A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 7Cuatro informes reabiertos
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CAPÍTULO 7Cuatro informes reabiertos

Cuatro informes reabiertos

Marta Souto dejó las treinta y siete páginas sobre la mesa a las siete y doce.

No llevaba bolso. Solo una carpeta de cartón sujeta contra el pecho y una pulsera de urgencias en la muñeca. El adhesivo estaba manchado de tinta azul.

Robles no le ofreció asiento.

—¿Dónde estaban?

—Conmigo.

Ana Pardo permanecía junto a la ventana de la sala de reuniones. Habían levantado el cierre del instituto hacía una hora, pero dos agentes seguían controlando la salida. Fuera, las grúas del puerto aparecían inmóviles bajo una luz blanca.

—Eso ya lo vemos —dijo Pardo—. Pregunta por qué se las llevó.

Marta dejó la carpeta y retiró las manos.

—Porque Tomás me lo pidió.

Robles rompió el precinto improvisado con una regla. Dentro había cuatro grupos de hojas, separados con clips de distinto tamaño. Ninguna página llevaba anotaciones manuscritas.

—¿Cuándo?

—Ayer. Antes de imprimirlas.

—¿Y por qué borró la cola?

Marta miró a Pardo.

—Porque aquí las preguntas duran menos que los archivos.

La directora dio un paso. Robles levantó una mano sin apartar la vista de Marta.

Yo iba a decir que había ocultado pruebas. Miré la pulsera. Después la hora de entrada del hospital impresa bajo el código.

—Sabemos que retiró las páginas —dije—. No sabemos para qué.

Robles no tuvo que corregirme.

Marta giró la muñeca.

—Mi madre ingresó anoche. Pueden comprobarlo. Salí de aquí, fui a su casa y después al hospital. Las hojas estuvieron en la taquilla de personal hasta esta mañana.

—Volvió a las seis y cincuenta —dijo Robles.

—Tomás quería recogerlas antes del turno. No apareció. Vi policías en su despacho y me fui a Urgencias.

—Sin avisar.

—Ayer avisé demasiado.

Pardo golpeó la mesa con dos dedos.

—Accedió a documentación restringida, borró un registro y sacó copias del centro.

—Usted negó el acceso —respondió Marta—. No prohibió que los errores siguieran existiendo.

Robles separó las páginas. En la portada del primer grupo aparecía un número de autopsia y una palabra escrita a máquina: REVISIÓN. No leyó el nombre de la víctima en voz alta.

—¿Varela sospechaba de estos médicos?

—No.

—¿De la policía?

—Tampoco empezó por ahí.

Marta tocó el borde de la carpeta, pero Robles la apartó.

—Empezó con las entradas de material —continuó—. Los informes médicos eran distintos. Los problemas comenzaban cuando una muestra salía de un edificio y llegaba a otro.

La técnica del laboratorio colocó un escáner portátil junto a la mesa. El rodillo arrastró la primera hoja con un zumbido bajo.

Robles me entregó una copia de la portada.

Caso uno. Un interno hallado ahorcado en una celda. La muestra de sangre salió del centro penitenciario a las once y veinte. Entró en el laboratorio a las doce y siete.

El parte de traslado indicaba treinta y dos minutos.

Faltaban quince.

Pasé a la segunda portada. Una sobredosis en custodia. Diecinueve minutos sin justificar entre la entrega y la recepción.

La tercera correspondía a una muerte durante un traslado sanitario. Veintitrés minutos.

La cuarta, a una complicación médica considerada accidental. Diecisiete.

No señalé los tiempos. Los escribí en una hoja aparte y la empujé hacia Robles.

Ella los ordenó de menor a mayor.

—No es la misma duración.

—No —dije—. Es el mismo hueco.

Pardo se inclinó sobre las hojas.

—Los retrasos existen. Ascensores, firmas, cambios de vehículo.

—También existen registros de esos retrasos —respondió Robles—. Aquí no hay ninguno.

Marta sacó un bolígrafo del bolsillo de la bata. Marcó los códigos de salida de los cuatro casos.

TV-1. TV-2. TV-3. TV-5.

Faltaba uno.

El plástico de mi acreditación rozó la mesa al acercarme.

—TV-4.

Marta asintió.

—El traslado de la noche de David.

Robles abrió la carpeta azul y colocó junto a las copias la solicitud de Varela.

—Aclárelo desde el principio.

Marta señaló el código.

—TV significa traslado de vestigios. El número identifica la hoja de ruta, no el objeto. TV-4 registró la salida de varios materiales de aquella habitación.

—¿Entre ellos M-1? —pregunté.

—M-1 era una pieza del inventario. El receptor. TV-4 era el documento que debía explicar quién lo transportó, cuándo salió y dónde fue entregado.

La confusión se deshizo sin aliviarme.

Dos códigos. Un mismo recorrido.

—Varela pidió los dos —dijo Robles.

—Primero M-1 —respondió Marta—. Cuando vio que el dispositivo desaparecía del inventario, buscó la hoja que podía haberlo sacado. Por eso pidió TV-4.

Pardo tomó una de las copias.

—Eso no demuestra que el receptor viajara en ese traslado.

Marta le retiró la hoja con cuidado.

—No. Demuestra que Tomás intentaba averiguarlo.

Robles me miró. Esperaba una conclusión.

Repasé los cuatro intervalos. Todos empezaban con una firma válida. Todos terminaban con otra. En medio no había conductor, matrícula ni incidencia.

—No sabemos si cambiaron las muestras —dije—. Sabemos que durante esos minutos nadie responde por ellas.

—Eso aguanta —dijo Robles.

Marta volvió a sentarse. Era la primera vez que apoyaba la espalda.

La técnica abrió el primer informe completo. El interno había muerto doce años atrás. La autopsia no presentaba correcciones, pero el anexo de toxicología tenía dos números de precinto. Uno en la salida. Otro en la recepción.

—¿Quién detectó la diferencia? —preguntó Robles.

—Tomás —dijo Marta—. Hace tres semanas.

—¿Por qué ahora?

Marta miró la puerta cerrada.

—Porque digitalizamos los libros de entrada. Antes había que solicitar cada tomo y justificar la consulta. Con las imágenes pudo comparar años enteros sin que nadie viera qué páginas miraba.

Pardo cruzó los brazos.

—Hasta que empezó a pedir originales.

—Hasta que dejó de confiar en las imágenes —corrigió Marta.

Robles pasó al segundo caso. Otro precinto distinto. En el tercero faltaba la fotografía del sello. En el cuarto, la hora de recepción había sido escrita encima de otra.

Ninguna irregularidad demostraba una sustitución.

Juntas dibujaban una costumbre.

Me levanté y fui hasta la pizarra. No escribí nombres. Dibujé cuatro líneas horizontales. Salida. Hueco. Entrada.

En la quinta línea anoté M-1 y TV-4, separados.

—No sabemos qué ocurrió dentro de los huecos —dije—. Pero alguien sabía que existían.

Robles señaló la silla vacía.

—¿Seijas?

Borré su nombre antes de escribirlo.

—Aparece en TV-4. Todavía no en los otros cuatro.

Marta abrió la carpeta por el final.

—Tomás buscaba eso.

—¿Encontró la firma? —preguntó Robles.

—Encontró algo peor. Las firmas cambiaban, pero la forma de corregir los registros era la misma.

En cada hoja, el número de precinto nuevo estaba escrito en el margen con tinta azul. La caligrafía variaba. La abreviatura utilizada no.

R/C.

Robles no preguntó qué significaba. Esperó.

—Recepción conforme —dijo Marta—. La fórmula permite aceptar el material, aunque el sello no coincida, si alguien valida el contenido.

—¿Quién podía validarlo?

—Un forense, un técnico de laboratorio o un responsable de custodia.

Pardo se apartó de la mesa.

—Decenas de personas.

—Exacto —dijo Marta—. Tomás no buscaba una firma. Buscaba quién enseñó a todos a aceptar la diferencia.

La sala quedó en silencio. El escáner expulsó la última página y la técnica cerró la tapa.

Robles pidió que Marta repitiera desde el principio dónde había guardado las copias. Esta vez grabó la declaración. Pardo intentó interrumpir dos veces. Robles no se lo permitió.

Cuando terminaron, Marta firmó cada página y entregó su tarjeta de administradora.

—¿Estoy detenida?

—No —respondió Robles—. Pero no vuelve a tocar el sistema hasta que un juez decida qué hizo para proteger pruebas y qué hizo para ocultarlas.

Marta miró las hojas.

—A veces es lo mismo.

—Por eso decide un juez.

Pardo abrió la puerta para salir. Robles la detuvo.

—Usted también se queda localizable.

—No he borrado nada.

—Negó acceso a un médico que estaba documentando errores.

—Eso no es delito.

—Todavía estamos separando columnas.

Pardo cerró la puerta desde fuera con más fuerza de la necesaria.

Robles reunió los cuatro informes. Dejó TV-4 aparte.

—¿Por cuál empezamos?

Miré las fechas. El caso más reciente tenía muestras aún conservadas. El más antiguo solo guardaba fotografías y bloques de tejido. David tiraba de mi mano desde la quinta línea.

No la seguí.

Señalé el informe más reciente.

—Por el único en el que todavía podemos comprobar si entró al laboratorio lo mismo que salió.

Robles tomó el teléfono y pidió conservar todas las muestras antes de que alguien pudiera moverlas. Después solicitó al juzgado la reapertura formal de los cuatro casos.

No añadió el de David.

Yo tampoco se lo pedí.

Cuando terminó, dejó los informes dentro de una caja transparente y cerró el precinto.

—Mañana empieza la comparación.

—¿Con qué?

Robles miró la primera hoja, la del interno hallado en la celda.

—Con el cuerpo que todavía conserva algo que discutirnos.

Firmó la solicitud de exhumación.

Esta vez esperé a que la tinta se secara.