A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Una presencia irrelevante

La cuarta persona negó recordar a Seijas antes de que Robles terminara de pronunciar el apellido.

—Trabajamos con mucha gente.

El hombre acomodó la corbata sobre el vientre. Había pedido que no grabáramos, pero mantenía el teléfono boca abajo junto a su mano.

—Compartieron despacho durante seis años —dijo Robles.

—Compartíamos planta.

—Su mesa estaba enfrente.

—Eso no convierte a nadie en memorable.

La sala de reuniones daba a la plaza de María Pita.

La lluvia borraba los soportales del otro lado y el cristal devolvía nuestras figuras sobre la mesa.

Seijas había desaparecido al salir del edificio judicial.

Los agentes encontraron su chaqueta en un aparcamiento y perdieron el rastro entre dos autobuses.

Robles retiró la fotografía que había llevado.

—Puede marcharse.

El hombre cogió el teléfono demasiado rápido.

—¿Eso es todo?

—Usted ha decidido que sí.

Salió sin despedirse. La puerta se cerró con suavidad. Los tres anteriores habían utilizado palabras distintas para decir lo mismo: discreto, correcto, útil. Ninguno recordaba una conversación. Todos recordaban que resolvía problemas.

La primera había sido una secretaria que conservaba el perfume dentro de una bolsa de farmacia.

Recordaba que Seijas le consiguió una firma cuando su juez estaba de viaje.

El segundo, un conductor, dijo que le evitó repetir una ruta después de perder un precinto.

El tercero aseguró que nunca le debía nada.

Los tres habían terminado con la misma frase.

Me lo resolvió.

Robles abrió la ventana un palmo. Entró aire mojado y levantó una de las declaraciones. La sujeté antes de que cayera.

—No hablan de su trabajo —dije.

—Hablan de resultados.

—Hablan como clientes.

Robles cerró la ventana y recuperó la hoja.

—No compraban nada.

—Por eso funcionaba.

El agente de la puerta asomó la cabeza. La siguiente testigo se negaba a entrar mientras hubiera una cámara orientada hacia ella. Robles miró el objetivo instalado en la esquina.

—Que lo cubran.

—Seguridad exige mantenerlo activo.

—Entonces cambiamos de sala.

El agente retiró una llave del cinturón. Nos condujo a un despacho pequeño donde todavía quedaban marcas de archivadores en la pared. Robles colocó la grabadora a la vista y dejó la puerta entreabierta.

—¿Mejor? —preguntó cuando apareció la mujer.

Ella revisó el techo.

—Menos mentira.

Se sentó, pero al oír el nombre de Seijas empujó la silla hacia atrás.

—No tengo nada que decir.

—Entonces díganos qué le resolvió —dije.

La mujer apretó el asa del bolso.

—Una sanción por entregar tarde una custodia.

—¿Se la quitaron?

—Desapareció del sistema.

—¿Y qué desapareció después?

Se levantó sin responder. Al pasar junto a Robles, dejó una frase tan baja que casi se perdió bajo sus pasos.

—Pregunten a Pilar por las cajas mojadas.

Robles no intentó detenerla. Anotó el nombre de Pilar y pidió que nadie avisara antes de traerla allí.

Toqué las notas de Robles.

—Estamos preguntando por él.

—Es la idea.

—Y ellos responden sobre sí mismos.

Robles levantó el bolígrafo.

—Continúa.

Tomé una decisión.

—Preguntemos qué problema tenían antes de que Seijas apareciera.

La siguiente entrevistada entró apoyándose en un bastón plegable. Pilar Neira había administrado depósitos judiciales durante veintidós años. Dejó el bolso en el suelo y comprobó primero dónde estaba la salida.

Robles no mencionó a Seijas.

—Cuénteme la vez que tuvo más material del que podía custodiar.

Pilar soltó una risa seca.

—¿Cuál de todas?

—La que terminó sin incidencia.

La mujer abrió el bastón entre las rodillas. El chasquido cortó el zumbido del aire acondicionado.

—Un incendio en un archivo comarcal. Llegaron cuarenta y siete cajas mojadas. No había estanterías, no había personal y el juzgado exigía que firmara la recepción antes de comer.

—¿Qué hizo?

—Protestar.

—¿Y después?

Pilar miró mi acreditación.

—Apareció Mateo.

No dijo Seijas. Solo Mateo.

—¿Qué le pidió? —preguntó Robles.

—Nada. Preguntó qué cajas podían esperar.

—¿Y usted?

—Le señalé las que no tenían procedimiento activo.

Robles tocó el botón de la grabadora.

—¿Se las llevó?

—Las bajó a un depósito provisional.

—¿Con autorización?

Pilar presionó el mango del bastón.

—Con mi firma.

—No he preguntado quién firmó.

—Pero es lo que quiere saber.

Un camarero entró con agua. Pilar esperó a que dejara los vasos y cerrara la puerta. No tocó el suyo.

—Mateo nunca decía “haz esto” —continuó—. Decía “¿cómo prefieres resolverlo?”. Cuando contestabas, la decisión ya era tuya.

—¿Volvieron las cajas? —pregunté.

—Treinta y nueve.

—¿Y las otras ocho?

Pilar giró el bastón hasta colocar la punta contra mi zapato.

—No estaban relacionadas con su asunto.

—Eso tampoco lo sabe.

—Sé reconocer a alguien que ha venido a escuchar una respuesta concreta.

Aparté el pie. Robles no intervino.

—¿Qué contenían? —preguntó ella.

—Objetos sin valor probatorio, según el inventario.

—¿Según usted?

—Según Mateo.

La lluvia golpeó el cristal con más fuerza. Pilar miró la plaza y se frotó un nudillo deformado.

—Él conocía los expedientes mejor que nosotros. Sabía qué juez preguntaría, qué abogado insistiría y qué caja podía permanecer meses sin que nadie la reclamase.

—¿Cómo?

—Escuchaba.

—Eso no basta.

—También leía lo que no debía.

Robles acercó la grabadora.

—¿Denunció accesos indebidos?

Pilar sonrió sin mostrar los dientes.

—¿Quiere saber por qué ninguno lo recuerda o por qué ninguno quiere recordarlo?

La pregunta se quedó sobre la mesa.

Yo empujé hacia ella las declaraciones anteriores. No podía leerlas desde su asiento, pero reconoció las firmas.

—Todos dicen que era útil —dije.

—Lo era.

—Todos dicen que apenas hablaban con él.

—Eso también puede ser verdad.

—Seis años enfrente de alguien dejan algo.

Pilar dobló una esquina de la servilleta.

—Dejan favores.

Robles apoyó una mano sobre mis notas para impedir que siguiera.

—Explíquelo usted.

Pilar soltó el bastón. Cayó contra la mesa y un vaso tembló.

—Mateo arreglaba un error pequeño. Una firma fuera de plazo. Una caja mal etiquetada. Una cámara sin registrar. No pedía nada a cambio. Esperaba.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que necesitaba que alguien no hiciera una pregunta.

—¿Y si la hacía?

Pilar recogió el bastón.

—Te enseñaba el error que había arreglado.

Robles apagó la grabadora.

—Necesito nombres.

—Entonces vuelva a encenderla.

Lo hizo.

Pilar dio tres. Un responsable de mantenimiento fallecido. Un funcionario trasladado a Canarias. Una administrativa jubilada que vivía en Oleiros.

—Mercedes Louro —dijo—. Ella no aceptó que Mateo le arreglara nada.

Robles escribió el nombre.

—¿Qué ocurrió?

—La convirtió en el problema.

—Eso no responde.

—Pidió que revisaran su trabajo. Encontraron retrasos, errores de archivo y dos accesos con su clave. La apartaron del depósito durante meses.

—¿Seijas utilizó su usuario?

—Mercedes decía que sí.

—¿Había pruebas?

Pilar sostuvo el vaso sin beber.

—Había una mujer sola diciendo que el hombre que resolvía todo también sabía estropearlo.

Robles llamó al equipo desde la misma mesa. Dio el nombre completo y pidió localizar a Mercedes sin contactar con antiguos superiores. Después encendió otra vez la grabadora.

—Seguimos.

Pilar negó.

—Ya tiene lo que quería.

—Tengo una historia.

—Es lo que guardamos cuando desaparecen los papeles.

Se levantó con esfuerzo. Antes de llegar a la puerta, me señaló con el bastón.

—Mateo no sabía qué cajas debían desaparecer.

—Ha dicho que conocía los expedientes.

—Sabía quién deseaba que desaparecieran. No es lo mismo.

—¿Quién se lo decía?

Pilar abrió la puerta.

—Nadie tenía que decírselo. La gente preguntaba demasiado por una caja y demasiado poco por las demás.

Salió al pasillo. Robles dejó que se marchara.

El teléfono vibró junto a la grabadora. Mercedes Louro había sido localizada. No quería hablar en comisaría. Aceptaba recibirnos en su casa si Pilar no estaba presente y si llevábamos una orden que explicara por qué buscábamos a Seijas.

—Pide garantías antes de abrir —dije.

Robles guardó el número.

—Aprendió tarde.

—Pero aprendió.

La tarde había oscurecido la plaza. Bajo los soportales, un hombre cruzó sin paraguas y desapareció detrás del ayuntamiento. Mi cuerpo se adelantó hacia el cristal.

No era Seijas.

No necesité comprobar la oreja.

Robles pidió protección discreta para Mercedes. Después anuló la orden de ir al domicilio de Seijas. Los agentes que lo buscaban protestaron por radio.

—¿Lo dejamos correr? —pregunté.

—No. Dejamos de correr detrás.

Señaló las declaraciones firmadas.

—Seijas ha pasado años enseñando a todos a mirar donde él ya no estaba.

—Mercedes sí lo miró.

Robles me entregó la dirección.

—Por eso mañana iremos antes de que alguien vuelva a convertirla en el problema.

Guardé el papel sin abrirlo.

Esta vez, la decisión no pertenecía a Seijas.