CAPÍTULO 3El médico que volvió a mirar
El médico que volvió a mirar
La puerta del dormitorio ya estaba abierta cuando llegué al rellano.
Un agente me cortó el paso con el antebrazo. Llevaba guantes negros y una mancha de humedad en el hombro. Detrás de él, la luz del pasillo caía sobre dos fundas blancas abandonadas junto a la pared.
—No puede entrar.
—He venido con Robles.
—Robles está dentro.
Le enseñé el mensaje oficial. No lo cogió. Leyó la pantalla desde lejos y volvió a colocar el brazo frente a mi pecho.
Desde la vivienda llegó el golpe seco de un cajón. Después una voz pidió otra bolsa de evidencias.
Me aparté.
No iba a entrar empujando a nadie.
El agente bajó el brazo un centímetro. Pareció decepcionado.
La ventana de la escalera daba hacia Monte Alto. La lluvia había parado, pero las fachadas seguían mojadas y el mar aparecía al fondo como una franja de metal sucio. Un camión de basura frenó abajo. El motor hizo vibrar el cristal.
Robles salió del piso con una mascarilla colgando de una oreja.
—¿Quién te ha avisado?
—Tú.
Miró su teléfono.
—Te dije que esperases en el hotel.
—Dijiste que teníais autorización.
—No es lo mismo.
Se quitó un guante y lo dejó dentro de una bolsa.
—Varela está muerto.
El agente miró hacia la escalera. Yo no.
—¿Dónde?
—En la cama.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sabemos.
—¿Solo?
Robles volvió a ponerse la mascarilla.
—Esa pregunta todavía tiene demasiadas respuestas.
Entró. La puerta quedó abierta.
Esperé tres segundos.
—Barral.
Su voz llegó desde el recibidor.
Crucé cuando el agente se apartó.
El piso olía a alcohol sanitario y café viejo. No miré hacia el dormitorio. Robles me condujo al salón y señaló una baldosa junto a la pared.
—Desde ahí.
—¿Qué quieres que vea?
—Lo que tú dijiste que no ibas a tocar.
Habían colocado varios objetos sobre una mesa: las llaves de Varela, su cartera, un teléfono conectado a un cargador y una carpeta cerrada con una goma azul.
No toqué nada.
—El móvil estaba aquí —dijo Robles—. Las llaves también.
—Entonces no condujo su coche.
—O volvió después.
—El vehículo salió a las siete y diecisiete.
—Y alguien pudo traerlo de vuelta.
Miré el cargador. El cable estaba tenso. La clavija entraba torcida en el teléfono.
—¿Tenía batería?
—Cincuenta y ocho por ciento.
—No necesitaba cargarlo.
Robles siguió mi mirada.
—La gente carga teléfonos que no lo necesitan.
—También coloca cosas donde espera que las encuentren.
Un técnico salió del dormitorio con una caja de plástico. La depositó junto a la puerta y pidió que fotografiaran el pasillo antes de moverla.
Me quedé dentro de la baldosa.
Robles abrió su libreta.
—La hermana encontró el cuerpo con nosotros. No tocó nada.
—¿Quién tenía llave?
—Ella. La madre conservaba otra, pero murió hace seis años.
—¿Y Varela?
—La suya está sobre la mesa.
Señalé el bombín.
—¿Forzaron?
—No.
—Entonces alguien entró con él o tenía copia.
Robles cerró la libreta.
—Eso sí puedes decirlo.
Un sanitario salió de la habitación. Se quitó la mascarilla y habló bajo con Robles. No escuché todas las palabras. Rigidez. Temperatura. Horas.
Robles asintió.
El sanitario se marchó sin mirarme.
—Murió anoche —dije.
—Probablemente.
—Después de sacar el coche.
—Probablemente después de que alguien sacara el coche.
La corregí con la cabeza, no con la boca.
Robles lo vio.
—Vas aprendiendo.
Me acerqué medio paso a la mesa. La goma azul de la carpeta estaba retorcida dos veces. Debajo asomaba una esquina doblada.
—¿Esa carpeta estaba aquí?
—En el suelo, junto al sofá.
—¿Abierta?
—Cerrada.
—Mal cerrada.
Robles no respondió.
Me agaché sin salir de la baldosa. En la moqueta había una marca rectangular más limpia. Algo había permanecido allí mucho tiempo y lo habían retirado.
—Falta una caja.
Robles miró el hueco.
—O una papelera.
—Las papeleras dejan círculo.
—Algunas son cuadradas.
—También las cajas.
Levantó una mano antes de que siguiera.
—Fotografía.
Una agente se acercó, colocó una escala junto a la marca y tomó tres imágenes. Después levantó la vista.
—Hay fibras en el borde.
—Recogedlas —dijo Robles.
La agente trabajó con pinzas. Una fibra quedó pegada al plástico transparente.
Azul oscuro.
Robles observó la manga de mi chaqueta.
—No te acerques más.
Retrocedí.
No discutí.
El técnico del dormitorio volvió con un frasco dentro de una bolsa. Había dos blísteres y un vaso en otra. Los dejó sobre una bandeja.
—Medicamentos recetados —dijo—. A nombre de Varela.
—¿Cantidad? —preguntó Robles.
—Faltan cuatro comprimidos.
—¿Dosis peligrosa?
El técnico se encogió de hombros.
—Depende de con qué los mezclara.
Me mordí el interior de la mejilla.
Demasiado limpio.
Robles miró hacia mí.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
El técnico recogió la bandeja.
—No hay vómito. Tampoco espuma. La posición no encaja del todo con una ingesta voluntaria, pero eso lo dirá la autopsia.
—¿La puerta del dormitorio? —pregunté.
—Entornada.
—¿Ventanas?
—Cerradas.
—¿Ropa?
Robles se interpuso.
—Hasta aquí.
El técnico volvió al dormitorio.
Yo miré el teléfono sobre la mesa. Una notificación seguía visible en la pantalla bloqueada. No podía leer el texto completo, solo el nombre de la aplicación y una hora.
18:41.
—¿Último uso?
Robles pidió el dato a la agente encargada.
—Una llamada a su hermana a las veinte cero cuatro —respondió ella—. Antes, abrió el correo a las dieciocho cuarenta y uno.
—¿Qué correo?
—No tenemos acceso todavía.
Robles sacó el auto.
—Solicítalo.
La agente se alejó.
La carpeta con goma azul seguía en medio de la mesa.
—¿Qué contiene?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Sé el título de la primera hoja.
—Que es.
Robles se acercó hasta bloquearme la vista.
—Solicitud de revisión.
—¿De M-1?
—No.
La respuesta fue rápida.
Demasiado.
—¿De qué?
—De varios informes antiguos.
—¿Cuántos?
—Los suficientes para que dejaras de convertir uno en el centro.
Pasó la goma azul por encima de la carpeta sin abrirla.
—Varela no estaba revisando solo tu historia.
El suelo crujió en el dormitorio.
Un hombre alto salió con una cámara colgada al cuello.
—Necesito a la inspectora.
Robles fue hacia él. Hablaron junto a la puerta. El fotógrafo le mostró una imagen en la pantalla. Ella amplió con dos dedos.
Me mantuve donde estaba.
No necesitaba acercarme para ver que habían fotografiado la cabeza de Varela.
Robles regresó.
—Puedes mirar una imagen.
—Qué generosidad.
—Solo una.
Sostuvo la cámara delante de mí.
Varela yacía de lado. Vestía camisa y pantalón. Una mano descansaba bajo la almohada. La otra quedaba pegada al pecho.
No parecía preparado para dormir.
Tampoco para defenderse.
—Los zapatos —dije.
—Fuera de la cama.
—¿Ordenados?
—Uno junto al otro.
—No se los quitó cayéndose.
Robles retiró la cámara.
—También pudo quitárselos antes.
—Con la camisa abrochada hasta arriba.
—Hay gente que duerme peor que tú.
El fotógrafo pasó otra imagen.
Robles la detuvo.
Yo ya había visto el cuello.
Una marca pequeña detrás de la oreja.
No señalé.
—Quiero verla.
—No.
—La has visto tú.
—Yo llevo placa.
—Yo conozco esa posición.
Robles apretó la mandíbula.
El fotógrafo miró a uno y a otro.
—Es una punción —dijo.
Robles cerró los ojos un segundo.
—Todavía no sabemos qué es.
—La piel está hundida —añadió él—. Y hay un halo reciente.
Robles le devolvió la cámara.
—Documenta. No interpretes en el pasillo.
El hombre regresó al dormitorio.
La marca me ardía en mi propia nuca.
—Lo durmieron —dije.
—Puede ser.
—Luego colocaron los medicamentos.
—Puede ser.
—Y sacaron el coche.
—Puede ser.
—¿Cuándo vas a dejar de decir eso?
Robles cogió la carpeta.
—Cuando la autopsia me permita decir otra cosa.
La abrió por primera vez.
No me enseñó las páginas. Contó cuatro separadores con el pulgar. Cada uno llevaba un código distinto.
—Cuatro informes —dije.
Cerró la carpeta.
—Has contado.
—No he leído.
—Milagro.
La agente del teléfono regresó con una tableta.
—Tenemos autorización parcial. Solo cabeceras y metadatos.
Robles apoyó la carpeta sobre la mesa y abrió el correo de las dieciocho cuarenta y uno.
Remitente: Archivo Judicial de Galicia.
Asunto: Acceso denegado.
Varela había solicitado consultar un inventario antiguo. El sistema rechazó la petición porque la referencia estaba restringida.
—M-1 —dije.
La agente amplió el código.
No era M-1.
Era TV-4.
Las mismas letras de la acreditación.
Robles leyó el resto.
—Solicitud vinculada a traslado de material forense.
—¿Fecha?
La agente desplazó la pantalla.
Doce años atrás.
La noche de David.
—Varela no pidió ver el vídeo —dijo Robles.
—Pidió saber qué sacaron.
La agente tocó otro campo.
La solicitud de Varela incluía una observación escrita:
Material recibido sin precinto. Firma de entrega no coincidente.
Debajo figuraba un nombre.
Mateo Seijas.
Nadie habló.
Desde el dormitorio llegó el sonido de la cremallera de la bolsa mortuoria.
Robles cerró el correo.
—Ahora vamos al archivo.
—¿Y Varela?
—Varela ya eligió dónde mirar.
La bolsa pasó por el pasillo entre dos técnicos. Una rueda de la camilla golpeó el marco y dejó una marca blanca en la madera.
Me aparté.
Cuando el cuerpo cruzó el recibidor, la mano de Varela empujó desde dentro el plástico.
Solo fue el movimiento de la camilla.
Aun así, Robles se detuvo.
Yo también.
El técnico ajustó la correa.
—Ya está.
La puerta del ascensor se cerró tras ellos.
Robles guardó la carpeta azul bajo el brazo.
—Seijas no trabaja hoy.
—¿Permiso?
—No.
—¿Baja?
—Tampoco.
La agente levantó la tableta.
—Fichó entrada a las siete y treinta y ocho.
—Eso fue antes de que bloquearan su acceso —dije.
—No —respondió ella—. Fichó esta mañana.
Robles miró la hora.
Las once y catorce.
—Entonces sigue dentro —dije.
La agente negó.
—Su tarjeta marcó salida hace seis minutos.
Robles ya estaba en la puerta.
Yo cogí mi chaqueta del respaldo.
El dinosaurio golpeó mi pecho desde el bolsillo interior.
Esta vez fui detrás de ella.