A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El almacén de Pocomaco

La cizalla mordió la cadena y no consiguió partirla.

El agente cambió el ángulo, apoyó una bota contra la puerta y volvió a cerrar los brazos. El eslabón saltó contra el hormigón. Nadie se movió hasta que Robles levantó dos dedos.

La persiana subió con un traqueteo que recorrió la nave vacía.

Entró primero el equipo de registro. Yo esperé bajo el alero, con la lluvia rebotando en las chapas de Pocomaco y el olor a gasóleo pegado al aire. Un camión pasó por la avenida sin reducir la velocidad.

—Limpio —avisaron desde dentro.

Robles me entregó un chaleco y señaló el límite marcado con cinta.

—No te adelantes.

—He llegado detrás.

—Procura que dure.

Cruzamos cuando Científica terminó las primeras fotografías. La nave medía más de lo que permitía adivinar la fachada, pero solo conservaba dos estanterías desmontadas, un fregadero industrial y marcas rectangulares sobre el suelo.

Los contratos recuperados en el despacho de Leal correspondían a aquel inmueble. El código catastral coincidía y una sociedad inactiva había pagado el alquiler durante seis años.

Me agaché junto a dos líneas paralelas en el polvo.

—Sacaron las estanterías con prisa.

Una técnica pasó una luz rasante sobre las marcas y negó.

—Estas ruedas entraron, no salieron.

—El dibujo apunta hacia la puerta.

—Porque arrastraron un elevador marcha atrás. Mire la grasa.

Tocó el borde con un bastoncillo. La mancha más oscura quedaba en el interior, donde el peso había aumentado al frenar.

Volví a incorporarme sin defender la primera lectura.

Robles observó el recorrido.

—¿Cuándo?

—La grasa no pone fechas. El polvo acumulado encima tampoco ayuda.

Un agente abrió el cuadro eléctrico. Los interruptores estaban bajados, salvo el de una cámara frigorífica que ya no existía. Detrás del panel apareció una etiqueta de mantenimiento con tres revisiones.

La última era de Custodia Atlántica.

—Hace siete meses —dijo Robles.

—La empresa ya utilizaba la nave.

—O reparó algo aquí.

El técnico fotografió la pegatina antes de retirarla. No había nombre de operario, solo un número de servicio cancelado en la contabilidad.

En la pared del fondo, varios rectángulos más claros marcaban la altura de antiguas baldas. Me acerqué sin cruzar la cinta. Entre dos agujeros quedaba atrapado un filamento rojo.

Científica lo recogió con pinzas.

—Material de embalaje —dijo la técnica—. Puede llevar ahí diez años.

—O diez días.

—También puede proceder de una bufanda. No obligue a la fibra a elegir carrera.

Robles ocultó una sonrisa y pidió que revisaran desagües, juntas y anclajes. Dos agentes sacaron del fregadero una rejilla cubierta de polvo. Debajo había fragmentos de plástico transparente y adhesivo.

Uno conservaba media corona judicial.

El otro, cuatro cifras.

—Etiquetas de pruebas —dije.

—Fragmentos de etiquetas —corrigió Robles—. Todavía no sabemos de qué.

La técnica separó cada pieza dentro de una bolsa. El adhesivo tenía restos de cartón, no de metal ni vidrio. Eso reducía las posibilidades sin identificar ninguna caja.

Un golpe sonó en la entrada. Un hombre con mono de trabajo intentaba cruzar la cinta, sujetando un juego de llaves.

—Esa nave es de mi cliente.

El agente lo detuvo.

—Identifíquese.

—Administrador de la comunidad industrial. Hay una fuga en el local contiguo.

Robles comprobó su documentación y lo hizo pasar hasta la puerta, sin permitirle entrar.

—¿Quién usaba el almacén?

El hombre giró las llaves entre los dedos.

—Gente de transporte. Cambiaban mucho.

—¿Custodia Atlántica?

—Ahora todo el mundo conoce ese nombre.

—Antes de esta mañana.

El administrador miró hacia las naves de enfrente.

—Venían furgonetas blancas, grises, alquiladas. Una empresa pagaba y otra recogía. Mientras no dejaran mercancía fuera, no preguntábamos.

—¿Vio a Seijas?

Robles le mostró una fotografía. El hombre se puso las gafas, acercó la imagen y las retiró otra vez.

—Puede ser. Aquí nadie venía a presentarse.

—¿Y a Cid?

La segunda fotografía obtuvo una reacción distinta. El manojo dejó de girar.

—Ese discutió conmigo por una cámara.

Señaló la esquina del edificio contiguo. Un taller de lunas tenía un dispositivo orientado hacia el acceso común. Cid había exigido cambiarlo porque grababa las matrículas de sus clientes.

—¿Cuándo?

—El invierno pasado. Le dije que la cámara no era mía.

Robles envió a dos agentes al taller. El administrador intentó seguirlos, pero ella le devolvió las llaves.

—Arregle la fuga desde el otro local.

—Si el agua entra aquí, luego no me responsabilicen.

—Hoy nadie se responsabiliza de nada. Mantengamos la tradición.

El hombre se marchó. La lluvia golpeó la persiana abierta y extendió una franja oscura sobre el suelo. Un agente colocó una barrera para que no alcanzara las marcas.

La cámara del taller conservaba grabaciones antiguas en un servidor externo. El propietario permitió el acceso después de leer la orden y protestar por el tiempo que perdería su empleado.

Nos instalamos junto a una máquina de cortar cristal. El disco seguía girando lentamente, aunque nadie lo tocaba.

La búsqueda por matrícula no sirvió. Muchas furgonetas entraban con placas alquiladas o tapadas por barro. La técnica filtró fechas asociadas a las facturas de combustible recuperadas en la trituradora.

Antes de llegar a Varela, apareció una grabación de cuatro años atrás. Una furgoneta sin logotipo descargaba tres cajas mientras Seijas sostenía la persiana. Cid todavía no administraba Custodia Atlántica y el vehículo pertenecía a una cooperativa sanitaria disuelta.

—No empezó con él —dije.

Robles amplió al conductor. La cara quedaba oculta por una columna.

—Tampoco sabemos si continuó igual cuando llegó.

La secuencia duraba seis minutos. Seijas comprobaba etiquetas, pero no tocaba las cajas; indicaba huecos con la mano y esperaba a que otros las colocaran. Un hombre con bata firmó en el techo de una de ellas.

—Riveiro —dije.

—La imagen no permite asegurarlo.

El cuerpo tenía su altura y llevaba abierta la parte superior de la bata. La cicatriz no se distinguía. Robles anotó la hora y pidió cruzarla con el expediente que Leal había intentado destruir.

La grabación cerraba una parte del mecanismo: aquel almacén funcionaba antes de Cid. No demostraba quién había decidido conservar las muestras ni quién podía recuperarlas después.

La técnica pasó al archivo siguiente. Una furgoneta de alquiler entró vacía y salió con el eje trasero más bajo. El contrato correspondía a otra empresa, sin relación visible con Custodia.

—Cada encargo traía su propio transporte —dijo Robles.

—Y Seijas guardaba la dirección.

—Eso empieza a parecer demostrable ante un juez.

En la tercera coincidencia apareció Varela.

Bajó de un taxi frente a la nave y pagó sin esperar cambio. Llevaba la carpeta azul bajo el brazo. Miró hacia la cámara antes de cruzar la calle, no porque supiera que lo grababan, sino para comprobar el tráfico.

—Fecha —pidió Robles.

Cinco días antes de morir.

Varela pulsó el timbre. La persiana se abrió lo suficiente para dejarlo pasar. Desde aquel ángulo no se veía quién estaba dentro.

Cuarenta y ocho minutos después salió sin la carpeta.

—La dejó —dije.

—O la guardó bajo el abrigo.

El vídeo mostraba la chaqueta cerrada y las manos vacías, pero no permitía asegurar más.

La técnica avanzó la grabación. Dos días después, una furgoneta de Custodia Atlántica entró en el recinto. El vehículo permaneció dentro once minutos.

Al salir, Cid conducía.

Su cara apareció limpia cuando bajó la ventanilla para hablar con otro conductor. No llevaba gorra ni visera. Nadie necesitaba reconocer su manera de caminar.

—Ya no es una cuenta compartida —dije.

Robles congeló la imagen.

—Es un hombre conduciendo hacia una nave alquilada por terceros. No lo conviertas todavía en otra cosa.

El propietario del taller dejó una ventosa sobre el banco.

—Puedo buscar más días, pero el servidor cobra por recuperar archivos antiguos.

Robles autorizó el gasto. Mientras la descarga empezaba, regresamos a la nave.

Científica había retirado uno de los anclajes de la pared. Detrás apareció un trozo de cinta amarilla, protegido del polvo y de la luz. Conservaba una letra impresa en negro.

M.

La técnica iluminó los rectángulos claros. En otros puntos surgieron restos de cinta azul, verde y blanca, cada uno a distinta altura.

No eran manchas dejadas al azar.

Eran los bordes de un sistema de clasificación.

Robles ordenó medir toda la pared antes de retirar otra pieza. Los agentes dejaron de buscar cajas y comenzaron a numerar huecos.

Yo miré la letra amarilla sin acercarme.

Varela había salido sin la carpeta.

Cid había entrado dos días después.

Entre ambos, alguien había vaciado una estantería completa.