A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Una sola mano

La cremallera se atascó a la altura del hombro de Mercedes.

Ferreiro tiró una vez, soltó el metal y cortó un hilo atrapado con las tijeras. El plástico se abrió sin ruido. Yo mantuve la vista en la bandeja de instrumental hasta que Robles empujó una carpeta hacia mí.

—Las fotografías, no la mesa.

Levanté los ojos.

Mercedes ocupaba una camilla. Varela, la contigua. Dos sábanas blancas separadas por un desagüe estrecho. La luz del techo borraba cualquier sombra útil.

Habían pasado varias horas desde Oleiros. Fuera amanecía sobre Monte Alto, pero en la sala no entraba el día. El extractor arrastraba un olor frío a desinfectante.

Ferreiro colocó una fotografía de la cómoda junto a la cabeza de Mercedes. Después midió la herida con una regla transparente.

—Un impacto —dijo—. Borde estrecho. Fuerza lateral.

—¿La empujaron? —preguntó Robles.

—O se soltó durante un forcejeo y cayó mal.

El forense giró la fotografía. La mancha de sangre aparecía en la esquina baja del mueble, no en la banqueta volcada.

—La banqueta no la mató.

Robles apoyó un dedo junto a la huella húmeda del asiento.

—La colocaron después.

—Eso corresponde a la escena. Yo solo puedo decir que Mercedes no cayó desde esa altura.

Ferreiro levantó la mano izquierda de la mujer. Bajo dos uñas quedaban restos oscuros. No los raspó. Una técnica acercó bolsas ya selladas.

—Fibras textiles y piel —dijo—. El ADN tardará.

—¿Azules? —pregunté.

Robles me miró y señaló las fotografías. Una pregunta.

Ferreiro abrió la primera bolsa bajo la lámpara.

—Azul oscuro. Tejido industrial. Lo mismo que apareció bajo el cuerpo, a simple vista.

La tela arrancada no pertenecía al abrigo de Mercedes. Tampoco a la tapicería del piso. Un hilo conservaba una costura doble y una capa impermeable.

La técnica colocó al lado una muestra tomada del U-3.

Los bordes coincidían.

No el corte. La fabricación.

—Fundas de asiento —dijo—. Custodia Atlántica utiliza este tejido en tres vehículos.

Robles cerró la bolsa.

—Tres no es uno.

—Y una empresa no es un conductor —añadió Ferreiro.

La frase quedó sobre el acero. Nadie la mejoró.

El forense tocó la muñeca de Mercedes. Había un hematoma pequeño, marcado por dedos, y otro en el antebrazo.

—Se defendió. Le agarraron aquí. Ella giró, tiró de la prenda y perdió el equilibrio.

—¿El golpe fue intencionado?

Ferreiro retiró la regla.

—El forcejeo sí. La dirección de su cabeza, no puedo conocerla.

La respuesta dejaba una muerte dentro de una habitación y a un hombre huyendo por el garaje. No convertía el golpe en una ejecución.

Robles pasó a Varela.

Ferreiro levantó la sábana hasta el pecho. Las marcas que había fotografiado durante la primera autopsia se habían oscurecido alrededor de los brazos y las costillas. Dos líneas paralelas cruzaban la espalda.

—No son del traslado del cadáver —dijo.

La técnica colocó una correa azul sobre una bandeja, sin sacarla de su bolsa.

Procedía del U-3.

El ancho coincidía con las dos marcas.

—¿Lo ataron? —preguntó Robles.

—Lo inmovilizaron. La correa pasó por encima de los brazos y cerró detrás. No necesitaban nudos si usaron el cierre de transporte.

Ferreiro hizo presión con dos dedos sobre la bolsa para mostrar la hebilla. El mecanismo se bloqueaba al tirar y se soltaba mediante una pestaña interior.

—Equipo sanitario —dije.

—Equipo de traslado —respondió él—. Lo usan ambulancias, prisiones y empresas privadas.

Robles abrió la relación de vehículos. Al U-3 le faltaba una correa del juego trasero. La empresa había declarado que se rompió meses antes.

—¿Hay fibras? —preguntó.

La técnica señaló otra bolsa. Filamentos azules habían quedado dentro de la abrasión del hombro de Varela. Junto a ellos apareció grasa hidráulica.

El mismo compuesto encontrado en el puño de Cid durante su declaración.

Sentí la mesa contra los nudillos. Retiré la mano.

—Eso lo acerca —dije.

Robles no respondió. Ferreiro sí.

—Lo coloca cerca de una máquina, una puerta elevadora o un vehículo mantenido con esa grasa. No dentro de una casa.

La precisión no me molestó. La anoté en el margen de mi copia.

Ferreiro cambió los guantes. El chasquido llenó la sala.

—La sedación no causó la muerte de Varela.

Destapó una fotografía ampliada de la boca. Había pequeñas lesiones en la cara interior del labio y puntos oscuros alrededor de los ojos.

—El midazolam lo dejó torpe. La dosis podía reducirlo, no detenerle el corazón. Después le impidieron respirar.

Robles acercó la imagen.

—¿Con qué?

—Algo blando. Tela, almohada, antebrazo cubierto. No dejó una forma completa.

—Entonces pudo ser una sobredosis hasta que alguien miró debajo.

Ferreiro negó.

—No. La sobredosis fue el decorado. La causa estaba en el cuerpo.

Me pasó otra fotografía. Una marca pálida cruzaba la mejilla de Varela. Durante la primera inspección parecía presión contra la almohada.

Ahora encajaba con la costura de una funda de traslado.

—Una sola persona pudo hacerlo —dijo Ferreiro—. Sedado, inmovilizado y boca arriba, Varela apenas podía girar la cabeza.

El zumbido del extractor se clavó detrás de mis oídos.

—Mercedes no estaba prevista —dije.

Robles me autorizó con un gesto.

—Desarróllalo.

—Con Varela llevó sustancia, correa y un vehículo sin localizador. Preparó la escena. En Oleiros entró a buscar la hoja. Mercedes regresó y el plan se convirtió en una pelea.

Ferreiro cubrió primero a Mercedes.

—Dos muertes distintas.

Robles cerró la carpeta.

—Una misma urgencia.

La técnica recibió una llamada desde toxicología. Escuchó sin poner el altavoz y escribió tres números en una hoja.

—El midazolam no procede de un lote hospitalario.

Giró el papel. El código pertenecía a material adquirido años atrás para equipos de traslado penitenciario. Las ampollas debían destruirse al cambiar el protocolo.

—¿Quién certificó la retirada? —preguntó Robles.

—Una empresa anterior a Custodia Atlántica. Cid trabajaba allí como conductor sanitario.

No había una firma suya. Solo turnos, rutas y acceso al armario móvil donde se guardaban sedantes para internos violentos.

Robles pidió la lista completa del personal. La técnica salió con la hoja.

Robles abrió las imágenes tomadas en el garaje de Custodia. En una, el U-3 aparecía con la puerta trasera levantada. Dos anclajes vacíos quedaban junto a la camilla plegada.

—La empresa dijo que faltaba una correa desde hacía meses —dijo.

La técnica pasó a la fotografía del registro inicial. El polvo cubría un anclaje. El otro conservaba un arco limpio, reciente, del tamaño de una hebilla.

—Retiraron una antes del asesinato —añadió—. La segunda, después.

Ferreiro tocó la bolsa que contenía la correa.

—Esta estaba todavía en el vehículo cuando lo precintaron.

—Entonces no es la que usaron con Varela.

—Puede pertenecer al mismo juego. Mismo fabricante, misma anchura, misma trama.

Robles amplió el cierre. Una muesca atravesaba el metal.

—¿Se puede identificar una hebilla concreta?

—Si aparece —respondió la técnica—. Las herramientas dejan marcas, pero no nombres.

El teléfono de Robles vibró. El equipo de Oleiros había terminado la primera inspección. No encontraron la hoja de Mercedes ni señales de que alguien hubiese abierto el escondite correcto. Habían revuelto armarios, cajones y cajas de medicamentos.

—Buscaba a ciegas —dije.

—Buscaba con prisa —respondió Robles.

La diferencia permaneció abierta. Cid podía ignorar dónde estaba la copia. También podía saberlo y haber entrado por otra cosa.

Ferreiro señaló la correa.

—No conviertan una práctica ilegal en un asesino único. Más de un conductor conocía esas ampollas.

—Pero uno dirigía Custodia cuando Varela murió —dije.

Robles guardó la bolsa dentro de la caja de evidencias.

—Y otro hombre copió una grabación doce años antes.

Seijas y Cid seguían unidos por el transporte, no por una orden central. Uno conservaba. El otro movía. La muerte había empezado cuando guardar dejó de bastar.

Un agente abrió la puerta con un sobre en la mano.

—La furgoneta de A Pasaxe apareció abandonada.

Robles rompió el precinto. Dentro había fotografías del interior vacío. El asiento del conductor conservaba un desgarro reciente en el lateral.

Faltaba un trozo de tela azul.

—¿Cid? —pregunté.

—Su teléfono sigue apagado. Su abogado dice que no lo localiza.

Robles devolvió las fotografías al sobre. Después sacó la declaración antigua de la noche de David y buscó una página marcada.

Sergio había ordenado cortar la grabación oficial cuatro minutos después de que Seijas retirara M-1.

Robles escribió una citación, firmó y se la entregó al agente.

—Que venga a Galicia.

El agente leyó el nombre.

—¿Como investigado?

Robles miró los dos cuerpos cubiertos.

—Como testigo. De momento.