CAPÍTULO 35
El socio que transportaba
El técnico pasó una lámpara bajo el chasis mientras Robles observaba desde la línea amarilla. Habían retirado el vehículo del depósito de Custodia antes del amanecer, cuando la orden judicial permitió desmontarlo sin presencia de la empresa.
Yo permanecía junto a Xoán Barreiro.
No llevaba gorra. Tampoco miraba el coche.
—Ese no fue el vehículo que seguí —dijo.
—No estamos aquí por el paseo marítimo —respondió Robles.
El técnico tocó una placa rectangular colocada detrás del eje. Debajo aparecía un segundo soporte de localización, vacío y cubierto por una capa de grasa reciente.
—Podía llevar dos balizas —dijo—. La oficial y otra intercambiable.
Sonia dejó sobre un banco el dispositivo encontrado en el U-7. La carcasa encajó en el soporte con un clic limpio.
Durante la noche de Varela, el sistema había mostrado al U-3 inmóvil en A Grela, pero el registro pertenecía al aparato instalado temporalmente en el U-7. El vehículo real pudo circular sin desaparecer del mapa, porque otro ocupó su lugar digital.
Barreiro se frotó las manos contra el pantalón.
—Yo cambié uno.
Robles no se acercó.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses. Cid dijo que el localizador fallaba y que necesitaba comprobar si el problema estaba en la antena.
—¿Firmó la reparación?
—No era una reparación.
Sonia abrió una bolsa y sacó una tarjeta de acceso a nombre de Barreiro. Había aparecido dentro del cajón personal de Cid, detrás de varios partes de carretera.
—Denunció su pérdida hace seis meses —dijo.
—La encontré al día siguiente.
—¿Dónde?
Barreiro señaló el despacho acristalado del fondo.
—Sobre mi mesa. Pensé que alguien la había devuelto.
La tarjeta perdida había abierto el garaje a las diez y diecisiete de la noche en que murió Varela. A esa hora, Barreiro aparecía trabajando en Ferrol y Cid seguía sentado en la mesa principal del Hotel Atlántico.
Al menos ante las cámaras del salón.
Robles desplegó el plano del hotel sobre el capó del U-3. La grabación mostraba a Cid durante el discurso, el primer plato y varias conversaciones, pero existían dos intervalos sin imagen: diecinueve minutos después de las diez y veintiséis minutos antes del postre.
—Salía a fumar —dijo Barreiro.
—Cid declaró que no fumaba —respondió Sonia.
—No he dicho que fumara.
El técnico bajó el vehículo hasta el suelo. La suspensión crujió cuando las ruedas recuperaron el peso.
Robles abrió la puerta lateral.
—Enséñenos qué hacía.
Barreiro subió sin discutir. Pasó entre una camilla plegada y dos anclajes vacíos, levantó una tapa del revestimiento y descubrió un compartimento donde cabían una chaqueta, documentos y una caja pequeña.
—Aquí dejaba el uniforme de recambio.
Sonia iluminó el fondo. Una fibra gris quedó adherida a una esquina y, junto a ella, había una marca rectangular limpia.
—¿Qué guardaban?
—Material de emergencia.
—Eso no cabe en un inventario —dije.
Barreiro apoyó la mano sobre la pared.
—Cid llevaba su propia bolsa. Decía que algunos traslados empezaban antes de que llegara la ambulancia.
La frase dejó quieto al técnico.
Robles le pidió que bajara y ordenó fotografiar el compartimento completo. Después colocó sobre el capó tres registros de peaje obtenidos durante la madrugada.
La tarjeta de Barreiro había abierto el garaje a las diez y diecisiete.
El U-3 pasó por la salida de A Coruña a las diez y treinta y uno.
A las once y cuatro cruzó el peaje de Guísamo.
El sistema identificó al conductor mediante una acreditación manual.
X. Barreiro.
—Yo estaba en Ferrol —dijo.
—Su tarjeta no —respondió Sonia.
La cámara del peaje solo conservaba una imagen lateral, deformada por la lluvia. No mostraba el rostro, pero sí una mano sobre el volante y un reloj de esfera oscura.
Robles amplió una fotografía tomada durante la declaración de Cid. El mismo reloj aparecía bajo el puño de su camisa.
—Muchos relojes son negros —dije.
Sonia colocó otra imagen al lado.
En el borde de la esfera había una muesca triangular. Coincidía.
Barreiro se apartó del capó.
—Cid volvió a la cena antes del postre.
—El U-3 regresó a las doce y doce —dijo Robles.
—Entonces no podía conducirlo.
—No todo el trayecto.
Un segundo conductor pudo devolverlo. La identificación prestada y los peajes destruían la coartada completa, pero todavía no situaban a Cid dentro de la casa de Varela durante la muerte.
El técnico abrió el cajón inferior del vehículo. Dentro encontraron guantes, tubos vacíos, vendas y dos cajas de plástico sin etiqueta. Una había sido limpiada con un producto que dejó el interior mate.
La otra conservaba una pegatina arrancada.
Sonia aplicó luz oblicua. Bajo el adhesivo aparecieron números impresos por presión.
Robles leyó la secuencia y llamó a Ferreiro.
No puso el altavoz.
Mientras esperaba, Barreiro se acercó a la salida del garaje. Dos agentes cerraron el paso sin tocarlo.
—No voy a irme.
—Entonces no tendrá que volver —dijo uno.
Robles terminó la llamada.
—El código coincide con el fabricante del midazolam encontrado en Varela. No con una ampolla concreta.
—¿Compra? —pregunté.
Sonia ya estaba revisando las facturas incautadas. Encontró un pedido realizado ocho meses antes por una empresa de formación sanitaria que compartía administrador con una antigua contratista de Custodia.
El concepto decía material para simulaciones.
Veinticuatro ampollas.
—No podían venderlas para formación —dijo el técnico—. Ese producto exige trazabilidad.
—La factura utiliza un número de autorización caducado —respondió Sonia.
El pedido había sido recogido en persona. El albarán llevaba una firma ilegible y el número de la tarjeta de Barreiro.
Él golpeó el banco con la palma.
—Nunca compré medicación.
Robles puso el documento bajo su mano.
—¿Quién conocía ese número?
—Administración. Tráfico. Cid.
—Demasiada gente.
—Solo él guardaba copias de las acreditaciones antiguas.
Sonia revisó el registro del almacén proveedor. La cámara ya no existía, pero el empleado que entregó el paquete había anotado una característica del receptor porque la autorización le pareció vencida.
Cicatriz bajo pulgar derecho.
Barreiro mostró las manos. Ninguna cicatriz.
Robles abrió una fotografía de Cid sujetando la botella durante su interrogatorio. Bajo el pulgar derecho aparecía una línea blanca y curva.
El aire del garaje olía a caucho calentado. Cerré la boca antes de convertir la coincidencia en una condena.
—Eso prueba que alguien con esa cicatriz recogió el pedido —dijo Sonia—. No qué ampolla llegó a Varela.
Robles asintió.
Nadie me había corregido.
El técnico retiró la alfombrilla del conductor. Debajo encontró polvo fino, dos cabellos y una ficha metálica de aparcamiento.
Hotel Atlántico.
La hora de salida estaba grabada: 22:14.
Cid había pagado el aparcamiento a las veintitrés treinta y uno, según el recibo presentado por su abogado. Aquella ficha procedía de una salida anterior, realizada por un acceso sin matrícula automática.
—Sacó otro vehículo —dije.
Barreiro negó antes de que Robles preguntara.
—El hotel tenía una zona de carga. Cid conocía al encargado porque Custodia hacía servicios allí.
Sonia llamó al responsable del aparcamiento y pidió los registros de barrera manual. Una hoja fotografiada minutos después mostró una salida a las diez y catorce autorizada para proveedor sanitario.
Matrícula incompleta.
Últimos números: 307.
Los del U-3.
Robles alineó la ficha, el peaje, la tarjeta prestada y el pedido de midazolam. Por primera vez, no parecían indicios separados, sino una ruta personal construida con objetos que Cid había utilizado para parecer ausente.
Sonia abrió el historial de navegación del vehículo, recuperado de una memoria que Cid había declarado averiada. Las direcciones borradas coincidían con cinco depósitos ya vinculados a Seijas y con un sexto punto situado fuera de las rutas ordinarias.
—Conocía todos —dijo Barreiro.
—Conocía cómo llegar —respondió el técnico.
Robles imprimió la lista, pero cubrió la sexta dirección antes de que yo pudiera leerla. Un equipo debía comprobar primero quién tenía acceso, porque registrar otro espacio vacío solo enseñaría a Cid cuánto sabíamos.
En la última ruta, el U-3 había permanecido allí cuarenta y siete minutos.
Barreiro miró el compartimento abierto.
—Yo creía que movíamos cajas.
Robles cerró la puerta lateral.
—Las cajas no necesitan sedante.
El teléfono de Sonia vibró. Seijas había solicitado ampliar su declaración al conocer la incautación del U-3, pero solo hablaría con su abogado presente.
Robles guardó las pruebas en carpetas distintas.
—Esta vez no le preguntaremos qué guardó.
—¿Qué le preguntaremos? —dije.
Robles miró la muesca del reloj.
—Cuándo comprendió que Cid ya no iba a transportar al forense.