CAPÍTULO 21
No vendía información
La trituradora se atascó con el tercer expediente.
El motor siguió zumbando mientras una tira de papel sobresalía entre los dientes. Robles desconectó el cable antes de que el abogado pudiera empujarla con una regla.
—Apártese, señor Leal.
—Estoy vaciando mi despacho.
—Desde hace doce años, por lo que veo.
Julián Leal soltó la regla y miró a los dos operarios que aguardaban junto a una estantería desmontada. Uno sostenía una caja abierta; el otro dejó el taladro sobre el suelo.
Yo llegaba tarde. La reunión con la tutora de Martina había terminado veinte minutos antes, y Robles no comentó el retraso cuando me hizo pasar.
Solo comprobó la hora, me entregó unos guantes y señaló la trituradora. En la pantalla de mi teléfono seguía el mensaje de Clara: «Has estado». Lo guardé sin contestar; cualquier respuesta rápida habría estropeado esas dos palabras.
El despacho ocupaba un segundo piso de la calle Real. Por las ventanas abiertas entraban el golpe de las persianas comerciales y un olor húmedo que venía del puerto. Abajo, un camión de reparto bloqueó el tranvía de peatones y recibió una cadena de bocinazos.
Leal señaló las carpetas apiladas.
—Secreto profesional. Si quieren leer, enseñen el auto.
Robles se lo entregó sin acercarse. Él repasó la primera página y dejó de sonreír al encontrar el nombre de la consultora que había pagado a Custodia Atlántica.
—Ese dinero no compró una prueba.
—Entonces explíquenos qué compró —dije.
Leal dobló el auto por la mitad.
—Primero, saque a los mozos.
Robles indicó a los operarios que esperaran en el rellano. Uno recogió el taladro; el otro intentó llevarse la caja que tenía entre las manos.
—Esa se queda —dijo ella.
Cuando la puerta se cerró, Leal apartó una pila con el pie y abrió paso hacia el archivo. No había mesa donde sentarse. Solo estantes vacíos, polvo claro en las paredes y cajas marcadas con años.
—La transferencia fue una provisión —dijo—. Novecientos euros.
—Por localizar una muestra.
—Por no perderla.
Robles le mostró la factura vinculada al traslado. Leal no la tocó.
—Seijas no vendía información. Nunca me dijo qué contenía la muestra, quién la había movido ni dónde estaba. Me garantizó que seguiría disponible si un juez autorizaba pedirla.
—Una garantía sin contrato —dije.
—Había factura.
—Por digitalizar documentos.
—La discreción también tributa.
Robles abrió una caja rotulada con el año del pago. Leal la cerró con la suela antes de que pudiera revisar el interior.
—Ahí hay otros clientes.
—Y en su cuenta hay uno que nos interesa.
El abogado mantuvo el pie sobre la tapa. La piel del zapato crujió cuando Robles empujó la caja con dos dedos.
—Defendía al doctor Brais Riveiro —dijo al fin—. Un interno murió durante un traslado penitenciario. La autopsia habló de una reacción imprevisible.
El nombre me tensó la mandíbula.
—¿Qué especialidad?
—Anestesia. Colaboraba en protocolos de transporte sanitario.
Robles sacó el teléfono y abrió la fotografía tomada por Iria. El reflejo mostraba la bata, la acreditación torcida y una parte del cuello.
Leal no necesitó ampliarla.
—Es Riveiro.
—¿Está seguro?
—Pasé dieciocho meses viéndolo fingir que los informes no le preocupaban.
Durante aquel procedimiento, Riveiro nunca había comparecido como acusado. Figuraba como asesor sanitario del traslado, una posición cercana para conocer el sedante y lo bastante secundaria para quedar fuera de la fotografía.
Cogió la fotografía, aunque Robles no se la había ofrecido, y la acercó a la ventana. La luz gris descubrió una cicatriz corta sobre la clavícula reflejada en el cristal.
—Se operó después de un accidente de moto. Siempre deja abierto el primer botón porque la tela le roza.
Robles recuperó el teléfono.
—Estuvo con Varela tres días antes de su muerte.
Leal apretó los labios y caminó hacia otra caja. La abrió con ambas manos, apartando expedientes hasta encontrar una carpeta verde.
—Brais me llamó ayer.
—¿Antes o después de que congeláramos las cuentas?
—Después.
—¿Qué quería?
—Saber si conservaba su expediente.
Robles pidió el teléfono. Leal lo sacó del bolsillo, pero no lo entregó.
—Una llamada de un antiguo cliente no autoriza a registrar mi vida.
—Destruir su expediente después de esa llamada puede autorizar otras cosas.
El móvil quedó entre los dedos del abogado. Una vibración breve encendió la pantalla y mostró el nombre de Riveiro, que llamaba de nuevo.
Nadie respondió.
Leal dejó que terminara y puso el aparato sobre una caja cerrada.
—No pagamos para ocultar una muerte —dijo—. Pagamos porque la muestra oficial iba a destruirse antes de que terminara el procedimiento disciplinario.
—¿Qué podía demostrar?
—Que el sedante no salió del hospital.
Robles alzó la barbilla.
—¿De dónde salió?
Leal separó dos hojas dentro de la carpeta verde. Una era una solicitud de análisis; la otra, una resolución que archivaba el expediente por falta de material disponible.
—De un equipo de traslado. Había ampollas sin registrar para reducir a internos violentos.
El borde del papel me rozó el pulgar cuando lo sostuve. No aparecía Custodia Atlántica. Tampoco Ramiro Cid.
—¿Quién transportó la muestra?
—No lo sé. Seijas aún trabajaba en el depósito y Custodia no tenía aquel contrato.
—Entonces Cid no intervino.
Leal levantó un hombro.
—No intervino conmigo. No convierta eso en una absolución universal.
Robles señaló la resolución.
—La muestra desapareció.
—Durante siete meses.
—Y después regresó.
—Cuando el juez aceptó una nueva pericial.
Leal extrajo una copia del inventario. El recipiente había reaparecido con el mismo número, dentro de un depósito oficial distinto. Ninguna anotación explicaba el traslado.
—Seijas le avisó.
—Me dio un código y una fecha. Presenté la solicitud. El resto ocurrió sin que yo hablara con nadie.
—¿Dónde recibió el código?
—En una cafetería de Los Rosales.
—¿En persona?
—En el reverso de una factura. Seijas estaba en otra mesa.
Robles tomó la carpeta verde y la introdujo en una bolsa. Leal sujetó el borde.
—Eso contiene comunicaciones de defensa.
—Contiene un pago investigado y una manipulación de pruebas.
—También contiene la vida de un hombre al que no han acusado.
—Aún.
El abogado soltó la carpeta. Yo miré las cajas abiertas. Cada una podía esconder un encargo distinto, pero Leal solo había pagado por uno.
—¿Sabía que otras personas podían recuperar la misma muestra? —pregunté.
—Sabía que Seijas cobraba por mantener puertas abiertas. No pregunté quién más tenía llave.
—¿Y si alguien pagaba por cerrarla?
Leal hundió la regla en la trituradora apagada y liberó una tira de papel mordida.
—Entonces yo habría pagado por una promesa que ya no existía.
Robles examinó el fragmento. Solo quedaban un apellido cortado y seis caracteres impresos en el margen.
—¿Ese es el código?
Leal dejó la regla en el suelo.
—Es uno de ellos.
La agente del pasillo entró con una bolsa de herramientas y desmontó el depósito de la trituradora. Entre las tiras aparecieron recibos de alquiler, facturas de combustible y dos contratos de una nave industrial.
Leal se apoyó contra el estante vacío.
—Eso no pertenece a Riveiro.
—¿A quién pertenece? —preguntó Robles.
—A la consultora. Adelanté gastos de depósito y transporte, pero Seijas enviaba justificantes sin identificar la caja.
—Y decidió destruirlos.
—El procedimiento terminó hace años.
Uno de los contratos correspondía a una empresa que había cerrado ocho años antes. La dirección del inmueble no figuraba, pero el código catastral empezaba por las mismas seis cifras del papel mordido.
Robles ordenó precintar el despacho y separar los documentos por procedencia. Los operarios protestaron desde el rellano; ella les entregó una copia de la diligencia y cerró la puerta.
El teléfono de Leal volvió a vibrar.
Esta vez contestó antes de que Robles pudiera impedírselo.
—Brais, no vengas.
Se quedó escuchando. Su cara cambió al mirar hacia la ventana.
Crucé el archivo y aparté una persiana. Abajo, entre la gente que avanzaba por la calle Real, un hombre con abrigo oscuro se detuvo junto al portal.
No miró arriba.
Robles pidió patrulla por radio y me agarró del brazo antes de que saliera.
—Tú no bajas solo.
El hombre reanudó la marcha hacia los Cantones. Dos agentes aparecieron desde la esquina contraria y redujeron el paso para no alertarlo. Un autobús cruzó entre ellos y ocultó al hombre unos segundos. Cuando volvió a aparecer, había cambiado de acera sin mirar atrás.
Leal guardó el teléfono.
—No ha hecho nada.
Robles abrió la puerta del despacho.
—Entonces podrá seguir caminando mientras nosotros hacemos lo mismo.