CAPÍTULO 6El Instituto de Medicina Legal
El Instituto de Medicina Legal
La impresora había producido treinta y siete páginas que nadie admitía haber recogido.
El contador interno conservaba el número. La bandeja, no. Solo quedaba una franja de polvo gris pegada al plástico y una hoja torcida con instrucciones para cambiar el tóner.
Robles cerró la puerta del despacho de Varela.
—Nadie entra sin apuntar la hora.
La directora del instituto, Ana Pardo, miró mi acreditación gris antes de firmar el registro. No preguntó qué observaba. Tampoco pareció gustarle la respuesta que ya conocía.
—Tomás imprimía mucho —dijo.
—¿Treinta y siete páginas antes de marcharse? —preguntó Robles.
Pardo soltó el bolígrafo.
—Eso tendrá que preguntárselo a la máquina.
Al otro lado de las ventanas, las grúas del puerto se desdibujaban bajo la lluvia. El cristal vibró cuando una ambulancia cruzó la avenida sin sirena.
Entré después de Robles.
El despacho había sido fotografiado y precintado durante la mañana. Ahora una técnica retiraba las últimas tiras para permitir el registro completo. El ordenador permanecía desconectado. Sobre la mesa quedaban una grapadora, dos lápices y el hueco más claro de una carpeta retirada.
Me acerqué sin tocar.
—Aquí había algo.
Pardo se cruzó de brazos.
—En una mesa suele haber cosas.
—Algo rectangular. Grueso.
—Una carpeta.
—¿Cuál?
—No llevo el inventario de las mesas de mis médicos.
Robles abrió su libreta.
—¿Quién entró después de que Varela fichara la salida?
—Personal de limpieza.
—Nombres.
Pardo cogió el teléfono interno, pero no marcó.
—¿Está investigando al instituto?
—Estoy investigando quién retiró treinta y siete páginas y una carpeta.
—Eso no responde.
—Tampoco era una pregunta.
La directora llamó a administración y pidió la relación de accesos, limpieza y mantenimiento. Su voz no cambió. Los nudillos, sí. Se le habían quedado blancos alrededor del auricular.
Robles señaló una silla junto a la puerta.
—Desde ahí.
Me senté.
La técnica conectó el disco clonado a un portátil aislado. El ventilador empezó a girar y una barra azul avanzó sobre la pantalla.
—Última actividad local a las diecinueve y tres —dijo.
—¿Después de fichar la salida? —pregunté.
Robles no tuvo que mirarme.
—Observador.
Cerré la boca.
La técnica abrió el registro. A las dieciocho cincuenta y dos, Varela había cerrado su correo. A las diecinueve y tres, alguien eliminó la lista de documentos recientes, el historial de búsquedas y varios archivos temporales.
Pardo dio un paso.
—Entonces volvió.
—O no salió cuando fichó —dije.
Robles apoyó dos dedos en mi acreditación.
—Hechos.
La técnica amplió el nombre del proceso responsable del borrado. No era una acción manual. Un programa de limpieza se ejecutaba automáticamente cada tarde.
El calor me subió por el cuello.
Pardo me observó.
—¿También estaba asesinado el ordenador?
No respondí.
La técnica comprobó las ejecuciones anteriores. El mismo programa había limpiado los registros durante meses, siempre a las diecinueve y tres.
Robles escribió en su hoja.
—El ordenador no fue borrado después del crimen.
—No de esa manera —matizó la técnica.
Yo había elegido otra respuesta antes de que los datos terminaran de cargar. La acreditación gris pesó más sobre la solapa.
Pardo recogió el teléfono.
—Si ya han terminado de acusar a mis aparatos, tengo un centro que dirigir.
Robles cerró la puerta con la mano.
—Todavía no hemos empezado con las personas.
La directora dejó el auricular en su sitio.
La técnica abrió el historial de impresión. El trabajo de treinta y siete páginas se había enviado a las dieciocho cuarenta y siete desde el usuario de Varela.
—Nombre del archivo —ordenó Robles.
—No se conserva completo. Solo los primeros caracteres.
La pantalla mostró una secuencia cortada:
REV_ANTERIORES_C...
—Revisiones anteriores —dije.
—O revisión anterior, recetas anteriores o reparto anterior —respondió Robles—. No completes.
La técnica pasó a la impresora. El trabajo había terminado a las dieciocho cincuenta y uno. Cuatro minutos después, alguien abrió la cola desde un terminal administrativo y eliminó el registro visible.
—¿Qué terminal? —preguntó Robles.
—Administración dos.
Pardo miró hacia la pared, donde un cristal permitía ver la oficina contigua.
Había tres mesas.
Una estaba vacía.
—¿Quién trabaja ahí? —pregunté.
Robles no me frenó.
—Marta Souto —respondió Pardo—. Gestión de archivos y citaciones.
—¿Dónde está?
—Salió a comer.
Miré el reloj. Pasaban de las cinco.
—Debe de tener hambre.
Pardo apretó el botón del teléfono.
Nadie respondió en administración.
Robles llamó a un agente del pasillo y pidió que localizaran a Marta Souto sin utilizar sirenas ni contactar con su familia hasta confirmar su domicilio.
—No está huyendo —dijo Pardo.
—No he dicho que lo haga.
—Lo está colocando en la orden.
Robles levantó la vista hacia mí.
No sonrió.
Pardo comprendió tarde que había utilizado sus propias palabras.
La técnica recuperó la ruta desde la que Varela había impreso. El archivo no estaba en el disco local. Procedía de una unidad compartida a la que solo accedían médicos forenses y personal de gestión.
—¿Carpeta? —preguntó Robles.
—Temporal. Ya no existe.
—¿Quién puede eliminarla?
—Cualquier administrador.
Pardo se acercó a la pantalla.
—Tomás no era administrador.
—Marta Souto sí —dijo la técnica.
El nombre quedó suspendido entre los cuatro.
Me levanté de la silla.
Robles tocó la mesa, no mi brazo.
Me detuve.
—¿Qué sabes de ella? —preguntó a Pardo.
—Lleva quince años aquí. No falta. No llega tarde. No se lleva trabajo a casa.
—Hoy ha hecho las tres cosas.
Pardo se quitó las gafas y limpió un cristal con la manga.
—Tomás hablaba con ella porque conocía los archivos antiguos. Eso no la convierte en…
—No termine la frase por nosotros —dijo Robles.
La directora volvió a ponerse las gafas.
—Últimamente discutían.
—¿Por qué?
—Tomás quería revisar informes cerrados. Marta decía que no podía reabrirlos sin autorización.
—¿Cuántos informes?
Pardo miró la carpeta azul que Robles llevaba bajo el brazo.
—Ya lo saben.
—Sé lo que pidió revisar. No sé qué imprimió.
La directora se sentó por primera vez.
—Tomás empezó con un caso. Después encontró otro con la misma clase de error.
—¿Qué clase?
—Cadenas de custodia incompletas. Muestras que llegaban con un precinto distinto al anotado. Firmas recogidas horas después.
Robles no abrió la carpeta.
—¿Se lo comunicó a usted?
—Me pidió acceso. Se lo negué.
—¿Por qué?
—Porque un médico forense no puede decidir que quince años de informes dejan de ser válidos porque una etiqueta no le gusta.
—¿Y si la etiqueta estaba cambiada?
Pardo golpeó las gafas contra la mesa.
—Entonces se corrige el registro. No se desmonta una institución.
El sonido dejó quieta a la técnica.
Robles apoyó la libreta delante de la directora.
—Varela está muerto. La institución tendrá que soportar una corrección.
Pardo retiró las manos.
El agente regresó con la relación de accesos. La dejó junto al teclado.
Marta Souto había entrado en el despacho de Varela a las diecinueve y seis. Permaneció dentro siete minutos. Su tarjeta marcó salida del edificio a las diecinueve veintiuno.
—Después de imprimir —dije.
Robles trazó una línea entre las horas.
—Y después de eliminar la cola.
—Se llevó las páginas.
—Probablemente.
No la corregí.
El agente señaló otro dato.
—Volvió esta mañana a las seis y cincuenta. Antes de que llegara el primer turno.
—¿Entró en este despacho? —preguntó Robles.
—No usó tarjeta. La puerta ya estaba abierta por limpieza.
Pardo negó.
—Eso no demuestra que entrara.
—No —dije—. Pero explica por qué falta la carpeta.
Robles giró la cabeza.
—Interpretación.
Volví a sentarme.
La técnica revisó la impresora física. Abrió el compartimento posterior y extrajo un rodillo manchado. Una esquina de papel permanecía atrapada dentro.
—Hay una página atascada.
Robles pidió que nadie tirara de ella hasta fotografiarla.
El papel apenas mostraba tres líneas. Una fecha. Un número de traslado. Parte de una frase cortada:
Recepción realizada sin comprobación del contenido…
Debajo se veía la mitad superior de una firma.
No era la de Seijas.
Pardo se acercó demasiado. El agente le cerró el paso.
—Conozco esa rúbrica —dijo.
—¿De quién es? —preguntó Robles.
La directora miró la puerta abierta del despacho. Varias personas se habían detenido en el pasillo. Batas, administrativos y técnicos fingían buscar algo que hacer.
Pardo bajó la voz.
—De alguien que sigue trabajando aquí.
Robles salió al corredor.
—Cierren los accesos.
Un celador levantó las manos.
—Hay pacientes esperando.
—Los pacientes pueden salir. El personal se queda.
Las puertas automáticas emitieron un pitido. Dos agentes ocuparon la salida principal. Alguien protestó desde administración y una carpeta cayó al suelo.
Robles se volvió hacia mí.
—¿Qué ves?
Miré las caras. Ninguna parecía sorprendida por la muerte de Varela. Solo por la posibilidad de tener que explicar algo.
—Que no temen a quien lo mató.
—¿Entonces?
Pardo recogió sus gafas de la mesa.
—Temen que Tomás tuviera razón.
Robles arrancó la página del registro de accesos y se la entregó al agente.
—Nadie se marcha hasta que sepamos quién recogió esas treinta y siete hojas.
La puerta exterior terminó de cerrarse.
Esta vez yo permanecí sentado.