CAPÍTULO 37
El depósito seis
La puerta metálica se abrió nueve centímetros y volvió a atascarse.
El agente introdujo una palanca bajo el borde mientras el cerrajero desmontaba el bombín. Desde el interior salía un olor a detergente industrial, demasiado fuerte para un almacén cerrado.
—Han limpiado —dije.
Robles señaló el suelo.
—Han intentado limpiar.
La nave estaba detrás de una empresa de suministros náuticos, cerca de la ría do Burgo, sin rótulo ni acceso directo desde la carretera. La orden incluía el local, los vehículos y cualquier material relacionado con Custodia Atlántica.
Cuando la hoja cedió, el cerrajero retrocedió. Dos agentes entraron primero y encendieron luces portátiles. El pasillo central apareció entre estanterías vacías, con franjas más claras donde habían descansado cajas.
Una puerta lateral golpeó al fondo.
Las armas se levantaron.
—Policía. Salga con las manos visibles.
No respondió nadie. Un agente avanzó detrás de un escudo y encontró una ventana basculante movida por el viento. Robles bajó el brazo, pero mantuvo el acceso cubierto.
Yo esperé junto a la cinta.
Desde el umbral, la luz portátil cortaba el polvo en franjas y dejaba el centro de la nave expuesto, mientras los rincones permanecían todavía negros detrás de las estanterías vacías del fondo.
—Desde ahí —dijo.
No necesitaba entrar para ver las marcas de ruedas que cruzaban el hormigón húmedo. Dos terminaban ante un desagüe; una tercera desaparecía debajo de una lona gris.
Científica fotografió la lona antes de levantarla.
Debajo había una plataforma de lavado y un carro sin bandeja. En el borde del desagüe quedaban fibras oscuras pegadas a una costra de jabón.
—Recoged agua del sifón —ordenó Robles—. Y el filtro completo.
Un técnico desenroscó la rejilla. El metal chirrió y liberó un olor agrio. Entre cabellos, barro y restos de plástico apareció una pieza transparente, curvada y con letras azules.
No era una ampolla completa.
Ferreiro recibió la fotografía por el canal oficial y pidió que no interpretaran el código hasta analizarlo. Sonia amplió únicamente la numeración visible.
—Empieza por el lote penitenciario antiguo —dijo.
—¿Y el pedido de hace ocho meses? —pregunté.
—Mismo fabricante, serie distinta.
Robles guardó ambas referencias en carpetas separadas.
—Hasta que el laboratorio termine, tenemos dos existencias y ninguna ampolla vinculada al cuerpo.
El técnico introdujo el fragmento en un recipiente rígido. No corregía lo que ya constaba, pero retiraba una certeza que nunca debimos aceptar como definitiva.
Un golpe sonó detrás de la oficina acristalada.
Un hombre salió con las manos levantadas. Vestía un mono de trabajo y llevaba polvo blanco en las rodillas.
—Me llamo Antón Veiga. Tengo llaves.
—¿Por qué no abrió? —preguntó Robles.
—Porque no sabía quién estaba golpeando.
El cerrajero sostuvo el bombín desmontado.
—También podía mirar por la ventana.
Veiga bajó una mano hasta el bolsillo. Dos agentes se acercaron.
—Despacio.
Sacó un audífono y lo mostró sobre la palma.
—Sin esto solo oigo golpes.
Robles permitió que se lo colocara. Después comprobó su contrato: mantenimiento externo, seis horas semanales, sin acceso a inventarios ni sistemas de Custodia.
—¿Cuándo estuvo aquí por última vez?
Veiga miró el suelo mojado.
—Ayer. O anteayer. Trabajo de noche en otro sitio.
Sonia desplegó un calendario y le pidió que señalara turnos, no recuerdos. Él tocó el miércoles y después el viernes, pero retiró el dedo.
—El viernes vine después de las doce.
—¿Vio a alguien?
—Un coche dentro.
—¿Cuál?
—Blanco. Todos parecen iguales con esa luz.
Robles colocó fotografías del U-3, U-7 y la furgoneta sin distintivos. Veiga no eligió ninguna. Señaló solo la puerta trasera elevada.
—Estaba así. Y había agua debajo.
—¿Quién conducía?
—Cid estaba aquí.
—¿Lo vio bajar?
—Lo vi junto al grifo. Llevaba la chaqueta mojada desde los hombros y me pidió que limpiara atrás.
—¿Qué hora era?
Veiga tocó el audífono antes de responder.
—Después de mi descanso. Quizá la una. No miré.
La franja probable no encajaba del todo con el regreso registrado del U-3. Robles no forzó la hora.
—¿Qué limpió?
—Suelo, anclajes y una correa. Había barro. También una mancha oscura, pero el agua la hizo correr.
—¿Sangre?
—No dije sangre.
La respuesta salió más rápida que las anteriores.
Un agente abrió un armario de limpieza. Dentro faltaba una botella de desengrasante y quedaban dos pulverizadores sin etiqueta. Veiga reconoció uno como producto para restos biológicos.
—¿Registró el trabajo?
—Cid dijo que no cargara una incidencia por una limpieza.
—¿Era normal?
—Era el dueño.
—No he preguntado eso.
Veiga apretó el audífono dentro de la oreja.
—No.
La técnica retiró una tabla apoyada contra la pared. Detrás apareció una correa enrollada, sin hebilla y con la etiqueta de Custodia cortada. La zona interior conservaba pequeñas manchas marrones protegidas entre dos pliegues.
Robles no se acercó.
—Fotografía. Después, bolsa de papel.
El ancho coincidía con las marcas de los brazos de Varela, pero Ferreiro solo autorizó esa comparación como orientación. La sangre, la piel y cualquier resto tendrían que hablar por separado.
En la oficina encontraron una caja de cartón aplastada. La cinta llevaba un dibujo de líneas rojas que yo había visto en la vivienda de Seijas, alrededor de los cargadores retirados.
Sonia fotografió ambas muestras.
—Mismo modelo de cinta —dijo—. No la misma tira.
Dentro de la caja había tornillos separados en bolsas pequeñas y una etiqueta arrancada con la dirección de Oleiros. Cid había llevado hasta allí parte de lo retirado de la casa, aunque las unidades y los ordenadores ya no estaban.
Veiga observó la dirección.
—El sábado cargaron varias cajas.
—¿Quiénes?
—Dos empleados. Yo abrí el portón.
—¿Cid estaba presente?
—Hablaba por teléfono fuera. No sé con quién.
La respuesta no añadía una voz misteriosa ni una orden imposible de comprobar. Solo situaba a Cid supervisando la salida del material.
Un agente llamó desde el altillo.
Habían encontrado una bolsa de tela detrás de un archivador. Contenía herramientas, llaves antiguas y un reloj sin correa. La esfera oscura tenía una grieta fina junto al número cuatro.
Mi garganta se cerró antes de que Sonia leyera el número grabado en la tapa.
Coincidía con el reloj que la hermana de Varela había declarado desaparecido.
Robles pidió que nadie lo encendiera ni ajustara la hora. El mecanismo estaba detenido a las veintidós cincuenta y ocho, pero podía haberse parado por el golpe, la humedad o el abandono.
—No nos da la hora de la muerte —dijo Ferreiro por teléfono.
—Nos da un objeto de la víctima en un local controlado por Cid —respondió Robles.
Cerca del reloj apareció una funda transparente doblada cuatro veces. Dentro había una fotocopia de la hoja que Mercedes pretendía entregar, con una esquina rota y una anotación manuscrita.
Sonia comparó la rotura con la copia parcial fotografiada en casa de Mercedes. Los bordes parecían compatibles, aunque el encaje tendría que realizarse en laboratorio.
—Él la encontró —dije.
Robles señaló la bolsa.
—Alguien la trajo aquí.
Veiga se apoyó en la pared.
—La noche de la mujer, Cid volvió.
—¿Lo vio?
—Vi su coche. A él lo oí discutir con otro hombre dentro.
—¿Reconoció la voz?
—La de Cid. La otra no.
—¿Qué dijeron?
Veiga negó.
—Con el audífono quitado, palabras sueltas. Puerto. Inventario. Antes del amanecer.
Robles no pidió que completara lo que no había oído. Ordenó identificar a todos los empleados con acceso y comprobar qué vehículos habían salido después.
La búsqueda continuó detrás de las estanterías. Encontraron embalajes, etiquetas judiciales y una caja vacía cuyas medidas correspondían al receptor M-1.
El polvo del fondo estaba intacto.
La caja llevaba meses vacía.
Registraron paredes, falso techo, desagües y la oficina. No apareció ningún soporte compatible, ninguna unidad externa ni los once minutos que habían atravesado toda la investigación.
M-1 no estaba allí.
Robles salió al exterior mientras Científica seguía trabajando. La tarde había cerrado la ría bajo una neblina baja; las luces del puente de O Burgo se deshacían sobre el agua.
Su radio crepitó.
El equipo de vigilancia había perdido a Cid durante nueve minutos en A Grela. Cuando volvió a aparecer, conducía una furgoneta cargada y tomaba la avenida del puerto.
Robles miró la nave abierta.
—¿Orden de detención? —pregunté.
Sonia salió con el teléfono en la mano.
—Firmada.
Robles entregó la dirección del puerto a los vehículos de apoyo. Después señaló la caja vacía de M-1, visible bajo las luces del almacén.
—Que nadie deje de buscar aquí.
Las sirenas no se encendieron cuando los coches arrancaron.