A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 11
28%

CAPÍTULO 11

El técnico judicial

Seijas llevaba cuarenta minutos sin pedir agua.

La botella seguía cerrada frente a él. Había retirado la etiqueta y alineaba sus tiras junto al tapón.

Robles dejó la fotografía equivocada sobre la mesa.

—¿Se reconoce?

Seijas no la tocó.

—No.

—Mírela bien.

—Ya la he mirado.

El fluorescente zumbó sobre nuestras cabezas. Detrás del cristal, alguien arrastró una silla. Seijas siguió alineando las tiras de papel.

La orden permitió registrar su puesto, pero no detenerlo. Él aceptó acompañarnos y pidió un abogado antes de entrar. El abogado todavía no había llegado.

Robles golpeó la esquina de la fotografía con un dedo.

—¿Dónde estaba hace nueve años?

Seijas levantó la vista.

—En muchos sitios.

—Este no es usted.

—Entonces la pregunta sobra.

Robles retiró la imagen. No mostró la del carro.

Yo permanecí contra la pared. La resolución me permitía observar, no interrogar. Seijas había leído cada línea antes de sentarse.

Su mirada bajó hasta mi bolsillo interior.

—¿Sigue llevando el juguete?

La pata del dinosaurio presionaba contra mi pecho.

No respondí.

Robles tomó una decisión.

—Esperaremos al abogado.

Cerró la carpeta y se levantó. Seijas dejó de jugar con la etiqueta.

—No hace falta.

—Lo ha pedido usted.

—He cambiado de opinión.

—Eso también tendrá que firmarlo.

Robles llamó al agente de la puerta. Entró con un formulario. Seijas lo leyó, corrigió la fecha y firmó sin pedir copia.

—Ahora sí —dijo.

Robles volvió a sentarse.

—¿Qué sacó de la habitación de David Mena?

La tira de papel que Seijas sostenía se partió.

No miró la fotografía.

—Material sin registrar.

—¿Cuál?

—No lo recuerdo.

—Recuerda que no estaba registrado.

—Era mi trabajo.

Robles apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Su trabajo era recibir material, no retirarlo.

Seijas juntó las dos mitades de la tira.

—Aquella noche nadie sabía cuál era su trabajo.

La frase me golpeó detrás de los dientes. No por lo que decía. Por la facilidad con que la había preparado.

Robles sacó la imagen del carro y la dejó boca abajo.

—¿Entró en la habitación?

—No.

—Entonces no puede saber cómo estaba el material.

Seijas se quedó quieto.

La puerta se abrió antes de que respondiera. Un agente entregó a Robles una hoja del registro de su puesto. Ella la leyó y la guardó sin enseñarla.

—Han encontrado tres llaves de servicio en su cajón —dijo.

—Había siete cuando me fui.

—No le he preguntado cuántas faltan.

Seijas empujó la botella dos centímetros. El plástico rozó la mesa.

—Las llaves pasan de mano en mano.

—¿También la del montacargas?

—Sobre todo esa.

Robles giró la fotografía.

El carro apareció entre los dos.

Seijas no cambió de postura. Solo dejó de unir los trozos de etiqueta.

—Ese hombre se parece a usted —dijo Robles.

—Muchos hombres se parecen cuando la imagen es mala.

Ella puso al lado la fotografía descartada.

—Estamos de acuerdo.

Seijas miró primero al celador de Vigo. Después al carro.

Yo observé sus dedos. Ya no buscaban las tiras. Se habían quedado apoyados junto al borde, demasiado separados.

Tomé una decisión.

Me aparté de la pared y señalé la fotografía equivocada.

—Ese hombre no es usted.

Robles giró la cabeza. No me autorizó. Tampoco me detuvo.

Seijas me miró por primera vez desde que empezó la entrevista.

—Ya lo ha dicho ella.

—Pero usted no preguntó quién era.

—No me interesa.

—Tampoco preguntó de dónde salió la otra fotografía.

Su pulgar rozó la mesa.

—Está en un expediente.

—No.

Robles no intervino.

Acerqué la silla sin sentarme.

—La del carro no estaba en el expediente oficial. La guardó Varela.

Seijas inclinó la cabeza.

—Tomás guardaba demasiadas cosas.

Robles deslizó la imagen hacia él.

—¿Cuándo habló con Varela por última vez?

—Hace años.

—Tres días antes de que muriera, usted estaba dentro de un coche frente al instituto.

Seijas miró la fotografía, no a Robles.

—No era mi coche.

—No le he preguntado de quién era.

La botella crujió bajo su mano.

—Esperaba a alguien.

—¿A Varela?

—A un conductor.

—¿De Custodia Atlántica?

Seijas soltó la botella.

—No conozco esa empresa.

Robles abrió la hoja que le había entregado el agente. Esta vez la giró.

En el registro de su puesto figuraban albaranes de Custodia Atlántica, autorizaciones de entrada y dos números de conductor escritos con su letra.

—Su mesa sí la conoce.

Seijas leyó sin acercarse.

—Tramitamos cientos de empresas.

—Ha dicho que no la conocía.

—He dicho que no conozco a quien ustedes quieren que conozca.

Robles retiró la hoja. No le dio un nombre.

Afuera sonó una sirena del puerto. El vidrio vibró apenas. Seijas miró hacia la ventana cerrada, aunque solo devolvía el reflejo de la sala.

—¿Quién le pidió sacar el carro? —preguntó Robles.

—Un superior.

—Nombre.

—Murió.

—Todos los superiores útiles parecen muertos.

—Los años hacen ese trabajo sin ayuda.

Robles abrió su libreta. Yo le toqué el borde antes de que escribiera.

Seijas vio el gesto.

—No fue un superior —dije.

Robles retiró la mano, pero dejó el bolígrafo quieto.

—Explíquese —dijo Seijas.

—No necesita que se lo explique. Por eso ha elegido a alguien muerto.

La piel de su cuello se tensó sobre la camisa.

—Usted no puede interrogarme.

—No. Pero puedo marcharme.

Cogí mi acreditación y fui hacia la puerta.

Robles no me llamó.

Puse la mano en el pomo.

—Varela estaba con usted cuando movió el carro. Si la orden vino de él, puede admitirlo. Está muerto y la imagen lo sitúa cerca. Es la mentira más segura.

Seijas golpeó la botella con el dorso. Cayó de lado y rodó hasta Robles.

—Él no me dio ninguna orden.

No me volví.

Robles detuvo la botella con la palma.

—Entonces ¿quién?

Seijas respiró por la nariz. Una vez. Dos.

—Nadie.

Giré el pomo.

—Eso significa que decidió usted.

—Significa que no había tiempo.

La puerta quedó abierta un palmo. El agente del pasillo nos miró.

Robles cerró la libreta.

—¿Tiempo para qué?

Seijas recogió las tiras de etiqueta y las apretó dentro del puño.

—Para dejar allí todo lo que habían traído.

Volví a la mesa.

—¿Qué habían traído?

Seijas abrió la mano. El papel conservaba las marcas de sus uñas.

—Una cámara que no figuraba en la orden.

Robles no pestañeó.

—¿M-1?

—No recuerdo el código.

—¿Quién la instaló?

—Yo no estaba cuando llegó.

—Pero sí cuando salió —dije.

Seijas me sostuvo la mirada.

—Salió porque no debía estar allí.

—¿Y la grabación?

—La cámara estaba apagada.

La respuesta llegó demasiado limpia.

Robles tocó la fotografía del carro.

—El receptor seguía conectado cuando usted entró.

Seijas miró el carro. Después la puerta abierta.

—Conectado no significa grabando.

—¿Lo comprobó?

—No.

—Entonces no sabe si estaba apagada.

Seijas volvió a alinear las tiras, pero una quedó torcida.

Decidí no corregirla.

—¿Dónde dejó el carro?

—En el montacargas.

—¿Después?

—En el depósito de servicio.

—¿Quién lo recogió?

—No lo vi.

Robles sacó la fotografía donde una manga aparecía dentro del elevador.

—Aquí había otra persona.

Seijas observó la banda verde de la acreditación.

—Puede ser cualquiera.

—Puede ser Tomás Varela.

—Tomás no tocó el carro.

Robles levantó apenas la barbilla.

—Antes dijo que no hablaba con él desde hacía años.

Seijas empujó la fotografía hacia el centro.

—No hablaba con él. Lo vi.

—¿En la habitación?

—En el pasillo.

La palabra quedó entre nosotros.

El mismo lugar que se alargaba cuando convenía.

Robles no lo corrigió.

Yo tampoco.

Seijas miró la puerta. El agente seguía allí.

—He terminado.

—Puede marcharse —dijo Robles.

La sorpresa le cruzó la cara antes de esconderse.

—¿Sin más?

—No está detenido.

Se levantó con lentitud. Guardó las tiras en el bolsillo y dejó la botella cerrada.

Al pasar junto a mí, olía a lluvia seca y archivador.

—Tomás no sabía lo que había en aquella cámara —dijo.

—Usted sí.

Seijas se detuvo.

No se volvió.

—Yo sabía quién no podía aparecer.

El agente abrió del todo.

Seijas salió al pasillo.

Robles esperó hasta que sus pasos desaparecieron. Después pulsó el interfono.

—Que lo sigan. Sin acercarse.

La voz del agente respondió desde el techo.

—¿Motivo?

Robles me miró.

Yo observé la tira torcida que Seijas había olvidado bajo la mesa.

—No ha venido a convencernos de que no sacó la cámara.

—¿Entonces?

—Ha venido a saber cuánto del vídeo conservamos.

Robles soltó el botón.

En el pasillo, una puerta cortafuegos se cerró con un golpe.

Seijas ya corría.