CAPÍTULO 30
Once minutos
El disco de prueba salió del lector antes de que Sonia pudiera detenerlo.
—Otra vez —dijo Robles.
—Si lo repetimos mal, seguirá fallando bien.
Sonia colocó un segundo disco. Yo permanecía detrás de una cinta amarilla, junto a la ventana. Abajo, los autobuses cruzaban los Cantones bajo una lluvia fina que borraba los jardines de Méndez Núñez.
El técnico cerró la carcasa.
—Este modelo grababa en dos sitios. Memoria interna y soporte extraíble. La central recibía otra copia por red.
Robles apoyó la secuencia horaria junto al teclado.
—Quiero ver cuál podía borrar Sergio.
El hombre inició la simulación. Dos barras avanzaron en la pantalla. Una llevaba la palabra LOCAL. La otra, CENTRAL.
Sonia desconectó el cable de red.
La barra central se detuvo. La local siguió creciendo.
—La orden de intervención solo alcanzaba el servidor —dijo ella—. M-1 conservaba lo que ya había recibido.
—Mientras siguiera dentro —añadí.
Robles señaló mi lado de la cinta.
—Observa desde ahí.
No me moví.
El técnico restauró el sistema y cargó los registros de aquella noche. No contenían imágenes. Solo operaciones, tiempos y tamaños de archivo.
23:44. Grabación activa.
23:46. Incidencia técnica abierta.
23:47. Copia de contingencia completada.
Sonia pulsó pausa.
—Esa copia no fue automática.
—¿Usuario? —preguntó Robles.
—Seijas.
El técnico abrió el menú antiguo. Para crear una copia había que introducir un soporte, seleccionar el intervalo y confirmar dos veces. Repitió los pasos. El lector emitió un zumbido áspero.
—¿Cuánto tardaba? —dije.
—Con once minutos de vídeo, menos de cuarenta segundos.
La barra llegó al final.
23:48. Soporte extraíble liberado.
Robles tomó la copia al carbón del traslado.
—M-1 figura aquí.
—Como equipo de origen —respondió Sonia—. No como contenido transportado.
Amplió una casilla casi borrada. Peso declarado: cuatrocientos veinte gramos.
El técnico levantó la réplica con ambas manos.
—Esto pesa seis kilos.
Después sacó el disco.
—Esto, trescientos ochenta. Con funda, unos cuatrocientos veinte.
Robles dejó la hoja junto al soporte.
—Cid no transportó el receptor.
—Transportó la copia —dije.
—Su nombre se utilizó para transportarla —corrigió ella.
El disco de prueba seguía girando despacio dentro de la bandeja. Sonia lo detuvo con un dedo.
—La grabación completa salió en un soporte pequeño antes de que Sergio ordenara cortar nada.
—¿Y M-1? —pregunté.
El técnico cambió de pantalla. El registro local continuaba activo hasta las veintitrés cincuenta y uno. Después aparecía una desconexión manual.
—Alguien apagó el receptor tres minutos después de extraer la copia.
—Seijas estaba con él —dijo Robles.
—Y Varela —añadí.
Sonia abrió los accesos del montacargas. La tarjeta temporal de Varela marcaba salida en la planta inferior a las veintitrés cincuenta y dos. No volvió a entrar.
Robles tocó esa hora.
—Ayudó con el carro. Bajó. Salió.
—Pudo ver cómo retiraban el disco.
—O pudo marcharse antes.
El técnico desmontó la carcasa. Dentro había una unidad rectangular sujeta por cuatro tornillos.
—La memoria interna no se extraía en el pasillo. Necesitabas herramientas y cinco minutos.
Robles miró la línea temporal.
—No los tenían.
—Entonces el original seguía dentro de M-1 —dije.
Sonia negó con el bolígrafo.
—La copia local seguía dentro. Llamarla original no cambia lo que un juez puede demostrar.
La frase me apretó la mandíbula.
Robles pasó al siguiente registro.
23:52. Solicitud de protección del archivo central.
La firma de Sergio aparecía vinculada a un operador distinto. No había borrado personalmente el vídeo. Había autorizado aislar el tramo.
—¿A qué hora empezó el corte? —preguntó.
—Veintitrés cincuenta y cuatro.
—Dos minutos después de la salida de Varela.
—Seis después de la copia —dije.
Sonia reprodujo el procedimiento. El operador marcaba el inicio y el final del intervalo. La aplicación no eliminaba el archivo de inmediato. Creaba una versión nueva sin el tramo seleccionado y ocultaba la anterior.
Robles se inclinó sobre la pantalla.
—¿La anterior seguía en el servidor?
—Durante unas horas. El sistema la sobrescribía en el mantenimiento nocturno.
—¿Cuándo ocurrió?
Sonia abrió la auditoría.
04:00. Depuración completada.
El aire caliente del equipo me rozó las manos. Seijas había tenido más de cuatro horas para saber si la versión central desaparecería.
—La orden de Sergio no destruyó la copia de contingencia —dijo Robles.
—Tampoco el contenido de M-1 —añadió Sonia—, si nadie manipuló su memoria después.
El técnico señaló la desconexión manual.
—Pero el receptor salió de la red. Desde ese momento no podemos saber qué hicieron con él.
Robles colocó tres fotografías en el suelo, fuera de mi alcance. Seijas empujando el carro. Varela dentro del montacargas. La puerta inferior abierta.
—Calvo vio salir a Varela solo —dijo—. Seijas no regresó arriba.
—Se quedó con el receptor.
—Se quedó abajo. No conviertas un lugar en una posesión.
Me agaché junto a la cinta sin cruzarla.
—Cid recogió un paquete de cuatrocientos veinte gramos. M-1 no llegó con él. Si Seijas no subió, tuvo que sacarlo por otra ruta.
Sonia abrió el plano del sótano. El depósito de servicio conectaba con un garaje utilizado por mantenimiento y ambulancias judiciales.
—No había cámaras —dijo.
—Había barrera.
—Sin registro individual durante una emergencia.
Robles golpeó suavemente el plano con el rotulador.
—Seijas preparó dos salidas. Una visible para la copia. Otra sin documento para el receptor.
—¿Por qué separar ambos?
El técnico volvió a colocar la tapa.
—Porque una copia se entrega. Un original se conserva.
Nadie respondió.
Sonia rompió el silencio abriendo el historial de Custodia Atlántica. La cuenta externa había completado el formulario a las tres doce. El destino anotado pertenecía a un depósito que cerró dos años después.
—La copia pudo circular —dijo—. Cambiar de almacén, de funda y de cliente.
—M-1 también —respondí.
Robles apartó el historial.
—No sabemos si siguió siendo M-1. Podían extraer la unidad y tirar la carcasa.
El técnico levantó el disco de prueba.
—El contenido cabe aquí. El nombre del aparato solo sirve mientras alguien quiera reconocerlo.
La lluvia golpeó el cristal con más fuerza. Una sirena avanzó por la avenida y desapareció hacia el puerto.
Sonia colocó la secuencia definitiva en una sola línea.
23:47. Seijas copia.
23:48. Extrae el soporte.
23:49. Cruza el acceso con ayuda de Varela.
23:52. Varela sale.
23:52. Sergio firma.
23:54. Empieza el corte central.
03:12. La cuenta externa legaliza el transporte.
04:00. El servidor sobrescribe la versión completa.
Robles tapó con la mano el nombre de Sergio.
—Su orden llegó tarde para impedir la copia.
Después cubrió el de Cid.
—Y este traslado solo explica el duplicado.
Dejó visible a Seijas.
—Él tuvo el receptor cuando todavía contenía los once minutos.
El pecho me empujó hacia la cinta. No la crucé.
—Entonces sabía que la verdad había sobrevivido.
—Sabía que tenía algo que otros querían controlar.
—Lo guardó.
—O lo vendió.
—Si lo hubiera vendido, Cid no seguiría buscándolo.
Robles sostuvo mi mirada. Luego pidió a Sonia los movimientos recientes de Seijas, registros de vivienda y autorizaciones para entrar.
—La orden de registro aún no está firmada —dijo Sonia.
—Que la firmen mientras vamos.
El técnico apagó la réplica. Las dos barras desaparecieron y la pantalla devolvió nuestros reflejos.
Robles recogió las fotografías. Me entregó solo el plano del garaje.
—No buscamos una carcasa de seis kilos.
—Buscamos once minutos.
—Buscamos a quien todavía puede moverlos.
Su teléfono vibró. La unidad de vigilancia acababa de localizar el segundo vehículo de Custodia cerca de la salida hacia Oleiros.
Robles guardó el aparato y abrió la puerta.
—Seijas vive allí.
Las sillas chocaron detrás de nosotros cuando Sonia se levantó. Yo doblé el plano y seguí a Robles sin adelantarla.
En el ascensor, pulsó la planta baja.
La puerta del ascensor intentó cerrarse antes de que el técnico sacara el disco. Robles la bloqueó con el brazo.
—Precíntalo como reproducción, no como evidencia original.
—Lo sé.
—Entonces escríbelo.
El hombre pegó una etiqueta y firmó sobre el cierre. Sonia guardó la línea temporal en una carpeta separada.
—¿Incluyo que Seijas conservó M-1?
—Incluye que fue la última persona documentada junto al receptor.
Me miró al decirlo.
No protesté.
El ascensor volvió a pitar. Robles retiró el brazo y las puertas empezaron a juntarse. Sonia se quedó fuera, sujetando la carpeta con fuerza.
—Os envío la orden cuando entre.
—Envíala antes de que Cid salga.
—Esta vez llegamos antes.