A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 28
70%

CAPÍTULO 28

El hombre del carro

Sergio empujó el carro contra el listón de madera y las ruedas delanteras se clavaron.

El golpe resonó en el antiguo archivo. Polvo cayó del marco falso que Científica había montado sobre el suelo. Robles levantó una mano antes de que Sergio probara otra vez.

—No lo fuerce.

—Así no estaba.

—Las medidas coinciden.

—Las medidas no pesan.

Habían vaciado una sala de depósito para reproducir el corredor. Cinta blanca marcaba las paredes. Un panel gris representaba la puerta donde murió David. Al fondo, una hoja metálica imitaba el acceso de servicio.

Yo permanecía detrás de una línea roja.

A través de las ventanas altas se veía una franja del puerto. Las grúas se movían despacio bajo la lluvia, como si también midieran cada gesto.

Robles señaló el carro.

—Empiece donde vio a Seijas.

Sergio retrocedió tres pasos. Sujetó el asa con la mano derecha y dejó la izquierda pegada al cuerpo.

—Venía desde allí.

—¿Desde la habitación?

—Desde el cruce.

—No es lo mismo.

Sergio giró el carro y lo alineó con la cinta. Una rueda chirrió.

—No vi cómo salía de la habitación.

Robles colocó una fotografía en el panel. Mostraba a Seijas dentro, junto al receptor.

—Pero estuvo dentro.

—La fotografía lo sabe mejor que yo.

—Usted lo vio después.

Sergio avanzó. Pasó junto a la marca que representaba mi posición y frenó antes del acceso de servicio.

—Aquí había dos agentes.

—En su declaración aparecen junto al ascensor.

—Porque los moví.

Robles tocó el plano sujeto a una carpeta.

—¿Antes o después del carro?

Sergio miró la rueda torcida.

—Después.

—Entonces el acceso estaba sin vigilancia.

—Durante menos de un minuto.

—Suficiente para cruzarlo.

Sergio empujó. Las ruedas golpearon de nuevo el listón. Esta vez levantó el asa y consiguió subir las delanteras, pero la parte trasera chocó contra el marco.

El carro quedó atravesado.

Robles no dijo nada.

Sergio tiró hacia atrás. El metal raspó la madera y dejó una línea clara.

—El carro real era más estrecho.

Un técnico consultó las medidas.

—Dos centímetros menos.

—Dos centímetros no arreglan el ángulo —dije.

Robles volvió la cabeza.

No me había autorizado.

Cerré la boca.

Sergio soltó el asa.

—Puede hablar. Para eso lo ha traído.

—No —dijo Robles—. Para eso lo he traído a usted.

Se acercó al umbral y puso el pie detrás de una rueda.

—Repítalo sin levantar la parte delantera.

Sergio obedeció. El carro no pasó.

—Ahora como lo recuerda.

Él respiró por la nariz. Cambió de lado, inclinó el carro hacia la derecha y empujó. Las ruedas delanteras superaron el listón. Las traseras volvieron a encajarse.

Robles sostuvo el panel cuando vibró.

—Le faltan manos.

Sergio mantuvo el carro inclinado.

La manga de su camisa se tensó sobre el antebrazo.

—Había alguien al otro lado.

El técnico dejó el metro sobre el suelo.

Robles pulsó la grabadora.

—Descríbalo.

—No vi su cara.

—Describa lo que sí vio.

Sergio soltó el carro. La rueda trasera cayó con un golpe.

—Una mano sujetó la parte delantera.

—¿Guante?

—Oscuro.

—¿Manga?

—Chaqueta. O uniforme.

—¿Altura?

—No se mide una persona por una muñeca.

Robles acercó el carro otra vez al umbral.

—¿La mano tiró desde el acceso?

—Sí.

—Entonces el hombre esperaba allí.

Sergio se secó la palma en el pantalón.

—O llegó al mismo tiempo.

—No habría sabido cuándo tirar.

La puerta del archivo se abrió. Una funcionaria dejó una caja con botellas de agua y salió. Sergio esperó a que cerrara.

—Seijas miró hacia la puerta antes de llegar.

Robles colocó la grabadora sobre el carro.

—¿Hizo alguna señal?

—Bajó la cabeza.

—¿Al hombre?

—A la abertura.

—No juegue con las preposiciones.

Sergio apretó el asa.

—Sabía que alguien estaba allí.

La frase cambió la sala. El acceso dejó de ser una salida vacía.

Robles pidió que reprodujera el momento exacto. Sergio volvió al cruce. Caminó más despacio. A dos metros del umbral, giró la cabeza hacia la puerta metálica.

—Así.

—¿Y usted dónde estaba?

Sergio señaló la marca roja que quedaba junto a mí.

—Aquí.

El estómago se me endureció.

Aquella noche yo había intentado regresar a la habitación. Dos agentes me sujetaron. Sergio se colocó delante y ordenó que me alejaran.

Robles movió una silla hasta mi marca.

—Barral no participa. Use la silla.

Sergio la giró de lado. Después indicó a dos agentes que sujetaran el respaldo.

—Él empujaba hacia la puerta.

—No empujaba —dije.

Robles levantó un dedo.

—Una pregunta, Barral.

Miré a Sergio.

—¿Podías ver el carro mientras me bloqueabas?

—A intervalos.

—¿Y la puerta de servicio?

—Cuando dejabas de moverte.

—No dejé de moverme.

—Exacto.

La respuesta me golpeó detrás de los dientes.

Robles desplazó la silla medio metro.

—Continúe.

Sergio se colocó entre la silla y el panel de la habitación.

—Yo estaba aquí. Seijas cruzó detrás. Uno de los agentes giró porque oyó las ruedas. Le ordené que mantuviera la posición.

—¿Por qué?

—Porque Julio acababa de romper el precinto interior.

El plástico de mi acreditación se pegó a la camisa.

—No lo rompí.

—Lo tocaste y cedió.

—Estaba mal colocado.

—Eso no mejora la escena.

Robles apoyó la mano sobre la silla.

—¿El agente vio a Seijas?

—Vio el carro. Le dije que era una retirada técnica.

—¿Lo sabía?

—Había una incidencia abierta.

—La abrió Seijas dos minutos antes.

—Eso lo sé ahora.

—También supo después que faltaba material.

Sergio apartó la silla. Una pata golpeó la cinta que marcaba la habitación.

—Supe que el inventario no cerraba.

—¿Cuándo?

—A la mañana siguiente.

—¿Y no recordó el carro?

—Lo recordé.

—Pero firmó que el pasillo permaneció despejado.

Sergio recogió la botella de agua. Rompió el precinto y no bebió.

—Firmé que ningún extraño atravesó el cordón.

—Seijas no era un extraño.

—Ese fue el problema.

Robles abrió su declaración rectificada por la página en blanco.

—Dígalo sin esconderse dentro de una categoría.

Sergio dejó la botella.

—Vi salir a Seijas con material que no debía mover. Otro hombre lo ayudó desde el acceso de servicio. No detuve el traslado.

El silencio duró menos que el obturador del técnico.

Robles hizo una señal. Fotografió la posición del carro, el umbral y la mano de Sergio sobre el asa.

—¿Por qué calló al descubrir que faltaban dispositivos?

Sergio miró la silla que me representaba.

—Porque ya habíamos entregado una versión.

—Una versión falsa.

—Una versión incompleta.

—Que permitió sostener una acusación.

—Que evitó que cada prueba de la habitación quedara anulada.

La sangre me latió en los pulgares.

Robles me miró.

—Una pregunta.

Me acerqué hasta la línea roja. No la crucé.

—Viste salir la verdad por ese pasillo mientras todos me vigilabais a mí.

Sergio apoyó ambas manos en el carro.

—Vi salir una funda. La verdad la pusiste tú después.

—Y tú te aseguraste de que nadie mirara dentro.

—Me aseguré de que la escena sobreviviera a tus decisiones.

Empujé la línea roja con la punta del zapato. La cinta se despegó un centímetro.

Robles la fijó con el talón.

—Basta.

Sergio apartó el carro del umbral. Detrás apareció una marca de tiza que el técnico había ocultado bajo una rueda.

Representaba la posición del segundo hombre.

Robles entregó a Sergio la rectificación.

—Lea y firme.

Él recorrió el texto. Tachó «desconocido» y escribió «no identificado». Después firmó cada página.

—No significa que trabajara con Seijas.

—Significa que lo ayudó —dijo Robles.

—Una vez.

—Una vez bastó.

Sergio devolvió el bolígrafo.

Robles ordenó desmontar la reproducción. Los técnicos retiraron primero el panel de la habitación. La cinta blanca quedó flotando sobre el suelo vacío.

Sergio recogió su abrigo.

—Ya tiene su segundo hombre.

—Tengo una mano —respondió Robles.

—Es más de lo que tuvo entonces.

La puerta metálica se cerró cuando un técnico soltó el soporte. El golpe recorrió el archivo.

Robles miró el umbral marcado.

—Ahora averiguaremos quién le abrió.

Sergio se detuvo.

—No empiece por la puerta.

Robles cerró la carpeta.

—¿Por dónde?

—Por la incidencia. Alguien tuvo que aceptar que existía antes de dejar pasar el carro.

—¿Quién?

Sergio miró la firma escrita.

—El agente de servicio no recibía órdenes de Seijas. Recibía urgencias ya resueltas.

—Eso no es un nombre.

—Es el modo en que ocurrió.

Robles abrió la puerta.

—Entonces buscaremos a quien convirtió una petición en una orden.

Sergio salió primero. Yo esperé a que la línea roja quedara pegada al suelo.