A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La libreta de rutas

La goma se partió al primer intento; la técnica dejó los dos extremos sobre una bandeja y cambió de guantes. Cada página quedó fotografiada bajo una lámpara, mientras el obturador marcaba un ritmo que me tensaba la mandíbula.

—Dos detenidos —dijo Robles—; el conductor sigue fugado.

Sonia fijó un plano de Galicia sobre un tablero. A su lado colocó matrículas, fechas y códigos de depósitos. Seijas esperaba al otro lado del cristal, sin esposas, con un agente en la puerta abierta.

No estaba detenido, al menos oficialmente, pero tampoco podía marcharse sin cruzarse con quienes intentaron meterlo en una furgoneta.

La técnica pasó la primera hoja, donde no había frases, solo columnas, flechas, números de cuatro cifras y letras encerradas en cuadrados. Varias entradas estaban tachadas con una línea para seguir legibles.

—Parecen matrículas incompletas —dije.

—Tres cifras finales —respondió Sonia—. Y una letra.

Robles tomó una ficha de Custodia, la deslizó bajo el plástico y mostró que el vehículo U-7 terminaba en 4182. En la libreta aparecía U/4182 junto a una fecha de nueve meses atrás.

Sonia clavó una chincheta sobre A Grela.

—Ese día hizo un servicio judicial.

—También cargó combustible en Arteixo —añadió un agente.

Seijas golpeó despacio el cristal con el nudillo.

—Si convierten cada parada en un depósito, acabarán registrando gasolineras.

Robles no se volvió.

—Puede ayudarnos a evitarlo.

—Puedo mirar cómo se equivocan.

La técnica avanzó tres páginas y encontró que el mismo vehículo aparecía unido a códigos distintos: P-4, F-2, R-1. No eran lugares fijos, sino estados que cambiaban según la fecha y, en ocasiones, una flecha regresaba al punto de origen.

Sonia colocó sobre el tablero la hoja de Bruno Lamas.

—Aquí conocemos el recorrido. Archivo refrigerado, furgoneta de mantenimiento, nave de Pocomaco.

Buscó la fecha en la libreta y encontró una línea con la matrícula parcial del vehículo, las letras BL y una flecha doble entre F-2 y P-4.

—F no es una dirección —dije.

Seijas apoyó la frente en el cristal.

—Por fin.

Robles giró la silla hacia él.

—¿Qué significa?

—Una condición.

—Eso puede significar cualquier cosa.

—Por eso la libreta seguía siendo mía.

Sonia comparó otras rutas conocidas y descubrió que F aparecía cuando una caja salía con documentación válida, mientras P se repetía en los movimientos que terminaban en Pocomaco. La letra R surgía después, cuando el material regresaba al circuito oficial con otro precinto.

—F es formal —dijo.

Seijas sonrió sin enseñar los dientes.

—F también puede ser frigorífico.

La técnica tocó la entrada de Bruno.

—Aquí el material era refrigerado.

Sonia retiró su primera etiqueta, pero Robles no corrigió a nadie; el error quedó clavado en el tablero delante de todos.

Pasamos a las páginas recientes, cuyo papel cambiaba de color cerca del final y la presión del bolígrafo se volvía más profunda.

Seijas había escrito deprisa durante los días anteriores a la muerte de Varela, y una entrada llevaba las letras TV, el número 4 y la matrícula parcial del coche de Custodia que había seguido al forense.

—Tomás Varela —dije.

—O traslado de vestigios —respondió Sonia.

Seijas apartó la cara del cristal; la duda pesó más que una confirmación.

Robles colocó junto a la libreta el registro de entrada de Varela en la empresa de Cid: diecisiete treinta y dos; salida, dieciocho cuarenta y nueve.

Durante aquella visita había pedido la ruta vinculada a TV-4 y había impreso seis veces la documentación; la libreta contenía otra anotación diecinueve minutos después.

TV4 / OR-0 / 4182 / REC.

—Recuperación —dijo el agente.

—Recorrido —contestó Sonia.

—Recepción —añadió la técnica.

Tres interpretaciones ocuparon la mesa sin que ninguna pudiera imponerse. Seijas se sentó al otro lado del cristal.

—Las abreviaturas sirven para recordar, no para declarar.

Robles pulsó el intercomunicador.

—¿Qué dirección iba a comprobar Varela?

—La que ya había encontrado.

—Eso no es una dirección.

—Tampoco era una calle.

La respuesta me rozó la nuca mientras miraba el plano. Retiré las chinchetas colocadas sobre edificios concretos. Después alineé los códigos según el orden de las flechas.

F-2. P-4. R-1. OR-0.

No eran destinos, sino estados del material.

—Origen —dije—; OR significa origen.

Sonia arrastró hacia mí la copia de M-1.

—Entonces cero no es un almacén, sino la ruta anterior a todas las demás.

Para comprobarlo, Sonia eligió una entrada antigua que conocíamos por las facturas. La matrícula pertenecía a una furgoneta que recogió un teléfono intervenido en Vigo, lo llevó a Pocomaco y lo devolvió tres días después con otro precinto.

Movió tres tarjetas sobre el plano: OR-0 aparecía antes de la primera flecha. P-4, durante la estancia en la nave. R-1 cerraba el recorrido cuando el teléfono regresaba al juzgado.

—No describe lugares —dijo—. Describe lo que puede hacerse con la prueba en cada momento.

Seijas dejó caer la espalda contra la silla.

—Ahora ya pueden equivocarse con método.

El comentario me hizo apretar la regla; Robles no intervino, pues fue Sonia quien giró la libreta hacia el cristal.

—Usted no escribía para recordar carreteras. Escribía para recordar disponibilidad.

—Eso lo ha dicho usted.

—Y usted ha dejado de corregirme.

Seijas miró la puerta abierta sin intentar levantarse, mientras la técnica señalaba una cruz junto a OR-0, que aparecía solo en cuatro entradas, todas relacionadas con materiales que nunca habían regresado al inventario principal.

—Esto separa una copia de algo conservado —dije.

—O una operación pendiente —respondió Sonia, sin apartar la vista de Seijas.

Él bajó los ojos hacia sus manos mientras Robles abrió el registro de contingencias de Custodia. Doce minutos después de que Varela saliera del despacho de Cid, alguien había creado un servicio urgente desde la cuenta de coordinación externa.

Objeto: equipo judicial obsoleto.

Trabajo: recuperación preventiva.

El número de referencia terminaba en M1.

El aire del conducto levantó una esquina del plano y Sonia la sujetó con la caja de la libreta.

—La cuenta era compartida —dijo.

—Pero el servicio se creó desde el terminal del despacho de Cid —respondió el agente—. El registro de red conserva el punto físico.

Robles pidió el parte de asignación, donde los nombres de los dos empleados detenidos en la Torre aparecían como equipo de recogida. El conductor fugado figuraba en una sustitución añadida después, sin firma.

—No recibieron una orden para llevarse a Seijas —dije.

Sonia abrió las instrucciones del servicio: localizar custodio, verificar material y recuperar referencia antes de traslado externo.

No había ninguna mención a una brida, una furgoneta sin identificar o el uso de fuerza.

—Recibieron un encargo que podían deformar —dijo Robles.

Seijas pulsó el intercomunicador desde su lado.

—Recibieron palabras suficientes para no preguntar.

Robles se acercó al cristal.

—Cid creó el servicio después de hablar con Varela.

—Su terminal lo creó.

—Y envió a los mismos hombres que lo siguieron hasta la Torre.

—Esos hombres trabajan donde pone su acreditación.

El agente dejó sobre la mesa la declaración provisional del detenido: debía recuperar material de la empresa, llevar a Seijas ante un responsable y negaba conocer a Cid personalmente, según dejó por escrito.

La técnica giró la última página de la libreta; la anotación TV4 continuaba en el reverso con tres marcas separadas por barras. La primera coincidía con Pocomaco; la segunda, con un depósito judicial cerrado; la tercera no figuraba en ningún registro obtenido.

Sonia acercó una regla.

—¿Es un seis?

—O una G —dije.

Seijas observó desde su silla.

—Siguen leyendo nombres.

Robles colocó la hoja de rutas sobre el cristal, enfrentada a él.

—Varela encontró OR-0. Cid ordenó recuperarlo. Usted salió de casa antes de que Cid retirara sus equipos. Díganos qué significa la última marca.

Seijas levantó la mano sin tocar el cristal.

—Significa que Varela empezó por el lugar correcto.

—¿Cuál?

—El que ya no pertenecía a ninguno de nosotros.

La puerta del pasillo se abrió; un agente entregó a Robles el registro de propiedad asociado al código. Ella leyó, dobló la hoja y pidió dos vehículos sin distintivos.

—¿Vamos a entrar? —pregunté.

—Vamos a comprobar que todavía existe.

Seijas se puso en pie.

—Si Cid ha entendido la misma página, ya no encontrarán una puerta.

Robles recogió la caja de la libreta.

—Entonces encontraremos quién la cerró.

La técnica apagó la lámpara y dejó en el tablero las rutas conocidas junto a una chincheta sin colocar, que Sonia sostuvo entre dos dedos.

—¿Dónde?

Robles miró el código una vez más.

—Primero, al comprador.