CAPÍTULO 13
La entrega equivocada
Mercedes Louro no quitó la cadena.
Robles sostuvo la orden frente a la abertura. La mujer la leyó sin tocarla y cerró la puerta. Oímos dos cerrojos, un arrastre de metal y después el golpe seco de algo pesado contra el suelo.
La puerta volvió a abrirse.
—La orden no menciona a Pilar.
—No venimos con ella —dijo Robles.
Mercedes miró el rellano. Un agente esperaba junto al ascensor. Otro vigilaba la escalera.
—Entonces que se queden fuera.
Entramos.
El piso olía a cera caliente. Sobre la mesa del salón había tres tazas colocadas boca abajo y una caja de medicamentos. Mercedes señaló las sillas, pero permaneció de pie.
—Pilar dice que yo fui la única que vio a Mateo.
—Pilar dice muchas cosas —respondió Robles.
—Y firma pocas.
Se acercó a la ventana. La ría aparecía entre dos edificios de Oleiros, gris y quieta. Mercedes bajó la persiana hasta dejar una franja de luz.
—Antes de hablar, quiero saber cómo lo perdieron.
Robles no adornó la respuesta.
—Conocía la salida de servicio. Dejó la chaqueta en un aparcamiento, subió a un autobús y bajó por la puerta trasera cuando otro bloqueó la cámara. No podíamos detenerlo todavía.
—Entonces no lo perdieron.
Mercedes tocó la caja de medicamentos.
—Lo dejaron marcharse.
Robles no apartó la mirada.
—Teníamos vigilancia, no una orden de detención. Correr no era delito.
—No. Pero preparar una salida antes de sentarse dice que esperaba necesitarla.
El marco de la puerta crujió detrás del agente. Mercedes lo oyó y bajó aún más la voz.
—Mateo siempre preparaba dos recorridos.
Robles apoyó la orden sobre la mesa.
—Ahora tiene protección.
—Dos hombres en un rellano no protegen una contraseña.
Me miró la acreditación.
—¿Usted qué protege?
—Nada que pueda prometerle.
—Por fin una respuesta útil.
Sacó una silla con el pie y se sentó. Sus manos quedaron escondidas bajo la mesa.
Robles encendió la grabadora.
—Cuéntenos qué ocurrió con las cajas mojadas.
Mercedes soltó una risa sin aire.
—Pilar sigue contando esa historia como si el agua hubiera decidido por nosotros.
—¿No fue así?
—El incendio existió. Las cajas también. Lo que no cuenta es que ella había aceptado más material del permitido para cobrar horas extraordinarias.
Robles acercó la grabadora.
—¿Puede probarlo?
—Puedo probar que firmó cuarenta y siete recepciones en una mañana. Nadie revisa cuarenta y siete cajas antes de comer.
Mercedes sacó las manos. Tenía una marca blanca alrededor del dedo anular.
—Mateo no apareció para salvarnos. Pilar lo llamó.
La madera de la silla me presionó la espalda.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba sacar ocho cajas antes de que llegara una inspección.
—Pilar dijo que Seijas eligió las que podían esperar.
—Pilar le dio la lista.
Robles no escribió. Dejó que la grabadora recogiera el zumbido del frigorífico.
—¿Qué hizo usted?
Mercedes giró una taza y la puso frente a mí.
—Compartí mi clave.
—Eso es una infracción.
—Por eso guardé silencio doce años.
—¿Con Seijas?
—Con Pilar.
La taza raspó el mantel.
—Mateo utilizó mi usuario porque Pilar no quería que las salidas aparecieran vinculadas al suyo. Después faltaron dos accesos más. Esos no los autoricé.
—¿Denunció la suplantación?
—Denuncié que alguien había usado mi clave. La respuesta fue enseñarme el primer acceso, el que sí permití.
Robles apagó la grabadora.
—Si continúa, tendremos que incorporar su infracción.
Mercedes puso la segunda taza frente a ella.
—Si no continúa, me marcho con lo mismo que tenía ayer.
—No puede llevarse una declaración.
—Puedo llevarme la boca cerrada.
Robles volvió a encenderla.
Mercedes levantó una ceja.
—Ahora sí estamos trabajando.
No miró a Pilar como una víctima. Tampoco se presentó como una. Había permitido el primer movimiento y pagado por todos los siguientes.
—¿Qué contenían las ocho cajas? —pregunté.
—Seis eran procedimientos muertos. Dos no.
—¿Cuáles?
—Una tenía muestras de un interno. La otra, grabaciones de una actuación policial.
El aire se quedó pegado a mi lengua.
—¿Bruno Lamas?
Mercedes no contestó. Abrió la caja de medicamentos y retiró los blísteres. Debajo había una llave pequeña.
Robles la vio.
—No toque nada más.
—Está en mi casa.
—Y usted acaba de vincularlo a una investigación.
Mercedes dejó la llave sobre el plástico.
—No he dicho que abra nada relacionado con su investigación.
—Todavía.
La mujer me observó.
—Varela hizo la misma pregunta hace ocho meses.
Robles se inclinó.
—Pensábamos que contactó con usted días antes de morir.
—Volvió días antes. Empezó mucho antes.
La frase resolvió el tiempo sin aliviar la presión.
Varela empezó por otro expediente. Mercedes le cerró la puerta. Meses después volvió con un sello duplicado. Desde entonces se vieron cuatro veces fuera de edificios oficiales.
—No confiaba en su instituto —dijo Mercedes.
—¿Confiaba en usted?
—Confiaba en que yo también tenía algo que perder.
Mercedes había recibido la primera visita de Varela cuando él comparaba fotografías de precintos antiguos. No llevaba una autorización. Llevaba copias, fechas y la paciencia de quien sabía que una negativa también dejaba rastro.
—¿Por qué regresó? —preguntó Robles.
Mercedes empujó la llave hacia el centro.
—Porque encontró el nombre de Lamas en una hoja que no debía existir.
—¿La conserva?
—Conservo una copia de la hoja que yo firmé.
—¿La entrega?
—No.
La negativa no sonó defensiva. Sonó preparada.
Robles retiró la mano de la mesa.
—La orden permite incautar documentación relacionada con Seijas.
—Entonces registren la casa.
—Podemos hacerlo.
—Y encontrarán papeles médicos, facturas y una mujer que compartió una contraseña. La hoja no está aquí.
El agente del rellano golpeó dos veces. Robles fue hasta la puerta y habló sin abrir del todo. Una patrulla había comprobado el edificio. Nadie había seguido a Mercedes durante la noche.
Cuando volvió, la llave seguía en el centro.
—¿Qué abre? —preguntó.
—Una taquilla de la antigua estación de autobuses.
—¿La hoja está allí?
—He dicho que no está aquí.
Robles cogió una bolsa de evidencias, pero Mercedes cubrió la llave con la palma.
—Primero mi condición.
—No negociamos pruebas.
—Entonces no hay prueba.
El pulso le movía apenas la piel de la muñeca. No retiró la mano.
—Quiero declarar ante el juez que autorizó su resolución —dijo—. No ante un superior de Pilar, ni ante alguien que haya trabajado con Mateo. Y quiero que conste que Pilar ordenó el primer traslado.
—Eso puede convertirla en investigada.
—Ya lo fui sin poder hablar.
Robles miró la grabadora. Yo abrí la copia de la orden y señalé el nombre del juzgado.
—Podemos pedir una ampliación y que la declaración se tome allí.
Robles no me corrigió.
—No puedo garantizar quién la interrogará.
Mercedes apartó la llave un centímetro.
—Entonces tampoco yo garantizo dónde estará la hoja mañana.
La frase no era una amenaza vacía. Seijas había escapado. Custodia Atlántica ya conocía los movimientos de Varela. La taquilla convertía una espera en una cuenta atrás.
—Protección continua hasta la declaración —dije—. Traslado directo al juzgado. La llave queda precintada aquí y nadie abre la taquilla sin usted presente.
Robles apoyó dos dedos sobre la orden.
—Y reconoce que compartió su clave.
—Con nombre, fecha y motivo.
—También que ocultó la copia durante años.
Mercedes levantó la palma.
—Eso lo explicaré al juez.
La llave quedó libre.
Robles la introdujo en la bolsa y Mercedes firmó el precinto. Su letra tembló únicamente al escribir el apellido.
—¿Qué vio Varela en la hoja? —pregunté.
Mercedes guardó el bolígrafo dentro de la caja de medicamentos.
—Una entrega aceptada en un depósito distinto al indicado.
—¿Quién la llevó?
—El conductor no figura.
—¿Seijas?
—Mateo corrigió el destino a mano.
—¿Y el contenido?
Mercedes giró la taza vacía.
—Una muestra de sangre, dos hisopos y una cinta de sujeción de Bruno Lamas.
Robles dejó de tocar la orden.
—¿Llegaron al depósito?
—Llegó una caja con ese número.
—No es lo mismo.
Mercedes sostuvo mi mirada.
—Por eso Varela volvió.
Se levantó y fue hasta un armario. Sacó un abrigo oscuro y se lo puso sin pedir permiso.
—¿Adónde va? —preguntó Robles.
—Al juzgado.
—Aún no tenemos la ampliación.
Mercedes abrió la puerta. Los dos agentes se enderezaron.
—Entonces consíganla de camino.
Robles recogió la grabadora. Yo guardé la copia de la orden y salí detrás de Mercedes.
En el ascensor, ella pulsó la planta baja y mantuvo el dedo sobre el botón de cierre.
—Pilar no perdió ocho cajas —dijo.
Las puertas empezaron a juntarse.
—Eligió cuáles no debían volver.