Capítulo 2
Acababa de llegar a la oficina con mi portátil a cuestas y estaba haciendo la revelación digital de las fotografías de la campaña que había terminado recientemente.
En el momento en que tuviera todo listo, subiría al despacho de Martín. Primero, para presentarle cómo había quedado la campaña y, segundo, para pedirle explicaciones sobre el trabajo de Milán.
—Buenos días, Ainoa.
—Buenos días serán para ti, Arturo, porque a mí me han puteado a base de bien.
—Te he visto llegar y he venido a darte una explicación.
—No eres tú quien me la tiene que dar, sino Martín.
—Lo sé, pero no podría quedarme tranquilo sin hablar contigo.
—¿Te apetece una cerveza?
—Venga, que nos vendrá bien a los dos. Así nos tranquilizamos un poquito.
Dejé todo funcionando, con las fotografías imprimiéndose, y nos fuimos hasta la cafetería del edificio, que estaba en la planta baja. Nos sentamos en una mesa junto al cristal que daba a la calle.
—¿Qué ha pasado, Arturo?
—No sé ni por dónde empezar.
—¿Qué te parece si lo haces desde el principio? No tienes que contarme nada personal, solo el motivo por el que me he visto afectada por este cambio.
—Es que necesito hablar con alguien, Ainoa, o voy a terminar volviéndome loco.
—Empieza.
Arturo cogió aire para reunir las fuerzas necesarias y empezó a contarme todo lo que había sucedido.
—Fue el sábado, cuando salí a tomar algo con uno de los modelos que va a participar en la campaña de Milán. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y nos encontramos por casualidad.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—Contigo, nada. Conmigo, todo. En el mismo restaurante en el que entramos estaba Martín con Marina y parecían muy acaramelados.
—Tuvo que ser un choque para ti.
—Ni que lo digas. Ese modelo, que es bisexual declarado, al ver mi cara, no dudó en darme un abrazo.
—Uno que sentó como un tiro a Martín, por lo que he podido ver.
—No te lo puedes imaginar. Aprovechó una de las veces que fui al baño para venir detrás de mí y me montó un pollo de mucho cuidado.
—¿Por qué sigues con él, Arturo? Está clarísimo que no va a dejar a su chica, que no va a salir del armario y que siempre estarás condenado a permanecer en la sombra.
—Eso mismo me pregunto yo, Ainoa, pero, cuando viene a buscarme, soy incapaz de decirle que no.
—¿Le reprochas alguna vez su relación con Marina?
—Jamás. En la vida le he dicho nada. Y eso es lo que no entiendo. Se supone que entre nosotros no hay nada serio y que cada uno puede hacer lo que le dé la gana.
—Claro, porque solo hay sexo y no os debéis lealtad ni fidelidad.
—Sí, pero, al parecer, eso solo se aplica a mí. Me reprochó que hubiera ido allí para ponerlo celoso, dijo que no iba a permitir que me liara con ese hombre y soltó muchas burradas más.
—¿Qué hiciste?
—Dejar que me follara allí mismo y salir del baño completamente destrozado, anímicamente hablando.
—Y, después de eso, él siguió con su cena y se marchó con su novia. ¿No es así?
—Lo estás describiendo como si hubieras visto la escena.
—No te entiendo, de verdad. Dale carpetazo. Tú vales mucho, Arturo.
—Eso quisiera yo, pero lo siguiente que recibí fue un adelanto de las vacaciones y un correo electrónico en el que me comunicaban que me habían quitado ese trabajo.
—Se me acaba de ocurrir una cosa.
—Miedo me das, de verdad.
—La campaña dura un mes y voy a necesitar a alguien que me ayude. Además, como se supone que entre vosotros no hay nada y vas a estar de vacaciones, te vienes conmigo.
—¿Me lo dices en serio?
—Por supuesto que lo digo en serio, faltaría más. Déjamelo a mí, que vamos a darle una bofetada sin manos a ese egocéntrico.
—¿Sabes que te adoro?
—El sentimiento es mutuo. Eso sí, te agradecería que me quitaras de encima al insufrible de Di Luca, por favor.
—No es como parece, te lo aseguro. Cuando lo conozcas bien, no querrás separarte de él.
—Lo dudo, pero bueno, si tú lo dices…
Terminamos lo que estábamos tomando y subimos de nuevo a nuestra área, donde ya tenía todo impreso y listo para enseñárselo a Martín.
Lo recogí y lo metí en una carpeta tipo dosier antes de encaminarme hacia el despacho del gran jefe indio, como yo lo llamaba.
Di varios golpecitos en la puerta, pues su secretaria no estaba, y esperé a que me diera paso.
Cuando me dijo que pasara, supe lo que había ocurrido allí dentro. Aquel tío era un cabrón de primera: también se estaba trajinando a su secretaria, que se recolocaba la falda en el momento en que entré.
—Dime, Ainoa. ¿En qué puedo ayudarte?
—Buenas tardes, Martín. Venía a traerte el resultado de las fotos de la campaña que hemos terminado y a hablar contigo de la nueva.
—Entiendo que te haya podido fastidiar el cambio de planes, pero…
—Ah, no, si eso me da igual. Lo que ocurre es que tengo unas condiciones para aceptar el trabajo. Como bien sabes, no es posible cambiar las vacaciones de un trabajador salvo por una causa de fuerza mayor, y este no es el caso.
—¿Cuáles son esas condiciones?
—La primera: quiero el doble de lo que se me paga por campaña…
—Hecho. Pasemos a la segunda.
—Es una campaña larga y necesito que Arturo venga conmigo. Además, me apetece muchísimo contar con él.
—Arturo tiene otro trabajo asignado para esos días.
—Mentira, porque acabo de hablar con él y estará de vacaciones.
—No, por ahí sí que no voy a pasar.
—Bueno, pues, como me vas a pagar el doble y él estará de vacaciones, lo invito a venir y le pago yo como colaborador externo.
—No te lo voy a permitir.
—Mira, Martín, vamos a poner las cartas sobre la mesa. Arturo es mi amigo y, como comprenderás, entre nosotros no hay secretos. ¿Lo pillas?
—Sí que lo pillo, pero no voy a entrar en ningún tipo de chantaje.
—¿Cuándo he dicho yo algo que haga pensar que intento chantajearte?
—Si no es chantajearme, ¿qué es lo que quieres?
—Que lo dejes en paz, porque él también tiene derecho a ser feliz. Por eso, y porque le hacía una ilusión inmensa participar en ese trabajo, lo vas a enviar como mi colaborador. ¿Estamos de acuerdo?
—De acuerdo, pero antes tengo que hablar con él.
—Me parece perfecto. Llámalo.
—En privado.
—No. Esto es un asunto laboral. Lo que tengáis en privado me da igual. Yo he venido aquí para reclamar algo que considero justo desde el punto de vista profesional.
Salí de aquel despacho con todo por escrito y firmado, como no podía ser de otro modo, porque las palabras se las lleva el viento y, con alguien como Martín, nada servía si no quedaba reflejado en un documento.
—Amigo, nos vamos a Milán. Ve preparando las maletas.
—¡No me jodas!
—Eso os lo dejo a otros. Vamos a comer juntos, que tengo mucho que contarte.
—Supongo lo que me vas a decir y sí, lo sabía. Bueno, más bien lo intuía, porque no lo tenía confirmado.
—Pues yo te lo confirmo, pero delante de un buen entrecot de ternera con patatas fritas, que mi estómago está bailando por bulerías.
Arturo soltó una risotada que se escuchó en toda la planta, sobre todo porque su estómago estaba igual que el mío y los dos teníamos más hambre que Carpanta.
Así nos encontró Martín, riéndonos mientras nos marchábamos de la empresa, y no dudó en intentar que Arturo se quedara con él.
—Arturo, me gustaría hablar contigo un momento.
—Lo siento, Martín. He quedado con Ainoa y unos amigos para comer. Me va a resultar imposible.
—¿Vas a dejar que esta mujer te manipule así?
—¿Manipularme? ¿Ainoa? Si alguien tiene ese poder, no es ella: eres tú.
—¿Me lo dices de verdad?
—Absolutamente. Nos vemos a la vuelta de la campaña, a no ser que tu novia te diga que quiere ir a pasar unos días allí, porque es la única manera que tenemos de vernos cuando estoy fuera.
Martín se quedó mirándolo como si le estuviera pidiendo la luna, mientras Arturo, con los ojos empañados por las lágrimas, se dio media vuelta y lo dejó allí plantado, sin saber qué hacer ni qué decir.
Yo había ido en coche y lo tenía aparcado en la misma puerta del edificio, por lo que Martín no tuvo tiempo de salir detrás de él: cuando quiso reaccionar, ya nos habíamos marchado.
Arturo esperó hasta que estuvimos fuera de su alcance para dejar salir todo lo que llevaba retenido. No le dije nada, tan solo permití que se desahogara como necesitaba. Ya tendríamos tiempo de hablar más tarde.