A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La casa vacía

La llave entró en la cerradura antes que la orden en el teléfono de Robles.

—Sáquela.

El agente mantuvo la mano quieta. Desde el rellano llegaba el zumbido del ascensor detenido entre plantas. Abajo, el segundo vehículo de Custodia seguía aparcado junto a la acera, vacío y con los cristales cubiertos de lluvia.

—La puerta no está forzada —dijo el agente.

—Tampoco está autorizada.

Retiró la llave y la guardó en la bolsa. Robles comprobó otra vez la pantalla. El juzgado había recibido la solicitud, pero faltaba la firma digital.

Yo miré el felpudo de Seijas. Una esquina estaba doblada hacia dentro. Podía haberse enganchado con cualquier zapato.

—¿Cuánto lleva la furgoneta ahí? —pregunté.

La agente de vigilancia consultó su libreta.

—La vimos llegar hace cuarenta minutos. Nadie bajó.

—¿Conductor?

—No se distingue desde nuestra posición.

Robles señaló la ventana de la escalera.

—No vamos a bajar a preguntarle.

Una puerta se abrió en el piso superior. Una mujer asomó con una bolsa de basura y se detuvo al ver los guantes, la cámara y las fundas.

—¿Mateo?

—Policía —respondió Robles—. Vuelva dentro.

La mujer apretó la bolsa contra la pierna.

—Se fue de madrugada.

El agente encendió la grabadora. Robles no apartó la vista del teléfono.

—¿Lo vio?

—Oí la puerta. Luego miré por la mirilla.

—¿Llevaba equipaje?

—Una mochila. Nada más.

La bolsa goteó sobre el peldaño. La mujer cambió el peso de una mano a otra.

—Después vino otro.

Robles levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Ya había amanecido.

—¿Entró en esta vivienda?

La mujer miró la cerradura.

—Tenía llave.

El teléfono de Robles vibró. Leyó la resolución completa, amplió la firma y se la mostró al agente.

—Ahora.

La puerta se abrió sin resistencia.

El recibidor olía a madera cerrada. Un abrigo colgaba del perchero y dos pares de zapatos permanecían alineados bajo un banco. Robles dejó pasar primero a Científica.

Yo esperé hasta que señaló una baldosa libre.

—Desde ahí, de momento.

La vivienda no parecía registrada. Parecía corregida.

En el salón había libros, fotografías y una cartera con billetes dentro. Sobre una cómoda descansaban unas llaves de coche y un reloj. Ningún cajón estaba abierto.

Un técnico iluminó la pared junto al escritorio.

Cuatro rectángulos limpios cortaban el polvo.

—Faltaban equipos —dijo.

—¿Cuántos? —preguntó Robles.

—Por las marcas, un ordenador, dos unidades externas y algo más pequeño.

El cableado terminaba enrollado con bridas. No lo habían arrancado. Alguien había desconectado cada aparato y dejado los cargadores correctos dentro de una caja vacía.

Me acerqué hasta el límite marcado.

—No buscaban. Sabían qué llevarse.

Robles observó los extremos de los cables.

—O tuvieron tiempo para elegir.

En el dormitorio, una agente abrió el armario. Las camisas seguían ordenadas por tonos. Faltaban cuatro perchas entre dos chaquetas.

—Seijas preparó su salida —dijo.

—Eso parece.

Robles se agachó junto a la mesilla. El pasaporte no estaba, pero una caja con monedas extranjeras seguía cerrada. En el cajón inferior encontraron documentos bancarios, una escritura y quinientos euros.

—No huyó de todo —dije.

—Huyó de aquí.

La cocina ofrecía la misma calma falsa. Había una taza en el fregadero, pan sin abrir y fruta blanda dentro de un cuenco. Una agente revisó el cubo y encontró envases domésticos, nada triturado ni quemado.

En el armario superior faltaban dos baldas. Los tornillos descansaban dentro de un vaso, separados por tamaños.

—Las desmontaron con herramientas —dijo el técnico.

Robles tocó el exterior del armario con el dorso del guante.

—¿Esta mañana?

—El polvo de los tornillos está reciente.

La persona que había vaciado la casa no improvisó. Tampoco necesitó registrar cada habitación.

Un golpe subió desde la calle. Dos agentes habían abierto la furgoneta. Robles salió al balcón sin tocar la barandilla.

El vehículo estaba vacío.

Las puertas traseras no mostraban daños. Dentro había mantas dobladas, correas sin usar y un soporte para cajas. El asiento del conductor conservaba gotas recientes.

—¿La robaron? —preguntó por radio.

—No consta denuncia. Las llaves estaban bajo la rueda delantera.

Robles regresó al salón.

—La dejaron para que mirásemos fuera.

Un técnico levantó la alfombra junto al escritorio. Debajo no había trampilla ni escondite. Solo una marca oscura donde una caja había rozado muchas veces el suelo.

—Aquí guardaba algo pesado —dijo.

—No necesariamente M-1 —respondió Robles antes de que yo hablara.

Me agaché junto a la marca. Tenía bordes desiguales. La caja había sido movida más de una vez.

—Lo importante no es qué guardaba. Es que quien entró conocía el sitio.

Robles miró hacia el rellano.

La vecina seguía esperando detrás de su puerta entreabierta. Aceptó declarar dentro de su casa. En el pasillo tenía una cámara conectada al timbre.

—La instaló mi hijo —dijo—. Yo solo sé borrar cuando no debo.

Su dedo tocó la aplicación y abrió la grabación de la madrugada.

A las cinco treinta y seis, Seijas salió de su vivienda. Llevaba una mochila pequeña y una chaqueta clara. Cerró con llave, comprobó el pomo y bajó por las escaleras.

No cargaba cajas.

La vecina avanzó el vídeo.

A las siete doce apareció otro hombre. Miró hacia arriba antes de acercarse. Sacó una llave, entró y permaneció veintisiete minutos dentro.

Robles detuvo la imagen cuando volvió al rellano.

Ramiro Cid sostenía dos cajas apiladas contra el pecho. Regresó cuatro minutos después por una bolsa de ordenador y una carpeta ancha.

Su cara aparecía de perfil, limpia y suficiente.

La cámara conservaba también el sonido. Cid no llamó al timbre. No pronunció el nombre de Seijas ni habló con nadie dentro. Abrió, cerró y trabajó en silencio.

Al salir por segunda vez, dejó la puerta asegurada y limpió el pomo con la manga. No vio la cámara porque estaba colocada varios centímetros por encima de la mirilla.

—Guarde el original —dijo Robles—. Nadie lo envía ni lo reproduce.

La vecina retiró el teléfono.

—¿Era amigo de Mateo?

—Tenía llave —respondí.

Robles me miró, pero no corrigió la frase.

De vuelta en la vivienda, Científica había localizado huellas de Cid en el tirador del escritorio y en la caja de cargadores. También encontró las de Seijas. Ninguna explicaba cuándo se entregó la llave.

—Cid llegó después de que Seijas se marchara —dije.

—Y retiró material concreto —añadió Robles—. Eso es lo que tenemos.

Un agente abrió el armario del pasillo. Dentro quedaban cajas de zapatos, herramientas y una maleta grande vacía. En el bolsillo lateral apareció una etiqueta de equipaje usada dos semanas antes.

No la tocaron hasta fotografiarla.

Destino: Madrid.

—Pudo volver desde allí —dijo el agente.

—O prestar la maleta —respondió Robles.

Me aparté de la etiqueta. La mochila del vídeo era demasiado pequeña para una huida larga. Seijas había dejado el coche, el dinero y casi toda su ropa.

—No se fue lejos.

Robles señaló la cámara vecinal.

—Buscadlo, no lo adivinéis.

La unidad de imagen recogió las grabaciones de la calle. Seijas apareció caminando hacia la avenida, sin volver la cabeza. Pasó junto a la furgoneta de Custodia antes de que la aparcaran allí.

Una cámara municipal lo captó subiendo a un autobús.

El conductor confirmó la línea y entregó el registro del recorrido. Robles desplegó el plano sobre el capó de un coche policial. La lluvia ablandó una esquina antes de que la cubriera con la mano.

—Entra en A Coruña por el puente.

—¿Última imagen? —pregunté.

La agente amplió una captura.

Seijas bajaba cerca de la estación de autobuses. Después cruzaba hacia Cuatro Caminos y desaparecía entre dos cámaras.

Robles pidió acceso a la red urbana y ordenó que nadie difundiera su fotografía fuera del equipo.

La ruta quedaba a menos de diez minutos en coche. Miré las llaves que un agente había dejado sobre el capó. Podía llegar antes que la siguiente cámara.

Robles no tuvo que detenerme.

Aparté la mano del borde del plano y esperé a que la unidad confirmara el siguiente punto sin romper la vigilancia preparada.

—¿No lo detenemos cuando aparezca? —preguntó un agente.

—Todavía no.

—Puede escapar.

Robles dobló el plano y se lo entregó.

—También puede llevarnos hasta lo que Cid no encontró.

El coche arrancó detrás de nosotros. La furgoneta permaneció precintada junto al edificio, ocupando el espacio al que todos habíamos mirado primero.

La agente recibió una nueva imagen.

Seijas avanzaba a pie hacia el centro de A Coruña.

Robles indicó la hora.

—Seguidlo hasta que se detenga.