A dos anuncios de conquistarte
© inepub.com
Capítulo 1
Me encontraba en casa, delante del portátil, dándole los últimos toques a uno de mis trabajos para que estuviera perfecto antes de entregarlo, cuando me entró un correo electrónico.
Era de la agencia para la que trabajaba y, en el momento en que lo abrí, me cagué en la madre que parió a Sanani, el de las Tortas.
Valeria, mi mejor amiga y compañera de piso, que me había escuchado, vino corriendo para ver qué me sucedía.
—Te prometo que estoy hasta la coronilla de que me cambien los planes.
—¿Qué ha pasado ahora?
—¿Recuerdas el trabajo que te dije que le habían asignado a mi compañero, el de Milán?
—¿Ese con el modelo tan famoso?
—El mismo.
—Joder, si es que los hay con una potra…
—¿Potra? ¿Por estar con ese engreído? Venga ya. Potra ha tenido ahora.
—¿Por qué? ¿Se lo han anulado?
—Se lo han anulado a él y me lo han encasquetado a mí.
—¿Me lo dices de verdad? Mira que lo arreglo todo y me voy contigo.
—No te lo aconsejo porque es insufrible.
—Con esa cara, esa boca y ese cuerpo, puede ser todo lo insufrible que quiera, amiga.
—¡Cómo se nota que no lo tienes que aguantar tú!
Pero yo sabía lo que había sucedido para que se llevara a cabo ese cambio. Lo tenía más que claro.
Arturo, que así se llamaba mi compañero, el otro fotógrafo de la agencia, estaba liado con Martín, nuestro jefe directo.
Martín no terminaba de salir del armario y, para todo el mundo, estaba feliz con Marina, su novia de toda la vida. Sin embargo, de quien estaba realmente enamorado —o encaprichado, que eso no lo tenía yo tan claro— era de Arturo.
Era un celoso empedernido y, cada vez que le asignaba un trabajo, se aseguraba de que estuviera rodeado de mujeres bonitas, nunca de hombres.
En este caso, no había sido él quien se lo había asignado, sino otro de los responsables, ya que Martín se encontraba de viaje.
En el momento en que fue consciente de lo que habían hecho, y sin consultarme a mí, que además tenía libres esos días, me lo asignó por la cara.
Pero bueno, llevamos un rato hablando y todavía no me he presentado. Mi nombre es Ainoa Montero, tengo veinticinco años y soy fotógrafa profesional para una de las mayores agencias de publicidad del país.
Vivía con mi mejor amiga, Valeria, ya que mi familia se había marchado a vivir a un pueblecito de Extremadura y yo no quería perderme en la vida rural. Era demasiado urbanita para eso.
Mis padres dejaron de hablarme cuando les dije que no me iba con ellos, que no me veía viviendo allí y que quería seguir adelante con mi carrera.
—Eres una desnaturalizada, Ainoa —me dijo mi padre.
—Si no te vienes con nosotros para cuidarnos y hacernos la vida más fácil, lo sentimos, pero ya no tenemos hija —sentenció mi madre.
—Entonces, podéis recoger vuestras cosas, porque os recuerdo que esta casa es mía. La abuela me la dejó a mí —respondí bastante dolida, la verdad.
Mi padre me miró como si les hubiera dicho que me iba a trabajar a la Luna. Mi madre, por su parte, adoptó el papel de víctima doliente y se marchó mascullando hasta su habitación, donde ya tenían todo preparado.
Mi abuela, antes de morir, había puesto la casa a mi nombre porque decía que no confiaba en mis padres. Alegando que eran capaces de venderla, como habían hecho con todo lo demás.
De lo único de lo que no se habían deshecho había sido de la casa del pueblo. Y no porque no lo hubieran intentado, sino porque allí se vendía tan barata que no les merecía la pena. Mira por dónde, la iban a aprovechar ahora.
Se marcharon sin ni siquiera mirarme y, desde entonces, no había vuelto a saber nada de ellos.
Eran de esos padres que pensaban que podían manejar la vida de sus hijos a su antojo. Lo intentaron con mi hermano, que se marchó a vivir al extranjero y no había vuelto a dar señales de vida, y después lo intentaron conmigo.
Saúl, mi hermano, había estudiado bioquímica molecular y se había marchado a Suiza a trabajar. Mis padres le dijeron lo mismo que a mí, pues ya se veían viviendo como reyes a costa de su trabajo.
Él no lo consintió y se marchó sin despedirse de nadie, ni siquiera de mí. En esos momentos, no sabía dónde se encontraba, si seguía soltero o si, por el contrario, se había casado.
Entre mi hermano y yo no es que hubiera existido una relación muy estrecha, la verdad, porque mis padres se encargaron de que así fuera, haciendo distinciones entre nosotros.
Por ejemplo, él tenía que estudiar porque era el hombre y quien debía labrarse un futuro para mantener a una familia.
En mi caso, lo que debía aprender era a ser una buena ama de casa y buscarme un marido prontito para que me mantuviera y tenerlo contento.
Por cosas como esas, cuando veía que a mi hermano le daban más libertad que a mí, terminaba discutiendo con él. Eso nos fue distanciando, sobre todo durante la adolescencia.
Pero lo echaba de menos, no voy a decir que no, ya que me habría gustado que, después de marcharse, hubiéramos mantenido algún tipo de contacto. Aunque fuera un simple mensaje por Navidad. Sin embargo, eso nunca ocurrió.
En cuanto mis padres se marcharon, utilicé unos ahorros que tenía y parte del dinero que mi abuela me había legado para hacer una importante reforma en la casa y ponerla a mi gusto.
Mientras vivieron allí —y lo hicieron porque yo se lo permití—, no me dejaron mover ni un solo cuadro, porque todo aquello pertenecía a su queridísima madre. La misma con la que ni siquiera se sentaban a hablar cuando cayó enferma.
Ahora que la tenía puesta como a mí me daba la gana y, puesto que era una casa enorme, le pregunté a Valeria si quería venirse a vivir conmigo e independizarse de sus padres. Aceptó de inmediato.
Bueno, volviendo al momento en el que estábamos, le conté a mi amiga lo que había sucedido con aquella campaña y se partió de risa.
—Hija, tu empresa es como un culebrón venezolano, lleno de cuernos.
—Ni que lo digas, pero aquí a la única que han puteado es a mí.
—Ve a reclamarle.
—Claro que pienso hacerlo, pero cuando termine esta campaña, para que no pueda decirme nada.
—¿Cuándo te irías?
—Dentro de tres días. Tengo que estar en Milán el viernes para prepararlo todo durante el fin de semana y empezar el lunes.
—¿Toda la campaña será en Milán?
—Para nada. El trabajo durará un mes y será en Milán, Roma y Florencia, para terminar en el lago de Como.
—Y ahí será donde te lo vas a comer porque, si yo estuviera en tu lugar, me lo comía despacito y sin prisas.
—Y seguro que se me indigesta… ¡Quita, quita! Yo voy a trabajar.
—Eso mismo te estoy diciendo: que te lo trabajes.
—Desde luego, hija mía, siempre pensando en lo mismo. En vez de arquitectura, tendrías que haber estudiado sexología.
—Claro que sí, para analizarme a mí misma. ¿Tú sabes el tiempo que llevo sin darle una alegría a mi cuerpo?
—Pues, día arriba, día abajo, el mismo que hace que no lo hago yo.
—Y eso sí que no lo entiendo, porque, rodeada de esos bombones…
—Todavía no te has enterado de que esos bombones, en su mayoría, están caducados.
—Anda ya. ¿Cómo van a estar caducados con menos de treinta años? Si me lo dijeras a mí, por los especímenes que hay en mi despacho…
—Eso es verdad, ahí te tengo que dar la razón. Tu despacho tuvo que fundarlo el hombre de Atapuerca y dejó a sus familiares al cargo.
Valeria me miró y soltó una carcajada tan fuerte que el sorbo de cerveza que acababa de tomar salió disparado como un aspersor, dejando todo el suelo de la terraza perdido.
—Ya puedes ir a buscar la fregona y recoger todo esto, porque yo tengo que vestirme para ir a ver al fantástico de mi jefe.
—¿Qué le vas a pedir a cambio? Porque, que te quede claro, lo vas a tener que hacer.
—Eso ya lo sé. Pero lo mismo le pido el doble de lo que me pagan y, además, un mes libre cuando vuelva de Italia.
—Hija, pues pídele un crucerito para las dos, que falta nos hace.
—Claro que sí. Dos pasajes para un crucero de solteros, marchando.
—¡Toma ya! En eso no había pensado, pero no te preocupes, que esta tarde, cuando salga del despacho, investigaré a ver si hay algo interesante por ahí.
—Quita, loca, que cualquiera te dice a ti nada…
La dejé allí, en el salón, y entré en mi habitación riéndome y negando con la cabeza, porque aquella mujer era imposible.