CAPÍTULO 32
La Torre de Hércules
El hombre de la gorra roja tocó la barandilla por tercera vez.
No miraba el mar. Tampoco la Torre de Hércules, contra un cielo bajo. Seguía con los ojos el reflejo de Seijas en la ventana del centro de interpretación.
Robles mantenía la radio pegada al pecho.
—¿Confirmas?
—No todavía.
El viento arrastró sal sobre la explanada y movió la cinta de una papelera. Seijas estaba sentado en un banco de piedra, con la mochila entre los pies. No había hablado con nadie desde que llegó.
La vigilancia llevaba dos horas montada.
Yo ocupaba la mesa de una cafetería cerrada, fingiendo revisar un folleto turístico. La humedad había ablandado el papel. Robles estaba veinte metros más atrás, junto a un coche sin distintivos.
El hombre de la gorra volvió a tocar la barandilla.
Un segundo hombre respondió desde el sendero inferior. No levantó la mano. Se ajustó la cremallera de la chaqueta y cambió de dirección.
—Ahora —dije.
Robles pulsó la radio.
—Equipo dos, mantenga posición. Nadie entra todavía.
—Van a cerrarlo contra la torre.
—O quieren que lo creamos.
Seijas se agachó para atarse un cordón. La mochila quedó abierta un instante. Dentro vi una carpeta gris y una botella. Nada que justificara una carrera.
El hombre de la gorra avanzó hacia él.
Yo doblé el folleto y lo dejé sobre la mesa.
Robles me vio.
—Si te levantas, termina aquí.
Volví a apoyar los antebrazos. El metal de la silla estaba frío incluso a través de la chaqueta.
El desconocido pasó junto a Seijas sin detenerse. Rozó el banco con un dedo y siguió hacia el mirador. Seijas no reaccionó.
El segundo hombre aceleró por el sendero.
—El de abajo lleva algo en el bolsillo —dije.
—Todos llevamos algo.
—No cambia de forma al caminar.
Robles pidió una cámara más cercana. Un agente situado junto al aparcamiento amplió la imagen. El bolsillo mostraba un rectángulo duro.
—Teléfono —dijo por radio.
—O una brida doblada —respondí.
Robles no discutió. Dio una orden breve.
El equipo dos se desplazó diez metros sin acercarse a Seijas. Una pareja de falsos visitantes ocupó el camino entre la torre y el aparcamiento.
El hombre de la gorra llegó al mirador. Sacó el móvil, fotografió el horizonte y giró el cuerpo hasta incluir a Seijas en el encuadre.
—Ya lo tiene localizado —dije.
—Eso tampoco es delito.
—No necesitan detenerlo. Solo mantenerlo quieto.
Seijas levantó la cabeza. Un instante miró hacia mi mesa.
No podía haberme reconocido desde esa distancia.
Aun así, cerró la mochila.
El segundo hombre salió del sendero inferior y ocupó la única ruta hacia la carretera. Se llevó una mano al oído, aunque no llevaba auricular visible.
Robles rozó el micrófono.
—Todavía no.
La palabra me dejó los músculos duros. La salida norte estaba libre. Seijas podía levantarse, cruzar el césped y desaparecer entre los visitantes.
Él se puso de pie.
El hombre de la gorra guardó el teléfono.
Yo acerqué dos dedos a la radio que Robles me había dado. No transmití. Señalé con la mirada la zona detrás del centro de interpretación.
Una furgoneta blanca apareció junto al acceso de servicio.
Robles siguió mi gesto.
La matrícula llevaba barro sobre los dos últimos números.
—Equipo tres, vehículo nuevo. No se acerquen.
Seijas caminó hacia la torre.
La furgoneta avanzó. No podía entrar en la explanada, pero se detuvo donde el muro cortaba la visión de las cámaras principales.
El hombre del sendero metió la mano en el bolsillo.
Saqué la radio.
—Va a interceptarlo.
Robles me agarró la muñeca antes de moverme.
—Dilo. No lo hagas.
Pulsé el botón.
—El hombre del sendero va hacia Seijas. El de la gorra cubre el lado oeste. La furgoneta espera fuera de cámara.
Robles soltó mi muñeca.
—Equipo dos, cierren el sendero. Equipo tres, conductor. Yo voy por Seijas.
Se movió antes de terminar.
El hombre del sendero sacó una brida negra, no un teléfono. Seijas la vio y retrocedió contra el muro bajo.
El de la gorra empezó a correr.
Dos agentes interceptaron al primero. La brida cayó sobre las losas. Él lanzó un codazo, giró y chocó contra la barandilla.
El segundo alcanzó a Robles por el lado.
Yo seguí junto a la mesa.
La distancia se me clavó en las piernas.
Robles empujó a Seijas hacia dentro. El hombre de la gorra intentó agarrar la mochila. Ella le golpeó el antebrazo con el borde de la mano y la correa se soltó.
Seijas cayó de rodillas.
Un agente se lanzó sobre el atacante, pero resbaló en la piedra húmeda. El hombre se equilibró y corrió hacia el aparcamiento.
La furgoneta arrancó.
—Equipo tres —gritó Robles por radio—. Bloqueadla.
El motor rugió detrás del muro. Sonó un golpe. Después otro.
Yo no veía el vehículo.
Vi a Seijas intentar levantarse.
Robles lo sujetó por el hombro.
—Dentro.
—No pienso entrar ahí.
—Entonces se queda en el suelo.
Seijas miró hacia el aparcamiento. El hombre de la gorra había desaparecido tras el muro.
—Él no viene por mí —dijo.
Robles tiró de la mochila y la colocó entre ambos.
—Corre como si sí.
La puerta del centro se abrió. Una agente hizo pasar a Seijas y cerró detrás de ellos.
Entonces me levanté.
El primer atacante seguía forcejeando junto a la barandilla. Un agente le inmovilizó el brazo mientras otro recogía la brida con una pinza.
—Custodia Atlántica —dijo al encontrar acreditación en su cartera.
El viento golpeó el plástico contra su guante.
Caminé hasta el límite que Robles había marcado antes del operativo. No lo crucé. Desde allí vi la carretera.
La furgoneta estaba atravesada contra un coche policial. La puerta del conductor estaba abierta. Nadie dentro.
—Ha saltado por el lado del acompañante —informó la radio—. Se dirige hacia el acantilado.
Robles respondió desde dentro.
—No abandonen el vehículo. Dos agentes a pie. El resto mantiene el perímetro.
El hombre de la gorra reapareció entre los coches y lanzó algo dentro de una papelera. Después bajó por un camino lateral.
Un agente fue detrás.
Yo levanté la radio.
—Ha tirado el teléfono.
—Que lo recoja Científica —respondió Robles—. Tú entra.
Olía a ropa mojada. Seijas estaba sentado contra una pared, con las manos visibles sobre las rodillas. La mochila descansaba a un metro, precintada.
Robles se quitó una brizna de hierba de la manga.
—¿Quiénes son?
Seijas miró el sello de la bolsa.
—Personas con contrato.
—¿De Cid?
—La pregunta ya trae la respuesta.
Robles acercó una silla, pero no se sentó.
—Han intentado meterlo en una furgoneta.
—Entonces han cambiado de método.
—¿Qué querían?
Seijas se frotó la muñeca. La piel estaba roja donde habían intentado sujetarlo.
—Comprobar si llevaba algo.
—¿Lo lleva?
Su mirada fue hacia la mochila.
Robles llamó a la agente de custodia.
—Inventario aquí. Con cámara.
—No pueden abrirla sin mi consentimiento.
Robles sostuvo la mochila por la correa.
—Entonces consienta.
Seijas apoyó la cabeza contra la pared.
—Siempre llegan con el papel correcto después del ruido.
Miró la cámara.
—Ábrala. Delante de todos. Hágalo ahora.
La agente retiró el precinto provisional y sacó los objetos uno a uno. Botella. Cartera. Medicación. Una carpeta con billetes de autobús.
Después apareció una libreta estrecha, con una goma.
Seijas dejó de frotarse la muñeca.
Robles no la abrió.
—¿Qué contiene?
—Caminos que ya no existen.
—Eso lo decidirá quien los recorra.
Fuera, la radio confirmó que el conductor había escapado hacia los senderos. El hombre detenido pedía abogado y negaba conocer a Cid.
Robles entregó la libreta a la agente.
—Bolsa separada.
Seijas siguió el movimiento hasta que el plástico quedó sellado.
—Si la leen como nombres, perderán el tiempo.
—Entonces será la primera vez que usted nos lo ahorra.
Seijas levantó la vista hacia mí.
—Tú no vas a esperar a que la lean.
El pecho me empujó un paso hacia la mesa.
Me detuve antes de tocarla.
Robles puso la bolsa dentro de una caja rígida.
—Sí va a esperar.
La radio volvió a sonar.
Habían encontrado al hombre de la gorra junto al camino del faro, sin teléfono y con una llave de Custodia en el bolsillo.
Robles cerró la caja.
—Ahora sí nos vamos.
Seijas miró la puerta, luego la libreta.
—Cid no quería encontrarme.
Robles levantó la caja.
—¿Qué quería?
—Saber qué dirección iba a comprobar primero aquella noche.