CAPÍTULO 8La punción
La punción
La tierra de San Amaro ya estaba abierta cuando llegamos.
Dos operarios sujetaban una lona que el viento intentaba arrancar de las vallas. Detrás, el ataúd descansaba sobre unas correas oscuras. La madera conservaba el barro pegado a los herrajes.
Ferreiro levantó la vista al verme.
—Él no baja.
Robles comprobó mi acreditación gris.
—Él ya lo sabe.
Me quedé fuera del perímetro. Desde allí se veía el mar entre los cipreses, blanco bajo el cielo de A Coruña. El aire traía olor a sal y tierra removida.
El cadáver más reciente de los cuatro llevaba dieciocho meses enterrado.
Bruno Lamas. Treinta y cuatro años. Encontrado ahorcado en una celda. El informe concluyó suicidio antes de que su cuerpo llegara al instituto.
Un operario soltó una correa. La hebilla golpeó el borde del ataúd.
—¿Qué esperamos encontrar? —pregunté.
Ferreiro se puso la mascarilla.
—Primero, que siga ahí.
—Después.
—Después intentaremos no prometer milagros.
Robles abrió la carpeta del caso. La última fotografía mostraba a Lamas en la mesa de autopsias. Detrás de la oreja derecha aparecía una sombra pequeña, casi tapada por el pelo.
—Varela amplió esa zona —dijo.
—¿La describió?
—Como lesión no explicada.
Ferreiro se agachó junto al ataúd.
—El informe original la llamó rozadura durante el traslado.
La tapa cedió con un crujido corto. Uno de los operarios retrocedió. Ferreiro pidió luz y el técnico acercó una lámpara portátil.
No crucé la cinta.
El plástico de mi acreditación golpeaba la cremallera de la chaqueta. Lo sujeté con dos dedos.
Robles permaneció junto a mí.
—Podrías esperar en el coche.
—Desde aquí no contamino.
—No era por las pruebas.
Ferreiro levantó una mano. El técnico detuvo la lámpara.
—No busquéis una marca visible —dijo—. La piel no va a conservar lo que queréis.
—Entonces ¿para qué abrirlo? —preguntó Robles.
—Cabello. Tejido profundo. Lo que quede alrededor de la mastoides.
Prepararon tres recipientes. El sonido de las tijeras desapareció bajo una ráfaga que sacudió la lona.
Aparté la vista hacia el camino.
No necesitaba mirar para quedarme.
Una mujer esperaba junto a la entrada del cementerio. Llevaba un abrigo marrón y las manos hundidas en los bolsillos. No intentó acercarse.
—¿Familia? —pregunté.
Robles consultó la autorización.
—Hermana.
—¿Sabe por qué lo abrimos?
—Sabe que el informe puede estar equivocado.
La mujer levantó la cabeza. Nos separaban treinta metros, pero no apartó los ojos.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Robles cerró la carpeta.
—Tampoco podemos darle lo que todavía no tenemos.
Ferreiro guardó la última muestra y selló los recipientes. Después cubrió de nuevo el cuerpo.
—No habrá resultado hoy.
—Tengo uno preliminar de Varela —dijo Robles.
Ferreiro la miró por encima de la mascarilla.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo?
Robles sacó una hoja doblada.
—Cuando dejases de tener las manos dentro de otro muerto.
Ferreiro leyó sin tocar el papel.
Midazolam.
La palabra ocupaba una línea. Debajo figuraba una concentración y una advertencia: insuficiente para explicar por sí sola la muerte.
—Lo encontraron alrededor de la punción —dijo Robles.
—Eso prueba administración local.
—¿Podía moverse?
Ferreiro devolvió la hoja.
—Podía respirar. Podía oír. No sé cuánto podía hacer con el resto.
No añadió nada más.
Yo miré la fotografía de Lamas.
—¿A él también le buscaron midazolam?
Robles pasó al anexo toxicológico.
—Apareció en sangre.
—Entonces ya lo sabían.
—Lo atribuyeron a la asistencia posterior.
Ferreiro arrancó los guantes exteriores y los dejó en una bolsa.
—¿Quién lo atendió?
Robles buscó el parte.
—Nadie antes de la extracción.
El viento dejó caer una esquina de la lona. Un operario volvió a levantarla.
Cogí el informe sin quitárselo a Robles. Leí las horas.
Lamas entró en la sala de autopsias a las nueve y doce. La muestra se tomó a las nueve y veintisiete. El parte médico que justificaba el sedante estaba firmado a las diez y cinco.
Treinta y ocho minutos después.
—No se lo administraron para atenderlo —dije.
Ferreiro guardó los recipientes en una caja refrigerada.
—Eso es lo que dicen las horas.
No dije que lo habían inmovilizado.
No dije que el mismo hombre hubiera matado a los dos.
Señalé las líneas.
—El fármaco estaba antes de que alguien intentara explicarlo.
Robles dobló el informe.
—Eso sí podemos escribirlo.
La hermana de Lamas seguía junto a la entrada. Cuando empezaron a bajar el ataúd, se acercó dos pasos. Luego se detuvo.
Robles fue hacia ella.
Yo permanecí detrás.
No escuché toda la conversación. Solo una pregunta.
—¿Ahora sí van a mirarlo?
Robles no respondió enseguida. Le entregó una tarjeta y esperó a que la mujer la guardara.
—Ahora nadie puede volver a cerrarlo sin dejar su nombre.
La hermana apretó la tarjeta dentro del bolsillo.
El ataúd descendió.
No hubo despedida.
La ampliación de la oreja de Lamas ocupaba toda la pantalla cuando regresamos al instituto.
Ferreiro había pedido la fotografía original, no la copia comprimida del expediente. Marta Souto la colocó bajo el escáner y ajustó la resolución.
La marca apareció.
Un punto oscuro detrás de la oreja. Alrededor, un halo más claro que el fotógrafo había confundido con presión del cabello.
Ferreiro acercó una regla a la pantalla.
—Mismo diámetro aproximado.
—¿Mismo instrumento? —preguntó Robles.
—No vendo certezas por píxeles.
Marta sacó la fotografía de Varela. La situó junto a la de Lamas. Las dos punciones estaban casi en el mismo lugar.
Ana Pardo observaba desde la puerta.
—El personal sanitario utiliza zonas discretas.
Ferreiro giró la silla.
—Detrás de la oreja no es una vía habitual para administrar midazolam.
—Entonces quien lo hizo era torpe.
—O no quería dejarla en el brazo.
Pardo tocó el marco de la puerta.
—Está convirtiendo una similitud en un método.
Yo iba a responder. Cerré la boca y regresé al informe.
Dos cuerpos.
La misma sustancia.
Una punción semejante.
Eso era todo.
—No sabemos si fue la misma persona —dije—. Sabemos que alguien utilizó el mismo fármaco en dos muertes presentadas como otra cosa.
Pardo me miró con fastidio.
—Muy prudente de repente.
—Me han puesto una placa para recordármelo.
Toqué la acreditación gris.
Robles amplió el anexo de Lamas. Había una nota manuscrita en el margen, añadida durante la primera revisión de Varela:
Comprobar lesión retroauricular.
—Varela la vio —dijo Marta.
—¿Cuándo escribió esto? —preguntó Robles.
—Hace tres semanas. El día que pidió los cuatro informes.
Ferreiro colocó la fotografía de Varela debajo.
—Entonces sabía qué podían hacerle.
La frase me endureció la lengua.
—O sabía qué habían hecho antes.
Robles separó las dos imágenes.
—No sabemos si recibió amenazas.
—Marta dijo que discutía con Pardo.
La directora entró del todo.
—Negarle acceso no es amenazarlo.
—Tampoco es ayudarlo.
Pardo agarró el respaldo de una silla.
—Tomás quería reabrir expedientes sin autorización, sacar fotografías y comparar muestras de distintas provincias. Si todos los médicos hicieran lo mismo, no existiría una cadena de custodia.
Marta soltó una risa corta.
—Ese era precisamente el problema.
Pardo apartó la silla.
Robles se interpuso antes de que saliera.
—Necesito los registros de medicamentos de Lamas.
—No están aquí.
—¿Dónde?
—En el centro penitenciario y en la empresa que realizó el traslado.
—Solicítelos.
—No dependen de mí.
—Entonces firme que se niega.
Pardo sostuvo la mirada durante dos segundos. Después tomó el bolígrafo de Marta.
—Los pediré.
Robles no se movió hasta que terminó la solicitud.
Ferreiro recibió una notificación en el ordenador. Abrió el resultado completo de Varela y repasó las cifras.
—Hay otro dato.
—¿Cuál? —preguntó Robles.
—El midazolam no estaba distribuido de forma uniforme.
Señaló una gráfica.
—La concentración es mayor alrededor de la punción y baja en sangre periférica. Se lo administraron poco antes de morir.
—¿Cuánto antes?
—No puedo afinar tanto.
—¿Minutos?
—Probablemente.
Robles apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces la punción no formaba parte de un tratamiento previo.
—No.
—Y no explica la muerte.
—Tampoco.
Ferreiro cerró la gráfica.
—Lo sedaron. Después ocurrió otra cosa.
El silencio duró hasta que Marta movió una fotografía.
—En Lamas también hubo otra cosa.
Buscó la imagen del cuello. La cuerda había dejado una marca incompleta. El informe la justificaba por el nudo y la posición del cuerpo.
Ferreiro acercó la cara a la pantalla.
—Esto no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque si estaba sedado, pudo no sostener su propio peso.
Robles cogió el teléfono.
—Quiero revisar la reconstrucción de la celda.
—Eso pertenece al capítulo siguiente de vuestra paciencia —dijo Ferreiro—. Primero esperad las muestras.
Robles no llamó.
Guardó el móvil.
No perseguimos una conclusión que todavía no podía defenderse.
Marta recogió las fotografías originales. Al girar la de Lamas, se detuvo.
—Esto no estaba en el expediente digital.
En el reverso no aparecía el número de autopsia. Tampoco el sello del juzgado.
Solo una fecha y una letra escrita a lápiz.
M.
—¿De dónde salió? —preguntó Robles.
Marta comprobó el sobre.
—Estaba dentro de la carpeta de Varela.
—¿Número de registro?
—Ninguno.
Ana Pardo volvió hacia la mesa.
—Todas las fotografías tienen número.
Marta levantó la imagen por una esquina.
—Esta no.
Robles miró la puerta del despacho de Varela.
La caja desaparecida había dejado una marca rectangular sobre la mesa. Las treinta y siete páginas habían regresado.
Pero no todo lo que Varela guardaba pertenecía a aquellos informes.
Robles metió la fotografía en una funda transparente.
—Precíntala.
Marta escribió la hora.
Yo observé la letra del reverso sin tocar el plástico.
No sabía qué significaba.
Esta vez no la convertí en un nombre.