CAPÍTULO 16
Ramiro Cid
La mancha del puño era grasa hidráulica.
El informe llegó antes de que Ramiro Cid se sentara frente a nosotros. Robles lo dejó sobre la mesa sin abrirlo. El abogado de la empresa ocupó la silla contigua y alineó un bolígrafo con el borde de su carpeta.
Cid miró mi acreditación gris.
—Pensé que esto era una declaración policial.
—Lo es —dijo Robles.
—Entonces sobra gente.
Robles pulsó la grabadora. La luz roja se encendió.
—El señor Barral permanece como observador autorizado. Usted ha venido voluntariamente y puede marcharse cuando quiera.
El abogado tocó el antebrazo de Cid antes de que respondiera. Afuera, los coches bajaban por Alfonso Molina sobre el asfalto mojado. El ruido llegaba amortiguado, como si la sala estuviera debajo de la carretera.
Cid retiró las manos de la mesa.
—Pregunten.
Robles abrió una fotografía del coche blanco. La matrícula aparecía limpia bajo la luz del muelle.
—Afirmó que Varela subió por voluntad propia.
—Lo vi entrar.
—¿En ese vehículo?
—En uno de la empresa.
—¿Con quién?
Cid miró al abogado. Él no se movió.
—Con el conductor.
Robles giró la fotografía hacia él.
—No juegue con los artículos.
Cid apoyó un dedo sobre la matrícula, sin tocarla del todo.
—No vi la cara.
—Pero reconoció el coche.
—Los compro yo.
Saqué la hoja de accesos encontrada en Custodia Atlántica. El nombre de Varela figuraba tres días antes de su muerte. Entrada a las diecisiete treinta y dos. Salida, dieciocho cuarenta y nueve.
—Estuvo más de una hora en su despacho.
Cid dejó de mirar la foto.
—Pidió información sobre un servicio antiguo.
—TV-4 —dije.
El abogado giró la cabeza hacia Robles.
—Mi cliente no tiene obligación de responder a ese señor.
—Mi obligación tampoco es gustarle —dije.
Robles cubrió la hoja con la palma.
—Barral observa.
La piel del cuello me rozó el cuello de la camisa. Me recosté en la silla.
Cid sonrió apenas.
—Varela preguntó por traslados de vestigios. No recuerdo el número.
Robles sacó una segunda hoja. Era el registro de impresión de su despacho. TV-4 aparecía repetido seis veces.
—Su impresora sí.
El abogado acercó el documento. Cid no lo leyó. Se limitó a desplazar el bolígrafo que había dejado torcido.
—Le imprimí lo que pidió.
—Documentación restringida.
—Una hoja de ruta sin nombres.
—Con un precinto sustituido.
El silencio le endureció la boca.
Robles abrió otra imagen. Mateo Seijas salía de un edificio judicial con una carpeta bajo el brazo. Cid la observó durante un segundo y apartó la vista hacia el cristal.
—¿Cuándo conoció a Seijas?
—Hace años.
—¿Cuántos?
—No llevo un calendario de cada funcionario.
Robles dejó tres contratos sobre la mesa. En todos, Seijas figuraba como contacto técnico. La firma de Cid cerraba las adjudicaciones.
—Tres servicios en nueve años. Digitalización, retirada de soportes y destrucción certificada.
—Encargos administrativos.
—¿También acudía a sus almacenes?
—Cuando el contrato lo requería.
Toqué la esquina del último documento. La fecha coincidía con el traslado del M-1.
—¿Lo requirió aquella noche?
Cid me sostuvo la mirada. El ojo izquierdo tenía una vena roja junto al iris.
—Aquella noche yo conducía ambulancias.
Robles retiró mi mano del papel con dos dedos.
—Hable de ese trabajo.
Cid se ajustó el puño limpio.
—No tiene relación.
—Transportó internos, detenidos y pacientes sedados. Después coordinó traslados penitenciarios.
El abogado levantó el bolígrafo.
—Eso consta en su vida laboral. No en una causa penal.
Robles colocó la fotografía de la punción detrás de la oreja de Varela. No mostró el cuerpo entero. Bastó el círculo de piel oscura junto a la regla forense.
Cid acercó la cara.
—No sé qué estoy mirando.
—Una entrada de aguja.
—Entonces pregunte a un médico.
—Le pregunto a quien trabajó con inmovilizaciones y sedación.
El abogado cerró la carpeta.
—Se acabó.
Cid le puso una mano encima. No para detenerlo. Para mantenerla cerrada.
—En una ambulancia no decide el conductor.
—Pero sabe cuánto tarda una sustancia en reducir a alguien —dije.
Robles no me corrigió.
Cid se inclinó hacia mí. Olía a jabón fuerte, el mismo de los dispensadores del edificio.
—Usted también sabe cuánto tarda un hombre en morir. No lo convierte en asesino.
El borde de la mesa presionó mis costillas cuando avancé. Robles deslizó la fotografía fuera de mi alcance.
—¿Dónde estaba anteanoche entre las nueve y las once?
Cid volvió a apoyarse en el respaldo.
—Hotel Atlántico. Cena de la asociación de transportistas.
El abogado abrió una carpeta distinta. Sacó el recibo del aparcamiento, una factura y una lista de asistentes. Veintitrés nombres.
—Mi cliente intervino a las nueve y cuarto —dijo—. Hay grabación completa. Abandonó el salón a las once y veintisiete.
Robles comprobó las horas. Yo tomé el recibo. Entrada, diecinueve doce. Salida, veintitrés treinta y uno.
—Pudo marcharse sin sacar el coche.
—No se levantó del estrado hasta las diez —respondió el abogado—. Después cenó en la mesa principal.
Cid cogió la botella de agua. El plástico crujió bajo su mano.
—¿Ya puedo ser otra persona?
Robles no contestó. Envió una fotografía de la lista a la agente del pasillo y esperó la confirmación. Nadie habló mientras la luz roja seguía fija sobre la grabadora.
El mensaje llegó dos minutos después. Vídeo del acto recibido. Cid aparecía en plano durante casi toda la franja probable de la muerte.
Robles apagó la pantalla del teléfono.
—Su coartada se comprobará completa.
—Comprueben también el postre.
El abogado guardó las facturas. Creyó que había terminado.
El aire acondicionado arrancó sobre nuestras cabezas. Una hoja tembló junto al informe y Cid la sujetó con dos dedos, sin mirar su nombre impreso allí.
Robles abrió el registro de flota.
—A las nueve y cuatro salió otro vehículo de Custodia Atlántica. Sin servicio asignado y con el localizador desconectado.
Cid dejó la botella.
—¿Cuál?
—U-3.
La pregunta había salido demasiado rápida.
Robles apoyó el dedo sobre el código.
—¿Quién podía utilizarlo?
—Cualquier conductor de guardia.
—No había guardia.
—Entonces alguien no registró el turno.
El abogado le rozó la manga. Cid apartó el brazo.
—El U-3 se usaba para incidencias.
—Sin localizador.
—Si estaba averiado.
—El parte de avería se creó ayer por la mañana —dijo Robles—. Después de que apareciera Varela muerto.
Cid miró el documento. La mandíbula se le movió una vez.
—Pregunte a mantenimiento.
—Ya lo hemos hecho.
Robles pulsó el interfono. Una agente entró con una bolsa de pruebas. Dentro había un conector negro y un trozo de cable.
—Lo retiraron del U-3 —dijo—. El localizador no falló. Lo desconectaron desde el salpicadero.
Cid no tocó la bolsa.
—Eso no necesita un técnico.
—Necesita la llave del panel —respondió la agente.
Robles puso sobre la mesa la fotografía del armario de Custodia Atlántica. El gancho del U-3 estaba vacío.
—La llave no apareció durante el registro.
El abogado se levantó.
—Mi cliente ha respondido suficiente.
Cid siguió sentado.
—La llave estaba en mi despacho.
—No estaba —dije.
—Entonces alguien la cogió.
—¿Seijas?
La silla del abogado golpeó el suelo.
—No responda.
Cid levantó la vista hacia mí. Ya no había sonrisa.
—Mateo no conduce.
—Pero sabe quién lo hace.
Robles cerró el registro.
—¿Quién llevaba el U-3?
Cid se puso de pie con lentitud. El abogado le entregó el abrigo, pero él no lo cogió.
—No lo sé.
—Sabe algo más —dije.
Cid miró la grabadora apagada. Después señaló la puerta.
—Ha dicho que puedo irme.
Robles se apartó.
El pasillo estaba vacío cuando salimos. Cid caminó hasta el ascensor. Su abogado pulsó el botón y evitó mirarnos.
Antes de que llegara, una agente apareció desde la escalera con una tableta.
—La visita de Varela —dijo—. Tenemos la cámara del muelle.
Robles tomó el dispositivo. En la imagen, Varela subía al U-3 a las dieciocho cincuenta y dos, tres días antes de morir. Nadie lo empujaba. El conductor permanecía oculto por el reflejo del parabrisas.
Cid observó la pantalla desde el ascensor abierto.
—Se lo dije.
La agente pasó al siguiente fotograma.
Varela llevaba una caja rectangular sobre las rodillas.
Al bajar del vehículo cuarenta minutos después, ya no la tenía.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Metí la mano antes de que se juntaran. Cid no retrocedió.
—¿Qué dejó en el coche?
El abogado apartó mi brazo.
Cid sostuvo mi mirada desde el fondo del ascensor.
—La pregunta no es qué dejó.
Las puertas volvieron a moverse.
—Es qué vino a recuperar.