CAPÍTULO 17
Copias de seguridad
El precinto cedió al tercer corte.
La técnica retiró la cinta y dejó sobre el carro dos bolsas: una llave de panel, un localizador arrancado y varias etiquetas de la flota.
Robles separó las bolsas con el canto de la mano.
—Para no volver a mezclarlos: el U-7 siguió a Varela tres días antes y regresó al registro conducido por Cid. El U-3 salió sin localizador durante la franja de la muerte.
—Y Varela había subido antes al U-3 —dije.
—Con una caja que no volvió a sacar.
La técnica empujó el carro hacia el depósito. Una rueda chocó contra el suelo y desplazó una bolsa, que detuve sin abrir los dedos sobre el plástico.
Robles comprobó dónde había apoyado la mano y, al ver que mis dedos seguían sobre el plástico, aflojó la mandíbula.
—Eso cuenta como no tocar.
Seguimos a Sonia Lema por el sótano judicial, todavía frío, entre estanterías que terminaban ante puertas cortafuegos numeradas.
Sonia acercó su tarjeta a la primera cerradura.
—Aquí no guardamos pruebas activas. Solo documentación de bajas, fotografías de control y referencias de destrucción.
—Material que ya no existe —dije.
—Material que debería haber dejado de importar.
La puerta se abrió con un golpe seco. Detrás había cajas estrechas, archivadores ignífugos y bandejas con discos duros inutilizados. Sonia tomó un lector portátil y escaneó la primera etiqueta.
El aparato emitió un pitido grave mientras la pantalla desplegaba las consultas de Varela.
—Entró en diecinueve referencias de esta sala —dijo—: once figuraban destruidas y ocho, devueltas a origen.
Robles le entregó la autorización.
—Empiece por las destruidas.
Sonia subió dos peldaños y sacó una caja gris. El polvo rodeaba su hueco, aunque la tapa limpia delataba una apertura reciente.
La dejó en una mesa alta y rompió el sello administrativo.
Dentro había fotografías, recibos de destrucción y etiquetas recortadas. Cada grupo repetía un número escrito con tinta y perforado en el papel.
—¿Por qué conservar el duplicado? —pregunté.
Sonia colocó una fotografía bajo la lámpara.
—Para acreditar que se destruyó el objeto correcto.
—La fotografía ya lo acreditaba.
—La fotografía acredita una forma. El número acredita una pieza.
Robles tomó unas pinzas y levantó una etiqueta. Debajo aparecía una segunda imagen del mismo disco, tomada desde otro ángulo. La fecha era anterior al recibo de destrucción por cuatro días.
—¿Quién hacía estas fotografías? —preguntó.
Sonia buscó el código impreso en el margen antes de contestar.
—El técnico responsable del traslado.
Giró la hoja sin pronunciar el nombre, que apareció mecanografiado bajo la fecha: Mateo Seijas.
El papel se me quedó pegado a la yema del guante. Lo solté sobre la mesa.
—No destruía sin mirar.
—Eso no demuestra que guardara nada —dijo Robles.
Sonia abrió el siguiente grupo. Faltaba la etiqueta física, aunque el recibo afirmaba que había sido triturada junto al soporte. En su lugar quedaba una reproducción fotográfica a tamaño real.
Pasamos a otra caja y después a una tercera, repitiendo el procedimiento sin encontrar dos grupos organizados de la misma manera.
En la cuarta caja faltaban tres etiquetas, y señalé los huecos antes de que Sonia retirara el separador.
—Se las quedó.
Sonia sacó una bolsa del fondo y volcó sobre la mesa varios fragmentos deformados por el calor.
—Estas se despegaron durante la destrucción. Las guardamos porque el adhesivo contiene el número.
Una pieza llevaba la firma de Seijas y otra, la de una técnica distinta; había condenado una ausencia antes de revisar el resto.
Robles acercó los fragmentos al recibo correspondiente.
—Dos pesos coinciden, pero el tercero no.
Faltaban ciento ochenta gramos. En la fotografía inicial, el disco llevaba carcasa metálica; en la destrucción solo aparecía plástico negro bajo las cuchillas.
—Pudo romperse por separado —dijo.
—O entrar otro objeto con el mismo número —respondí.
Robles marcó la línea con un adhesivo blanco y devolvió la ficha al centro de la mesa.
—Una posibilidad no equivale a seis pruebas.
Comparé los bordes, pero el reflejo borraba los tornillos. Guardé el aumento sin convertirlo en respuesta.
El patrón evitaba parecer un procedimiento: faltaban imágenes, no coincidían números y dos recibos llevaban firmas de funcionarios que estaban de baja.
Robles pidió que precintaran las tres cajas.
—No quiero interpretaciones todavía. Quiero saber cuántas referencias alteró Seijas.
Sonia apoyó el lector contra su cintura.
—Eso puede llevar semanas.
—Empiece por las que consultó Varela.
La pantalla mostró una lista en la que cuatro códigos correspondían a los informes reabiertos por el forense. Otro empezaba por M, aunque no terminaba en uno.
Me acerqué lo suficiente para leerlo sin señalar.
—Amplíelo.
Sonia tocó la línea y abrió la ficha de un receptor externo retirado de una habitación doce años atrás, durante la noche de David. El número de serie coincidía en los primeros nueve caracteres con el inventario del M-1; los tres últimos eran distintos.
—No es el mismo dispositivo —dijo Robles.
—Es de la misma serie.
Sonia negó mientras desplazaba la ficha hasta el apartado técnico.
—No pertenece a la misma serie. Es una imagen espejo.
La palabra me tensó la espalda contra la camisa.
—Explíquelo sin informática.
—Un soporte conectado al receptor copió su contenido completo. El sistema asignó otro número porque lo trató como dispositivo auxiliar.
Robles señaló la hora de creación, impresa junto al identificador del dispositivo.
Veintitrés cuarenta y uno.
La orden de manipular la grabación oficial llegó después.
—La copia se hizo antes de que faltaran los once minutos —dije.
—La copia empezó antes —corrigió Sonia— y tardó seis minutos en completarse.
El registro terminaba a las veintitrés cuarenta y siete. Un minuto después, Seijas firmó la retirada del receptor; la secuencia dejaba poco espacio al error.
Robles pidió a Sonia que imprimiera la ficha. La máquina del pasillo despertó con un traqueteo irregular.
—¿Dónde está el soporte auxiliar?
Sonia bajó hasta el último campo, donde dos palabras ocupaban una franja gris.
Destrucción certificada.
La fecha era de cinco meses después y la firma pertenecía a Seijas.
—Demasiado fácil —dije.
Robles arrancó la hoja de la impresora.
—Demasiado oficial.
Sonia introdujo el código de destrucción, y el sistema abrió un inventario secundario que no figuraba en la ficha principal. Allí seguían registrados el peso, el embalaje y una fotografía tomada el día anterior a la supuesta eliminación.
El soporte aparecía dentro de una bolsa transparente.
En la esquina inferior había una pegatina amarilla: COPIA DE SEGURIDAD.
—¿Eso es normal? —preguntó Robles.
—En equipos judiciales, sí; antes de destruir un soporte se conserva una imagen durante seis meses por si falla el certificado.
—¿Y después?
Sonia pasó el dedo por la pantalla, pero el campo de eliminación definitiva estaba vacío.
El pitido de otro lector llegó desde el pasillo contiguo. Un empleado apareció con una caja en brazos y se detuvo al ver a los agentes.
—Esa baja está suspendida —dijo Sonia.
—No vengo a destruirla. Mantenimiento pide acceso al refrigerado.
Robles abandonó la mesa.
—¿Qué refrigerado?
El empleado dejó la caja en el suelo y mostró la orden de trabajo. La empresa revisaría sensores de dos cámaras. La solicitud se había generado después del bloqueo de las referencias consultadas por Varela.
Sonia leyó el código del primer recinto.
BL-04.
Bruno Lamas.
Robles le quitó la orden sin romperla.
—Cancele el acceso.
—La credencial temporal ya está emitida.
—Desactívela.
Sonia corrió hacia el terminal, tecleó la clave y, cuando el sistema rechazó la orden, probó con su tarjeta física. La pantalla cambió a rojo.
CREDENCIAL EN USO.
El empleado señaló el reloj de la pared.
—La cámara está en el otro edificio.
Robles ordenó por radio cerrar los accesos y retener al personal. Sonia intentó llamar al archivo, pero le bajó el teléfono.
—Nada de avisos; viene con nosotros.
Cogí la copia impresa de M-1 y la introduje en la funda que sostenía la agente; el papel aún estaba caliente.
La puerta cortafuegos empezó a cerrarse, pero Robles pasó por debajo sin reducir el paso y yo la seguí mientras el borde de metal rozaba mi hombro.
Al cruzar el aparcamiento, la lluvia golpeó el techo de chapa y Sonia perdió el paso; Robles la sujetó por el codo sin detenerse ni volver la cabeza.
En el aparcamiento, el coche arrancó antes de que Sonia terminara de cerrar su puerta. La radio confirmó que nadie había salido del archivo refrigerado.
Tampoco podían abrirlo desde fuera.
La credencial temporal llevaba nueve minutos activa.