CAPÍTULO 9
La carpeta sin número
El cajón se atascó a mitad de recorrido.
Marta tiró otra vez. El metal raspó dentro del archivador y una nube de polvo salió por la ranura. Robles le sujetó la muñeca antes de que insistiera.
—Si lo rompes, lo explicas tú.
—Lleva roto quince años.
—Entonces puede esperar treinta segundos más.
El técnico introdujo una lámina flexible por el lateral. Yo permanecí detrás de la cinta amarilla que cruzaba el antiguo laboratorio fotográfico. Mi acreditación gris ya no colgaba de la chaqueta. La resolución judicial la había sustituido por una hoja doblada dentro del bolsillo.
Dos días habían bastado para reducirme a una cláusula: acceso limitado a documentación vinculada con M-1. Sin entrevistas ni decisiones operativas.
El cajón cedió con un golpe. Marta retrocedió. Dentro aparecieron carpetas colgantes numeradas, sobres de negativos y una caja de guantes endurecidos por el tiempo.
—¿Cuál es la M? —pregunté.
Marta señaló una letra grabada en el borde del mueble.
—El archivador entero.
Robles me miró.
No dije Mateo.
La fotografía de Bruno Lamas descansaba dentro de una funda. La M del reverso marcaba el armario donde Varela había guardado el original.
O eso creía Marta.
Robles tomó una decisión.
—Se vacía por orden. Una carpeta cada vez. Nadie separa nada sin fotografiarlo antes.
El técnico colocó una cámara sobre un trípode. La pantalla volvió visible el polvo. Afuera, el viento golpeó una chapa.
Desde las ventanas altas se veía una franja del puerto. Las grúas permanecían inmóviles detrás de la lluvia, como si esperaran a que alguien decidiera mover algo. Nadie apartó la vista del cajón.
Marta extrajo la primera carpeta.
M-01. Autopsias antiguas.
La segunda contenía accidentes laborales. La tercera, lesiones con una escala métrica. Todas tenían número, fecha y firma.
El cajón dejó de avanzar en la carpeta M-23.
—Algo bloquea el fondo —dijo Marta.
—No metas la mano —ordenó Robles.
El técnico retiró las carpetas una a una. Cuando quedó espacio, iluminó el interior con una linterna. Un cartón grueso estaba colocado en horizontal, detrás de las guías.
No era un doble fondo.
Alguien había introducido una carpeta donde no debía caber.
Robles fotografió la posición, se puso guantes y tiró del borde con dos dedos.
La carpeta salió doblada por una esquina.
No tenía número.
Tampoco título.
Solo una goma oscura alrededor.
La piel de mis nudillos chocó contra la cinta al acercarme. Me detuve antes de tocarla.
Robles lo vio.
—Desde ahí.
—Desde ahí no leo.
—Todavía no hay nada que leer.
Cortó la goma. Dentro había hojas de contacto, copias de cámaras de seguridad y fichas de cartulina. Eran secuencias pequeñas, ordenadas por fechas.
Marta levantó la primera hoja bajo la luz.
Un muelle de carga. Dos empleados. Un vehículo con las puertas abiertas.
En el borde inferior, Varela había escrito una hora y cuatro números de matrícula. Uno estaba tachado.
—¿Reconoces el lugar? —preguntó Robles.
—El acceso antiguo de muestras —respondió Marta—. Lo cerraron hace ocho años.
Pasaron a la siguiente hoja.
Un corredor judicial. Cajas apiladas junto a un ascensor. Personas entrando y saliendo sin mirar la cámara.
Seijas aparecía al fondo.
No ocupaba el centro. Sujetaba una puerta con el pie mientras un hombre empujaba un carro.
Robles no dijo su nombre. Marcó la imagen con una etiqueta y continuó.
En la tercera, Seijas esperaba junto a una furgoneta. En la cuarta, hablaba con una mujer tapada por el marco. En la quinta no aparecía.
Mis ojos siguieron buscándolo.
Encontré una espalda de su altura junto a una escalera.
—Ahí.
Robles acercó una lupa.
—No se ve la cara.
—La postura coincide.
Dejó la lupa sobre la mesa.
—Las posturas no fichan.
El calor me subió hasta las orejas. La resolución crujió dentro de mi puño.
No insistí.
Marta ordenó las fichas por año. Varela había anotado juzgados, laboratorios y depósitos. Algunas imágenes procedían de expedientes; otras, de cámaras internas.
—¿Podía acceder a todo esto? —preguntó Robles.
—A las autopsias, sí. A los pasillos de otros edificios, no.
—Entonces alguien se las entregó.
Marta giró una ficha.
En el reverso figuraban un correo institucional y una solicitud. Varela había pedido cada copia con su nombre.
—No se escondía —dije.
—Se protegía de otra manera —respondió Robles.
Sacó la fotografía del hombre de la bata tomada la noche de David. La acreditación mostraba las letras TV. Marta la observó durante unos segundos y abrió un manual de accesos antiguos.
—Esto no son sus iniciales.
La frase me apretó el estómago.
—¿Qué son?
—Tarjeta de visitante temporal. Se imprimía así para cualquier comisión de servicio.
Robles apoyó un dedo junto a las letras.
—Identificamos a Varela por el listado de personal y el registro de la tarjeta. No por esto.
—Yo sí.
—Tú elegiste primero el nombre y después la acreditación.
Marta cerró el manual. El golpe llenó la sala.
—Pero era él —dije.
—Eso no convierte el camino en correcto.
Robles guardó la imagen en su funda. No añadió nada más.
Yo tomé una decisión.
—Quiero revisar solo las fotografías relacionadas con M-1.
—Eso permite la resolución.
—Y dejar que ellos clasifiquen el resto.
Robles movió la cinta medio metro y señaló una silla.
—Te sientas ahí. No ordenas. No escribes sobre originales. No decides quién aparece.
—Una silla con tres prohibiciones.
—Te estás volviendo caro.
Me senté.
Marta encontró una hoja con cinco fotografías del mismo depósito. En la primera, una caja entraba precintada. En la última, salía otra con una etiqueta semejante. Entre ambas había veintidós minutos sin imágenes.
Seijas aparecía en el segundo fotograma.
En el cuarto, no.
Robles pidió los registros de acceso. El técnico anotó la referencia y salió.
—Varela no reunía fotografías de Seijas —dije.
Robles siguió examinando la hoja.
—Todavía no.
—Reunía lugares donde faltaba tiempo.
Marta colocó al lado las cuatro rutas revisadas por el forense. Los huecos coincidían con varios edificios fotografiados.
No todos.
Suficientes para que la carpeta dejara de parecer una colección.
Robles separó dos grupos. En uno, Seijas era reconocible. En el otro, solo aparecían movimientos sin justificar.
—Seis imágenes claras —dijo Marta.
—De cuarenta y tres —añadió Robles.
—Estaba cerca demasiadas veces.
—Cerca no es dentro.
Una fecha reciente sobresalía entre fotografías de hacía años.
Tres días antes de la muerte de Varela.
La secuencia mostraba la entrada lateral del instituto. Primero vacía. Después un coche oscuro detenido junto a la acera. En el último fotograma, un hombre cruzaba frente al objetivo con una carpeta bajo el brazo.
El rostro quedaba cortado.
La matrícula, no.
—Esa cámara no pertenece al instituto —dijo Marta.
Robles comprobó el código impreso.
—Es de una farmacia de enfrente.
—Varela pidió la copia —dije.
—La solicitud está detrás.
Marta leyó la fecha. Varela la había recogido la tarde anterior a su muerte.
Robles dictó la matrícula al equipo de vehículos. Ordenó comprobar titularidad, usos y entradas en edificios judiciales.
Esperamos sin mover las hojas.
El zumbido del fluorescente se volvió insoportable.
El técnico regresó con una tableta.
—El coche está registrado a nombre de una empresa.
Robles extendió la mano.
—¿Cuál?
—Custodia Atlántica.
Marta dejó de respirar un instante. Yo reconocí el nombre en uno de los traslados de Bruno Lamas.
Robles amplió el último fotograma. El hombre llevaba una chaqueta oscura y una acreditación al cinturón. Su cara no se distinguía; el vehículo seguía abierto detrás.
En el asiento del conductor había otra persona.
La luz del salpicadero le cortaba el perfil.
Me incliné. Esta vez no señalé.
Robles aumentó el contraste.
Mateo Seijas miraba hacia la puerta lateral del instituto.
No hacia la cámara.
Hacia el lugar por donde Varela salía cada noche.
Robles cogió su teléfono y pidió localizarlo sin advertir a su centro de trabajo. Después cerró la carpeta sin número y la metió en una caja transparente.
—¿Detención? —pregunté.
—Localización.
—Varela pidió esa fotografía porque sabía que lo vigilaban.
—O porque reconoció el coche.
—Seijas estaba dentro.
Robles ajustó el precinto.
—Eso sí aparece en la imagen.
Firmó la etiqueta y me entregó la copia de la resolución judicial.
—Tu parte termina aquí.
No me levanté.
—¿Y la tuya?
Robles guardó la caja bajo el brazo.
—Empieza con averiguar por qué un hombre que llevaba doce años apareciendo al fondo decidió ponerse delante de la puerta de Varela.
Abrió la sala.
Dos agentes esperaban en el pasillo.
La carpeta salió entre ellos.
Yo fui detrás.