A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El coche blanco

La puerta del archivo se cerró antes de que pudiera cruzarla.

Robles mantuvo una mano sobre el pomo. Al otro lado, dos agentes fotografiaban estanterías metálicas y una técnica conectaba un duplicador al servidor de Custodia Atlántica. El ventilador del equipo expulsaba aire caliente con olor a polvo.

—La autorización incluye los registros —dije.

—No te incluye a ti dentro de una habitación sin terminar de documentar.

Retiré el pie. Robles abrió solo lo necesario para dejar salir a la técnica. Llevaba tres discos numerados dentro de bolsas transparentes.

—La copia tardará una hora —dijo—. El sistema tiene dos bases distintas.

—¿Para qué?

La mujer miró a Robles.

—Una gestiona los servicios. La otra corrige incidencias.

—Bonita palabra —dije.

Robles cerró la puerta.

El edificio estaba en el polígono de A Grela, entre talleres y naves de fachada gris. La lluvia había dejado charcos negros frente a los muelles. Dentro, ocho empleados esperaban separados en la sala de tráfico, con los teléfonos requisados sobre una mesa.

El coche que había seguido a Varela continuaba fuera.

Me acerqué al panel de rutas. Doce imanes representaban la flota. Once ocupaban casillas verdes. El último, marcado como U-7, seguía bajo una franja roja.

—No lo toques —dijo Robles.

—Estoy leyendo.

—Lees con las manos.

Las guardé en los bolsillos.

Una agente salió del despacho contiguo con varias hojas. Las dejó sobre una mesa plegable y señaló tres matrículas.

—Cambios de conductor sin firma. Dos de esta semana y uno de hace cuatro meses.

Robles tomó la primera hoja. Yo me coloqué a su lado.

El vehículo había salido con Xoán Barreiro y regresado con otro empleado. El kilometraje superaba en veintiocho kilómetros la ruta prevista. La hora coincidía con una visita de Varela a un depósito judicial.

El papel se endureció entre mis dedos.

—Desvió el coche.

Robles no levantó la vista.

—Sobran kilómetros.

—Veintiocho.

—Eso sigue siendo una distancia, no una confesión.

Busqué el itinerario en el plano fijado a la pared. El trayecto legal bordeaba la ciudad y tomaba la carretera de Arteixo. Con el desvío podía llegar al depósito, esperar y regresar.

Marqué la curva sin tocar el mapa.

—Encaja.

La jefa de tráfico, sentada al otro extremo, soltó una risa breve. Tenía las muñecas apoyadas sobre las rodillas.

—Encaja porque falta una hoja.

Robles giró hacia ella.

—¿Cuál?

—La asistencia. Reventó una rueda junto a Marineda. La grúa lo llevó al taller y volvió por otra salida.

Un agente revisó una carpeta de mantenimiento. Sacó un parte sellado y lo colocó junto a la ruta. Veintisiete kilómetros y medio añadidos.

El calor me subió por el cuello.

Robles alineó los dos documentos.

—Ya tenemos veintisiete y medio.

—Faltan quinientos metros —dije.

—Detén al conductor.

La jefa de tráfico sonrió sin enseñar los dientes.

Aparté la hoja. La esquina me raspó el pulgar.

La técnica regresó con una tableta.

—He abierto la base de incidencias. No corrige solo errores. Conserva versiones anteriores.

Pulsó la pantalla. Aparecieron rutas cerradas, fotografías de precintos y firmas digitales. Varias líneas tenían una marca amarilla.

—Cuando un conductor cambia un dato, el sistema guarda el original. Ellos no lo ven desde sus cuentas.

Robles acercó una silla.

—Enséñanos una modificación completa.

La técnica abrió un servicio del año anterior. Una caja había salido de un juzgado con el precinto 4481. La recepción registraba el mismo número. En medio, alguien lo había sustituido por 4487 y después había restaurado el inicial.

—¿Quién hizo el cambio? —pregunté.

—Usuario de supervisión.

—¿Barreiro?

—La cuenta no identifica a una persona.

La jefa de tráfico movió un pie.

Robles oyó el roce.

—¿Cuántos conocen la clave?

—Los responsables.

—Nombres.

La mujer miró los teléfonos alineados sobre la mesa.

—Barreiro. Ramiro Cid. Yo.

Robles empujó una hoja hacia ella.

—Escríbalos.

La jefa de tráfico cogió el bolígrafo. La punta quedó suspendida sobre el papel.

—Cid no lleva rutas.

—No le he preguntado qué lleva.

Escribió tres nombres.

La técnica abrió la fotografía de entrega. Una caja gris ocupaba el centro. El precinto parecía intacto.

—Comprueba el archivo original —dije.

—Ya lo estoy haciendo.

Amplió los metadatos. La fotografía figuraba tomada a las dieciséis doce, cuarenta minutos antes de que el vehículo llegara al destino. La ubicación correspondía al muelle de salida de Custodia Atlántica.

Robles tocó el borde de la tableta.

—Usaron la foto inicial para cerrar la entrega.

—Eso permite devolver otra caja —dije.

—Permite fingir que el precinto seguía igual.

La técnica deslizó el historial. Había seis servicios con el mismo patrón. Distintas provincias. Distintos conductores. Todos incluían una parada sin justificar de entre doce y veinticuatro minutos.

Abrí el plano de rutas.

Las paradas no llevaban a un único almacén. Una quedaba junto a un aparcamiento. Otra, detrás de un centro sanitario. Dos aparecían en áreas de servicio.

No necesitaban un lugar fijo.

Solo tiempo y una puerta que pudiera cerrarse.

La técnica abrió una séptima ruta.

La fotografía era anterior a la entrega. El localizador había quedado mudo. Marqué la línea con la uña.

—Otra.

—No —dijo ella.

Amplió el parte adjunto. Una jueza había ordenado cambiar el embalaje porque el primero llegó mojado. La entrega se fotografió de nuevo antes de continuar. Había firmas, testigos y una llamada registrada.

Robles retiró mi mano de la hoja.

—El método puede parecerse sin ser el mismo.

—También puede esconderse detrás de un procedimiento correcto.

—Y tú puedes convertir siete casos en culpables porque seis te gustan.

La frase quedó entre los dos. La jefa de tráfico bajó la vista.

Pedí una copia del parte legítimo y la coloqué junto a los otros. Las diferencias eran pequeñas: dos firmas en lugar de una, hora automática, nombre completo del receptor. En los seis servicios dudosos, la corrección la hacía una cuenta de supervisión y nadie dejaba constancia.

La agente rodeó los campos ausentes.

—No buscamos desvíos —dijo—. Buscamos rutas a las que les quitaron los testigos.

Robles asintió.

—Eso sí podemos demostrar.

La agente de las hojas dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Kilometrajes alterados. El valor final se introducía a mano cuando fallaba el localizador.

—¿Fallaba? —preguntó Robles.

—Eso escribían.

Revisé las fechas. Cuatro fallos coincidían con las fotografías anticipadas. En otros tres, el localizador funcionaba, pero el identificador del vehículo cambiaba durante unos minutos.

Señalé la secuencia.

—Intercambiaban los dispositivos.

La técnica negó.

—No se pueden desmontar sin romper el sello.

—Entonces duplicaban la señal.

—Tampoco.

Robles cruzó los brazos.

—Deja que termine.

La técnica abrió el inventario de equipos. Dos vehículos compartían el mismo código interno. Uno era el U-7. El otro figuraba dado de baja ocho años atrás.

Sentí el borde de la mesa contra la cadera.

—Conservaban un segundo coche.

—Conservaban un número —corrigió Robles.

La jefa de tráfico apretó el bolígrafo.

—Ese vehículo se desguazó.

—¿Dónde está el certificado? —preguntó Robles.

—En administración.

Un agente fue hacia la puerta. Ella lo siguió con los ojos.

La radio de Robles crepitó.

El equipo situado en la entrada acababa de ver luces al final de la calle. Un coche blanco avanzaba despacio entre los charcos, sin logotipo en las puertas. La matrícula coincidía con U-7.

Robles apagó la pantalla.

—Nadie se mueve.

Los empleados levantaron la cabeza. Un agente bajó las persianas interiores. La luz de los faros cruzó las lamas y recorrió la pared.

El motor se detuvo frente al muelle.

No oí ninguna puerta.

Robles señaló a dos policías y después la salida lateral. Yo permanecí junto a la mesa. La jefa de tráfico dejó caer el bolígrafo.

—Puede venir vacío —murmuró.

—¿Qué debería traer? —pregunté.

Ella cerró la boca.

Un golpe metálico sonó en el exterior. Luego otro. La persiana del muelle empezó a subir desde fuera.

Los agentes tomaron posiciones.

Aparecieron primero los zapatos del conductor. Después un pantalón oscuro y una chaqueta mojada. El hombre entró tirando de una transpaleta vacía.

Ramiro Cid soltó el asa.

No miró las armas. Miró las hojas extendidas sobre la mesa y el imán rojo del panel.

—Han mezclado los registros —dijo.

Robles avanzó un paso.

—Apártese del vehículo.

Cid obedeció. Dejó las llaves en el suelo y las empujó con la punta del zapato.

—Ese coche no siguió a Varela.

—¿Quién lo hizo?

Cid se quitó la chaqueta con la vista sobre mí. En el puño derecho había una mancha oscura que no era agua.

—Empiecen preguntando por qué Varela subió por voluntad propia.