A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Los compradores

El abogado arrancó la etiqueta antes de permitir que Robles la fotografiara.

—Eso no estaba en el auto.

—El contenido sí —respondió ella.

La oficina ocupaba un primer piso frente a las galerías de la Marina. La luz gris rebotaba en los cristales de María Pita. Celso Rúa dejó la etiqueta hecha una bola junto al cenicero vacío.

No era el abogado retirado que ya había explicado cómo trabajaba Seijas. Rúa defendía a una empresa química y aparecía en la libreta unido al código OR-0.

La caja permanecía cerrada sobre la mesa.

—Compró una ruta —dije.

—Pagué por conservar documentación de mi cliente.

—Documentación que debía destruirse.

Rúa empujó la caja hacia Robles, aunque mantuvo dos dedos sobre la tapa.

—Documentación que podía desaparecer antes de que terminara un recurso.

Robles colocó la autorización judicial junto a su mano.

—Suéltela.

El abogado retiró los dedos. Una técnica cortó el precinto y abrió la caja. Dentro había fotografías de bidones, análisis de agua y una muestra sellada con un número judicial.

No era M-1.

Rúa se ajustó la corbata.

—Les he ahorrado un registro inútil.

—Ha conservado una prueba fuera de custodia durante siete años —dijo Robles.

—Conservé una copia de seguridad.

Sonia sacó el pago asociado a la libreta: cuatro transferencias pequeñas desde una consultora ambiental, una fundación empresarial y dos despachos distintos. Ninguna superaba los tres mil euros.

—Cuatro compradores —dije.

Rúa negó mientras la técnica fotografiaba la muestra.

—Un cliente. Cuatro pagadores.

—¿Conocía a los demás nombres de la libreta?

—No sabía que existía una libreta.

Robles dejó frente a él tres códigos sin identificar. Uno pertenecía a un expediente policial, otro a una sanción administrativa y el tercero a la muerte de Bruno Lamas.

Rúa no miró el último.

—Seijas no reunía clientes —dijo—. Reunía necesidades.

—¿Quién le presentó a él?

El abogado giró la caja hasta alinear un borde con la mesa.

—Un procurador me dijo que podía impedir una destrucción precipitada.

—Nombre.

—Murió hace cuatro años.

Sonia dejó de escribir. Rúa esperaba la reacción.

—Los muertos vuelven a trabajar mucho en esta investigación —dije.

—Los vivos los utilizan porque no pueden protestar.

Robles apartó los códigos.

—¿Qué pidió exactamente?

Rúa respiró por la nariz antes de contestar.

—Que una muestra permaneciera recuperable hasta que terminara el procedimiento.

—¿Le pidió alterar el resultado?

—No.

—¿Sustituir el precinto?

—No.

—¿Desviar el traslado?

El abogado cogió un vaso de agua y no bebió.

—Me dijo que no preguntara cómo se conservaba.

La técnica levantó la bolsa. El precinto exterior era auténtico; la fecha de cierre también. Sin embargo, el registro oficial aseguraba que la muestra había sido destruida seis meses después de tomarse.

—Pagó para que una prueba siguiera existiendo —dije.

—Pagué para que mi cliente no dependiera de una fotografía.

—Y después utilizó esa existencia para negociar.

Rúa dejó el vaso.

—La administración retiró parte de la sanción porque aceptamos reparar la instalación.

Robles tocó una de las fotografías de los bidones.

—¿Les recordó que conservaba la muestra?

—No fue necesario.

El silencio no duró. Sonia abrió otra carpeta y extendió cinco movimientos cuya estructura coincidía con las transferencias de Rúa: cantidades bajas, pagadores distintos y fechas posteriores a una retirada irregular.

Una pertenecía a la defensa de un acusado. Otra, a un sindicato policial. La tercera salía de una empresa de transporte. La cuarta procedía de una asociación de funcionarios. La última había pasado por Custodia Atlántica.

—No se pagaba una orden —dijo Sonia—. Se pagaba la posibilidad de recuperar algo.

Rúa miró por primera vez la página completa.

—Eso ya lo saben.

—Sabíamos cómo cobraba Seijas —respondí—. No sabíamos que cada comprador creía ser el único.

El abogado sonrió con cansancio.

—Nadie paga por formar parte de un sistema. Paga para resolver su problema.

Robles guardó la frase en la grabación, no en una libreta.

La puerta se abrió y un agente informó de que la muestra sería trasladada al laboratorio. Rúa intentó levantarse, pero Robles apoyó una mano sobre el respaldo de su silla.

—Aún no hemos terminado.

—Mi cliente entregará todo.

—Su cliente entregará lo que sepamos pedirle.

Sonia señaló una anotación situada debajo del código de la muestra: C-2 / ida / sin retorno. En otras páginas, la misma C aparecía junto a teléfonos, discos y recipientes de casos distintos.

—¿Cid? —preguntó el agente.

Rúa negó demasiado deprisa.

—Cliente.

—Custodia —dijo Sonia.

—Conservación —añadí.

Robles no eligió ninguna respuesta. Ordenó comprobar cada uso de la letra contra contratos, matrículas y pagos, mientras el abogado observaba cómo su caja salía de la oficina dentro de otra caja oficial.

En la calle, el viento empujó la lluvia bajo los soportales. Dos equipos esperaban junto a coches sin distintivos, con direcciones distintas.

Sonia sostuvo el tablero pequeño donde había resumido los cruces.

—El sindicato policial pagó después de que desapareciera una grabación de calabozos. La asociación de funcionarios, tras un expediente disciplinario. La empresa de transporte, después de una inspección por exceso de jornada.

—Motivos distintos —dije.

—Y resultados distintos. En un caso volvió una copia. En otro, solo apareció una fotografía. En el tercero, el material nunca regresó.

Robles repartió las órdenes.

—Nadie habla de red. Cada equipo investiga su hecho.

—Así perderemos el dibujo completo —dije.

Sonia dobló el tablero antes de que Robles respondiera.

—El dibujo completo es lo que protegía a todos. Cada uno podía fingir que su esquina no tocaba las demás.

No había corrección en su tono. Había una decisión.

Subimos al vehículo. Seijas esperaba en una sala de dependencias policiales, asistido por un abogado de oficio y protegido de los hombres de Custodia. Cuando entramos, había leído el acta de incautación de la libreta.

—Han ido a ver a Rúa —dijo.

Robles dejó sobre la mesa una copia de las transferencias.

—Hemos ido a ver una caja.

—Las cajas hablan menos.

—Por eso usted cobraba por ellas.

Seijas pasó una página con la yema del dedo. Su abogado le pidió que no respondiera, pero él siguió leyendo los nombres de los pagadores.

—No eran compradores.

—Pagaban —dijo Sonia.

—Pagaba quien temía perder algo.

—Eso define a muchos compradores —respondí.

Seijas alzó la vista, aunque no buscó a Robles.

—Un policía quería ocultar que dejó solo a un detenido. Una empresa quería conservar una muestra que podía exculparla. Un funcionario necesitaba tiempo para demostrar que no había firmado. No compraban lo mismo.

—Compraban silencio —dijo Sonia.

—Compraban una segunda oportunidad.

Robles colocó entre ambos la fotografía de Mercedes.

—Ella no la tuvo.

Seijas dejó de pasar páginas. Su abogado apartó la imagen, pero la esquina quedó visible.

—Yo no envié a nadie a su casa.

—Avisó de que conservaba una copia —dije.

—Avisé de que Varela estaba reconstruyendo rutas.

—¿A Cid?

El abogado intervino.

—Mi cliente no responderá sobre comunicaciones sin conocer la evidencia.

Robles retiró la fotografía y entregó a Sonia la hoja de TV-4.

—No necesitamos su versión.

Seijas miró el código.

—Entonces no sabe quién compró esos once minutos.

—Sabemos que alguien pagó por sacarlos.

—Eso no significa que los recibiera completos.

La mesa presionó mis antebrazos. Sonia abrió las transferencias vinculadas a M-1: tres pagos separados, procedentes de personas que nunca habían compartido empresa, abogado ni procedimiento.

Uno coincidía con un cargo policial de Salamanca. Otro, con una sociedad ya disuelta. El tercero pertenecía a una cuenta de representación jurídica.

—Tres compradores —dije.

—Tres miedos —respondió Seijas.

Robles alineó los pagos sin tocar la libreta.

—¿Se conocían?

—No.

—¿Sabían qué había comprado el otro?

—Nunca preguntaron.

—¿Quién entregaba los fragmentos?

Seijas apoyó las manos abiertas sobre la mesa.

—Yo guardaba. Otro movía.

El abogado intentó detenerlo, pero la frase ya estaba grabada.

Sonia colocó la letra C junto a todas las rutas compartidas. Aparecía en los traslados de clientes que no tenían ninguna relación entre sí, siempre después de una retirada y antes de un pago.

Seijas observó la columna sin corregirla.

Robles separó las investigaciones en cuatro carpetas y entregó cada una a un equipo distinto. Después dejó una quinta delante de nosotros.

—Los compradores responderán por su silencio.

—Y Cid —dije.

Robles cerró la carpeta con el nudillo.

—Cid responderá por haberlos unido sin conocerlos.

Seijas sonrió apenas.

—Cuando separen los casos, volverá a parecer un transportista.

Sonia abrió la puerta y los agentes recogieron las cuatro carpetas.

Robles conservó la quinta.

—No. Será el único nombre que viaje entre todas.