A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El archivo refrigerado

La alarma dejó de sonar cuando retiraron el último tornillo.

Un técnico del edificio separó la placa del lector y la depositó en una bandeja. Debajo, dos cables habían sido puenteados con una grapa metálica. La credencial temporal seguía activa en el sistema, aunque la puerta llevaba horas bloqueada.

Robles apoyó la autorización judicial sobre una caja de herramientas.

—¿Se puede saber quién entró?

El técnico acercó una linterna al hueco.

—Quién usó la tarjeta, sí. Quién llevaba la tarjeta, no.

El pasillo refrigerado olía a goma húmeda. Sonia Lema se frotó los brazos mientras una agente fotografiaba el puente.

Yo observé la pantalla del lector sin acercar las manos.

La credencial pertenecía a Mantelco Norte, empresa encargada de revisar sensores, compresores y cierres de emergencia. Había sido emitida automáticamente después de que una incidencia declarase inestable la temperatura de dos cámaras.

—La incidencia era falsa —dije.

Sonia negó con la barbilla.

—La subida existió. Siete décimas durante cuatro minutos.

—Suficiente para generar una orden.

—Suficiente para que nadie la discutiera.

Robles entregó el listado de accesos a la agente.

—Localice al técnico asignado y compruebe su vehículo. Sin llamadas a la empresa hasta tenerlo delante.

La mujer salió con el teléfono pegado al pecho. El operario dejó los tornillos flojos para que Científica retirara después la placa.

Entramos cuando la cámara térmica confirmó que no había nadie dentro.

Las puertas de acero dividían el corredor. BL-04 estaba al fondo, con condensación bajando desde la junta superior. Sonia introdujo su llave.

La puerta cedió con resistencia.

Dentro, una estantería sostenía doce recipientes blancos. El cuarto hueco estaba vacío.

Sonia se quedó inmóvil hasta que Robles le tocó el hombro.

—No entre.

La agente de Científica colocó una escala junto al estante y fotografió el rectángulo limpio. Había polvo fino en los bordes y una marca circular donde había descansado el recipiente de Bruno Lamas.

—¿Cuándo se comprobó por última vez? —preguntó Robles.

—Hace nueve días —respondió Sonia—. Yo misma hice el inventario.

—¿Lo abrió?

—No era necesario. Verifiqué peso, código y temperatura.

Robles señaló el hueco.

—Ahora sí es necesario.

Sonia tragó saliva y consultó la tableta. El registro afirmaba que el recipiente seguía allí, con un peso de ochocientos cuarenta gramos y sello intacto. La última lectura automática figuraba a las siete y doce de esa mañana.

—¿El estante pesa cada unidad? —pregunté.

—No. El dato se conserva del control manual.

La agente iluminó el hueco. Dos gotas resbalaban hacia la ventilación.

—Hay líquido.

Sonia entregó una tira reactiva. La agente recogió una gota con un bastoncillo y la guardó en un tubo.

—Puede ser condensación —dijo Robles.

—O agua del recipiente —respondí.

No añadió nada. Dio orden de examinar las once unidades restantes antes de moverlas.

El quinto recipiente pesaba cuarenta gramos menos que en el inventario. El sello coincidía, pero la tapa giró sin romperlo. Dentro había un frasco pequeño lleno de agua destilada y varias gasas dobladas para ocupar espacio.

Sonia apoyó la tableta contra el pecho.

—Eso no estaba así.

Robles pidió una bolsa nueva.

—No necesitamos que lo jure. Necesitamos saber cuántos.

Revisamos los recipientes. Dos contenían las muestras correctas. Tres exigían autorización médica. En otro, el número del frasco no coincidía con la etiqueta exterior.

El archivo no había sufrido un único robo.

Había sido utilizado durante años.

El frío endureció mi camisa. Dejé pasar a Ferreiro, que llegó con una mascarilla al cuello.

—¿Dónde está Lamas?

Robles indicó el hueco.

Ferreiro se puso guantes y examinó la marca circular sin entrar.

—¿Qué contenía?

—Sangre, humor vítreo y una muestra de tejido —dijo Sonia.

—¿Para qué seguía conservado?

—Revisión pendiente por discrepancia toxicológica.

Ferreiro giró hacia mí.

—La que encontró Varela.

—La que no llegó a firmar —dije.

Tomó el tubo con la gota transparente y lo levantó hacia la luz.

—Esto no es suficiente para identificar nada.

—Pero puede demostrar que el recipiente fue vaciado aquí —respondió Robles.

Ferreiro devolvió el tubo.

—O que alguien derramó agua al limpiar. El laboratorio decidirá.

El teléfono de Robles vibró. Habían localizado al técnico de Mantelco en Meicende. Su furgoneta no había salido y la tarjeta seguía en su cartera.

—Clonada —dije.

El operario del edificio negó mientras recogía un destornillador.

—No hace falta clonar nada. La orden genera un código de emergencia que llega al panel del vehículo asignado.

—¿Quién puede verlo?

—Mantenimiento, coordinación del edificio y la subcontrata que gestiona avisos nocturnos.

Sonia desbloqueó la orden de trabajo. En la esquina aparecía el nombre de la subcontrata.

Servizos Noroeste.

Robles amplió los datos societarios. La empresa compartía domicilio fiscal con una sociedad que facturaba reparaciones a Custodia Atlántica.

La conexión estaba en una casilla que nadie necesitaba leer.

—Cid no necesitaba conocer la investigación —dije—. Solo ver que una muestra bloqueada había generado una incidencia.

—Necesitaba saber qué muestra buscaba —respondió Robles.

Sonia abrió el historial administrativo. Varela había solicitado consultar BL-04 dos veces. Tras su muerte, el juzgado había ordenado preservar todas las referencias relacionadas con sus cuatro informes.

La orden de preservación entró en el sistema general antes de que se restringieran los accesos técnicos.

Durante treinta y dos minutos, cualquier empresa asociada pudo ver el código y la prioridad judicial.

Robles pasó el dedo por la línea horaria.

—Ahí está la ventana.

—No una filtración —dije.

—Una rutina.

La orden no había pasado por una persona concreta; había recorrido programas, empresas y turnos hasta llegar a quien esperaba una oportunidad. Nadie tuvo que traicionar a Robles. Bastó con que cada oficina cumpliera su parte sin preguntarse qué hacía la siguiente.

La palabra pesó más que el recipiente ausente.

La agente de Científica encontró una fibra azul atrapada en la junta inferior. No la retiró hasta fotografiarla con una regla. Sonia consultó el registro de uniformes autorizados.

Mantelco vestía gris.

Servizos Noroeste, azul oscuro.

Robles pidió las cámaras del muelle. El vigilante adelantó la grabación hasta el momento en que la credencial empezó a funcionar. Un hombre con chaqueta azul salió del archivo empujando una caja térmica, cruzó bajo una cámara y cargó el bulto en una furgoneta de mantenimiento.

La visera ocultaba la cara.

La matrícula, no.

Sonia introdujo el número en el sistema. La furgoneta pertenecía a Servizos Noroeste, que también realizaba traslados refrigerados para Custodia Atlántica cuando fallaba un vehículo propio.

Sonia abrió la auditoría del aviso. La solicitud no se había enviado desde el edificio, sino desde el portal de Custodia Atlántica reservado para contingencias de transporte.

El usuario figuraba como «coordinación externa», una cuenta compartida por cuatro responsables.

Cid era uno de ellos, pero el sistema no guardaba qué persona había escrito la clave.

Robles pidió conservar los terminales antes de que alguien pudiera alegar otra avería en la empresa.

—No han entrado a reparar —dije.

—Han entrado con permiso para retirar lo que podía estropearse —respondió Robles.

El protocolo de emergencia autorizaba el traslado provisional sin orden judicial adicional, siempre que un empleado del archivo validara la salida. Sonia abrió la firma digital.

Iría Veiga. Auxiliar de laboratorio.

—¿Está trabajando? —preguntó Robles.

Sonia llamó a su puesto. Nadie respondió. Probó con el supervisor y recibió una contestación que le vació la cara.

—Salió antes de comer.

—¿Motivo?

—Dijo que tenía una cita médica.

Robles ordenó localizarla sin avisar a la empresa. Otra agente transmitió la matrícula de la furgoneta a las patrullas, mientras Ferreiro recogía las gotas del hueco y sellaba el tubo.

La respuesta llegó antes de que terminara.

Habían encontrado la furgoneta en una calle de Pocomaco, aparcada junto a un taller cerrado. Las puertas no estaban forzadas. Dentro solo quedaban correas de sujeción y una manta térmica húmeda.

—¿Conductor? —preguntó Robles.

—Nadie.

—¿Caja?

La agente negó.

Robles se dirigió al ascensor y me cortó el paso con un gesto.

—Tú te quedas.

—Iria puede reconocer a quien vino.

—Por eso no vas a aparecer delante de ella antes de que declare.

Le entregué la copia del registro sin discutir. Ferreiro agitó el tubo con la gota transparente y lo sostuvo bajo la luz.

Un sedimento lechoso empezó a separarse en el fondo.

—No vaciaron el recipiente antes —dijo—. Lo hicieron aquí.

Las puertas del ascensor recibieron a Robles y a dos agentes. Cuando se cerraron, la radio confirmó que el domicilio de Iria estaba abierto y que su coche seguía en el garaje.

Dentro no respondía nadie.