CAPÍTULO 4Una muerte demasiado médica
Una muerte demasiado médica
El cuerpo de Varela estaba boca arriba cuando retiraron la sábana.
El doctor Ferreiro no miró mi acreditación. Miró a Robles. La sala olía a metal húmedo y el extractor vibraba detrás de una rejilla.
—Él se queda al otro lado del cristal.
—Él tiene nombre —dije.
—También el cadáver.
Robles señaló la puerta de observación.
No discutí.
Seijas nos había sacado cuarenta minutos de ventaja. Su tarjeta marcó la salida, pero ninguna cámara captó su cara. Cuando llegamos al archivo, su mesa estaba vacía y el ordenador bloqueado.
El teléfono seguía apagado.
Me coloqué detrás del cristal. Robles entró en la sala y dejó la carpeta azul sobre una mesa auxiliar. Ferreiro se puso otro par de guantes.
—¿Habéis encontrado el coche? —preguntó.
—Aún no.
—Entonces no me traigas una historia. Tráeme el cuerpo.
Ferreiro tocó la mandíbula de Varela. Después inclinó su cabeza hacia la izquierda. La punción apareció detrás de la oreja, pequeña y oscura.
Robles se acercó.
—¿Reciente?
—No coleccionaba agujeros.
—Necesito algo que pueda escribir.
Ferreiro cogió una regla y la colocó junto a la marca.
—Es reciente.
Me apoyé en el borde de la ventana. El cristal estaba frío.
El doctor abrió uno de los párpados de Varela y dirigió una luz. Después observó el interior de su boca. No explicó lo que buscaba.
Robles esperó.
—Los blísteres estaban preparados —dijo Ferreiro—. El cuerpo, no.
—¿Qué significa?
—Que alguien quería que miraseis las pastillas antes que al muerto.
Ferreiro hizo una incisión mínima en el cuello. Un ayudante acercó una bandeja. El sonido del instrumental atravesó el cristal.
Aparté la mano.
No la vista.
El doctor pidió muestras de sangre y contenido gástrico. El ayudante etiquetó tres tubos. Uno cayó sobre la bandeja y rodó hasta el borde.
Ferreiro lo detuvo con dos dedos.
—¿Cuántos comprimidos faltaban? —preguntó.
—Cuatro —respondió Robles.
—Aquí no hay cuatro.
—¿Cuántos?
—Uno, quizá dos. Lo confirmaré.
Robles tomó nota.
—¿Suficiente para matarlo?
Ferreiro dejó el tubo en el soporte.
—Si queréis una respuesta rápida, buscad otro cadáver.
Robles cerró la libreta.
—Quiero saber si se los tomó él.
—Eso tampoco lo cuentan las pastillas.
Ferreiro giró el cuerpo hacia un lado. Bajo los omóplatos aparecieron dos manchas violáceas. Se detuvo.
Yo solté el borde de la ventana.
—Estaba de lado en la cama.
El doctor levantó la cabeza hacia el cristal.
—Pensaba que no trabajabas.
Robles se volvió hacia mí.
—No lo hace.
Ferreiro presionó una de las manchas.
—La sangre se acumuló cuando estaba boca arriba.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Robles.
—Suficiente para fijarse. Después lo movieron.
La silla detrás de mí chocó con la pared cuando la aparté.
Ferreiro retiró los guantes exteriores.
—Ahora ya podéis escribir algo.
Robles no escribió.
—¿Murió en la cama?
—No.
—¿En la casa?
—No he dicho eso.
—¿Pudo morir en el salón?
Ferreiro miró el reloj.
—Pudo morir en un quirófano, en un coche o encima de vuestra mesa. Dadme horas, temperatura y superficies. Yo os daré probabilidades.
Robles abrió la carpeta azul. Sacó las fotografías del piso y las colocó en fila.
El doctor señaló una.
—Esa camisa.
—¿Qué pasa con ella?
—Está mal abrochada.
Me acerqué al cristal.
El tercer botón entraba en el cuarto ojal. La tela tiraba hacia un lado. En el dormitorio no lo había visto.
—Lo vistieron —dije.
Ferreiro no respondió. Levantó el brazo derecho de Varela. En la muñeca había una línea pálida.
—Llevaba reloj.
Robles revisó la lista de objetos.
—No se encontró ninguno.
—Entonces alguien lo desvistió y después eligió qué devolverle.
El ayudante abrió una bolsa. Dentro estaban el cinturón, los zapatos y la cartera. No había reloj.
Robles se puso un guante limpio y movió el cinturón sin sacarlo.
—La hebilla está cerrada.
—Igual que la camisa —dije.
Ferreiro dejó el brazo sobre la mesa.
—Quien lo preparó tenía tiempo.
Me separé del cristal.
No necesitaba ver más para elegir el siguiente lugar.
Abrí la puerta de observación.
Robles giró la cabeza.
—¿Qué haces?
—Volver al piso.
—No hemos terminado.
—Aquí sí.
Ferreiro soltó una risa sin humor.
—El muerto te lo agradece.
Robles salió detrás de mí. Se quitó la mascarilla mientras avanzábamos por el pasillo.
—No decides cuándo termina una autopsia.
—No. Decido cuándo dejo de mirar algo que ya no va a moverse.
—Seijas sí se mueve.
—Y no sabemos dónde.
Robles me agarró del brazo antes del ascensor.
—Precisamente.
La miré la mano. La retiró.
—El piso sigue precintado —continuó—. Entras solo donde yo diga.
—De acuerdo.
—No lo digas tan fácil.
Las puertas se abrieron.
—Entonces no preguntes dos veces.
La luz del salón había cambiado.
Entraba blanca por la ventana cerrada y hacía visibles las marcas de los técnicos sobre la moqueta. La carpeta azul ya no estaba en la mesa. Tampoco el teléfono ni las llaves.
Robles cerró la puerta detrás de nosotros.
—Una hora.
—No necesito tanto.
—Eso dices antes de tocar algo.
Me puse guantes.
La marca rectangular junto al sofá seguía delimitada con cinta. Las fibras azules habían desaparecido dentro de una bolsa de laboratorio.
Fui hacia la cocina.
Robles me cortó el paso.
—¿Por qué?
—El olor.
—¿Qué olor?
—Café.
La cafetera estaba apagada. Dentro del depósito quedaba agua. El filtro estaba vacío y limpio.
Abrí el armario sin tocar los pomos directamente. Cuatro tazas. Tres blancas. Una azul.
—Falta una.
Robles miró el escurridor.
Había una taza blanca colocada boca abajo. El resto de la vajilla estaba seca. En aquella quedaban dos gotas pegadas al borde.
—La lavaron —dije.
—Pudo hacerlo Varela.
—Antes de morir, después de preparar café para alguien y mientras dejaba su comida en el trabajo.
Robles cogió una bolsa.
—No conviertas una taza húmeda en una declaración.
—Recógela.
La levantó por la base. En el fregadero, el desagüe conservaba una línea oscura de líquido.
Me agaché.
—No usaron jabón.
—¿Cómo lo sabes?
—Huele.
Robles acercó la taza sin tocarla con la nariz.
Café.
Muy tenue.
—La aclararon —dijo.
—Querían quitar saliva, no limpiar.
Robles selló la bolsa.
Abrí el cubo de basura con el pedal. Dentro había un filtro de café húmedo, una servilleta y el envoltorio de un azúcar.
—Varela lo tomaba solo —dije.
—¿Lo conocías?
—La hermana lo dijo en el rellano. No compraba azúcar.
Robles se inclinó. El envoltorio llevaba el logotipo de una cafetería cercana al instituto.
—Eso no demuestra quién lo utilizó.
—Demuestra que alguien estuvo aquí tomando café.
—Y lavó su taza.
—Mal.
Robles llamó al equipo de científica. No salió de la cocina hasta que una agente recogió el filtro, el azúcar y el contenido del desagüe.
Yo fui hacia la ventana.
El pestillo estaba echado. La madera del marco tenía una línea más clara junto a la bisagra.
—Estuvo abierta.
—La hermana pudo abrirla.
—Dijo que no entró.
Robles pasó el dedo enguantado por el alféizar. Había gotas secas en la parte interior.
La lluvia había entrado.
—Después la cerraron —dijo.
—Para controlar la temperatura.
—O porque hacía frío.
—Varela estaba muerto.
Robles se quedó quieta.
El cuerpo había permanecido boca arriba antes de aparecer de lado. La ventana había estado abierta y luego cerrada. El café había sido aclarado. La ropa, mal colocada.
Alguien no improvisó una sobredosis.
Alguien esperó.
Robles llamó a Ferreiro.
—Necesito que tengas en cuenta una ventana abierta durante parte de la noche.
Escuchó.
—No sé cuánto tiempo. Lo estamos calculando.
Colgó y señaló el dormitorio.
—Cinco minutos.
Entré detrás de ella.
La cama estaba vacía. La sábana conservaba el hueco del cuerpo y varias marcas de los equipos. Los zapatos seguían dentro de bolsas junto al armario.
Me detuve en el lado derecho.
La mesilla tenía un círculo limpio bajo el vaso retirado. Junto a él quedaba una raya corta sobre la madera.
—El reloj —dije.
Robles se acercó.
La raya terminaba en una pequeña mancha metálica. Como si una correa hubiera golpeado varias veces el borde.
—Se lo quitó aquí —dijo.
—O se lo quitaron.
Abrí la fotografía general en el teléfono de Robles. En la primera imagen, la mano de Varela estaba pegada al pecho. La muñeca quedaba escondida bajo la manga.
—No querían que viéramos que faltaba.
Robles amplió la zona.
—Si alguien lo vistió, pudo olvidar el reloj.
—No olvidó nada más.
—Abrochó mal la camisa.
—Porque tenía prisa al final.
Un agente apareció en la puerta.
—Inspectora.
Llevaba una funda con una hoja del inventario.
—Han encontrado el coche.
Robles cogió el documento.
—¿Dónde?
—En el paseo marítimo. Cerca del Aquarium.
—¿Dentro?
El agente negó.
—Vacío. Cerrado. Sin señales de violencia.
—¿La bata?
—En el asiento del acompañante.
Robles dobló la hoja por la mitad.
—¿Y la tarjeta que abrió la barrera?
—No está.
Miré la cama.
El coche había salido con la bata. La tarjeta permaneció después en el despacho. Alguien había devuelto una cosa y abandonado la otra.
—Dos recorridos —dije.
Robles ya caminaba hacia la puerta.
—Todavía no.
—Alguien sacó el coche. Alguien volvió al instituto.
—O la misma persona hizo ambas cosas.
—Con Varela muerto en medio.
El agente levantó otra funda.
—Hay algo más.
Dentro había una fotografía impresa desde la cámara del paseo marítimo. El coche de Varela aparecía aparcado frente al mar.
Una segunda figura estaba junto al maletero.
No se veía la cara.
Sí la bata blanca doblada sobre su brazo.
Robles miró la hora impresa.
Veintiuna treinta y seis.
—Varela llamó a su hermana a las ocho y cuatro —dije.
—Su teléfono llamó.
El agente pasó la siguiente imagen.
A las veintiuna treinta y ocho, la figura ya no estaba.
El maletero permanecía abierto.
Robles acercó la fotografía a la luz.
—¿Lo encontraron así?
—No. Estaba cerrado.
Miré el borde negro del maletero.
Durante dos minutos, alguien había abierto un espacio suficiente para meter un cuerpo.
O para sacarlo.
Robles guardó las imágenes.
—Vamos al coche.
En el pasillo, el teléfono le vibró.
Ferreiro.
Robles respondió mientras bajábamos.
—Dime.
Se detuvo en el primer rellano.
No habló durante varios segundos.
Yo mantuve la mano sobre la barandilla.
—¿Segura? —preguntó.
Escuchó otra vez.
Después levantó la vista hacia mí.
—La punción no fue para matarlo.
—¿Entonces?
Robles guardó el teléfono.
—Fue para impedir que se moviera mientras todavía podía entender lo que estaban haciéndole.