A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 5Elisa Robles
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CAPÍTULO 5Elisa Robles

Elisa Robles

Mi acreditación temporal estaba cortada en dos sobre la mesa.

Robles había colocado las mitades con la fotografía hacia arriba. La línea atravesaba mi nombre por la boca.

Al otro lado del despacho, un hombre con corbata oscura repasaba un informe. No se presentó. Marcó una frase y empujó el documento hacia Robles.

—Explícale tú por qué sigue aquí.

Robles no miró el papel.

—Porque lo pedí yo.

—Pediste un testigo. No un segundo investigador.

—No es investigador.

El hombre señaló la acreditación partida.

—Entonces deja de abrirle puertas.

La calefacción golpeó dentro de la pared. Afuera aún no había amanecido y el cristal devolvía tres figuras superpuestas. La mía quedaba detrás de Robles.

Ella recogió las dos mitades y las guardó en un sobre.

—Barral interpretó una salida de tarjeta —dijo—. Yo decidí desplazar el equipo al archivo.

—Cuarenta minutos.

—Veintisiete.

—Suficientes.

Robles apoyó las palmas sobre la mesa.

—El coche quedó acordonado. La vivienda seguía precintada. No se perdió ninguna diligencia.

—Que sepamos.

Yo podía dejar que ella cargara con todo. Aparté la silla y me senté.

—La interpretación fue mía.

Los dos me miraron.

—Vi la salida de la tarjeta y dije que Seijas seguía dentro. No comprobé quién la llevaba.

—No podías comprobarlo —dijo Robles.

—Por eso no debía afirmarlo.

El hombre golpeó el informe con un dedo.

—Al menos uno ha entendido la reunión.

Al levantarse, dejó una carpeta fina delante de Robles.

—Antes del mediodía quiero una decisión. Dentro o fuera. Si es dentro, firmas tú cada acceso.

Se detuvo junto a la puerta.

—Y la familia no vuelve a ver una imagen del procedimiento.

Robles esperó a que saliera. Después cerró con llave.

—¿La videollamada seguía abierta?

—Sí.

—Lo sé. Estoy preguntando por qué.

Pasé el pulgar por la costura del pantalón.

—Lucas estaba mirando la fotografía anterior.

—Lucas es menor.

—No vio el cuerpo.

—Vio una imagen de la investigación y escuchó datos que no debía conocer.

—Tú entraste con ella.

Robles empujó la carpeta hacia mí. Dentro había una captura del garaje y una transcripción parcial.

—Yo no comprobé la pantalla. Tú decidiste continuar.

La hoja crujió bajo mi mano. No la cogí.

—Él vio el reflejo antes que nosotros.

—Y eso es precisamente lo que no puede repetirse.

—Porque acertó.

—Porque no debería haber tenido ocasión.

Robles se sentó. Llevaba la misma camisa de la noche anterior, arrugada en los codos. Sacó una declaración de confidencialidad.

—La figura de la barrera no era Seijas.

El aire me rozó los dientes.

—La postura coincide.

—La postura no tiene huellas.

Colocó una fotografía nueva. Una mujer con chaleco de seguridad utilizaba una tarjeta en el torno del archivo. El sello horario coincidía con la salida que habíamos perseguido.

—La tarjeta estaba en control. Una empleada la usó porque la suya no abría. Lo hacen más veces.

—Eso no es un error. Es un agujero.

—Sí. Pero no demuestra que Seijas saliera.

Cogí la fotografía. La mujer miraba a la cámara. No intentaba ocultarse.

—Entonces perdimos el tiempo por mí.

—Perdimos tiempo porque un sistema permite que las tarjetas circulen como monedas.

—Yo elegí la respuesta más fácil.

Robles retiró la imagen de mis dedos.

—Elegiste la que ya llevabas puesta.

Abrí la declaración. Había seis condiciones: no conservar copias, no contactar con testigos, no acceder sin permiso, no compartir información, no intervenir en entrevistas y no apartarme del equipo.

La última página añadía la exclusión inmediata ante cualquier incumplimiento.

Debajo estaban dos espacios para firmas. El primero llevaba el nombre de Elisa Robles. El segundo, el mío.

—Si firmo, respondes tú.

—Ya respondo yo.

—Podrías apartarme.

—Podría haberlo hecho anoche.

Robles abrió la carpeta de su superior. Dentro había una propuesta de exclusión preparada. Solo faltaba su firma.

Tomé el bolígrafo, pero no lo acerqué al papel.

—¿Por qué no la firmas?

—Porque la punción no dice lo que dijimos.

—Ferreiro fue claro.

—Ferreiro fue rápido.

Sacó una nota del laboratorio. La sustancia todavía no estaba identificada. Solo sabían que la concentración visible no parecía suficiente para causar la muerte. No podían determinar si Varela permaneció consciente ni cuánto tiempo estuvo inmovilizado.

—Entonces lo de anoche era una posibilidad.

—Sí.

—Y tú la convertiste en certeza.

—Sí.

La respuesta llegó sin defensa.

Robles dobló la nota.

—Por eso sigues aquí.

—No entiendo.

—Tú completas huecos con culpables. Yo, con procedimientos. Los dos podemos arruinar una investigación si nadie nos frena.

Firmé.

Robles añadió su nombre debajo del mío. Después escribió la hora, arrancó una copia y me la entregó.

—Desde ahora no improvisas funciones.

—¿Puedo observar?

—Cuando yo lo autorice.

—¿Puedo opinar?

—Cuando tengas algo que no dependa de una postura, una sensación o doce años de ganas.

Doblé la copia y la guardé.

—Eso deja poco.

—Te obligará a elegir mejor.

Llamaron a la puerta. Una agente dejó dos cafés y una carpeta.

—El coche ya está en nave —dijo—. Sin sangre visible. Han encontrado fibras en el maletero.

Robles no abrió la carpeta.

—¿Comparables con las de la vivienda?

—Todavía no.

La agente miró la acreditación partida.

—¿Se queda?

Robles me observó.

—Con correa corta.

La agente salió.

Robles comprobó el precinto sin abrirlo y anotó la hora de entrega. Después llamó a la nave para ordenar que nadie comparase todavía aquellas fibras con las recogidas en la casa.

—¿Por qué esperar? —pregunté.

—Porque primero quiero saber de qué parte del maletero proceden.

—Azules y rectangulares.

—Otra vez estás llegando antes que la muestra.

Aparté la mano del café.

Cogí el otro vaso. No tenía azúcar. Lo bebí, aunque quemaba.

—¿Qué pasa con Seijas?

—No está en su domicilio. Tampoco en el archivo.

—¿Orden de búsqueda?

—Localización. No detención.

—Puede destruir pruebas.

—También puede haberse escondido porque un muerto lo señaló en un registro de hace doce años.

Dejé el vaso.

—¿Eso lo convierte en menos peligroso?

—Lo convierte en alguien al que todavía no puedes llamar asesino.

Robles abrió la carpeta azul de Varela. Los cuatro separadores seguían dentro, pero no mostró sus códigos.

Sacó dos folios. En uno escribió HECHOS. En el otro, INTERPRETACIONES.

—Dime qué sabes de Seijas.

—Estuvo en la habitación.

Lo anotó en el primer folio.

—Mintió al declarar que permaneció en el pasillo.

Otra línea.

—Manipuló el M-1.

El bolígrafo pasó al segundo papel.

—No lo sabemos.

—Estaba inclinado sobre él.

—Interpretación.

—Salió con una funda.

—Vimos que entró con una funda.

El bolígrafo siguió en el segundo folio.

Apreté el vaso hasta que la tapa crujió.

—Varela dejó constancia de una entrega sin precinto firmada por Seijas.

Robles volvió al primer papel.

—Eso sí.

La columna de hechos era más corta.

—¿Te gusta más así?

—No tiene que gustarme. Tiene que aguantar.

Me tendió el bolígrafo.

—Ahora con Varela.

Escribí: apareció muerto en su domicilio.

Debajo: el cuerpo fue movido después de la muerte.

Añadí: alguien preparó la escena para simular una sobredosis.

Robles tocó la última frase.

—Separa.

La taché. Escribí: los comprimidos ausentes no coinciden con el contenido gástrico preliminar. La ropa estaba mal colocada. Las livideces no correspondían con la postura del hallazgo.

—Mejor —dijo.

—Más largo.

—La verdad suele ocupar más que una sospecha.

El teléfono de Robles vibró. Leyó el mensaje y guardó ambos folios.

—Han terminado el clonado del ordenador de Varela.

Me levanté.

Ella señaló mi silla.

Volví a sentarme.

Robles llamó al laboratorio y pidió una lectura limitada a la actividad del usuario, sin abrir documentos protegidos.

—Última impresión —dijo—. Hora y título.

Escuchó. Escribió algo, tapando la línea con la mano.

—¿Se borró después?

Otra pausa.

—Conservad la cola de impresión. Nadie accede al despacho hasta que lleguemos.

Colgó.

—Instituto de Medicina Legal —dije.

—Eso es un lugar, no una conclusión.

—La impresora está allí.

—Ahora sí.

Robles se puso la chaqueta. Yo cogí la mía y comprobé el bolsillo interior. El dinosaurio seguía dentro.

Antes de abrir, sacó del sobre una acreditación nueva. No llevaba mi fotografía. Solo una franja gris y una palabra.

OBSERVADOR.

Me la sujetó a la solapa.

—No te mantengo porque confíe en ti.

—Ya me había quedado claro.

Ajustó el clip hasta que mordió la tela.

—Te mantengo porque ves cosas que otros pasan por alto. Mi trabajo es impedir que conviertas cada una en la respuesta.

Abrió la puerta.

—A partir de ahora, si vas a equivocarte, te equivocas delante de mí.