CAPÍTULO 14
El paseo marítimo
El hombre de la gorra azul se detuvo cuando yo me detuve.
No miró el mar. Fingió leer el menú de una cafetería cerrada y mantuvo las manos dentro de los bolsillos. En el cristal del local vi su perfil y, detrás, el paseo del Orzán curvándose hacia Riazor.
Seguí andando.
Mercedes llevaba varias horas declarando ante el juez. La llave de la taquilla continuaba precintada y Robles me había mandado fuera del edificio antes de que confundiera esperar con ayudar.
El viento empujaba sal contra la barandilla. Mis pasos se mezclaban con el golpe regular de las olas.
El hombre reanudó la marcha.
Saqué el teléfono sin volver la cabeza. Robles respondió al segundo tono.
—No digas mi nombre —dije.
—Eso suele significar que vas a hacer algo estúpido.
—Gorra azul. Chaqueta negra. Cincuenta metros detrás. Lleva conmigo desde la calle Hospital.
—¿Te ha hablado?
—No.
—¿Ha enseñado un arma?
—No.
—Entonces sigue andando.
Guardé el teléfono. No aceleré.
Un autobús urbano pasó junto al paseo y tapó durante dos segundos el reflejo de los escaparates. Cuando desapareció, el hombre había cruzado a la acera contraria.
No intentaba acercarse.
Intentaba conservar el ángulo.
Me paré frente a un quiosco y compré una botella de agua. El vendedor dejó las monedas sobre una bandeja de plástico. Mientras las recogía, miré la superficie pulida.
La gorra azul esperaba junto a una marquesina.
No tocaba el móvil. No fumaba. No observaba a nadie más.
Abrí la botella y continué hacia Riazor.
El teléfono vibró una vez. Robles no llamó. Habíamos acordado que una vibración significaba que el equipo ya me veía.
Apreté la botella hasta que el plástico crujió y aflojé los dedos.
El hombre cruzó de nuevo.
Un corredor pasó entre nosotros. La gorra azul dio un paso para no perderme y después fingió mirar el reloj.
Giré hacia una calle lateral.
Él también.
Al fondo había un aparcamiento subterráneo. Una furgoneta descargaba cajas junto a la entrada y dejaba poco espacio en la acera.
Podía pararme.
Podía obligarlo a pasar a mi lado.
Seguí hasta la siguiente esquina.
Una mujer con un perro pequeño salió de un portal. El hombre se apartó para dejarla pasar y chocó el hombro contra la pared. No protestó.
No era alguien preparado para atacarme.
Sí para seguir instrucciones.
En el reflejo de una farmacia vi aparecer a Robles a media manzana. Llevaba un abrigo claro y hablaba con una agente como si discutieran una dirección. No miró hacia mí.
Volví al paseo.
La gorra azul tardó siete segundos en salir de la calle.
Robles y la agente quedaron detrás de él.
Me acerqué a la barandilla. El agua golpeaba el muro con espuma oscura. Saqué el teléfono y fingí fotografiar la playa.
En la pantalla, el hombre aparecía junto a un banco.
Levantó una cámara pequeña, no un móvil.
La dirigió hacia mí.
No disparó cuando estaba solo.
Esperó a que Robles cruzara por detrás y tomó dos fotografías.
Guardó la cámara dentro de la chaqueta.
Ya no me vigilaba a mí.
Estaba registrando con quién trabajaba.
Robles pasó a mi lado sin detenerse.
—Hasta el coche —murmuró.
Continué hacia Riazor. La curva del paseo abrió el estadio al fondo y redujo los lugares donde esconderse. La gorra azul mantuvo la distancia.
Un ciclista tocó el timbre. Me aparté.
El hombre hizo lo mismo.
La agente adelantó por la acera contraria. Otro policía apareció junto a una parada, vestido con ropa deportiva. Ninguno cerró el paso.
El seguidor comenzó a mirar alrededor.
Había notado algo.
No corrió. Dio media vuelta y se acercó a un coche blanco estacionado en doble fila.
Robles habló por detrás de mí.
—No te acerques.
Me quedé junto a un semáforo.
El hombre abrió la puerta del conductor. Antes de entrar, retiró una hoja del limpiaparabrisas. No era una multa. La agente la había colocado para obligarlo a bajar la vista.
La cámara de su chaqueta quedó visible.
El policía de la parada fotografió la matrícula y se apartó.
El coche arrancó.
Nadie lo bloqueó.
—¿Lo dejamos ir? —pregunté.
Robles llegó a mi lado.
—Lo dejamos enseñarnos dónde vuelve.
Un vehículo sin distintivos salió detrás del coche blanco. Otro esperó dos cruces antes de incorporarse.
Robles miró la botella deformada en mi mano.
—No le has hablado.
—Todavía puedo alcanzarlo.
—También puedes aprender a celebrar cosas pequeñas.
Cruzamos cuando el semáforo cambió. No regresamos al juzgado. Entramos en una cafetería con ventanas hacia la avenida.
Robles eligió una mesa desde la que podía ver la calle. La agente se sentó frente a nosotros y abrió una tableta.
—Matrícula de empresa —dijo.
—¿Cuál? —pregunté.
La búsqueda tardó unos segundos.
Custodia Atlántica.
El nombre apareció junto a una dirección industrial y una flota de doce vehículos. El coche blanco figuraba como unidad de supervisión.
Robles apoyó dos dedos en la pantalla.
—Conductor habitual.
La agente abrió la ficha.
Xoán Barreiro. Cuarenta y seis años. Responsable de incidencias externas. Sin antecedentes. Curso de vigilancia privada caducado hacía cinco años.
La fotografía del permiso mostraba la misma mandíbula ancha bajo la gorra.
—No es seguridad —dije.
—La empresa puede llamarlo como quiera —respondió Robles.
El equipo que seguía el coche informó desde el altavoz. Barreiro no se dirigía a las oficinas. Había tomado la avenida de Finisterre y circulaba hacia un polígono del exterior.
—¿Lo paramos? —preguntó la agente.
Robles negó.
—Todavía no.
—Puede avisar.
—Eso es lo que quiero ver.
El coche blanco entró veinte minutos después en una estación de servicio. Barreiro aparcó junto a los surtidores, pero no repostó. Se quedó dentro.
Un segundo vehículo llegó por otra entrada.
Furgoneta blanca. Sin distintivos.
La agente amplió la imagen enviada por el equipo. El conductor de la furgoneta no bajó. Barreiro sí.
Se acercó a la ventanilla y entregó la cámara.
Nada volvió a su mano.
—Ahora —dijo Robles.
La orden salió por radio.
Dos coches cerraron las salidas de la estación. Barreiro levantó los brazos antes de que se lo pidieran. El conductor de la furgoneta intentó retroceder y golpeó un bolardo.
Robles dejó dinero bajo la taza sin terminar.
Cuando llegamos, Barreiro estaba sentado en el bordillo. La gorra descansaba entre sus zapatos. Un agente revisaba su documentación.
El conductor de la furgoneta permanecía dentro de otro vehículo policial.
Robles se agachó frente a Barreiro.
—¿Quién le pidió fotografiar a Barral?
—Trabajo para una empresa de custodia.
—Eso está en la tarjeta.
—Comprobaba una incidencia.
—¿Qué incidencia?
Barreiro miró hacia mí.
—Que ustedes estaban preguntando por nuestros traslados.
—¿Y las fotografías?
—Para saber quién preguntaba.
Robles señaló la furgoneta.
—¿A quién entregó la cámara?
—A un supervisor.
—Nombre.
Barreiro apretó la gorra entre las manos.
—No puedo darlo.
—Puede. No quiere.
El hombre rozó con el pulgar una mancha de sal en la visera.
—No me mandaron para asustarlo.
—Eso ya lo sabemos —dije.
Barreiro levantó la cabeza.
—Entonces saben más que yo.
—¿Por qué Mercedes Louro?
La gorra dejó de moverse.
Robles no me miró. Barreiro sí.
—Yo seguía a Barral.
—Desde el juzgado donde declaró Mercedes.
—Coincidió.
—También coincidió Varela con uno de sus coches tres días antes de morir.
Barreiro tragó saliva.
El viento arrastró olor a gasolina entre los surtidores.
—Pregunten en la empresa.
—Lo haremos —dijo Robles.
Un agente abrió la puerta del coche para trasladarlo. Barreiro no se levantó.
—Si van hoy, no encontrarán nada.
Robles esperó.
—¿Por qué?
Barreiro se puso la gorra.
—Porque el coche que siguió a Varela todavía no ha vuelto.
Subió al vehículo policial por su propio pie.
Robles ordenó proteger de nuevo a Mercedes y precintar las salidas de Custodia Atlántica.
Las órdenes se cruzaron por la radio. Una patrulla tomó la carretera del polígono; otra regresó hacia Oleiros para trasladar a Mercedes. El conductor de la furgoneta golpeó el cristal desde dentro, pero nadie abrió.
Barreiro apoyó la frente contra la ventanilla del coche policial.
No parecía un hombre enviado a matar.
Parecía alguien que había aceptado mirar por otros hasta descubrir que también lo estaban mirando a él.
Robles me indicó el vehículo de apoyo.
—Tú vuelves conmigo.
—Custodia está al otro lado.
—Y ya sabe que vamos.
Subí sin discutir. La primera patrulla arrancó antes de que cerrara la puerta. Las demás salieron detrás, separadas por pocos segundos.
En la estación solo quedó la gorra, aplastada junto al bordillo.