A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Siempre al fondo

La cara no era la de Seijas.

El técnico detuvo la ampliación y dejó el cursor sobre la oreja del hombre. A esa resolución, la piel parecía hecha de bloques. Robles acercó la fotografía impresa al monitor.

—El lóbulo está separado —dijo.

Marta Souto giró otra imagen.

—Seijas lo tiene pegado.

El aire del archivo olía a papel húmedo. El extractor golpeaba cada pocos segundos dentro del techo. Habían pasado la noche ordenando las cuarenta y tres fotografías de Varela. Cuando llegué, tres ya estaban descartadas.

La espalda que señalé no pertenecía a Mateo Seijas.

Apoyé la resolución judicial sobre la mesa.

—¿Quién es?

—Un celador de Vigo —respondió Robles—. Jubilado. Vivo. Y molesto porque lo despertaron para preguntarle por una foto de hace nueve años.

—La altura coincidía.

—También la chaqueta. Por eso se compran por tallas.

Marta ocultó una sonrisa. No me defendí. Cogí el rotulador rojo y marqué la imagen como descartada.

Robles me lo quitó.

—Los originales no se marcan.

—Es una copia.

—Entonces mira antes de tocar.

Apartó el rotulador. Yo arrastré la silla hasta el extremo de la mesa y tomé una decisión.

—Separamos por edificios, no por personas.

Robles esperó.

—Si Varela seguía huecos de custodia, buscar primero a Seijas nos obliga a verlo en todas partes.

Marta repartió las fotografías en cuatro grupos. Juzgados. Laboratorios. Centros penitenciarios. Depósitos. La clasificación ocupó toda la mesa y parte del suelo.

—Ahora sí estás mirando la carpeta —dijo Robles.

Empezó a ordenar fechas.

La primera secuencia correspondía a un juzgado de Lugo. Una caja entraba por recepción y salía cuarenta minutos después por una puerta lateral. Seijas no aparecía. Un empleado distinto firmaba cada movimiento.

En Ferrol, una muestra cambiaba de bolsa entre dos plantas. Tampoco estaba él.

La tercera serie mostraba un depósito de Salamanca. Allí sí aparecía Seijas, pero solo en una imagen, sujetando una carpeta mientras dos técnicos cerraban una jaula metálica.

—Puede estar trabajando —dijo Marta.

—Eso hacía —respondí.

Robles colocó una regla debajo de la hora.

—Y terminó su turno seis minutos antes.

La puerta del archivo se abrió. Un agente entró con dos vasos de café y una carpeta azul. Dejó uno junto a Robles. El otro quedó delante de mí.

—No lo he pedido.

—Ella sí.

Robles abrió la carpeta.

—La unidad de localización ha encontrado a Seijas.

Mi mano rozó el vaso. La tapa crujió.

—¿Dónde?

—En su puesto.

—Entonces no se oculta.

—Entonces ha ido a trabajar.

Pasó una hoja. Seijas había fichado a las siete treinta y uno en el Archivo Judicial de Galicia. No había utilizado el coche registrado a su nombre. Había llegado en autobús.

—¿Sabe que lo buscamos?

—No ha preguntado.

—Eso no responde.

Robles bebió sin apartar la vista del informe.

—Dos agentes lo están observando. No entraremos hasta tener una pregunta que no pueda convertir en rutina.

Cerró la carpeta. La decisión quedó sobre la mesa con el café.

Volvimos a las fotografías.

Marta encontró una anotación repetida en los reversos: una línea vertical y dos puntos. Varela la había utilizado en once imágenes. No parecía una inicial.

—¿Una salida? —pregunté.

Marta colocó dos planos antiguos junto a las fotos.

—Montacargas.

Los once lugares tenían uno cerca del punto fotografiado. Conductos internos para mover cadáveres, cajas o equipos sin atravesar las zonas públicas.

Robles tocó el plano de Salamanca.

—Las cámaras cubren los pasillos.

—No los montacargas —dijo Marta.

La garganta se me secó. Busqué la secuencia de la noche de David. Varela había incluido cuatro fotografías del corredor, pero ninguna mostraba el interior de la habitación.

En la primera, dos policías hablaban junto a la puerta.

En la segunda, el pasillo estaba vacío.

La tercera mostraba un carro cubierto con una lona gris.

La cuarta había sido tomada desde más lejos. Un hombre empujaba el carro hacia el ascensor de servicio.

—Amplíala —dije.

El técnico acercó la imagen. Los píxeles mordieron los bordes de la figura. No había rostro. Solo una mano, un hombro y una tarjeta colgada de la cintura.

Robles no miró la postura.

—Busca la secuencia original.

—La copia viene de un sistema antiguo —respondió el técnico—. Puede que ya no exista.

—No he preguntado si es fácil.

El hombre giró hacia su ordenador. Marta abrió la ficha de personal de Seijas y la dejó junto a la pantalla.

La tarjeta de la fotografía tenía una banda negra en la parte inferior.

La de Seijas también.

—Las usaban todos los técnicos externos —dijo Robles.

—Pero no todos estaban allí.

—Todavía no sabemos quién estaba.

Apreté la tapa del café. El cartón cedió y una gota cayó sobre mi dedo. Quemó.

No dije su nombre.

El técnico recuperó un archivo de baja resolución incrustado en un informe. La secuencia contenía seis segundos más de lo que Varela había impreso.

El carro avanzó.

La lona se enganchó en una rueda.

El hombre se agachó para soltarla.

Durante un instante, giró la cabeza.

La imagen se detuvo sola al final del archivo.

No necesitábamos la oreja.

Mateo Seijas tenía doce años menos, pero la misma forma estrecha de la mandíbula. Llevaba la acreditación en la cintura y unos guantes claros.

Marta tocó el borde del monitor.

—No declaró que entrara en esa planta.

—Declaró que permaneció en el pasillo —dije.

Robles volvió al primer fotograma. La puerta de la habitación estaba abierta detrás del carro.

—El pasillo puede ser muy largo cuando alguien necesita que lo sea.

Pidió el inventario de equipos retirados aquella noche. El técnico lo abrió en otra pantalla.

M-1 figuraba como instalado.

No constaba su salida.

Debajo aparecían dos cámaras auxiliares, un receptor y una funda de transporte. La funda estaba marcada como material no utilizado.

Miré la forma rectangular bajo la lona.

—Entró vacía.

Robles midió la imagen con la regla del programa.

—No podemos saberlo.

—En el tren llevaba una funda pegada al costado.

Marta buscó el fotograma del tren y lo colocó al lado. La funda que Seijas llevaba al entrar tenía longitud similar a la sombra bajo la lona.

El técnico negó.

—La perspectiva cambia.

—¿Cuánto? —preguntó Robles.

—Lo suficiente para no jurarlo.

Robles apartó ambas imágenes.

—Entonces nadie lo jura.

La frase me raspó por dentro, pero no discutí. Señalé la hora del carro.

Once minutos después del disparo.

El mismo intervalo que faltaba en la grabación oficial.

—No demuestra que llevara M-1 —dije—. Demuestra que retiró algo que no figura en el inventario.

Robles mantuvo los ojos en mí un segundo.

—Eso aguanta.

Esta vez no sonó a lección. Sonó a permiso.

Marta encontró la fotografía siguiente. Seijas ya no aparecía. El carro esperaba frente al montacargas. La puerta metálica estaba abierta y, dentro, se distinguía la manga de otra persona.

—Varela —dije.

Robles amplió la imagen. La bata corta mostraba la misma banda verde de la acreditación temporal. El rostro quedaba oculto por el marco.

—Probablemente —respondió.

El técnico señaló el panel del montacargas.

Una llave estaba introducida en el selector manual.

—Solo mantenimiento podía usarlo sin llamada interna.

Marta abrió el registro de aquel edificio.

—Mantenimiento no trabajó esa noche.

Robles cogió el teléfono. No llamó todavía.

—¿Quién guardaba las llaves de servicio?

Marta revisó la hoja digitalizada.

—Seguridad, dirección y el técnico judicial de apoyo.

El nombre apareció debajo.

Mateo Seijas.

Robles marcó a la unidad de localización.

—No entréis aún. Cerrad las salidas y pedid una orden de registro para su puesto. Que nadie toque su mesa.

Escuchó la respuesta y colgó.

—¿Vamos? —pregunté.

Guardó las fotografías en fundas separadas. La descartada quedó arriba: el hombre que no era Seijas.

—Tú vienes para recordar lo que pasa cuando una espalda se parece demasiado a una respuesta.

Se puso la chaqueta.

—¿Y él?

Robles levantó la caja transparente.

—Él viene para explicarnos por qué sacó un carro de una habitación en la que nunca estuvo.

Salimos del archivo.

Los dos agentes esperaban junto al ascensor. Robles pulsó el botón y sostuvo la puerta abierta.

—No le enseñaremos todas las imágenes —dijo.

—¿Cuál primero?

Metió en mi carpeta la fotografía descartada, la del hombre de Vigo.

—Esta.

—No es él.

—Precisamente. Quiero que vea que sabemos equivocarnos antes de comprobar cuánto necesita mentir.

Entramos. Robles guardó la imagen del carro dentro de su chaqueta.

—No vamos a preguntarle si estaba allí —dijo—. Vamos a preguntarle qué sacó.

Las puertas se cerraron despacio.