A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Sergio llega a Galicia

Sergio dejó la citación mojada sobre el banco del andén.

El papel se pegó a la madera. Robles lo levantó por una esquina antes de que el agua borrara el sello. Detrás de nosotros, el tren cerró las puertas y arrancó hacia el túnel de la estación.

—Podía haber enviado una copia —dijo Sergio.

—Podía haber comparecido ayer.

—Ayer seguía en Madrid.

Robles guardó la citación dentro de una funda. La megafonía anunció una salida hacia Ferrol. Sergio esperó a que terminara antes de mirarme.

—¿También lo han citado a él?

Me mantuve junto a la columna, fuera del paso de los viajeros. Llevaba el mismo abrigo oscuro de la noche de David. O uno cortado con el mismo patrón.

—Barral permanece como observador —respondió Robles.

—Eso decían de Seijas.

Sergio cogió su maleta. No preguntó por el hotel ni por el coche. Caminó hacia la salida como si conociera el recorrido.

Robles le cerró el paso con el antebrazo.

—Va con nosotros.

—He venido por obligación. No necesito escolta.

—No es para que no se pierda.

El asa de la maleta crujió bajo su mano. Luego la soltó y permitió que un agente la llevara.

La lluvia golpeaba la cubierta de cristal. Al otro lado, los taxis avanzaban hacia Alfonso Molina con los limpiaparabrisas levantando abanicos de agua.

Sergio observó el coche policial.

—Dos muertos y seguís trayendo a Julio a las estaciones.

—Suba —dijo Robles.

No volvió a nombrarlos.

En el edificio judicial, Sergio dejó el teléfono, el reloj y una carpeta negra en la bandeja de seguridad. La agente pasó el detector por sus mangas. Él mantuvo los brazos abiertos sin apartar los ojos de mí.

—La carpeta entra —dijo.

—Cuando la revise —respondió la agente.

Sergio quitó la goma y mostró una copia de su declaración antigua. Había subrayados en azul, notas en los márgenes y cuatro páginas añadidas.

Robles tomó la carpeta.

—Ha preparado el viaje.

—Usted preparó las preguntas hace doce años.

La sala de declaración tenía una ventana estrecha hacia el puerto. Una grúa cruzaba el cristal cada pocos segundos. Robles colocó la grabadora en el centro y señaló mi asiento, pegado a la pared.

—No intervienes sin autorización.

Sergio retiró la silla que le correspondía y permaneció de pie.

—Que se siente dónde estaba aquella noche.

Robles conectó la grabadora.

—Aquella noche no se declara hoy. Se declara usted.

—Entonces sobra el decorado.

Empujó mi silla con el zapato. Las patas rasparon el suelo y quedaron frente a él.

No me moví.

Robles leyó la advertencia legal. Sergio confirmó su nombre, cargo durante la muerte de David y destino actual. Respondió sin dudar, con las manos apoyadas en el respaldo.

—¿Ordenó intervenir la grabación oficial? —preguntó ella.

—Ordené aislar un tramo comprometido.

—Once minutos.

—Los necesarios.

—¿Para proteger qué?

Sergio dobló uno de los márgenes de su copia.

—Una investigación abierta. Identidades. Métodos. Posiciones.

—La orden dice «acceso no autorizado».

—Eso notificó el sistema.

—¿Quién había accedido?

—No lo sabía.

Robles deslizó la orden hacia él. No añadió ningún documento. Sergio leyó su propia firma y devolvió la hoja.

—¿La reconoce?

—Nunca la he negado.

—Negó que hubiera movimientos en el pasillo antes de emitirla.

—Negué movimientos no autorizados.

Robles tocó la grabadora.

—Su declaración dice: «El corredor permaneció despejado desde el cierre de la habitación».

Sergio abrió su carpeta por una marca azul.

—Despejado para personal ajeno.

—No escribió eso.

—Tampoco escribió quién decidió tratar a Julio como una amenaza inmediata.

El borde del asiento se clavó detrás de mis rodillas. Seguí de pie.

Robles cerró la carpeta con la palma.

—Barral no responde hoy.

—Siempre responde. A veces antes de que le pregunten.

Me miró.

—¿Sigues creyendo que todos observábamos la puerta equivocada?

Robles levantó dos dedos. No era permiso.

—Míreme a mí —dijo.

Sergio obedeció despacio.

—¿Vio a Mateo Seijas en el corredor?

—Trabajaba allí.

—No le he preguntado por su contrato.

Sergio giró el bolígrafo que había traído Robles. La punta quedó dirigida hacia la ventana.

—Lo vi cerca de la habitación.

—¿Cuándo?

—Después del disparo.

—Eso ya constaba.

—Entonces no necesitaba hacerme cruzar media península.

Robles retiró el bolígrafo de sus dedos.

—Lo vio empujando un carro.

Sergio no tocó nada. La grúa volvió a pasar detrás del cristal y ocultó durante un segundo la luz del puerto.

—Había varios carros.

—Uno salió del área sellada.

—No vi de dónde salía.

—Pero lo vio.

Sergio miró la copia de su declaración. No la abrió.

—Vi a Seijas empujando un carro por el corredor.

La frase quedó entre nosotros, demasiado tarde para poder seguir omitiéndola.

Robles acercó la grabadora.

—¿Llevaba algo encima?

—Una funda gris cubría la parte superior.

—¿Tamaño?

Sergio apoyó las manos en la mesa, separadas.

—Más largo que una caja de archivo. Menos que una camilla.

—¿Lo detuvo?

—Seijas llevaba acreditación y una incidencia técnica abierta. Yo no conocía su contenido.

—Tampoco comprobó la incidencia.

—Había un hombre muerto y otro al que acababan de apartar de la escena.

Giró la cabeza hacia mí.

—Las prioridades no se ordenan doce años después con un rotulador.

Robles puso la orden de intervención al lado de su declaración.

—Pero sí se omiten doce años después con una frase.

Sergio leyó ambas hojas. El nudillo del índice perdió color contra la mesa.

—No informé del carro.

—¿Por qué?

—Porque admitirlo convertía un fallo de vigilancia en una salida de material.

—¿Y eso perjudicaba a su unidad?

—Perjudicaba todo lo que habíamos firmado esa noche.

Y después también.

Robles pidió la hora aproximada.

—No llevaba un cronómetro.

—Llevaba reloj.

—Y llevaba a seis agentes preguntando dónde sentarse, a un médico exigiendo paso y a Barral intentando volver hacia la habitación.

El calor me subió por las orejas. Sergio lo vio y apoyó dos dedos en el respaldo de mi silla.

—Eso estaba controlando.

—¿A mí? —pregunté.

Robles no me había dado permiso. La palabra ya estaba fuera.

Sergio sonrió sin separar los labios.

—A ti, a la unidad y a una escena que podía romperse con una sola decisión más.

Robles apagó la grabadora.

El clic cortó la respuesta antes de que pudiera usarla.

—Cinco minutos —dijo.

Sergio soltó la silla.

—Ahora ya puede corregirlo.

—Ahora puedo recordarle que está aquí como testigo. Si su situación cambia, cambiarán también las condiciones.

—Amenazar con garantías. Muy limpio.

Robles salió con la carpeta. La puerta se cerró y dejó un rectángulo de luz bajo el marco.

Sergio se acercó a la ventana. No podía abrirse. Tocó el cierre y comprobó la resistencia.

—Mercedes Louro —dijo—. ¿Fue Cid?

—No estoy autorizado para responder.

—Esa frase te queda peor que la chaqueta.

Metí las manos en los bolsillos.

—A ti te quedaba bien el silencio.

Sergio dejó el cierre.

—El silencio mantuvo a gente viva.

—Dos ya no están.

—Y tú sigues aquí porque alguien decidió que no cruzaras una puerta.

La garganta se me cerró sobre una respuesta inútil.

Sergio regresó a la mesa y señaló la grabadora apagada.

—Cuando vuelva, dile que pregunte por lo que vio cada uno. No por lo que habría debido ver.

—Ya ha preguntado por el carro.

—Ha preguntado si existía.

—Lo empujaba Seijas.

—Eso he dicho.

—Y no lo pusiste en tu declaración.

Sergio abrió la carpeta negra. Buscó una página sin notas y la arrancó con cuidado.

—Mi declaración debía sostener una intervención. La tuya debía sostener una condena. Ninguna se escribió para recordar.

La hoja quedó entre nosotros.

No tenía información. Solo el membrete antiguo y espacio en blanco.

Robles regresó acompañada por una funcionaria. La mujer colocó sobre la mesa un plano del corredor y salió sin hablar.

Sergio observó el dibujo.

—Esto no estaba en la citación.

—Tampoco estaba el carro en su declaración —respondió Robles.

Encendió de nuevo la grabadora. Después apartó la mesa y dejó el plano en una silla.

—Colóquese donde estaba.

Sergio no miró el plano. Me señaló a mí.

—Primero colóquelo a él.

Robles esperó.

—Barral no forma parte de la reconstrucción.

—Aquella noche era lo único que mirábamos.

Sergio empujó mi silla hasta una marca próxima a la puerta dibujada.

—Seijas cruzó el pasillo porque todos estábamos mirando aquí.

Robles puso una mano sobre el plano.

—Empiece desde que apareció el carro.

Sergio se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo.

—Entonces necesitaremos más espacio.