al suyo con el móvil en la mano, buscando la aplicación de comida a domicilio con la que iba a hacer el pedido.
Nos pusimos nuestros pijamitas de verano, pues el calor ya apretaba, aunque lo peor era la humedad, que se te quedaba pegada a la piel y provocaba una sensación de lo más incómoda.
Eso era lo que menos me gustaba de mi ciudad. Cuando llegaba el verano, la humedad hacía que te quedaras pegajosa, mientras que, en invierno, a pesar de que las temperaturas no eran muy bajas, se te metía en los huesos y no había manera de quitarse aquella sensación de frío.
—He hablado con mi jefe y podría ir a veros la última semana del mes. Ya he comprado los billetes.
—¿Y si no estamos allí?
—Los he comprado abiertos para poder cambiar de destino si tuviera que hacerlo.
—Mira que eres impaciente. Podrías haber esperado a que nos instaláramos y te dijéramos la ciudad de destino.
—Me da igual, no podía esperar. Como si tengo que coger después un tren o lo que sea para llegar hasta vosotros.
—Bueno, esa también es una buena opción. Ahora cuéntame algo sobre ese hombre, el italiano de la casa con vistas al mar.
—No es italiano, es español, pero vive allí.
—¿Es español? Mira que puedes haber encontrado al hombre de tu vida.
—¿Estás loca? No voy a decir que no le daría un repasito, porque tiene un polvo… o más de uno, pero hasta ahí.
—¿Tan insufrible es?
—Te lo aseguro. No hay quien aguante a ese hombre más de diez minutos. Es egocéntrico, narcisista y está convencido de que todas las mujeres van a caer rendidas a sus pies.
—¿Y no es así?
—Claro que es así, pero él no tiene por qué ir pavoneándose por el mundo.
—Como si tú no fueras igual que él.
—¿Qué dices, chavala? Yo soy un amor de mujer a la que todos los hombres persiguen por el vaivén de mis caderas.
Mi amiga se levantó y empezó a mover el trasero mientras se dirigía hacia la puerta, donde ya habían llamado al timbre.