A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El forense debía morir

Seijas pidió que retiraran la fotografía de Mercedes antes de encender la grabadora.

Robles la dejó boca abajo, pero no la guardó; la sala olía a café recalentado y el fluorescente zumbaba sobre nuestras cabezas; su abogado abrió una carpeta y acercó el acta de derechos.

—Mi cliente declara como investigado —dijo—. Nada de preguntas fuera de los hechos comunicados.

Seijas firmó; yo permanecía junto a la pared; Sonia ocupaba la otra esquina con tres cajas cerradas y una cronología sobre cartón rígido.

Robles pulsó la grabadora.

—Usted solicitó ampliar su declaración.

—Solicité corregir una interpretación.

—¿Cuál?

Seijas deslizó el bolígrafo hasta el borde de la mesa.

—Que Cid buscaba el original cuando entró en mi casa.

Sonia levantó una fotografía de las cajas retiradas.

—Se llevó ordenadores, discos y documentos relacionados con sus depósitos.

—Se llevó lo que podía utilizar contra él.

—¿Y dejó M-1?

El abogado tocó el antebrazo de Seijas.

—No responda sobre la localización de ningún soporte.

Seijas no apartó los ojos de la fotografía.

—No podía llevarse algo que nunca estuvo allí.

Robles cambió la imagen por el registro del U-3. La tarjeta prestada, el peaje de Guísamo y la salida manual del Hotel Atlántico formaban una línea continua.

—Hablemos de Varela.

Seijas se recostó, aunque la silla apenas cedió.

—Varela llevaba años hablando consigo mismo; un día decidió buscar público.

—Fiscalía —dijo Sonia.

Calló; Robles colocó sobre la mesa el historial de llamadas de un teléfono laboral vinculado a Seijas. Había contactado con Cid la tarde anterior a la muerte del forense durante tres minutos y cuarenta segundos.

—¿Qué le dijo?

—Que Varela había reconstruido una ruta.

—¿Cuál?

—La que empezaba en Salamanca y terminaba en ningún sitio oficial.

El abogado levantó una mano.

—Mi cliente no está admitiendo que conociera un destino.

—Conocía la ruta —respondió Sonia—. La escribió.

Seijas giró hacia ella.

—Escribir una dirección no significa conservar lo que pasó por ella.

Robles no discutió; sacó la declaración de Varela a la auxiliar del laboratorio, donde constaba que pensaba entregar a Fiscalía copias de los registros, los nombres de los depósitos y las irregularidades de TV-4.

—Varela iba a declarar al día siguiente.

—Eso dijo.

—Y usted avisó a Cid.

—Le dije que retirara las cajas comprometidas.

Sonia abrió la primera caja. Dentro había copias certificadas: compra del midazolam, autorización caducada y albarán recogido por un hombre con cicatriz bajo el pulgar derecho.

—El sedante se adquirió ocho meses antes —dijo—. No después de su llamada.

Seijas miró a su abogado; el hombre mantuvo la mano sobre la carpeta; Robles abrió la segunda caja y mostró fotografías del soporte doble para balizas y del compartimento oculto del U-3.

—El vehículo podía circular con una identidad prestada desde cuatro meses antes.

—Custodia desviaba materiales desde hacía años.

—No preguntamos por las cajas.

Seijas empujó el bolígrafo; rodó hasta chocar con la grabadora.

—Entonces formule la pregunta correcta.

Robles dejó que el aparato siguiera vibrando sobre la mesa.

—¿Cuándo comprendió que Cid no iba a trasladar a Varela?

La mandíbula de Seijas se movió antes que su voz.

—Nunca le pedí que trasladara al forense.

—Eso no responde.

—Le pedí que trasladara material.

Sonia colocó junto a la llamada una hoja de asignación creada cuarenta y seis minutos antes; el U-3 estaba reservado sin localizador para un servicio sanitario inexistente.

—Cid preparó el vehículo antes de que usted lo avisara —dijo.

Seijas acercó la cara a la hora impresa.

—Podía utilizarlo para cualquier retirada.

—También preparó una bolsa con sedante —respondió Sonia.

Sacó una fotografía del compartimento lateral. La marca coincidía con la caja del fabricante, pero no demostraba qué contenía aquella noche.

El abogado señaló la imagen.

—Eso es una inferencia.

—Sí —dijo Sonia—. Por eso aún está sentado y no condenado.

Robles abrió la tercera caja; esta contenía el registro interno de Custodia, recuperado de una copia declarada corrupta; a las siete y doce de la tarde, alguien había consultado la ficha médica de Varela utilizando una credencial de administración.

—Su llamada fue a las siete cuarenta y nueve —dije.

Seijas me encontró por fin junto a la pared.

—Veo que ya le permiten sumar.

No respondí; Sonia alineó las horas.

A las siete doce, Cid consultó peso, domicilio y contacto de emergencia de Varela; a las siete veintiséis, reservó el U-3; a las siete treinta y uno, abrió el inventario de sedantes antiguos; a las siete cuarenta y nueve, recibió la llamada de Seijas.

Robles tocó la última hora.

—Cuando usted lo avisó, Cid ya había decidido actuar contra Varela.

—Había decidido vigilarlo.

—Reservó un vehículo sin localizador.

—Para seguirlo.

—Consultó su peso.

Seijas recogió el bolígrafo y lo sostuvo con ambas manos.

—Para saber si podía moverlo.

Su abogado cerró los ojos un instante; la grabadora recogió el chasquido del plástico; una mitad cayó junto al acta; la otra quedó clavada en su palma.

Robles no se inclinó sobre la frase.

—¿Moverlo vivo?

—Moverlo si era necesario.

—¿Necesario para quién?

Seijas dejó el fragmento sobre la mesa.

—Para quienes habían pagado por no volver a ver ciertos materiales.

—Los compradores no se conocían.

—No necesitaban conocerse; bastaba con que Cid supiera cuánto perdería si Varela entregaba las rutas.

Sonia acercó la fotografía de Mercedes, boca abajo.

—¿También calculó lo que perdería ella?

—Mercedes no estaba en el plan.

—Varela sí.

Seijas retiró las manos; la marca del bolígrafo le había dejado una línea blanca en la palma.

—Cid dijo que hablaría con él.

—¿Cuándo?

—Después de mi llamada.

—¿Palabras exactas?

El abogado intervino.

—Doce años de relación profesional no permiten reconstruir una conversación literal.

Seijas giró la cabeza.

—Dijo que Varela no llegaría a Fiscalía con las cajas.

El fluorescente calló un segundo y volvió con más fuerza; Robles acercó la grabadora.

—¿Interpretó que impediría la entrega o que impediría al forense llegar?

—Interpreté lo que me convenía.

Nadie tocó la fotografía; la respuesta me apretó el estómago; Sonia abrió la declaración del empleado que entregó el midazolam. Recordaba que Cid preguntó cuánto tardaba en reducir a un adulto de ochenta kilos.

—Esa consulta se hizo ocho meses antes —dijo el abogado.

—Y Varela pesaba ochenta y dos —respondió Sonia.

—Millones de hombres pesan eso.

—Uno apareció sedado con ese producto.

Seijas miró la puerta, donde un agente seguía inmóvil.

—Yo no sabía que conservaba las ampollas.

Robles puso delante de él una factura de destrucción falsa firmada por Seijas años atrás.

—Certificó que habían sido eliminadas.

—Certifiqué una lista.

—Sin comprobar el armario.

—Como todos.

—Cid contó con eso.

Seijas levantó la factura; el papel tembló entre sus dedos.

—Cid siempre contaba con que nadie preguntara dos veces.

—Usted le enseñó cuánto podía conseguir así —dije.

Su mirada se quedó en mí.

—Y tú le enseñaste a todos cuánto podían perder si alguien encontraba once minutos.

Robles retiró la factura antes de que yo avanzara.

—Barral no está siendo interrogado.

—Todavía.

Sonia cerró las tres cajas y dejó únicamente la cronología.

—El vehículo estaba preparado antes de la llamada; el sedante llevaba meses disponible. Cid consultó la ficha de Varela antes de saber que iría a Fiscalía; su aviso no creó el plan.

Seijas bajó la vista.

—Lo aceleró.

Robles giró la fotografía de Mercedes.

—Y después de Varela, usted volvió a llamarlo.

El abogado se incorporó.

—Esa comunicación no figura en la relación entregada.

Sonia colocó una segunda hoja. La llamada salió desde el teléfono de una gasolinera y quedó registrada por la cámara del establecimiento; Seijas aparecía de espaldas, pero su matrícula figuraba en el ticket del surtidor.

—Le dije que Mercedes conservaba una copia —dijo.

—¿Qué respondió Cid?

Seijas empujó la fotografía hacia Robles sin mirarla.

—Que ya había demasiada gente recordando.

La grabadora siguió encendida mientras el abogado pedía una pausa; Robles no se opuso; cerró el acta, llamó al agente y ordenó que Seijas permaneciera bajo custodia como investigado.

Antes de levantarse, Seijas señaló la cronología.

—Eso demuestra que Cid decidió matar a Varela.

Robles recogió las cajas.

—Demuestra que se preparó antes de que usted decidiera no preguntar.

Seijas permaneció sentado cuando todos salimos; en el pasillo, Sonia recibió autorización para registrar el sexto punto. Robles leyó la dirección y llamó al equipo; esta vez no necesitó compartirla.

La puerta de la sala se cerró detrás de Seijas; dentro, la fotografía de Mercedes seguía boca arriba.