A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El primer precio

El banco bloqueó la transferencia cuando faltaban nueve segundos.

La analista giró el monitor hacia Robles. Dieciocho mil euros quedaban inmóviles entre una cuenta de Custodia Atlántica y una sociedad de alquiler de vehículos que no tenía empleados.

—La orden judicial entró antes —dijo—. Por poco.

Robles apoyó el nudillo sobre la mesa, justo debajo del nombre del beneficiario.

—¿Quién intentó moverlo?

—La cuenta de administración. Acceso compartido.

Me quedé junto a la pared. La sala olía a café recalentado y plástico caliente. Sobre tres pantallas corrían fechas, importes y empresas.

—Otra cuenta sin persona —dije.

La analista, Nuria Souto, arrastró una ventana hasta el centro.

—Una persona siempre pulsa. El problema es demostrar cuál.

Cid había solicitado cancelar la operación a las ocho y doce, alegando un error contable. El intento de transferencia se había iniciado cuatro minutos antes desde un terminal de su empresa.

Robles amplió el registro.

—¿Ese terminal estaba precintado?

—Desde anoche.

La palabra cayó mal. Nuria abrió la ficha técnica y mostró que la orden no había salido del ordenador físico, sino de una sesión remota autorizada semanas atrás para la asesoría.

—No rompieron el precinto —dijo—. Utilizaron una puerta que seguía abierta.

Robles pidió que bloquearan las credenciales de la asesoría y conservaran sus registros. Nuria envió la orden sin apartar la vista del monitor.

Yo observé la cantidad.

—Esto no son pagos pequeños.

—Esto es miedo —respondió ella—. Los pagos pequeños están aquí.

Abrió una tabla distinta. Durante nueve años, Custodia Atlántica había recibido ingresos de consultoras, despachos, empresas sanitarias y sociedades de mantenimiento. Ninguno superaba los cuatro mil euros. Muchos aparecían descritos como dietas, incidencias o conservación extraordinaria.

Nuria marcó seis líneas.

—Estas empresas no compraron servicios reales.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Robles.

—Porque tres estaban inactivas, una no tenía cuenta operativa y las otras dos facturaron el mismo concepto con errores idénticos.

Deslizó las fechas hacia otra columna. Junto a cada ingreso aparecía un traslado realizado días después.

No coincidían siempre.

Eso era lo que los hacía útiles.

—El dinero llega antes de que se mueva la caja —dije.

—A veces antes. A veces después. Si fuera una tarifa fija, ya tendríamos medio caso resuelto.

Robles tomó una hoja y cubrió los nombres de las empresas.

—Mire solo las fechas.

Agrupé los ingresos por semanas. Algunos quedaban lejos de cualquier traslado, pero cinco precedían a correcciones de precintos y tres aparecían después de rutas con testigos eliminados.

—No pagan por transportar —dije—. Pagan para que exista la posibilidad.

Nuria dejó el ratón.

—Eso es una frase bonita. En un informe necesito otra cosa.

Robles señaló una secuencia de tres meses.

—Aquí.

Una consultora ingresaba novecientos euros. Custodia Atlántica movía una muestra. Dos semanas después, otra sociedad abonaba mil cien bajo un concepto distinto. El recipiente regresaba al archivo con el peso alterado.

—Pago dividido —dije.

—O dos clientes distintos —respondió Nuria.

El borde de la mesa me apretó la palma cuando me incliné.

—¿Y si uno paga por abrir y otro por recuperar?

Robles no respondió. Nuria amplió los titulares de las sociedades. La consultora pertenecía a un abogado. La segunda, a un proveedor sanitario relacionado con el mismo procedimiento.

Dos intereses.

Una sola muestra.

La puerta se abrió y una agente entregó el inventario de la caja térmica recuperada en Pocomaco. Dentro estaba el recipiente de Bruno Lamas, todavía sellado. No contenía las muestras descritas, sino tres tubos con agua y un fragmento de tejido sin identificar.

Robles leyó el resumen sin sentarse.

—¿Coincide con lo que dijo Iria?

—Coincide con el método —dije.

—No con el autor.

Guardó el informe y pidió que Ferreiro comparara el tejido con los otros recipientes manipulados. La agente salió antes de que Nuria reanudara la tabla.

En la pantalla aparecieron pagos a Seijas.

No desde Custodia Atlántica.

Una asesoría le abonaba cantidades de doscientos a seiscientos euros por trabajos de digitalización. Los conceptos parecían normales y las facturas existían.

—Declarados —dijo Nuria—. Tributó por todos.

—Entonces no ocultaba el dinero —respondí.

—O no ocultaba ese dinero.

Robles pidió las fechas. Los abonos aparecían después de varios traslados, aunque ninguno coincidía exactamente con los pagos recibidos por Custodia.

Seijas no cobraba una comisión clara.

Cobraba horas.

Cuarenta horas por revisar un archivo de ocho páginas. Treinta y seis por digitalizar una carpeta ya escaneada. Veintidós por ordenar fotografías que no figuraban en el resultado final.

—Inflaba trabajos legales —dije.

Nuria corrigió una cifra con el cursor.

—Le pagaban por tiempo que nadie podía comprobar.

—Tiempo para hacer qué.

—Eso no está en una cuenta bancaria.

Mi teléfono vibró en el bolsillo. Lo apagué sin mirar, pero volvió a hacerlo. Robles señaló la puerta con la barbilla.

Salí al pasillo.

Clara había llamado dos veces. Cuando devolví la llamada, respondió desde un coche. Martina cantaba algo detrás y Lucas discutía con el cinturón.

—¿Ha pasado algo? —pregunté.

—La profesora quiere hablar contigo mañana.

Miré la puerta cerrada de la sala.

—Estoy en A Coruña.

—Eso ya lo sabe. Ha preguntado cuándo puedes conectarte.

Un carro de limpieza pasó rozándome la pierna. Me aparté hacia una ventana desde la que se veía la avenida del puerto, gris bajo las nubes.

—A primera hora.

—A primera hora tienes investigación.

—La moveré.

Clara no respondió enseguida. Martina golpeó el respaldo con los zapatos.

—No hace falta que prometas rápido —dijo Clara—. Hace falta que aparezcas.

Apreté el teléfono contra la oreja.

—Mándame la hora.

Lucas se acercó al altavoz.

—No preguntes qué ha hecho. No va de eso.

—No he preguntado.

—Todavía.

Clara le pidió que se sentara. El intermitente del coche marcó tres golpes detrás de su voz.

—Te envío el enlace —dijo—. Confirma cuando lo veas.

La llamada terminó sin despedidas largas. Guardé el teléfono y regresé.

Nuria había colocado una nueva columna. No contenía importes, sino nombres de procedimientos. En siete casos, el primer pago llegaba cuando alguien preguntaba por una prueba concreta.

—El precio no compra la desaparición —dijo Robles—. Compra que alguien la aparte del recorrido normal.

—Y después decide qué hacer con ella —añadí.

Nuria negó.

—Después decide otra persona. Las cuentas no muestran una cadena única.

Amplió un caso. Un abogado pagaba por conservar una copia. Meses más tarde, una empresa distinta abonaba dinero para recuperar el original. Entre ambos movimientos no había contacto bancario.

Seijas podía conocer los dos encargos.

Cid podía mover las cajas.

Ninguno necesitaba conocer al cliente del otro.

Robles rodeó tres fechas.

—Busque pagos relacionados con Varela.

Nuria filtró los últimos seis meses. Aparecieron dos ingresos pequeños y una factura pendiente. La primera empresa pertenecía a un despacho que defendía a un funcionario de prisiones. La segunda había sido creada por un familiar de Bruno Lamas.

La factura pendiente estaba emitida por Custodia Atlántica.

Concepto: localización y disponibilidad de material.

—No llegaron a pagarla —dije.

—Quizá no recibieron lo contratado —respondió Nuria.

El destinatario era una sociedad sin actividad reciente. Su administrador había fallecido hacía tres años.

Robles pidió el historial de cambios. La factura se había creado desde la cuenta de supervisión, pero el documento no figuraba en la contabilidad oficial. Permanecía guardado como borrador.

La fecha era anterior a la muerte de Varela por cuatro días.

—¿Quién podía verla? —pregunté.

—Administración y coordinación —dijo Nuria—. También quien tuviera el enlace interno.

Robles imprimió la factura y la introdujo en una funda.

—No vamos a buscar al muerto.

—Entonces ¿a quién?

Señaló el campo de contacto. No había nombre, solo un número de expediente.

Nuria lo cruzó con los registros judiciales. El procedimiento pertenecía a una causa cerrada en la que la muestra de Bruno Lamas había sido declarada destruida.

La misma muestra acababa de aparecer dentro de una caja térmica.

Robles ordenó congelar las cuentas vinculadas y citar a los dos pagadores identificados. Después me devolvió el teléfono, que yo había dejado sobre la mesa sin darme cuenta.

En la pantalla esperaba el enlace de la profesora.

Lo abrí, confirmé la hora y guardé el móvil.

Nuria observó el gesto, pero no preguntó.

Robles repartió las órdenes entre los agentes.

—Mañana, a primera hora, tú no vienes.

Levanté la cabeza.

—Tenemos dos citaciones.

—Y tú tienes otra.

No discutí.

Al otro lado del cristal, las transferencias bloqueadas seguían marcadas en rojo. Ninguna demostraba quién había vaciado los recipientes.

Pero por primera vez, el dinero ya no podía moverse.