CAPÍTULO 23
Estantería M
El agua alcanzó la primera marca antes de que el perito terminara de numerarla.
Entraba por la pared contigua, una línea oscura que avanzaba sobre el hormigón hacia los rectángulos claros. Dos agentes apartaron las cajas de herramientas. El técnico de Científica presionó una toalla contra la junta y la vio empaparse en segundos.
—Cortad la llave del otro local.
El administrador apareció bajo la persiana con las botas sin atar.
—Ya está cortada. Lo que queda está dentro del muro.
Robles le puso una funda de plástico en las manos.
—Entonces deje de pisar donde buscamos.
Habían pasado nueve horas desde el registro. Afuera, los camiones ocupaban la avenida de Pocomaco y soltaban aire comprimido al frenar. Dentro, la nave olía a yeso mojado.
Me acerqué a la pared. La cinta amarilla seguía detrás del anclaje, pero el borde se había oscurecido.
—Si se moja, ¿la perdemos?
El perito colocó una lámina transparente sobre la marca.
—Perdemos el adhesivo. La letra seguirá siendo una letra.
—Necesitamos algo más que una letra.
—Entonces sujete esto.
Me entregó la lámina y apoyó encima una regla metálica. Robles no intervino. Se arrodilló junto a la cinta azul y fotografió el agua que se acercaba.
El perito levantó el siguiente anclaje con una espátula. Detrás apareció otro fragmento amarillo. No tenía letra. Conservaba dos líneas negras y el extremo de un número.
—Misma altura —dije.
—Mismo rollo —respondió él.
Deslizó una lámpara por la pared. El haz rozó el hormigón y descubrió restos de adhesivo bajo cuatro rectángulos. Amarillo en la zona central. Azul a la izquierda. Verde cerca del suelo. Blanco junto a la antigua cámara frigorífica.
Robles se puso en pie.
—¿Clasificación por fechas?
El perito negó mientras guardaba el fragmento.
—Las cintas envejecieron juntas.
Toqué la lámina, no la pared. Las marcas amarillas ocupaban baldas de alturas distintas. En una cabía una caja térmica. En otra, un archivador. La superior tenía el ancho de una maleta pequeña.
—No separaban por tamaño.
El administrador tiró de la funda que aún sostenía.
—Yo vi letras cuando vinieron a pintar.
Robles giró hacia él.
—Ayer no las recordaba.
—Ayer me preguntó por personas.
—Hoy le pregunto por la pared.
El hombre miró la franja de agua, no a ella.
—Había una D. Una P. Puede que una M.
—¿Qué significaban?
—No cobraba por leerlas.
El perito apartó la toalla. El agua había frenado. Marcó con tiza el límite húmedo y pidió una escalera.
Subí dos peldaños antes de que me detuviera con la mano.
—La escalera la uso yo.
Bajé. Él alcanzó el anclaje superior y extrajo un tornillo cubierto de polvo. Al tirar, cayó una tira amarilla de diez centímetros. Robles la atrapó con la funda antes de que tocara el suelo.
La letra estaba completa.
M.
Debajo aparecía una palabra cortada.
MATER...
El administrador dejó de mover las llaves.
—Materiales —dije.
Esta vez nadie me corrigió.
Robles acercó la funda a la luz.
—¿Qué guardaban ahí?
El hombre se encogió dentro de la chaqueta.
—Cosas que no podían ir en papel.
—Eso incluye demasiadas cosas.
—Cajas frías. Discos. Teléfonos. Bolsas selladas. Una vez trajeron un asiento de coche.
El perito bajó de la escalera.
—¿Y la D?
—Documentos. Supongo.
—¿Supone o lo vio?
El administrador metió las llaves en el bolsillo.
—Vi a un hombre escribir «documentos» en una balda. No pedí un inventario.
Robles le indicó la salida con la mirada. Él no se movió.
—La fuga.
—Ya no entra agua.
—Entonces puede vigilarla desde fuera.
El agente lo acompañó hasta la persiana. Antes de cruzarla, el hombre se volvió.
—La M desapareció de una vez.
Robles levantó una mano. El agente lo detuvo.
—Explíquelo mejor.
—No retiraban una caja cada semana. Un viernes estaba llena. El lunes, vacía.
—¿Qué viernes?
—El de la tormenta grande. Se inundó la rotonda de acceso.
Sacó el teléfono para buscar fotografías. Tardó menos de un minuto. Una imagen mostraba agua cubriendo media calzada y una fecha en la esquina.
Cuatro días antes de la muerte de Varela.
Robles copió el dato.
—¿Vio quién vació la estantería?
—Vi la persiana abierta el domingo. Dos furgonetas dentro. No entré.
—¿Custodia Atlántica?
—Una era blanca. La otra llevaba barro hasta las ventanillas.
—Eso no es una empresa.
—Es lo que vi.
El teléfono de Robles vibró. Leyó la pantalla y me enseñó una captura del servidor del taller. Habían recuperado el domingo indicado.
Una furgoneta entraba a las seis y doce. La matrícula pertenecía a Custodia Atlántica.
La segunda llegó diecisiete minutos después. Alquilada a nombre de una asesoría de Vigo.
En la imagen siguiente, la persiana estaba cerrada.
—¿Cuándo salieron? —pregunté.
Robles deslizó el dedo.
—La cámara perdió señal durante tres horas.
El propietario del taller había registrado un corte eléctrico. Solo afectó a dos naves y al dispositivo exterior.
El perito soltó un silbido bajo.
—Eso no lo hace una gotera.
La técnica amplió el fotograma anterior al corte. La persiana estaba a medio bajar. Bajo ella se distinguían dos ruedas de un carro y la esquina de una balda amarilla.
—No vaciaron cajas sueltas —dije.
El perito dejó la espátula.
—Desmontaron el módulo entero.
Midió la distancia entre los anclajes. Cuatro tornillos habían sido cortados desde dentro. Los demás seguían sujetos al muro.
Robles pidió la fotografía de Varela entrando cinco días antes. La carpeta azul ocupaba casi todo su costado. Luego colocó al lado la imagen de su salida.
La chaqueta caía recta.
—No se llevó nada —dije.
—Dejó algo o no encontró lo que buscaba.
El administrador dio un paso hacia la mesa.
—Ese domingo hubo ruido hasta tarde. Metal contra el suelo.
—Ayer tampoco recordó eso.
—Ayer no había una pared desmontada delante.
Robles le sostuvo la mirada y anotó la hora aproximada. No discutió más.
La técnica avanzó un fotograma. El corte empezaba justo cuando una figura se acercaba al cuadro eléctrico. Solo se veía el hombro y una mano enguantada.
No era suficiente para identificar a nadie.
Sí para demostrar que la oscuridad había sido elegida.
Y que alguien conocía bien aquel servidor exterior.
Robles guardó el teléfono.
—Siga con la pared.
No persiguió una conclusión. Tampoco me la pidió.
Científica retiró los anclajes uno a uno. Cada pieza reveló restos amarillos, números partidos y bordes de etiquetas arrancadas. Los colocaron sobre una mesa plegable siguiendo la altura original.
Yo sujeté las láminas mientras el perito recomponía líneas. Un cuatro apareció junto a un guion. Después, dos letras pequeñas. Más abajo, media corona judicial.
—No son códigos de balda —dijo.
Giró una de las piezas. El adhesivo conservaba fibras de cartón y una impresión invertida.
—Las etiquetas de las cajas quedaron pegadas a la cinta cuando las retiraron.
Robles pidió ampliar cada fragmento. La técnica fotografió el primero y proyectó la imagen en una tableta.
MATERIALES.
Debajo, tres apartados.
MUESTRAS. DISPOSITIVOS. SOPORTES.
La M no significaba Mateo. Tampoco M-1.
Solo indicaba todo aquello que podía tocarse, copiarse o sustituirse.
El perito encajó dos fragmentos del estante superior. Surgió una secuencia incompleta:
...04-7F-19...
Robles sacó el inventario de la habitación de David. No me lo entregó. Lo abrió sobre la mesa y recorrió los números de serie con el dedo.
Me incliné al otro lado.
El receptor M-1 figuraba como destruido. Bajo la descripción aparecía el código del fabricante.
Terminaba en 04-7F-19.
El plástico de la lámina crujió entre mis manos.
—Estuvo aquí.
Robles comprobó cada carácter. Después llamó a la técnica del archivo y pidió la fotografía original del inventario, no la transcripción.
La imagen llegó con una mancha de tóner sobre el último dígito. El código seguía coincidiendo.
El perito señaló el borde roto de la etiqueta.
—Falta la mitad derecha.
—¿Qué contenía? —pregunté.
—El destino o la hoja de traslado. Depende del sistema que usaran.
Robles cerró el inventario.
—No buscaremos otra nave.
La miré.
—¿Entonces?
Recogió los fragmentos amarillos y los entregó para su sellado.
—Una caja no atraviesa doce años sola.
Marcó un número en el teléfono. Cuando respondieron, pidió todas las hojas de entrega vinculadas al receptor, incluidas copias, borradores y anulaciones.
Esperó con la vista fija en la estantería ausente.
—No quiero quién lo guardó —dijo—. Quiero quién firmó que había llegado a otro sitio.
Al otro lado hicieron una pregunta. Robles miró la hora.
—Porque quien vació esta pared sabrá pronto que hemos encontrado la M.