A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El papel se abrió por la mitad antes de llegar a la mesa.

La archivera atrapó los dos extremos y evitó que la costura terminara de romperse. Robles retiró mi mano del borde sin mirarme. El folio amarillento quedó suspendido entre ellas, unido al libro por tres hilos oscuros.

—Si se separa, consta como daño durante la diligencia —dijo la archivera.

—Entonces deje de tirar —respondió Robles.

Habían trasladado el registro a una sala sin ventanas del edificio judicial. El fluorescente zumbaba sobre nuestras cabezas. Cada vez que alguien pasaba por el corredor, el aire movía el olor seco del papel.

La archivera apoyó el volumen sobre una espuma gris. En la cubierta se leía TRASLADOS EXTERNOS. El año coincidía con la muerte de David, pero las últimas treinta hojas estaban en blanco.

—TV-4 no aparece —dijo.

Robles colocó junto al libro la fotografía de la etiqueta recuperada en Pocomaco.

—Busque por el número de serie.

—Estos registros se ordenaban por salida, no por objetos.

—Hoy puede decepcionar al sistema.

La mujer se puso unas gafas y pasó las páginas con una espátula. Yo mantuve las manos bajo la mesa. Mi acreditación solo permitía consultar documentación vinculada con M-1. No hacía falta convertirla otra vez en una discusión.

El primer asiento útil correspondía a una cámara rota. El siguiente, a dos bolsas de ropa. Después faltaban cuatro hojas cortadas junto al lomo.

La archivera tocó las fibras.

—Las retiraron con cuchilla.

Robles acercó una regla sin apoyarla.

—¿Cuándo?

—Antes de que entrara este libro en el archivo. El corte tiene polvo dentro.

Pasó otra página. El papel azul que apareció debajo estaba casi pegado al siguiente. No contenía escritura visible, solo manchas negras y una esquina doblada.

—Una copia al carbón —dije.

La archivera levantó la vista.

—Una hoja usada como separador.

—¿Por qué conservarla?

—Porque nadie la vio.

Introdujo una lámina transparente y despegó ambos folios milímetro a milímetro. El carbón dejó una línea oscura sobre el plástico. Robles sujetó el libro mientras la mujer liberaba la esquina.

En el reverso aparecían trazos hundidos.

No tinta.

Presión.

La archivera apagó el fluorescente y encendió una lámpara lateral. Las letras surgieron como arañazos cuando la luz rozó el papel.

—No es esta hoja —dijo—. Es lo que escribieron encima.

Robles pidió que fotografiaran cada cuadrante. Una técnica montó la cámara sobre un brazo metálico. El obturador golpeó cuatro veces.

En la pantalla apareció primero una fecha. Después una hora.

23:48.

El cuello de la camisa se me pegó a la nuca.

La copia auxiliar había terminado de grabarse a las 23:47.

—Siguiente campo —ordenó Robles.

La técnica movió la luz. Una secuencia incompleta atravesaba el centro del folio. Nueve caracteres coincidían con la etiqueta amarilla de Pocomaco. Los últimos aparecieron al superponer dos fotografías.

Era el número completo de M-1.

La archivera dejó la espátula.

—Eso no debería estar en traslados externos.

—Por eso faltan las hojas —dije.

Robles no respondió. Señaló el campo inferior.

Responsable de retirada: Mateo Seijas.

La firma no se veía completa, pero el apellido estaba escrito a máquina. Debajo, una línea más profunda cortaba el carbón.

CONDUCTOR EXTERNO: R. CID.

El borde de la mesa me golpeó las rodillas al levantarme.

—Ramiro dijo que aquella noche conducía ambulancias.

—Puede haber conducido esta —respondió la archivera.

No sonó irónica. Solo cansada.

Robles sacó la declaración de Cid y buscó la página donde había negado cualquier relación con el traslado. No leyó en voz alta. Colocó la firma de aquel documento junto a la presión del carbón.

Las erres se cerraban de forma distinta.

—No firmó Cid —dije.

—El campo lo identifica como conductor —contestó Robles—. La firma pertenece a otra persona.

La archivera amplió la zona. Sobre la línea aparecía un trazo breve, casi vertical.

S.

Seijas había rellenado su nombre. Después escribió a Cid como conductor y alguien distinto validó la salida.

La puerta se abrió. Sonia Lema entró con una carpeta y dejó escapar aire antes de hablar.

—He traído la secuencia del servidor.

Robles le hizo sitio. Sonia colocó tres impresiones sobre la espuma, lejos del registro.

23:41. Creación del soporte auxiliar.

23:47. Copia completada.

23:48. Retirada de M-1.

La cuarta hoja llevaba la orden de intervención sobre la grabación oficial. El sello horario era posterior.

En la cabecera figuraba Sergio. No como autor material del corte, sino como responsable de la unidad que solicitaba proteger la investigación. La frase había envejecido mal.

Cogí la hoja sin levantarla de la mesa.

—¿Proteger de quién?

Sonia señaló el motivo escrito debajo.

Acceso no autorizado. Riesgo de difusión.

—La orden trataba la grabación completa como una amenaza —dije.

Robles presionó una esquina para que el papel no se curvara.

—Sergio pudo creer que alguien había entrado.

—Alguien había salido.

La archivera desplazó el registro hacia la luz. En el campo de observaciones del carbón aparecía una abreviatura: soporte técnico urgente.

—No retiraron el receptor a escondidas —dijo—. Construyeron una urgencia para que nadie preguntara por qué se movía.

Sonia buscó el número asociado. La incidencia se abrió a las 23:46 desde una terminal del pasillo y se cerró siete minutos después. El usuario pertenecía a Seijas.

La puerta del archivo vibró cuando pasó un carro, y el papel azul tembló bajo la lámina transparente.

Robles alineó los bordes.

—¿Cuánto posterior?

—Cuatro minutos.

La cifra me presionó detrás de los ojos.

Durante cuatro minutos, la grabación completa y el receptor estuvieron fuera del control de la unidad de Sergio. Después llegó la orden que eliminó once minutos del archivo oficial.

—Seijas no reaccionó a la manipulación —dije—. Ya tenía la copia cuando la orden llegó.

Sonia tocó la segunda hoja.

—Tenía acceso al soporte. No sabemos quién lo desconectó.

—Su nombre está en la retirada.

—Y el de Cid en el transporte —dijo la archivera—. Ninguno está en la validación.

Robles acercó la lámpara al trazo vertical. La presión continuaba bajo una mancha de carbón. La técnica cambió el ángulo y apareció un apellido incompleto.

…ROU.

Sonia abrió el listado del personal de guardia. Solo encontró uno compatible.

Arturo Neirou. Responsable de mantenimiento nocturno.

—Murió hace nueve años —dijo.

Robles cerró el listado.

—Los muertos no firman de nuevo. Busque documentos de la misma semana.

La archivera sacó dos cajas del carro. Sonia se arrodilló junto a ella y empezó a separar partes de avería, entradas de técnicos y autorizaciones de ascensor.

Yo volví a sentarme.

No hacía falta encontrar otro culpable. Bastaba saber quién había prestado una firma.

Una hoja cayó al suelo. La recogí por el borde y la dejé en la bandeja sin leer. Robles lo vio, pero siguió con Neirou.

La archivera encontró tres validaciones suyas. Ninguna se parecía al trazo del carbón.

—Usaron su nombre —dijo Sonia.

—O su clave —añadió la archivera.

Robles colocó una transparencia sobre la firma hundida. El apellido no era Neirou. La mancha había deformado la primera parte.

La técnica invirtió la imagen.

…EIROU.

—No coincide —dije.

—No tiene que coincidir —respondió Robles—. Solo tenía que parecer suficiente a las dos de la mañana.

Sonia abrió el historial del formulario. El número de hoja pertenecía a un bloque asignado al depósito, no a mantenimiento. Mercedes Louro había denunciado años después que utilizaron su clave para dos accesos que nunca autorizó.

Robles me miró.

—Su copia.

La de Bruno Lamas seguía sin incorporarse como prueba física. Mercedes había declarado ante el juez, pero conservaba el documento fuera del alcance de Seijas y de cualquiera que hubiera compartido sus rutas.

—El mismo bloque —dije.

Sonia comprobó la numeración. La hoja de Mercedes era la inmediatamente anterior a TV-4.

Robles recogió el teléfono y pidió que reforzaran la vigilancia en Oleiros. Nadie respondió por radio.

Repitió la llamada.

Una voz confirmó que la patrulla había sido retirada para cubrir un accidente cuarenta minutos antes. El relevo estaba en camino.

—¿Mercedes lo sabe? —pregunté.

Robles marcó su número. Contestó al cuarto tono.

—Mañana no —dijo Mercedes antes de que Robles explicara nada—. Hoy entrego la hoja.

Robles se levantó.

—No salga de casa.

—Tengo que recoger medicación.

—Se la llevaremos.

—No necesito otro favor que luego aparezca firmado por alguien.

La llamada terminó.

Robles guardó el registro en manos de la archivera y señaló la puerta.

—Dos coches. Uno va a la farmacia.

—¿Y el otro?

Ya caminaba por el corredor.

—A impedir que Mercedes llegue primero.