A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La mujer del laboratorio

Iria Veiga arrancó la pulsera del hospital antes de sentarse.

La dejó junto al vaso de agua, con el nombre oculto contra la mesa. Habían tardado casi cuatro horas en localizarla porque la cita médica era real, aunque no figuraba en la clínica que su supervisor había indicado.

Robles colocó la grabadora entre las dos.

—¿Por qué salió por la puerta de personal?

Iria dobló la pulsera hasta partir el plástico.

—Porque vi dos coches policiales frente a mi edificio y no sabía si venían a buscarme o a contarle a alguien que me habían encontrado.

Yo permanecí junto a la ventana de la sala. Desde la planta alta se distinguía la cubierta de cristal del puerto, empañada por una lluvia que borraba los barcos.

—Su coche seguía en el garaje —dije.

—Vine en autobús. Conducir después de una infiltración no suele impresionar a los médicos.

Robles acercó la fotografía de la furgoneta abandonada. Iria no tocó el papel.

—Su firma autorizó la salida de la muestra de Bruno Lamas.

—Mi firma autorizó una corrección de temperatura.

—El sistema dice otra cosa.

—El sistema dice lo que alguien decidió que significara después.

Sacó del bolso una carpeta de cartón, sujeta con una goma gastada, y la puso sobre la mesa. Dentro había hojas de calibración, copias de correos y cuatro fotografías impresas en papel doméstico.

Robles mantuvo la grabadora encendida.

—¿Por qué se llevó esto?

—Porque Varela me enseñó lo que ocurre cuando uno deja el único ejemplar en el trabajo.

La primera hoja correspondía a la cámara refrigerada. Iria había firmado a las siete y dieciocho una subida breve de temperatura, pero el campo de traslado estaba vacío. A las nueve y seis, otra impresión mostraba su nombre unido a una retirada.

Las firmas digitales coincidían.

Las horas, no.

—¿Compartía la clave? —preguntó Robles.

Iria apartó el vaso para desplegar una hoja más grande.

—Compartíamos terminal. La tarjeta permanecía insertada durante el turno porque el lector se bloqueaba cada vez que cambiábamos de sala.

—Eso incumple el protocolo.

—También lo incumplía esperar veinte minutos para registrar una muestra urgente.

Robles marcó los dos horarios.

—¿Quién estaba en el laboratorio a las nueve?

—No lo sé con precisión. Salí a las ocho y media.

—Su supervisor afirma que salió antes de comer.

Iria apretó la goma entre los dedos.

—Mi supervisor firma horarios que no presencia.

La frase dejó un pequeño silencio. Un auxiliar abrió la puerta, retiró una bandeja vacía y volvió a cerrarla. Iria esperó a que sus pasos desaparecieran.

—No me escondí de ustedes —añadió—. Me escondí de quien podía saber dónde estaba antes de que ustedes preguntaran.

Robles sacó la imagen del hombre con chaqueta azul.

—¿Lo reconoce?

Iria acercó la fotografía hasta casi rozarla con la nariz. Después cubrió la matrícula con un dedo y estudió la postura.

—No.

—¿Cid?

—Ramiro no camina así.

—¿Cuántas veces lo ha visto caminar?

—Las suficientes para apartarme cuando empuja una camilla.

Robles cambió la fotografía por una ficha de Custodia Atlántica.

—Entonces lo conoce.

—Recogía devoluciones. Muestras rechazadas, recipientes dañados, material que debía volver al depósito de origen. No entraba escondido ni necesitaba chaquetas prestadas.

Aquello beneficiaba a Cid más de lo que esperaba. Moví una silla y me senté sin acercarme a las hojas.

—¿Estuvo allí esta mañana?

—No.

—¿Puede asegurarlo?

Iria bajó la vista hacia sus fotografías.

—Puedo asegurar que el hombre de la cámara no era él. No puedo asegurar quién estaba debajo de la visera.

Robles no corrigió la diferencia.

La puerta volvió a abrirse. Una enfermera entregó a Iria un sobre con el informe y le pidió que firmara la salida. Ella sostuvo el bolígrafo sobre la casilla hasta que Robles leyó el encabezado.

—Aquí sí sabe qué autoriza —dijo.

Iria firmó, arrancó su copia y la guardó en el bolso.

—En el laboratorio también lo sabía. Autorizaba comprobar una subida de temperatura, no entregar una caja.

Robles pidió a la agente que solicitara la versión de la pantalla. Si el texto había cambiado después, quedaría una diferencia entre el formulario visto por Iria y el almacenado en el servidor.

Por primera vez, su firma podía servir para defenderla.

—Hábleme de Varela.

Iria abrió la carpeta por la mitad. Las fotografías mostraban recipientes cerrados junto a imágenes antiguas de los mismos sellos. En uno, el adhesivo original tenía una burbuja cerca del número; en la imagen reciente, la superficie era lisa.

—Tomás empezó comparando precintos por aburrimiento —dijo.

—No parecía aburrirse con facilidad —respondí.

—Eso decía para que yo aceptara ayudarlo.

Señaló otra fotografía. Dos frascos compartían número, pero uno tenía el cuello más ancho. La hoja de calibración asociada registraba un peso inferior al esperado.

—Abrimos tres recipientes con autorización médica. Uno contenía agua destilada. Otro, tejido sin valor diagnóstico. El tercero estaba vacío.

—¿Bruno Lamas? —preguntó Robles.

—No. Tomás quería llegar a esa muestra cuando pudiera justificarlo.

—¿Quién recogió los recipientes abiertos?

Iria tardó demasiado en responder. Metió la pulsera rota dentro del bolso y cerró la cremallera.

—Custodia Atlántica.

—Nombre.

—Creo que Cid.

Robles dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Cree?

—Era alto, llevaba una chaqueta oscura y firmó como responsable. Pensé que era él porque ya había venido otras veces.

—¿Le vio la cara?

—De perfil.

—¿Fecha?

Iria buscó entre los correos hasta encontrar una impresión con el margen cortado.

—Febrero.

Robles giró la hoja. El encabezado conservaba el día, pero no el año. La fotografía adjunta se había impreso en blanco y negro, sin metadatos visibles.

—Esto no demuestra que fuera Cid.

—No he dicho que lo demuestre.

—Lo ha reconocido antes de reconocerlo.

La mandíbula de Iria se endureció, aunque sus manos siguieron ordenando documentos.

—Tomás también creyó que era él. Después encontró una devolución firmada por Cid el mismo día en Lugo. Dos lugares, una hora de diferencia.

El aire me raspó al entrar.

—Entonces alguien usaba su nombre.

—O yo mezclé dos recogidas. Por eso guardé los correos.

Robles abrió el más antiguo. El remitente pertenecía a Custodia Atlántica y confirmaba una devolución rutinaria. La firma final decía “R. Cid”, pero la dirección de respuesta correspondía a una cuenta compartida.

—Esto favorece su versión —dijo Robles.

—Favorece que alguien no quisiera aprenderse más nombres.

Iria deslizó la última hoja hacia nosotros. Era una tabla de calibración con siete fechas incompletas. Cuatro coincidían con los informes revisados por Varela. En tres, el peso del recipiente aumentaba después de regresar de Custodia Atlántica.

—El agua pesa —dije.

—Y permite cerrar un frasco sin devolver lo que contenía.

Robles pidió a la agente del pasillo que digitalizara todo y localizara los originales. Iria retuvo una fotografía antes de entregarla.

—Esta no salió del laboratorio.

En ella aparecía Varela frente a una mesa, sujetando la muestra de Bruno Lamas todavía precintada. Detrás, reflejada en el cristal de una vitrina, se distinguía otra persona con una bata corta.

—¿Quién hizo la foto? —pregunté.

—Yo.

—¿Cuándo?

—Tres días antes de que muriera.

Robles amplió el reflejo con el teléfono. El rostro quedaba cortado por el marco, pero la acreditación colgaba hacia fuera.

No pertenecía a Cid.

Tampoco a Seijas.

Iria retiró la fotografía de la luz.

—Tomás le pidió que comprobara el sello. Discutieron y él se marchó sin tocar el recipiente.

—Nombre —dijo Robles.

Iria observó la grabadora, después la puerta.

—No lo recuerdo completo.

Robles empujó hacia ella una hoja en blanco.

—Escriba lo que recuerde.

Iria tomó el bolígrafo y trazó dos letras separadas por un punto. Añadió un apellido que podía empezar por B o por R, tachó la primera consonante y dejó la palabra incompleta.

El teléfono de Robles vibró antes de que Iria soltara el bolígrafo. La patrulla de Pocomaco había localizado la caja térmica en un contenedor de residuos sanitarios.

Seguía cerrada.

Robles se levantó y ordenó que nadie la abriera fuera del laboratorio. Iria recogió la pulsera rota, pero no guardó la fotografía de Varela.

La dejó frente a mí.

—Si esa caja contiene la muestra, yo me equivoqué.

—¿En qué?

Se puso el bolso al hombro.

—En creer que solo estaban vaciando recipientes.

Robles abrió la puerta y llamó a la agente. Iria salió escoltada sin volver la cabeza.

Yo conservé la fotografía sobre la mesa, sin tocarla.

En el cristal, la persona de la bata no miraba la muestra.

Miraba a quien hacía la foto.