A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El segundo muerto

La bolsa de la farmacia se abrió al pie del ascensor.

Dos cajas de pastillas rodaron hasta el felpudo de Mercedes. Una quedó atrapada bajo la puerta. La otra chocó contra el zapato de Robles cuando salimos al rellano.

La puerta estaba entornada.

El agente que había subido por la escalera levantó el puño. Robles apartó la caja con la punta de la bota y pegó la espalda a la pared. Yo me detuve detrás, junto al botón del ascensor.

Desde dentro llegó un golpe.

No fue fuerte. Madera contra madera. Después, silencio.

—Policía —dijo Robles—. Mercedes, responda.

Algo raspó el suelo.

Robles empujó la puerta con el pie. La cadena no estaba puesta. El agente entró primero, arma baja, y desapareció hacia el salón.

—Cocina limpia.

Robles cruzó. Me señaló el umbral.

—Ahí.

Me quedé fuera.

El piso olía a cera caliente, como durante nuestra primera visita, pero ahora se mezclaba con un olor metálico que llegaba desde el pasillo. La caja de medicamentos seguía abierta sobre la mesa. Los blísteres estaban esparcidos alrededor.

Una puerta golpeó al fondo.

—¡Escalera de servicio! —gritó el agente.

Robles corrió hacia la cocina. Otro policía subió desde el rellano y pasó junto a mí. La radio estalló contra su hombro mientras pedía cerrar el garaje.

Vi una sombra cruzar la ventana del patio.

Chaqueta oscura. Cabeza baja.

No vi la cara.

El agente abrió la puerta de servicio y bajó los escalones de dos en dos. Robles se asomó, escuchó el eco y habló por radio.

—Varón saliendo hacia garajes. No disparéis sin visual clara.

Un gemido cortó la respuesta.

Venía del dormitorio.

Robles volvió sobre sus pasos. Entró sin esperarme. Un segundo después pronunció mi nombre.

No como una orden.

Como si necesitara una mano que no llevara guantes.

Crucé el salón. La taza que Mercedes había colocado frente a mí seguía boca abajo, junto al mantel arrugado. En la pared del dormitorio, una lámpara torcida proyectaba luz sobre el suelo.

Mercedes estaba junto al armario.

Tenía una pierna doblada bajo el cuerpo y la cabeza apoyada contra la esquina de una cómoda. Una banqueta yacía a su lado. El abrigo seguía puesto. Una de las mangas estaba rasgada.

Robles presionaba una gasa contra su sien.

—Ambulancia subiendo —dijo el agente.

Mercedes abrió los ojos. No enfocó a Robles. Buscó alrededor hasta encontrarme junto a la puerta.

Movió dos dedos.

Me acerqué solo cuando Robles inclinó la cabeza.

—La llave está con nosotros —dije.

Sus labios se separaron. Salió aire, no una palabra.

—No hable —ordenó Robles—. Ya vienen.

Mercedes cerró la mano sobre mi manga. Tenía las uñas rotas. Bajo una de ellas había una línea oscura.

No la miré más.

—La hoja —consiguió decir.

—Sigue donde la dejó.

No sabía si era verdad. La llave precintada estaba en el edificio judicial. Nadie había abierto la taquilla. Eso era lo único que podía sostener delante de ella.

Mercedes tiró de mi brazo.

—No… casa.

Robles acercó el oído.

—¿La hoja no está en la casa?

Los dedos perdieron fuerza, pero no soltaron la tela.

El sanitario entró con una mochila roja y me apartó usando el hombro. Otro desplegó una manta térmica. Cortaron la manga del abrigo y colocaron un collar alrededor del cuello.

Yo retrocedí hasta tocar la pared.

La banqueta estaba volcada entre el armario y la cama. Sobre el asiento había una huella húmeda. El suelo, en cambio, estaba seco.

Robles la vio también.

No dijo nada.

Uno de los sanitarios palpó el cuello de Mercedes. El otro conectó los cables y pidió espacio. La máquina emitió un pitido rápido, después otro más largo.

—Vamos a moverla.

Levantaron el cuerpo unos centímetros. Debajo apareció un trozo de tela azul, arrancado de una prenda distinta al abrigo. Robles cubrió la zona con una bolsa sin tocarlo.

Mercedes volvió a abrir los ojos durante el movimiento.

—No fue… Mateo.

El sanitario le ajustó la mascarilla.

—Guarde el aire.

Ella giró la cara. La goma dejó una marca blanca en la mejilla.

—Él… guarda.

La siguiente palabra quedó dentro de la mascarilla.

El monitor cambió de sonido.

Los sanitarios bajaron la camilla al suelo y empezaron a trabajar. Una mano comprimía. Otra preparaba una jeringa. El plástico crujía bajo las rodillas.

Robles me sacó del dormitorio.

La puerta quedó abierta. Desde el salón vi el brazo de Mercedes moverse con cada presión, como si aún negara algo.

—¿Qué has oído? —preguntó Robles.

—Que no fue Mateo. Y que él guarda algo.

—Eso no es una declaración.

—No.

La palabra me raspó la garganta.

El agente regresó desde la escalera de servicio, respirando por la boca.

—Salió al garaje. La puerta exterior estaba bloqueada con una cuña. Encontramos marcas de neumáticos, pero ningún vehículo.

Robles señaló la bolsa de farmacia del rellano.

—¿Cuándo llegó ella?

—La vecina del primero la vio entrar hace menos de diez minutos. Llevaba esa bolsa.

—Él ya estaba dentro —dije.

Robles me miró.

No necesité añadir nada.

Mercedes había cortado la llamada y regresado antes que nosotros. Quien buscaba en su casa no esperaba encontrarla. La banqueta y el armario habían llegado después.

Robles volvió al rellano y examinó la cerradura sin tocarla. El bombín no tenía arañazos. La madera tampoco. La cadena colgaba entera por dentro, apartada antes de que Mercedes entrara.

—¿Abrió ella? —preguntó el agente.

—La bolsa cayó fuera —respondió Robles—. Llegó con las manos ocupadas.

El agente miró el marco.

—Entonces quien estaba dentro tenía llave.

Robles pidió que fotografiaran el cilindro y revisaran las copias registradas por la comunidad. La vecina del primero asomó desde la escalera, todavía en zapatillas.

—Mercedes cambiaba la cerradura cada vez que le mandaban una carta del juzgado —dijo.

—¿Cuándo fue la última?

—Hace años. Después dejó de gastar dinero en tener miedo.

La mujer apretó la barandilla.

—He oído que discutía con alguien.

—¿Una voz de hombre?

—He oído muebles. Las personas no siempre gritan cuando ya saben quién ha entrado.

Robles la hizo bajar con un agente. Después recogió la caja de pastillas usando una bolsa transparente. La etiqueta de la farmacia marcaba una hora diecisiete minutos anterior.

Mercedes había tardado menos de lo normal en volver.

—Nos llamó desde la calle —dije.

Robles guardó la caja.

—Y él escuchó entrar la llave.

Dentro del dormitorio, el monitor aceleró. Un sanitario pidió otra ampolla. Robles volvió hacia la puerta antes de que terminara la frase.

La seguí hasta el marco, pero no crucé. Mercedes había exigido protección y nosotros llegábamos cuando los sanitarios ya contaban segundos.

El agente cerró la puerta de la cocina. Al hacerlo, una corriente levantó la receta caída junto al armario. Robles la inmovilizó con una bolsa, sin apartar todavía los ojos de Mercedes.

Un sanitario salió y pidió paso para la camilla. Tenía sangre en el antebrazo. Robles abrió la puerta del salón y apartó una silla.

—¿Pulso?

El hombre no contestó. Empujó la camilla hacia el ascensor.

Bajamos detrás.

El espejo devolvió cinco cuerpos comprimidos dentro de la cabina. Mercedes ocupaba el centro, cubierta hasta el cuello. Uno de los sanitarios continuaba ventilando mientras el otro miraba la pantalla.

El ascensor se detuvo en el tercero.

Nadie había pulsado.

Las puertas se abrieron ante una mujer con bolsas de compra. Vio la camilla y retrocedió. Una naranja cayó al suelo y rodó dentro.

Robles la detuvo con el pie.

—Siguiente.

Las puertas se cerraron.

En el portal esperaba otra ambulancia. El aire frío entró cuando abrieron la camilla y la empujaron hacia la calle. Las luces azules rebotaban sobre las ventanas de Oleiros sin sonido.

El sanitario subió detrás de Mercedes.

La puerta quedó abierta unos segundos.

Después negó con la cabeza.

No hizo falta que nadie pronunciara la hora.

Robles apoyó una mano en la chapa de la ambulancia. El conductor apagó las luces antes de cerrar.

La radio del agente crepitó.

—Vehículo localizado en la salida hacia A Pasaxe. Furgoneta blanca, sin distintivos. Placa parcial coincide con Custodia Atlántica.

Robles retiró la mano.

—¿Dirección?

—A Coruña. Ha cruzado antes de establecer el control.

Miré hacia el edificio. La ventana de Mercedes seguía iluminada. Detrás del cristal, alguien acababa de mover la cortina.

Robles levantó la radio.

—Nadie entra en ese piso. Nadie toca el garaje. Y que localicen a Ramiro Cid antes de que vuelva a tener una hora de ventaja.