CAPÍTULO 29
No recibió ninguna orden
El terminal aceptó la incidencia sin pedir una firma.
Sonia pulsó «confirmar» y la pantalla verde devolvió un número de siete cifras. Ningún nombre. Ningún superior. Solo la hora y el usuario que había abierto la petición.
—Así de fácil —dije.
—Así de viejo —respondió ella.
El ordenador pertenecía al archivo judicial de Salamanca, pero lo habían reconstruido en una máquina aislada de la policía. El ventilador expulsaba aire caliente contra mis nudillos. Robles señaló la esquina inferior de la pantalla.
—Repítelo con el perfil de Seijas.
Sonia cargó la copia de seguridad. Introdujo el usuario y dejó vacía la casilla de autorización. El sistema volvió a aceptar el aviso.
23:46. Soporte técnico urgente.
—No existe una aprobación —dijo Sonia—. Quien recibía el número suponía que la comprobación ya se había hecho.
Robles tocó la mesa.
—¿Y quién recibía el número?
La puerta se abrió antes de que Sonia contestara. Un hombre bajo entró acompañado por dos agentes. Llevaba una acreditación antigua dentro de una funda nueva. La fotografía mostraba más pelo y menos miedo.
—Brais Calvo —dijo uno de los policías—. Control de accesos aquella noche.
Calvo miró el terminal.
—Ese programa ya no debería funcionar.
—Tampoco su memoria —respondió Robles—. Por eso vamos a comparar las dos.
El hombre dejó la acreditación sobre la mesa. No se sentó. Sonia abrió el plano del pasillo y marcó el acceso de servicio con un círculo.
—Su clave abrió esta puerta a las veintitrés cuarenta y nueve.
Calvo rozó la funda con el pulgar.
—Yo abría muchas puertas.
—Esa noche abrió una después de un disparo.
—Precisamente por eso había movimiento.
Robles giró el monitor hacia él. El aviso de Seijas seguía activo.
—¿Recibió una orden?
Calvo leyó el número. Después negó.
—Recibí una incidencia.
—No es lo mismo.
—Entonces no lo parecía.
Sonia reprodujo el flujo antiguo. Al llegar un aviso urgente, una luz ámbar se encendía en la consola de seguridad. El operador comprobaba el código y liberaba el acceso. No aparecía quién había autorizado la petición porque nadie debía crearla sin permiso previo.
Calvo tocó la tecla de apertura.
—Mateo llegó diciendo que el receptor interfería con una prueba.
—¿Qué prueba? —preguntó Robles.
—No lo dijo.
—¿Y abrió?
—Llevaba el código correcto.
—También una lona sobre un carro.
Calvo retiró la mano.
—No vi lo que había debajo.
Robles colocó la fotografía frente al montacargas. La manga con la banda verde aparecía dentro. Calvo se inclinó hasta que su nariz casi tocó el plástico.
—El médico estaba allí.
El borde de la mesa presionó mis muslos al acercarme.
—¿Varela?
—No sabía su nombre. Llevaba acreditación sanitaria.
Robles me indicó que permaneciera quieto.
—¿Qué hizo?
Calvo señaló la parte delantera del carro.
—La rueda chocó con el umbral. El médico tiró desde dentro.
La mano de la reconstrucción ya no necesitaba otro hombre. Necesitaba una bata, una acreditación y una razón suficiente para no preguntar.
—¿Hablaron? —dijo Robles.
—Mateo dijo que lo llevaban al depósito de servicio. El médico preguntó si quedaría registrado.
—¿Respuesta?
Calvo apretó el plástico de su tarjeta.
—Mateo enseñó el número de incidencia.
—Eso no responde.
—Aquella noche respondió.
Sonia amplió el aviso. En observaciones solo figuraba una frase: retirada provisional por interferencia. No mencionaba M-1, una copia ni el depósito final.
—Varela pudo creer que movía un equipo ajeno a la investigación —dije.
Robles me autorizó con una inclinación.
—Pudo creer muchas cosas. ¿Lo vio después?
Calvo negó.
—Entró en el montacargas con el carro. Mateo se quedó fuera un momento.
—¿Haciendo qué?
—Miró hacia el pasillo.
Mis dedos se cerraron sobre la costura del pantalón.
—Hacia donde estaba yo.
Calvo me observó por primera vez.
—Había agentes sujetando a alguien.
Robles retiró la fotografía.
—Continúe con Seijas.
—Entró detrás. Cerré la puerta cuando se apagó la luz.
—¿Quién bajó el montacargas?
—Desde dentro.
—¿Varela tenía llave?
—No hacía falta. Con la puerta liberada, el selector funcionaba.
Sonia abrió el registro del elevador. La cabina bajó una planta y se detuvo cuarenta y dos segundos. Después regresó vacía.
—¿Vacía? —pregunté.
—Sin carga suficiente para activar el sensor —dijo Sonia—. No sabemos quién subió.
Calvo recogió su acreditación.
—Yo vi salir al médico por el corredor inferior.
—¿Y Seijas?
—No.
Robles bloqueó la puerta con la palma antes de que se marchara.
—Aún falta su declaración formal.
—Ya he dicho lo que recuerdo.
—Ha dicho lo que el sistema le permite recordar. Ahora lo firmará sin el sistema delante.
Un agente lo condujo a la sala contigua. Calvo no protestó. Su tarjeta golpeó dos veces contra la cremallera de la chaqueta.
Sonia cerró el plano y abrió otro archivo.
—La incidencia terminó a las veintitrés cincuenta y tres.
—Siete minutos —dije.
—Pero el traslado no quedó registrado entonces.
Una barra avanzó por la pantalla. El programa recuperó una modificación realizada horas después. La impresora matricial arrancó con un traqueteo seco y escupió una hoja perforada.
Robles la sujetó antes de que cayera.
03:12. Conductor externo: R. Cid.
—Cuatro horas tarde —dije.
Sonia señaló el campo superior.
—El documento se creó usando el número de la incidencia cerrada. No autorizó la retirada. Le dio apariencia de traslado cuando el equipo ya había salido.
—¿Desde dónde?
—Portal externo de contingencias.
—Custodia Atlántica —dijo Robles.
—La empresa anterior. La cuenta pasó a Custodia cuando absorbió el contrato.
Robles recorrió las correcciones. El destino original había sido sustituido por «depósito técnico». La casilla de recepción permanecía vacía.
—¿Quién escribió Cid?
Sonia superpuso la copia al carbón hallada en el archivo. Las letras coincidían, pero la firma seguía perteneciendo a otra persona.
—Seijas rellenó el nombre antes de sacar el carro. Alguien completó el formulario después desde el portal.
—Eso no demuestra que fuera Cid —dije.
—No —respondió Robles—. Demuestra que utilizaron su identidad cuando todavía servía para cerrar la ruta.
Sonia giró la hoja. En el reverso aparecía el historial de cambios. La misma cuenta había corregido tres traslados vinculados a Custodia durante los meses siguientes.
—Una cuenta compartida —dije.
—Entonces buscaremos manos, no cuentas —respondió Robles.
El agente regresó con la declaración de Calvo. Robles leyó la última página y tachó una frase.
—Ha escrito que Varela autorizó el traslado.
—Estaba allí —dijo Calvo desde la puerta.
—Ayudar a mover un carro no es autorizarlo.
Le devolvió el documento.
—Escriba exactamente lo que vio.
Calvo apoyó la hoja contra la pared. El bolígrafo arañó el papel durante unos segundos. Después firmó debajo de la corrección.
No recibió ninguna orden.
Recibió un número.
Robles guardó la declaración y pidió que localizaran los partes de turno de Varela. Calvo salió acompañado por los agentes. Antes de cruzar la puerta, miró el terminal apagado.
—La luz ámbar significaba que otro ya había decidido.
—Eso creyó usted —dijo Robles.
La puerta se cerró.
Sonia reabrió el control del montacargas. La tarjeta temporal de Varela había registrado una salida en la planta inferior a las veintitrés cincuenta y dos. Ningún acceso posterior.
—Entró con el carro y salió solo —dije.
Robles puso el dedo sobre la hora.
—Eso demuestra el recorrido de su tarjeta.
—Calvo lo vio.
—Entonces demuestra que llegó abajo. No qué sabía.
Sonia buscó la declaración que Varela había prestado entonces. Figuraba como receptor del cuerpo de David, pero no mencionaba el equipo ni el montacargas.
—También calló —dije.
Robles cerró el documento.
—O entendió tarde lo que había ayudado a mover.
La pantalla reflejó mi cara sobre la línea horaria. Aparté la silla.
Varela había guardado las fotografías. Después reabrió los informes. No necesitaba convertirlo en cómplice para explicar por qué volvió sobre aquella noche.
Sonia imprimió la secuencia y dejó las hojas sobre la mesa.
—Ya tenemos entrada, descenso y salida. Falta lo que ocurrió entre las puertas.
Sonia alineó tres horas en la pantalla: copia completada, retirada de M-1, orden de Sergio. Entre la segunda y la tercera había cuatro minutos.
Robles me entregó un rotulador.
—Marca lo que todavía no sabemos.
Rodeé el intervalo sin tocar los nombres.
—Qué ocurrió antes de que Sergio empezara a borrar.
Robles colocó la hoja de Cid junto a la secuencia.
—Y quién aprovechó esos cuatro minutos.
Sonia envió la última consulta; la impresora volvió a golpear sin pausa.
Sonia arrancó la página.
Era la relación de accesos al depósito de servicio.
Robles no la leyó.
La puso boca abajo.
—Primero los once minutos.